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Duelo (Eduardo Halfon)

Existe en hebreo una palabra para describir a una madre cuyo hijo ha muerto: Sh’khol. Un dolor tan grande y tan específico que necesita su propia palabra, escribe Halfon en Duelo. Una pérdida, la de un hijo, que no tiene parangón.

En este libro, el autor guatemalteco tiene un propósito, saber qué pasó con un hermano de su padre llamado Salomón, que cree recordar que murió ahogado, con cinco años, en el lago guatemalteco de Amatitlán. Unas pesquisas desalentadas por su progenitor, que le insta a no remover, a dejar las cosas quietas.

Halfon incide aquí en lo autobiográfico, como en otros libros suyos, y pienso en Saturno, Monasterio, Señor Hoffman, El boxeador polaco… Hay temas recurrentes, recorridos todos ellos por la pérdida, la ausencia, el desgarro de la partida y el exilio, que pudimos experimentar en Logroño (en el Festival de narrativas Cuéntalo) cuando Halfon nos recitó Partirse en dos.

Halfon volverá de adulto a Guatemala, a pies del lago, para confirmar si allí murió su tío. En su camino se cruza una santera que le permita conectar a Eduardo con su naturaleza soterrada. Un viaje a las raíces que, como todo buen viaje, no es sólo un desplazamiento físico, y le permite al viajero entender que la pérdida es única para cual, pero común a todos los mortales, y ahí le enteran entonces a Eduardo de un reguero de niños ahogados en el lago, como si esta masa de agua tuviera una avidez de sangre insaciable.

En poco más de cien páginas Halfon nos lleva de Guatemala a su infancia en los Estados Unidos, su aprendizaje del inglés, los rifirrafes con su hermano, el temperamento de su madre, y algo que siempre anida en todos los textos de Halfon, a saber, la sutil manifestación de un sentimiento, y esto se ve cuando nos refiere la vez en que tras tener una algarada con su hermano, al que le rompe el pie, cree que su padre le va a dar una golpiza, merecida y deseada por su conducta filial nefasta, pero lo que le llueve no es un castigo corporal, sino algo peor, una foto en la que aparece su tío, con un edificio nevado a sus espaldas, un hospital, en el que moriría, sólo, y así la transferencia de una pena, de un dolor adulto que se comunica a un hijo, que pierde así su ingenuidad y candidez, para abrirse irremediablemente a la vida adulta. Son momentos como este o como el que nos depara su final, en donde se capitaliza toda la emoción que el texto va acumulando, cuando de una forma muy gráfica vemos un cuerpo entrar en el agua y encontrar ahí un bautismo, una comunión, a veces también la muerte, algo que nos comunica, en definitiva, con el más allá que hay en nuestro ser.

Libros del asteroide. 2018. 112 páginas

Partirse en dos (Eduardo Halfon & Juan Pablo Villalobos)

Esta tarde en la Biblioteca Rafael Azcona de 19 a 20,30h hemos tenido la gran fortuna de disfrutar de la charla, moderada por Cristina Hermoso de Mendoza, entre Eduardo Halfon (que jugaba como «local» habida cuenta de que su mujer es riojana y vivió dos años en Matute) y Juan Pablo Villalobos (como «visitante«), a cuenta del desarraigo, dentro del festival de narrativas Cuéntalo en Logroño. Desarraigo que en el caso de estos escritores no les resulta algo traumático en sus existencias errabundas, en sus horizontes trashumados, que los llevan de Guatemala a Estados Unidos, España o ahora a París en el caso de Halfon o en el caso de Villalobos de México a Brasil y de Brasil a España, a Barcelona en concreto.
Eduardo Halfon, Juan Pablo Villalobos y Cristina Hermoso de Mendoza
Halfon recitó partirse en dos, cuyo vídeo añado, la salida de Guatemala supuso su primera mudanza, a las bravas; ambos escritores nos hablaron de sus biografías pródigas en viajes y localizaciones, la manera en la que el cambio de países ha ido modificando, como apuntó Villalobos, su forma de escribir, su sintaxis, haciendo suyo el país de destino en este caso España en las últimas novelas de Juan Pablo quién mentó a Roberto Bolaño, otro escritor desubicado; cuando Bolaño quería escribir en chileno ya no le salía, dice Juan Pablo, cuando quería escribir en mexicano ya no le salía, cuando Bolaño quería escribir en español castellano ya no le salía, al final Bolaño acabaría fundando su propio lenguaje y su escritura abrió la puerta y caminos para los escritores que vinieron detrás, como Juan Pablo o Halfon; el papel determinante que la autoficción (término que Halfon dice no gustarle y añade además que todo relato autobiográfico tiene algo de ficción) juega en la escritura de ambos y refirió Eduardo una divertida anécdota: cuando escribió su libro Saturno la primera reseña que se publicó se titulaba Hay que salvar a Halfon, puesto que se daba por hecho que éste se encontraba al borde del suicidio. Villalobos contó también alguna anécdota divertida respecto a su madre, protagonista de una de sus novelas, o la manera en la que él emplea su nombre, exponiéndose en sus novelas, para hacer ficción, lo contrario del que, a la inversa, usa un pseudónimo para expresar su verdad sin mostrar su identidad. En cuanto al tema de la identidad, sentirse en casa, ser mejicano, Villalobos dijo que él se sentía mejicano a través de la cocina y de la lectura de autores mejicanos. En el caso de Halfon este dijo que el sentimiento de patria en Guatemala no es tan fuerte como en Méjico y que además siendo él judío, se sentirá antes judío que guatemalteco y habló de la capacidad que los judíos mostraban, en base a su experiencia, para adaptarse al medio, al menos aparentemente y como el hecho de ser judío cuando vivió en Guatemala fue causa de exclusión porque todos sus amigos eran católicos y Halfon quedaba al margen de las comuniones, los regalos navideños, la semana santa, etc. «Yo nunca me he sentido de un lugar, creo que tiene que ver con haber nacido en una familia judía en un país donde no había judíos».

Juan Pablo afirmó que toda escritura es política y habló de la manera en la que tuvo que enfrentarse a la difusión de un libro en el que recogía, bajo el formato de cuentos, testimonios de niños suramericanos abandonados en la frontera con los Estados Unidos y lo distinto que es cuando se escribe ficción y la impunidad que esta le ofrece al escritor, pues ahí no debe rendir cuentas, ni recibir los abucheos o los insultos que acarrean las crónicas, la filosa realidad. Para Villalobos lo que importa es el ahora, el presente y su escritura aborda la realidad, no los grandes acontecimientos, sino algo más prosaico, cotidiano, citando el espíritu de Perec. Añadió que la extrema derecha siempre apela a la nostalgia, al pasado, a algo que nunca fue tan hermoso en realidad y que cuando se habla de lo bueno que antes era todo y lo mal que están ahora las cosas, a qué se refieren exactamente, qué es lo que les sobra, lo que ahora hay y antes no, los inmigrantes se pregunta. La nostalgia es reaccionaria, leí en Zywiecz. Halfon que residió en Nebraska comentó que cuando ganó Trump la gente perdió el miedo a hablar y puedo decir lo que tenía en mente porque Trump con su discurso les abrió la puerta. Un discurso que todos vamos viendo se basa en el odio, el racismo, la exclusión, los prejuicios…

Se habló también del acto de leer, Halfon dijo que ha sido tres lectores. Aquel que leía vorazmente cuando era ingeniero con veintimuchos años, otro lector que leía como escritor, analizando cómo escribían los otros para poder aprovecharlo en su escritura, y finalmente el último lector, el lector intermitente, con un hijo pequeño en casa. Juan Pablo contaba que ahora leía más poesía y ensayo. Halfon apuntaba más las relecturas que a las lecturas así como su tendencia a abandonar aquellas que no les gustaban.

Eduardo Halfon, Cristina Hermoso de Mendoza y Juan Pablo Villanueva

Eduardo Halfon, Cristina Hermoso de Mendoza y Juan Pablo Villalobos


Al final Halfon a instancia de Cristina habló de El boxeador polaco, del modo en el que ese relato se ha convertido en la madre de otros relatos que han formado parte de otros libros (Signor Hoffman, Monasterio…) y como en otros países ese Boxeador polaco se vende agrupando todos esos textos que penden de El boxeador polaco sumando 500 páginas, lo cual es inaudito en un Halfon que enarbola la bandera de la economía narrativa en cada libro que escribe.

Fue una hora y media muy fruitiva y un placer llevarme a mi casa Monasterio firmado por Halfon y conocer al editor de Magistral.

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El boxeador polaco (Eduardo Halfon)

El boxeador polaco es un libro de seis relatos de Eduardo Halfon publicado en 2008 en Pre-Textos. Libro hoy descatalogado e inencontrable. Ahí juegan un papel fundamental en nuestro fervor lector con su auxilio las bibliotecas públicas. Tengo una buena noticia: la editorial Libros del Asteroide publica en breve en un mismo volumen El boxeador polaco con estos seis relatos junto a La pirueta, novela breve publicada en 2010 en Pre-Textos.

En uno de los relatos uno de los personajes, Milan, habla de los músicos que tocan sin estar presentes. Algo parecido sucede a veces cuando leemos, que parece que no haya nadie detrás del texto. En el caso de Halfon, en todos sus libros y pienso en Monasterio, Saturno, Signor Hoffman, Biblioteca bizarra, este se sitúa en el centro de sus historias y con él ciertos temas recurrentes como su relación con el judaísmo o su abuelo de Lozd. Aquí nos cuenta que su abuelo salvó el pellejo en Auschwitz gracias a un boxeador polaco, también de Lozd, que la noche previa a un juicio sumario, lo adiestró no con los puños sino con las palabras.

La literatura no es más que un buen truco, se nos dice. Halfon opera su espectáculo de magia y uno no solo no advierte el truco sino que asiste a la función con unas expectativas que una y otra vez no defraudan, pues al final da igual que Halfon me hable de sus clases de literatura y la relación -inexistente- de sus jóvenes alumnos con el mundo del cuento, muy grande ahí la figura de Kalel; de su paso por un garito sito en la Antigua Guatemala en donde rehúsa meterse en el ojo del huracán, en el vórtice de un deseo siempre irrefrenable; la sabiduría derramada entre las bromas y veras a costa de Twain y las exégesis del vestusto Krupp; la figura de un músico clásico serbio con acento argentino que va en busca de sus raíces gitanas, nómadas, para poder cortar así por lo sano; o los dos últimos relatos con el abuelo de Halfon como protagonista, porque hay algo en la prosa de Halfon que al leer te hace ir dando vueltas sobre el ring, en continuo movimiento, viéndote bailar, hasta que ya al final y en la última línea de cada relato te suelta el derechazo o zurdazo, da igual, que te manda besar la lona con una sonrisa beatífica, inconsciente.

Eduardo Halfon en Devaneos

Monasterio
Signor Hoffman
Biblioteca bizarra
Saturno
Oh Ghetto mi amor

Oh gueto mi amor

Oh gueto mi amor (Eduardo Halfon)

Mi mala memoria propicia una relectura no intencionada. Oh gueto mi amor es un relato de Eduardo Halfon que apareció en su día en el libro Signor Hoffman, del que ya hablé. No sé si el relato que publica ahora Páginas de Espuma con preciosas ilustraciones de David de las Heras, es exactamente el mismo, o si hay algún añadido o supresión, pero a medida que lo iba leyendo y después de leer la reseña de Signor Hoffman descubro que lo que leía me sonaba mucho. Halfon también hablaba de su abuelo polaco tanto en Monasterio como en Biblioteca bizarra y tiene un libro de relatos que todavía no he leído, El boxeador polaco, que entiendo que guarda relación con su abuelo, pues según se nos refiere aquí su abuelo salvó la vida porque un boxeador polaco durante una noche le enseñó a soltar puñetazos con las palabras.

Halfon se pone cabezón dándole la tabarra a su abuelo antes de morir con que le dé la dirección de la calle donde éste vivió en Łódź hasta que fue enviado junto a sus padres a un campo de concentración. El abuelo accede y entregándole un papel amarillo le viene a decir que ahí le va toda su herencia. Un patrimonio cifrado en la memoria, en un nomeolvides.

Halfon se pone en contacto con su particular cicerone, una tal Maroszek (a la que conoce epistolarmente) que le ayudará a éste en todo lo que se le ofrezca en Łódź. Halfon quiere visitar la casa en la que vivió su abuelo, aunque no sabe bien cómo ponerlo en palabras como tiene ocasión de comprobar cuando la mujer que ahora ocupa el piso le formule esa temida pregunta, qué buscas aquí, qué pretendes encontrar después de tanto tiempo. Halfon no lo tiene claro, pero a veces uno se deja llevar por el instinto, por las ganas, por la pasión, o quizás por un sentimiento de justicia, tal que ir hasta Łódź, es para Halfon algo que tiene que hacer y punto.

A punto de despedirse Maroszek le regalará a Halfon tres libros, de tres personas que murieron en los campos de concentración y que quisieron poner por escrito sus vidas o lo que les quedaba de ellas ante un futuro sin esperanza, ofrecernos su testimonio sobre lo indecible. Leyendo el final del relato, el cual me resulta demoledor y hermoso, no puedo dejar de pensar en estas palabras de María Zambrano: «El escritor quiere decir el secreto; lo que no puede decirse con la voz por ser demasiado verdad; y las grandes verdades no suelen decirse hablando. La verdad de lo que pasa en el secreto seno del tiempo, en el silencio de las vidas, y que no puede decirse. “Hay cosas que no pueden decirse”, y es cierto. Pero esto que no puede decirse, es lo que se tienen que escribir. Descubrir el secreto y comunicarlo, son los dos acicates que mueven al escritor».

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Biblioteca bizarra (Eduardo Halfon)

Heteróclito y muy apetecible (lo edita Jekyll & Jill, así que está todo dicho) y godible artefacto narrativo este que nos ofrece Eduardo Halfon, bien conocido por estos pagos literarios.

El texto explicita el amor de Halfon por los libros, como buen bibliófilo, al hilo de lo cual dedica un apartado a hablar de distintas bibliotecas, y esto me recuerda al libro de Marchamalo, Tocar los libros, como cuando aborda esas bibliotecas particulares de varios miles de ejemplares, como la de Eco, ante las cuales siempre surge como espectador la inevitable pregunta ¿te los has leído todos?, que da pie para respuestas de lo más ingeniosas. En esa miríada de bibliotecas, entresaco La biblioteca mojada, entre otras cosas porque el protagonista es un tal doctor Sancha, un riojano con el que Halfon pasea por la calle Laurel y siendo uno oriundo de Logroño el texto me resulta sorprendente.

Otras páginas son recuerdos de Halfon. Unos tienen que ver con su padre, que ya abordó al detalle en Saturno, como su acto de desobediencia filial en su adolescencia, al no estar Halfon por cumplir con los ritos judios tradicionales. En otros se menta a su abuelo, que ya aparecía en los relatos de Signor Hoffman, o se desgranan otros recuerdos como se hacía en Monasterio.

Reflexiona Halfon sobre la escritura y la memoria. Escribir es volver atrás, poner en pie los recuerdos, rellenar los huecos, «Tras beber simultáneamente de los ríos Lete y Mnemósine, narramos nuestros lugares infantiles desde un punto intermedio entre el recuerdo y el olvido«.

Otro capítulo lo dedica Halfon a su inmimente paternidad (viene al caso hoy que es el día del padre)
La paternidad Halfon
Sentimientos, los que manifiesta Halfon que me recuerdan a otros parejos de Pablo Cerezal en Breve historia del circo.

Halfon nos cuenta sus inicios como escritor, su poco gusto por la lectura hasta pasada la treintena que le llega la iluminación, el leer compulsivo, el enamorarse de las palabras, el aprender a escribir, el ser un lector exigente, el comenzar a publicar. Recuerda a los escritores guatemaltecos que se han visto obligarse a exiliarse: Miguel Ángel Asturias, Augusto Monterroso, Carlos Solórzano, y cómo él mismo se tuvo que ir (un partirse por la mitad) como un día un fulano se plantó en su casa dejó un arma sobre la mesa y se puso a contarle lo mucho que adoraba a Hitler, pues era mejor no andar hablando demasiado y no hablar, opinar, escribir y en caso de hacerlo censurarse, para no causarse problemas.

Me ha gustado mucho la anécdota del laureado Antonio Di Benedetto compitiendo en un certamen de relatos con otros jóvenes que hacían sus pinitos, como Bolaño.