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El dependiente (Bernard Malamud)

Desde que leí este insoslayable artículo de Enrique Vila-Matas, leer a Malamud era una necesidad. Recorriendo las estanterías de una franquicia de esas que venden libros de segunda mano, me di de bruces con esta obra de Malamud, El dependiente, publicado en Estados Unidos en 1957 y aquí en 1984. Su segunda novela.

Bernard Malamud (1914-1986) no ofrece concesiones. El escenario es una tienda, donde su dueño y dependiente, el judío Morris, sobrevive a duras penas, trabajando siete días a la semana y 16 horas al día, en el barrio neoyorkino de Brooklyn en la América de mediados de los cincuenta. Le ayuda Ida, su mujer, y ambos constatan con pesar que esa tienda convertida en una tumba les está sepultando en vida, mientras van entregando todas sus horas y toda su energía, a cambio de un magro beneficio que apenas les permite subsistir y que de paso irá lastrando los sueños de su hija Helen, la cual quiere acceder a la universidad, donde se cifran todas sus esperanzas de cambiar de vida, para mejor.

El gran personaje de la novela es Frank, un joven italoamericano que cae en la tienda por casualidad, donde comenzará a trabajar como dependiente y que trastocará las existencias de Morris, Ida y Helen, al tiempo que atrae nuevos clientes, con sus nuevos bríos, tácticas de venta, y un público gentil que ve con mejor ojos detrás del mostrador al joven italiano que al marchito judío Morris.

Helen es una ávida lectora. Lee a Tolstói, Flaubert, Dostoievski. Frank se quiere congraciar con ella, y lee lo mismo que ella lee. Caen Madame Bovary, Anna Karenina, Crimen y castigo. La cabeza le duele, las historias le deprimen. Se siente hermanado con Raskólnikov y la necesidad de ambos de confesarse. y de redimirse, podemos añadir. Frank viene del fango, de la oscuridad, de la imposibilidad, pero hay algo ahí dentro que le obliga a pensar en sus actos, a reconocer sus errores, a tratar de enmendarlos, pero todo lo sale mal. Se enamora de Helen con locura, pero la caga hasta al fondo y ésta le rechaza. Otro desistiría, cogería las de Villadiego. Frank no. Frank es un coloso. Frank es inteligente, agudo, tenaz. Su naturaleza es un pedernal. El presente va con orejeras y Frank solo mira al frente, al futuro, hacia ese objetivo que se le escapa una y otra vez.

Morris y Frank se parecen porque ambos piensan y reflexionan sobre lo que hacen y los efectos que se derivan de sus acciones y sus certezas nunca lo son. A ambos les mueven sentimientos de compasión, de piedad. Malamud emplea a Frank para reflexionar sobre los judíos, y así Frank habla de cómo el sufrimiento para los judíos es como una pieza de tela, con la que pueden hacerse varios trajes.

Frank en las postrimerías me trae en mientes la canción de Plá, Carta al Rey Melchor. Unos mandan a la mierda sus firmes principios de republicanos, otros se despojan de sus frenillos, llegado el caso.

Deprimente novela, sí. Esperanzadora también. Soberbio Malamud.

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Historia de Irene (Erri De Luca)

De Erri de Luca (Nápoles, 1950) solo había leído La parola contraria. La Historia de Irene es el primer libro de relatos que leo suyo. La historia de Irene es el relato más largo y en el mismo Erri adopta un tono poético mágico para referir la historia de Irene, una joven sordomuda embarazada a punto de ser madre, en una pequeñísima isla griega, que desconoce quiénes son sus padres, criada entre delfines, una mujer que vive a lomos del mar y de la tierra, una especie de sirena o deidad mitológica que encuentra en la figura de un escritor senil alguien en quien confiar, el cual capturará su historia para nosotros. A lo fantástico del relato Erri aporta datos biográficos como sus aventuras en la montaña y su defensa de los animales, de los delfines en este caso censurando la vida que llevan en los acuarios (en las noticias vimos hace poco como en una playa española un grupo de bañistas vieron una cría de delfín, que entre el ruido y los selfies de turno, entre todos ellos con el ruido mataron al delfín). El relato tiene algunos detalles interesantes pero lo encuentro deslavazado.

El siguiente relato cuenta cómo el padre de Erri, Aldo De Luca, logró quitarse la guerra de encima, la segunda, escapando de Nápoles a Capri en una barca con nocturnidad, acompañado de otros hombres, entre ellos un judío que se hace dueño de la historia.

El tercer relato es un intento fallido de mostrar lo jodido que resulta insertar en el hogar familiar a un anciano decrépito y con los esfínteres echados a perder cuando el hambre y el frío pueden más que el sentimiento de piedad y como un rayo de sol, la espuma del mar o el sabor de una almendra es más que suficiente para acariciar, aunque sea brevemente, la felicidad.

Seix Barral.141 páginas. Traducción de Carlos Gumpert.

Literatura italiana en Devaneos | Marcello Fois, Marisa Madieri, Alberto Moravia, Alfredo Panzini, Matilde Serao, Clarice Tartufari, Tommaso Landolfi, Anna Maria Ortese, Andrea Camilleri, Alberto Savinio, Antonio Tabucchi, Natalia Ginzburg, Giani Stuparich, Leonardo Sciascia, Italo Calvino, Claudio Magris, Elvira Mancuso, Nuccio Ordine, Dino Buzati, Scipio Slataper, Margaret Mazzantini, Dacia Mariani, Alessandro Baricco, Vincenzo Consolo, Paolo Giordano, Chiara Gamberale, Ugo Cornia, Edoardo Nesi, Niccolò Ammaniti, Primo Levi, Elena Ferrante.

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Trenes rigurosamente vigilados (Bohumil Hrabal)

En la biblioteca curiosamente se me planteó la posibilidad de llevarme el libro y la película basada en el libro del checoslovaco Bohumil Hrabal (1914-1997). Me decanté por el libro.
El humor y el sexo -un narrador aquejado de eyaculatio precocs, un empleado para quien las nalgas femeninas obran de papel en el que lidiar su aburrimiento estampando en ese horizonte carnal, cuantos sellos tienen a mano- contra la barbarie. Una sinrazón que siempre sale a flote y estalla. Un final memorable, con dos hombres, un checo y un alemán, matándose recíprocamente en las postrimerías de la novela. Dos hombres que podían haber charlado, haber tomado algo juntos, haberse caído bien, dice el narrador.
La guerra los convierte en enemigos.
Europa en un cementerio.
Trenes de paso, algunos rigurosamente vigilados, convertidos en el heraldo de la muerte, ya sean la de animales o personas.

Seix Barral. 2017. 152 páginas. Traducción de Fernando de Valenzuela.

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Los bosques imantados (Juan Vico)

Lees esto que aparece en la contraportada:

Francia, 1870. En el bosque de Samiel se reúnen centenares de curiosos, devotos, médiums y magos, y también la prensa, dispuesta a cubrir los fenómenos que se esperan para la noche del 10 de julio. Locusto, un misterioso mago al que nadie ha visto el rostro, ha anunciado su aparición en el bosque, coincidiendo con el eclipse lunar que tendrá lugar en la noche de Samiel y que propiciará el despertar de poderosas fuerzas. Hasta allí viaja Victor Blum, periodista embarcado en una cruzada personal contra la superchería y el fraude. Dos hechos inesperados, la profanación de una iglesia y un asesinato, pondrán a prueba la investigación de Blum. Un análisis de la fascinación por los fenómenos paranormales y de la necesidad de poner a prueba la fe y la superstición.

Y piensas. Esto pinta bien. Luego sea porque los diálogos son mero relleno y tienen muy poca chicha, sea que el marco histórico parezca de corchopan, que los personajes tengan escaso relieve y pareja profundidad, que la novela sea un truco de magia, donde mientras el truco sucede apenas suscita el menor interés, por mucho que haya un muerto encima de la mesa y una misteriosa inscripción a desentrañar, luego, al final y a toro pasado todo debe explicarse, cuando la historia ya se ha desinflado, sea todo esto junto lo que da lugar a una novela que me resulta fallida.

Novela de Juan Vico (Badalona, 1975) que en definitiva promete mucho, pero que dista bastante de resultarme fascinante, menos aún magnética, ni incluso si me apuran, entretenida. Me pregunto qué pensaría Julio Verne de una novela tan epidérmica y deslavazada como esta, que hace de un mal empleo de la elipsis, su razón de (no) ser.

Seix Barral. 2016. 220 páginas

Julio Ramón Ribeyro
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Prosas apátridas (Julio Ramón Ribeyro)

La lectura hace al hombre completo, la conversación lo hace ágil, el escribir lo hace preciso.

Francis Bacon

Historias encontradas de Eduardo Berti me puso en la pista de Julio Ramón Ribeyro (1929-1994). Un amigo me recomendó leer Prosas apátridas. !Bendita sugerencia!. Estas prosas apátridas como las denomina Julio son algo parecido a descartes que no cabían en otras novelas y ensayos, y que se reúnen aquí, en 200 parágrafos y que creo que cifran bien la agudeza y buen hacer de Ribeyro.

Se hablan de muchas cosas en estos apuntes autobiográficos que me recordaba en parte a algo que leí recientemente de Quignard, pero sin la presunción y gravedad de este. Ribeyro se nos muestra más mundano, más accesible, más de andar por casa, donde su mirada se dirige hacia una realidad escurridiza, ininteligible (mientras leía esto en un banco, se me acercó un chucho homérico a oler mi zapato, mientras su dueña lo llamaba a voz en grito, con un !Argos, deja en paz al señor!), donde reina la confusión y el caos, donde la razón se sustrae y da paso al hombre que es poco más que un punto de vista, una mirada, un espectador que contempla y asume nuestro paso fugaz por la vida, un tránsito con escaso brillo, con unos pocos momentos gloriosos (“no hay nada más duradero que el instante perfecto“) y lo dice alguien que gozó de la fama literaria, un Ribeyro que mete a su hijo en la narración, para hablarnos de la irrupción de un niño en el hogar como la de los bárbaros en el viejo imperio romano. Un niño que crece, y le lleva a Ribeyro a decir: “Es falso, pues, decir que los niños imitan los juegos de los grandes; son los grandes los que plagian, repiten y amplifican, en escala planetaria, los juegos de los niños”.”Un niño que crece y se alimenta de nosotros, de nuestro tiempo y que se construye con las amputaciones sucesivas de nuestro ser“.

Ribeyro diferencia erudición de cultura: “La cultura no es un almacén de autores leídos, sino una forma de razonar. Un hombre culto que cita mucho es un incivilizado“. Se afana a su vez en la demolición las imágenes edificantes, que le resultan, además, cargantes. Critica esta llamada era de la información: “La información no tiene ningún sentido si no está gobernada por la formación“. Reflexiona sobre su oficio de escritor: Lo que debe evitarse no es la afectación congénita a la escritura, sino la retórica que se añade a la afectación. Ataca el barroquismo, aquel que convierte la literatura en decoración verbal. Deja recaditos para los críticos: La evidencia de que nadie lee los exhaustivos trabajos sobre cualquier clásico de la literatura, perpetrado por los críticos literarios, pasados unos años porque “Los críticos trabajan con conceptos, mientras que los creadores con formas. Los conceptos pasan, las formas permanecen“. Se pregunta sobre nuestro afán por comprar libros, muchos de los cuales nunca leeremos: “El libro es una garantía de inmortalidad y formar una biblioteca es como edificar un panteón en el cual le gustaría tener reservado su nicho“. Reflexiona sobre los comentarios sobre sus libros: “Una buena obra no tiene explicación, una mala obra no tiene excusa y una obra mediocre carece de todo interés. En consecuencia los comentarios sobran“. Y en su labor de demolición, nos brinda esto: “Quizás lo que puede devolvernos el gusto por la lectura sería la destrucción de todo lo escrito y el hecho de partir inocente, alegremente de cero“. Hay espacio para el humor como la anécdota en la que le confunden con Gabriel García Márquez.

Se nos olvida la importancia del alfabeto, algo que si lo pensamos un poco se me antoja casi milagroso.

El hecho material de escribir, tomado en su forma más trivial si se quiere -una receta médica, un recado- es uno de los fenómenos más enigmáticos y preciosos que puedan concebirse. Es el punto de convergencia entre lo invisible y lo visible, entre el mundo de la temporalidad y el de la espacialidad. Al escribir, en realidad, no hacemos otra cosa que dibujar nuestros pensamientos, convertir en formas lo que era solo formulación y saltar, sin la mediación de la voz, de la idea al signo. Pero tan prodigioso como escribir es leer, pues se trata de realizar la operación justamente contraria: temporalizar lo espacial, aspirar hacia el recinto inubicuo de la conciencia y de la memoria aquello que no es otra cosa que una sucesión de grafismos convencionales, de trazos que para un analfabeto carecen de todo sentido, pero que nosotros hemos aprendido a interpretar y a reconvertir en su sustancia primera. Así, toda nuestra cultura está fundada en un ir y venir entre los conceptos y sus representaciones, en un permanente comercio entre mundos aparentemente incompatibles pero que alguien, en un momento dado, logró comunicar, al descubrir un pasaje secreto a través del cual podía pasarse de lo abstracto a lo concreto, gracias a una treintena de figuras.

Ribeyro le da vueltas a la idea de memoria colectiva, que no es memoria, es desmemoria. “El hombre no puede al mismo tiempo enterarse de la historia y hacerla, pues la vida se edifica sobre la destrucción de la memoria”. “Como somos imperfectos, nuestra memoria es imperfecta y sólo nos restituye aquello que no puede destruirnos“.

Da sabios consejos para los cuarentones. “A los cuarenta, llega el momento de la suprema elección, pues se trata de escoger entre la sabiduría o la estupidez“.

Leyendo todo esto, compruebo que los textos seleccionados no hacen justicia a lo bueno que es el libro, así que les invito a leer el libro directamente y olvidarse de todo esto. Pero antes, lean una última cosa. Es posible que cuando Ribeyro escribía sobre el artista de genio, él se considerara como tal, o puede que no. Lo evidente es que Ribeyro con estas prosas apátridas nos invita a mirar y a pensar.

El artista de genio no cambia la realidad, lo que cambia es nuestra mirada. La realidad sigue siendo la misma, pero la vemos a través de su obra, es decir, de un lente distinto. Este lente nos permite acceder a grados de complejidad, de sentido, de sutileza, de esplendor que estaban allí, en la realidad, pero que nosotros no habíamos visto“.