Examen de ingenios

Examen de ingenios (J. M. Caballero Bonald)

    La generosidad es el único egoísmo legítimo

    J. M. Caballero Bonald

    Examen de ingenios de José Manuel Caballero Bonald habría de ser de observancia general. Sé que es pedir peras al olmo, pero que quede constancia de la propuesta. Bonald nos acerca un centón de personalidades famosas, en el buen sentido de la palabra, aquellos que lo son pues sus obras han obtenido el debido reconocimiento con el correr de los años. Encontraremos en mayor número escritores (Onetti, Fuentes, Octavio Paz, Borges, Neruda, Gelman, Echenique, Carpentier, Brines, Mutis, Cunqueiro…) que Bonald frecuentó en París, en México, en Colombia, en Madrid, en Palma de Mallorca, a los que sumaremos pintores, actores, músicos, cantaores e incluso algunos políticos. Las semblanzas -algunas ya aparecidas en La novela de la memoria o en Oficio de lector, y ahora actualizadas con el peso de la experiencia- aúnan de forma espléndida el fondo y la forma. Bonald en toda su plenisenectud gasta una prosa espléndida, lúcida, nutricia, seductora e incluso tierna (como en lo dicho sobre Ana María Matute) y la pone al servicio de esta particular autobiografía para acercarnos a nosotros los lectores esas figuras -muchas de ellas encumbradas- a las que Bonald despoja de la corona de laureles, de las galas de la fama y de la imagen -casi siempre distorsionada- que tenemos de ellos, para mostrarnos una cara más humana (me ha gustado mucho lo referido sobre Hortelano o Umbral), más cercana, no siempre amable (como la sorna que gasta con Víctor García de la Concha o José Hierro, la manera en la que como zorro viejo que es el gaditano, al hablar de Delibes padre y de su figura sin fisuras, acaba hablando de Delibes hijo), como consecuencia del trato e intimidad que Bonald tuvo con ellos, en mayor o en menor medida durante su ya dilatada existencia. De algunas figuras Bonald pone de relieve su aspecto más humano, de otros se muestra más fervoroso de la obra que de su artífice y son muy jugosos los devenires de escritores como Cela o Vargas Llosa toda vez que pasan a ser objeto de la prensa del corazón. Denotan las semblanzas, o así me parece, cierto aire crepuscular, otoñal, un acercamiento a esos dioses caídos cuando se acercan ya a su ocaso, apartados de la vida social, cuando ya han perdido notoriedad y relieve; es muy gráfica la semblanza de Alberti a este respecto, aunque hay otras más luminosas como el repliegue voluntario y balsámico de Pepa Flores, de Ferlosio (que sigue recibiendo premios) o de Rulfo, que dejaron su impronta y se retiraron de los focos antes de que los arrollara la muerte. Creadores en toda su extensión, amalgama de luces y sombras, donde transpira la tensión entre el creador y la persona, entre lo que el creador plasma en sus escritos y lo que luego es su conducta, aquella que Bonald registra y en algunos casos censura, porque Bonald rehuye el panegírico gratuito y no se anda con remilgos a la hora de censurar conductas y abaratar la obra de escritores consagrados como Azorín o Baroja o resaltar aquellas obras que no han envejecido bien como Tiempo de silencio. De la misma manera rescata del olvido, sin pomposidades canonizadoras, obras que bien pueden pasar a poblar nuestros horizontes librescos. Encontremos en el texto reflexiones de mucha enjundia sobre la pintura y en especial sobre la literatura, ya sea poesía o cuando al hablar del autor, Bonald enjuicia también alguna de sus obras: Tiempo de silencio, Mortal y rosa, El coronel no tiene quien le escriba, Pedro Páramo, Alfanhuí…
    Como reflejo de los materiales temporales que maneja Bonald durante el siglo XX, están presentes la guerra civil, la posguerra, la dictadura y la llegada de la democracia y Bonald registra las mudanzas ideológicas de algunos escritores generalmente de la falange hacia posturas más centralistas o izquierdistas, buscando luego acomodo entre las prietas filas democráticas, o nos habla de los que se fueron exiliados, los que se quedaron y comprobaron que el tiempo era el mejor disolvente ideológico, los que se asentaron en un comunismo opulento como Neruda, los que se entregaron a una creación compulsiva y fructífera o a una dipsomanía sin freno. Alcohol muy presente en estas semblanzas, pobladas de escritores noctívagos, de noches de farra y demasías etílicas y se ve que fructuosas.
    Bonald ofrece párrafos muy interesantes sobre las consecuencias del ejercicio crítico: Ya se sabe: existen círculos de adeptos que interceptan de muchas insolentes maneras el atrevimiento alevoso de la disensión.
    Cualquier reseña sobre Examen de ingenios es terreno propicio para intercalar un buen número de párrafos deliciosos, pero no quiero privaros de esa sensación de gozo que he experimentado leyendo y que se mantenía y renovaba después y antes de cada semblanza, tal que un centón me ha sabido a poco. ¡Larga vida a Bonald y bendita senectud¡.

    Seix Barral. 2017. 464 páginas

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