Archivo de la categoría: Ricardo Menéndez Salmón

Gritar (Ricardo Menéndez Salmón)

Gritar (Ricardo Menéndez Salmón)

No había leído más relatos de Ricardo Menéndez Salmón desde que leyera en su día Los caballos azules; relatos que datan del 2005. Un par de años después Ricardo publicó en Lengua de Trapo, Gritar, colección de nueve cuentos. Ese mismo año publicó también La ofensa, novela que le abrió las puertas de la editorial Seix Barral, momento cumbre en su carrera literaria, como nos desvela Ricardo en su último libro No entres dócilmente en esa noche quieta.

Bajo el alero de la literatura caben mil mundos. Mundos de mundos. Ese parece ser el espíritu de estos relatos. El primer relato, Mi vida en llamas, me traía en mente el último libro de Ricardo, esa particular biografía paterna. En el relato un padre agoniza. Y no le dice al hijo antes de morir Más luz, sino Lee, y el vástago lee. El padre muere y el hijo sufre la pérdida paterna y una separación parejil, y a un hombre en llamas frente a él, y a su vecina desnuda tras el cristal de la escritura. Muerte y nacimiento (en camino), latiendo o expirando el unísono.

En El placer de los extraños se mezcla lo filosófico con lo fantástico y el noir para alumbrar un personaje con tirón, un tal José Mendoza. Una manera de habitar los intersticios de la historia, muy presente ésta también en otros relatos como Los ancestros y un descendiente de Pieter el Rojo, con La dormición de la Virgen como elemento fantástico y seductor. Un manejo del tiempo, elástico, capaz de replegarse, de acelerarse en uno de los mejores relatos Las noches de la condesa Bruni, texto sugerente rebosante de misterio que maneja a la perfección la expectativa del lector.

Lo prosaico, absurdo y humoroso se manifiesta en Gritar, donde una pareja encuentra en el grito, el alarido, el barritar, una comunión decibélica que los sitúa en otro estadio de la evolución al que a la palabra antecedía el gruñido, el graznido.

Ricardo recurre a popes de las letras para dos relatos. Joyce, en Hablemos de Joyce si quiere, relato impregnado de una naturaleza kafkiana, en el que Joyce aparece de refilón en una foto que sirve de reflexión para abordar el azar y la creación literaria. Para una historia privada de la literatura, con Kafka como protagonista es uno de los relatos que Ricardo mejor elabora: un tema sugerente de corte filosófico, la historia muy presente, una prosa opulenta, y el afán de tratar de sintetizar ese mundo de mundos y su construcción (también literaria) en un puñado de páginas fabulosas.

Los dos relatos más flojos me han resultado A nuestros amores -sobre la mesa la eterna disyuntiva, los miles de ramales que se abren en nuestro horizonte. Las decisiones amorosas adoptadas. Y la pregunta de si se acertó o no. Aquí resumido en un no, pero sí- y El terror. La vida sólo es soportable por el hecho de que nadie coincide con el dolor de nadie, escribió Cioran. Y así una pareja recibe a las cuatro de la madrugada una llamada de una chica que quiere hablar con su padre, pidiéndole ayuda, pues su chico acaba de morir. Una llamada sin auxilio, una llamada perdida, un dolor ajeno estéril para su interlocutor. Una correspondencia que no es tal y que por eso a la pareja no solo le resulta soportable, sino que les refuerza en su alegría, porque por esta vez, al menos, la desgraciada no es su hija, que duerme plácidamente, sustraída al terror que anida ahí fuera.

Ricardo Menéndez Salmón es uno de los cinco finalistas del VI Premio Ribera del Duero de la editorial Páginas de Espuma, con su libro “Algunas hipótesis en torno al fin del mundo”. En breve, habrá pues, más relatos de Ricardo de los que dar buena cuenta.

Ricardo Menéndez Salmón en Devaneos

Los caballos azules
La ofensa
La luz es más antigua que el amor
La noche feroz
Niños en el tiempo

El Sistema
Homo Lubitz
No entres dócilmente en esa noche quieta

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No entres dócilmente en esa noche quieta (Ricardo Menéndez Salmón)

La escritura como salida, huida, fuga. Una proyección del ser bajo el imperio de la imaginación, segregando personajes, diálogos, sustanciando la realidad, enriqueciéndola, aumentándola. El escritor y sus novelas, el afán de reconocimiento, el prestigio, las ventas de libros, viajes, conferencias, becas. Miles de kilómetros. Recortes de periódicos en álbumes familiares. Orgullo familiar. Ensoberbecerse. La relación (y posterior ausencia) entre hijos y padres ya es género literario: Kafka, Halfon, Peixoto, Vilas, también, ahora, Ricardo Menéndez Salmón. El padre muere (Mi padre falleció en la Unidad de Paliativos del Hospital… Así arranca el libro) y el hijo entonces trata de dilucidar su relación, analizarla con alma de forense, de archivero, con toda la objetividad posible: mudar la biografía en expediente. Metamorfosis quimérica, como la utopía del no lugar de la muerte, que es todo. Explicarse a uno mismo a través de los padres. Su padre. Ricardo también. Apartarlo de la masa de padres e individualizarlo. Contar su historia, la del padre y la suya. Relacionadas ambas. Tratar de atrapar la biografía paterna con la red invisible de la escritura. Toda familia es un tira y afloja. Un balancín con un eje precario. ¿Un cordón umbilical convertido en un rosario de cuentas pendientes? El padre enfermo. La enfermedad como un éter respirado por el hijo y su madre durante años. La enfermedad asedia, merma, jibariza, apoca, socava, aploma. Al enfermo y a cuantos le rodean y velan. La enfermedad como un patrimonio exclusivo, monopolizando los afectos, los apegos. Envileciéndolos. La vida paterna como una muerte crónica desde los treinta, después de un infarto. Más adelante un cáncer. Más zarpazos. Más arena ganada al mar. Un cauce que se achica. La reciedumbre un espejismo. La vida como viacrucis. La tierra firme del Monte Calvario. Vivir o morir. Vivir o sobremorir. El azar de su parte. Un destino demediado. No ser un insecto al despertar. Pero sí, otro. Ricardo, el hijo, vive dos décadas infaustas. Miedos, temores, pesadillas, el Nirvana en la radio. La inocencia perdida. La Parca enseñando los dientes cariados. La familia como fortaleza, un asedio presentista, absoluto. La necesidad imperiosa de huir. Hacerlo, a lomos del corcel de la escritura. El nido vacío. El hijo ya fuera de la férula paterna y materna. Alimentar el vacío, la separación, la ausencia. El ciclo sigue su curso. El hijo luego será padre con hijos. Otra perspectiva. La experiencia es el peine que te da la vida cuando ya estás calvo, me decía mi abuela. Superado el golfo de los cuarenta Ricardo hace balance, coge distancia. El hijo trata de descifrar a su padre muerto. Mirar la vida a mi padre, eso debería haber hecho todos los días, mucho rato, escribía Vilas en Ordesa. Ricardo está harto de mirar, la vista agotada, la presbicia en el corazón, su aliento viciado por la enfermedad paterna. Huir lejos, más luz, más distancia. La paradoja es que el viaje trazará una órbita elíptica que superado el ecuador de la (gloriosa) existencia conduce de nuevo a la familia, al origen, al núcleo, a la oscura raíz. La mirada se ve ahora corregida por la escritura filial que trata de entender al padre y al hijo, que busca comprender, empatizar, palpar la otredad, sentir el dolor, la tristeza, la desesperanza, el horizonte mellado y alicorto del otro, del padre, del tronco, y la de aquel que entonces era sólo rama pero que va también sumando anillos. Si a la novela se le pide al menos verosimilitud a una biografía se le ha de pedir sinceridad. Y Ricardo lo hace al despojarse de la máscara y escribir a corazón abierto, como si llevara tatuado en el antebrazo un memento mori que le llevará al despojamiento en pos de lo esencial: el ser. La escritura entonces como una palinodia moral privada, que es pública. Uno de los capítulos de este bellísimo libro concluye con aires gongorinos. Acabemos viviendo, galopando pues, antes de convertirnos en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.

Seix Barral. 2020. 192 páginas.

Ricardo Menéndez Salmón en Devaneos

Los caballos azules
La ofensa
La luz es más antigua que el amor
La noche feroz
Niños en el tiempo

El Sistema
Homo Lubitz

Mitologías de invierno. El emperador de Occidente (Pierre Michon)

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Cuando leí El origen del mundo, de Pierre Michon (Cards, 1945), esta lectura pasó por mí sin dejar rastro alguno. He disfrutado sin embargo ahora lo que sí está escrito con otro libro suyo, que son dos novelas. Mitologías de invierno y El emperador de Occidente, y aún más con la segunda que con la primera.

Mitologías de invierno, como apunta Ricardo Menéndez Salmón en el prólogo, y cuyo nombre, al contrario que el del traductor, Nicolás Valencia, aparece en la portada junto al autor del libro, es una suerte de bestiario, de doce personas, ubicadas entre Irlanda y el Causse Francés a lo largo de la historia; abadesas, obispos, reyes, caudillos, médicos o espeleólogos, jóvenes dispuestas a morir para conocer así a Dios, asoman aquí, para tomar vida con apenas cuatro trazos, y conducirme al asombro (la thaumasía de los griegos), ante ese paisanaje humano tan variopinto; asombro que supone como decía Lledó «descubrirme al otro«, donde brilla el poder de la palabra escrita (que se lo digan a Columbkill, el lobo, guerrero y monje el cual cuando deja la espada, cabalga de monasterio en monasterio, donde lee: lee de pie, tenso, moviendo los labios y frunciendo el ceño, con esa violenta manera de entonces, que tampoco nos es concebible. Columbkill el Lobo es un lector brutal), lo sobrenatural (como el Rey capaz de hablar la lengua de los pájaros), el ansia de poder, y esa tentación que les ronda y que no saben si les viene de Dios o del Demonio.

El emperador de Occidente nos sitúa en el siglo IV, siguiendo las gestas (ya pasadas) de Alarico, Rey de los Godos, venciendo este a los Romanos y referidas por alguien muy próximo a él, Prisco Atalo, un tañedor de lira que le acompañó en sus campañas bélicas y que luego exiliado y pensionado en la isla de Lípari dialoga con el joven Aecio, quien se verá finalmente batallando contra los hunos Atila en los Campos Cataláunicos.
Sobre ese fondo histórico Michon monta una delicada pieza de orfebrería, de poco más de 60 páginas, que avanza en vertical pues su corta extensión es engañosa, ya que al igual que otras obras como Ravel de Echenoz, Terraza en Roma de Quignard, o La siesta de M. Andesmas de Dumas, vienen a demostrarme que no son necesarias cientos de páginas para crear una narración poderosa, una vibrante y emocionante ficción.

Ediciones Alfabia. 2009. 166 páginas. Prólogo de Ricardo Menéndez Salmón. Traducción de Nicolás Valencia.

Lecturas periféricas | Decirlo todo (Enrique Vila-Matas)

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Homo Lubitz (Ricardo Menéndez Salmón)

Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) es un escritor que aparece con frecuencia en estos devaneos literarios míos. Ya sea con relatos estupendos como Los caballos azules, con ensayos pictóricos como La luz es más antigua que el amor, o con novelas como La noche feroz, Niños en el tiempo o El Sistema.

Quien siga la pista a Salmón sabrá la capacidad del autor para reinventarse y ofrecer a sus lectores sorpresas renovadas. Aquí traigo su última novela, publicada el mes pasado, Homo Lubitz, novela de gran f(r)actura (para decirlo en términos fílmicos), muy lograda y consistente. Lubitz quizás les suene, pues fue quien estrelló en los Alpes franceses el avión que pilotaba el 24 de marzo de 2015, causando más de cien muertes.

Podía haber sido el texto un ensayo sobre el devenir humano, el contraste entre el inextricable mundo oriental (para nosotros) y occidental, el nihilismo, la capacidad aniquiladora de la tecnología, esa China convertida en un palimpsesto transparente y en carne viva, la necesidad de recorrer el tronco existencial hasta llegar a la raíz, al origen troglodítico, pero Salmón opta aquí por el formato novela, para reflexionar sobre estos temas y sitúa su historia en un futuro no muy lejano, que se principia en China, donde un ejecutivo exitoso, un tal O´Hara, recibe un buen pellizco merced a una operación que parece exitosa y deviene un fracaso, relativo en todo caso: una purga humana que atiende a un reajuste, a un saneamiento, el que la técnica presta a la eugenesia.

El eje o centro de la novela es un millonario, Control, ente panóptico que como su nombre indica no deja nada fuera de su alcance. Control y O´Hara se complementan. Son tipos curiosos, el tiempo y el dinero juegan a su favor, para ponerlos en pos de un sueño, de una ilusión, de un objetivo que los convierta en diana de sí mismos.

Maneja Salmón distintos escenarios en la novela, que me ha resultado muy dinámica y entretenida, y pienso en cómo sería este libro llevado al cine y la idea me resulta difícil de materializar, porque el gran logro de esta novela, y de todas las de Salmón es el uso que este hace del lenguaje y su manejo de la sintaxis, lo que supone que más allá de cual sea el argumento de la novela, la llama del interés nunca se apaga.

Si en su anterior novela Salmón ya planteaba una realidad distópica, aquí de nuevo hay elementos futuristas pero no fantásticos, pues en todo caso lo que se plantea es una realidad factible, y lo que hay a fin de cuentas es algo tan ancestral como el empeño de un Odiseo inmortal que no quiere tanto regresar a Ítaca como conocer cual es su Ítaca, y en el caso de O´Hara desentrañar su fijación por los accidentes, por esos hechos que hacen que la realidad despierte de su letargo, que fijan mojones en el espacio y en el tiempo, accidentes que a O´Hara lo hermanan y le permiten sintonizar y contactar con David Cronenberg, personaje de la novela, pues dirige este en el futuro una película sobre el avión siniestrado, El cielo desplomado, que recibirá muchos palos porque los espectadores no están dispuestos a soportar ciertas cosas. Los que hayan visto Crash sabrán de la fascinación de los personajes de la película de Cronenberg por los accidentes (de tráfico).

Creo que al igual que Rafael Argullol o Andrés Ibáñez, Ricardo Menéndez Salmón tiene muchas cosas que contarnos y una forma de narrar, un estilo, que hacen que su lectura no vaya solo en horizontal sino también en vertical (leí hace más de diez años lo de «derviche girostático» y todavía lo recuerdo), tal que va dejando una simiente que veremos si la posteridad es capaz de fecundar.

Seix Barral. 2018. 270 páginas.

Libros

Muy buen año de lecturas. 2016

Este año que finaliza ha sido muy bueno en cuanto al número de lecturas y a la satisfacción que me han deparado la mayoría de ellas. He leído unos cuantos libros que deseaba leer hacía tiempo, libros soberbios, entre otros, como Rayuela, Ulises, La Regenta, La colmena, Historia secreta del mundo, El comienzo de la primavera, Los siete locos, Fedón, Relatos autobiográficos de Bernhard, Días felices en el infierno, La resistencia íntima, Peregrinos de la belleza, La isla, Los ingrávidos, Mujer de rojo sobre fondo gris, Ruido de fondo, Una ambición en el desierto, La noche feroz, Una historia aburrida, El banquete, Sostiene Pereira, Herzog; alguno crucial como el Gorgias y también alguno como Crimen y Castigo, que lo leeré entre este año y comienzos del próximo.

He leído, si no me fallan las cuentas, libros de 66 editoriales distintas, de autores y autoras de distintos países. La mayoría han sido novelas, pero también he leído ensayos, diálogos, poesía y cómics. He descubierto a escritores en los que pienso seguir abundando: Emmanuel Bove, Albert Cossery, Natalia Ginzburg, Roberto Arlt, Thomas Mann, Matilde Serao, Antón P. Chéjov, Fiódor Dostoievski, Álvaro Cunqueiro, Pío Baroja, Stuparich, Szymborska, Cortázar, Borges, Cela, Savinio, Ernesto Pérez Zúñiga…

De todos los libros leídos este año, unos me han gustado más que otros y esto se ve claramente leyendo las reseñas, así que el que tenga tiempo y ganas, ya tiene con lo que matar su tiempo.

Quien siga esta blog creo que ya estará al tanto de mis gustos y de mis disgustos literarios. En cuanto a lo que se ha publicado este año, estos son los libros que más he disfrutado y que gustosamente leería de nuevo: Nemo (Gonzalo Hidalgo Bayal; Tusquets Editores), Nembrot (José María Pérez Álvarez; Editorial Trifolium), Fosa común (Javier Pastor; Literatura Random House), La manzana de Nietzsche (Juan Carlos Chirinos; Ediciones La Palma), Hombres felices (Felipe R. Navarro; Editorial Páginas de Espuma), De profesión, lector (Bernard Pivot; traducción de Amaya García Gallego; Trama editorial), No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (Patricio Pron; Literatura Random House), No cantaremos en tierra de extraños (Ernesto Pérez Zúñiga; Galaxia Gutenberg), Un padre extranjero (Eduardo Berti; Editorial Impedimenta), El ojo castaño de nuestro amor (Mircea Cărtărescu; traducción de Marian Ochoa de Uribe; Editorial Impedimenta), Magistral (Rubén Martín Giráldez; Jekyll & Jill Editores), El sistema (Ricardo Menéndez Salmón; Seix Barral Editorial), El vientre de Nápoles (Matilde Serao; Gallo Nero Ediciones)

!Felices fiestas y lecturas!

La noche feroz

La noche feroz (Ricardo Menéndez Salmón)

Ricardo Menéndez Salmón
112 páginas
2011
Seix Barral

A Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) le gusta llevar sus historias al límite, forzando la naturaleza humana hasta límites donde la bondad, la armonía, la tranquilidad, la paz, en definitiva, vuela por los aires.

Una niña aparece asesinada en un pozo, después de haber sido violada, con las dedos de las manos seccionadas y los dientes arrancados, en un pueblo próximo a la Raya portuguesa, en 1936, al poco de principiarse la guerra civil.

El Cura y otros hombres del pueblo, ávidos de hacer justicia, buscan al culpable, no importa quién.

Dos hombres de paso se convierten en culpables ipso facto.

El hombre deviene bestia, el mundo gira sus manecillas y se torna cueva, las herramientas sirven para cazar, no animales, sino personas, la justicia se imparte con una soga junto a un árbol. La sinrazón da pasos de gigante hacia el abismo.

Y entre los bárbaros encontramos al profesor, el catapotes, de nombre Homero, cuyas finas manos entre tanta tosquedad le delatan y distinguen. Homero es testigo de la cacería de dos inocentes y dueño de un secreto que al no ser confesado, implosiona, y nos estalla, a nosotros los lectores, hacia el final de la novela, en la cara.

Salmón en poco más de cien páginas construye una historia brutal, salvaje, cainita, plasmando a las mil maravillas aquello que el dicho refiere, ya saben: pueblo pequeño, infierno grande. Un infierno poblado de humanos encarcelados entre montañas cenicientas, cuyo alimento es el odio, el rencor y una religión que alimenta su miedo y que los constriñe más que liberarlos.

La luz es más antigua que el amor

La luz es más antigua que el amor (Ricardo Menéndez Salmón)

Ricardo Menéndez Salmón
Seix Barral
2010
173 páginas

Tuve este libro entre manos cuando se publicó en 2010. Lo hojeé y lo dejé. Seis años después y fruto de la casualidad, cae esta novela de nuevo en mi poder y tras las recientes y muy gratificantes lecturas de Los caballos azules y El Sistema, mis ganas de leer a Salmón se ven acrecentadas.

La novela torna en un ensayo que reflexiona sobre la creación artística. El autor, se convierte en personaje de la obra, bajo la figura de Bocanegra. Lo vemos durante la adolescencia, en el instituto, donde al amparo de una redacción escolar (Lux antiquior amore) se principia su genio creador, se desborda su lava creativa, la anunciación de un escritor en ciernes.
En su vida adulta, Bocanegra afronta en un hospital las postrimerías de la muerte de su exmujer, enferma de cáncer y Ricardo nos brinda unas bellas páginas sobre lo que es enamorarse, amar alguien, explotar por dentro, despojarse de las máscaras, concebir el sexo como una inmersión, no sólo física. Una inmersión, a dos, en la que todo lo que circunda a los amantes queda en suspenso.
Bocanegra tras ocho novelas publicadas, incluida su Trilogía sobre el mal, pergeña la escritura de este manuscrito en 2010, La luz es más antigua que el amor, de la que hablará éste en su discurso, devenido ya una celebridad, al ir a recoger el Nobel de Literatura en el año 2040.

Lo interesante del libro, además del inmanente estilo del autor: potente, pródigo en matices, fecundo, hay unas reflexiones interesantes sobre aquello que conduce a alguien a escribir, a coger un pincel, «espíritus irredentos, un poco salvajes, que ganados por la tristeza no dedican sus vidas sólo a engendrar, comer beber y defecar, sino que intentan buscar un sentido, un para qué, una dimensión más allá de las evidentes a toda esa plétora derramada que es la vida humana«.

Nos cuenta Bocanegra que él escribe para evitar la entropía, la muerte, que cada vez que la dignidad humana fracasa, levanta la mano, y la hace caer sobre el papel, quizás para colmar esa ambición de querer contarlo todo.

El resto de los artistas de la novela: Rothko, Adriano de Robertis, Semiasin, los tres pintores conciben la pintura como un desafío hacia la religión, hacia el régimen totalitario, hacia eso que llamamos cordura. Pintar como destino, grande o pequeño, pero destino al fin y al cabo.

La creación, el éxito, no los aparta del precipicio. Como los poetas de Fin de poema tampoco Rothko sabe oponer nada a la muerte, a cuyo encuentro irá volándose la tapa de los sesos.

«Mi capacidad de mirar es tal que mis ojos terminarán por consumirse. Y este desgaste de las pupilas será la enfermedad que me llevará a morir. Una noche miraré tan fijamente en la oscuridad que terminaré dentro de ella»

Palabra de Rothko.