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Cuántos de los tuyos han muerto (Eduardo Ruiz Sosa)

Cuántos de los tuyos han muerto, libro de relatos de Eduardo Ruiz Sosa (México, 1983), editado por Candaya, debería de llevar a modo de faja, una liga negra con una inscripción donde se leyese, en mayúsculas, MEMENTO MORI.

Sobre ese estado alarmado y de excepción que es la vida y también de sitio, del no lugar, Eduardo escribe once relatos y una coda, a cual mejor.

Sabía que Eduardo había escrito la novela Anatomía de la memoria y en estos relatos hay muerte y memoria, esa muerte en vida que nos sobreviene cuando comenzamos a olvidar(nos) de las cosas y de nosotros.

El interregno que media entre la nada de la que venimos y la nada a la que vamos, aquello que llamamos vida, soberana, la puebla Eduardo de fantasmas reales, de sordidez y truculencia, metiendo el bisturí entre las vísceras de una realidad que eviscerada resultará tan atroz como verdadera, así que no nos extrañe que, por ejemplo, una hija quiera envenenar a su madre, que otra hija viaje con el cuerpo (cenizas) de su madre en una maleta, que unos amigos busquen la manera de aliviar (ultimar) la existencia a un amigo que estando en la últimas va enviando a la Parca a otros, presuntamente, en mejor estado, aquel que escenifica su muerte hasta que un buen día la clave del todo, la madre que se va de este mundo sin haber confesado a los que se quedan sus deseos y dejando una estatua trunca y sin su restitución o ese hermano que busca y rebusca a su hermano desaparecido, casi a diario, en un depósito de cadáveres hasta encontrar una solución desesperada que te hace crujir por dentro.

Son estos los elementos con los que Sosa, cáusticamente, adereza unos relatos breves, ninguno supera las veinte páginas, en los que a pesar de estar una y otra vez la muerte ejerciendo de serenovigilante, los distintos enfoques, desarrollo y ejecución no dejan sensación de reiteración ni nada parecido, más bien lo contrario, una sensación de extrañamiento sorpresa perplejidad ante una voz narrativa propia (la sintaxis encabalgada, la (puntual) falta de comas y la disposición de las palabras logra vigorizar los textos), aquella que surge como una copia sin modelo.

Hablamos en definitiva de unos relatos insoslayables, de un candayazo en toda regla.

Candaya. 2019. 173 páginas

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El peso de Dios (Paolo Sorrentino)

Desde que viera allá por 2001 L’uomo in più y tres años después Le conseguenze dell’amore, devine fan incondicional tanto de Paolo Sorrentino como de Toni Servillo, duo que ha seguido brindándome alegrías en películas como Il divo o La grande bellezza.

En 2010 Sorrentino debutó en la narrativa con Hanno tutti ragione, sobre un personaje de L´uomo in più, Pisapia, luego vendrían Gli aspetti irrilevanti, La juventud, que dio lugar a la película del mismo título. En 2016 Sorrentino creó y coguionizó (junto a Umberto Contarello) la serie The Young Pope, con un joven Papa interpretado por Jude Law. Aquella serie de diez capítulos se convierte, sintetizado, en libro gracias a la editorial Stirner con traducción de Víctor Olcina Pita. La irreverente serie, además de una primorosa puesta en escena y una Law bien histriónico deja paso en el libro al quehacer literario y Sorrentino sale muy bien parado. El joven papa, Lenny Belardo, es todo un personaje, es el primer papa americano, joven, apuesto; esbelto, ojos azules, correoso y transgresor.

En la primera página del libro Lenny tiene un sueño, una pesadilla (para él) más bien, en el que se ve arengando a las masas a dejar en manos de las personas la libertad para amarse entre ellos (sacerdotes incluidos) sin importar el sexo, sin tener que reproducirse como único fin, animándolos a divorciarse, a abortar, a reivindicar la muerte cuando no se desea ya la vida, a ser libres en definitiva, porque es ese el único camino hacia la libertad.

Ya como Papa, cargo sorpresivo que Lenny cree que le viene dado como un milagro, premio a su empecinamiento y tras darle mucho la tabarra al Supremo, su postura se vuelve hermética, su proceder recalcitrante, les pone las peras al vino a todos los cardenales, y les viene a decir que la fe es para el que se la curra, que menos postureo y más convicción, que quiere pocos fieles pero de calidad, que manifiesten una devoción e intensidad rayana en lo infinito. No va con él predicar con el ejemplo, evangelizar desde la proximidad y la empatía.

Hay algo que ha marcado y marcará el pasado, presente y futuro de Lenny, esa herida que se mueve en el tiempo es la falta de progenitores, que lo dieron en adopción de chiquitín. Lenny ha crecido con esa ausencia, en una niñez sin infancia, alimentado por un desamparo minorado por Sor Mary, quien a todos los efectos viene a ser como su madre, no sólo espiritual. Toda esta herencia negativa (Lenny solo recuerda de sus padres su olor) le sirve a Lenny para tratar de crear algo y erigirse desde la ausencia para desde esta a la presencia, manteniendo el misterio. Da largas, igualmente, a la hora de dar su primer discurso, pues dice estar creando así la espera.

Lenny al igual que Salinger, Kubrick, Bansky, Daft Punk…, quiere ser invisible, más impopular que popular, impopularidad entendida como una rampa de lanzamiento hacia la leyenda en el tiempo, ser más reconocido que conocido, azuzando así la curiosidad de los demás hacia su persona(lidad).

El texto amén de entretenidísimo es alegre y vivaz, los diálogos de Lenny con todos cuantos le rodean, pienso en Spencer, Kurtwell, Voiello, Ester, Aguirre, Sánchez, son hilarantes, chispeantes, agudos, precisos, incluso sensibles y emotivos y en ellos se filtran la pedofilia, la imposibilidad de tener hijos, distintos milagros, la ansia de poder, las rencillas, las deslealtades, el calcio, los tejemanejes, las traiciones, el vivir en la duda, incluso la fe cuestionada en la que se refocilará el propio papa, cundiendo así la paradoja de que en esta carrera o competición contra la nada todos estamos perdidos, cogidos de la mano, con el sumo pontífice en la tête de la course.

Stirner. 2018. Traducción de Víctor Olcina Pita.190 páginas

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El final de la cuerda (Joseph Conrad)

Escrita en 1902 la editorial Funambulista saca ahora una segunda edición (la primera es de 2009) de esta obra no muy conocida de Joseph Conrad que lleva por título El final de la cuerda, con traducción y postfacio de Isabel Lacruz Bassols.

Tengo fresca la lectura de los estupendos ensayos de Conrad agrupados bajo el título El espejo del mar. Allí Conrad constaba cómo la navegación que él había conocido, desde que se enroló (tras un intento de suicidio) en 1878, había cambiado mucho con la aparición de los vapores, tal que el viento, que era la razón de ser de los veleros (uno de los mejores ensayos es el dedicado a los vientos) y de la navegación ya pasaba a ser una antigualla.

En El final de la cuerda el principal protagonista es Whalley, un capitán de barco que frisa los sesenta, de apariencia rocosa y vitalista, que es también emblema de ese mundo que desaparece literalmente ante sus ojos: una modernidad que arrambla los veleros en beneficio de los vapores, más rápidos, más rentables…

Todo el empeño de Whalley, viudo desde hace dos décadas, es dejar a su hija, que vive en Australia, en la mejor situación posible. Esto lo conduce a un callejón sin salida, a vender su barco, y ya casi arruinado (con 500 libras como todo patrimonio) enrolarse, a la desesperada, en otra embarcación para surcar las costas de Manila, en asociación con Massy un maquinista a quien un golpe de fortuna convertirá en armador. El tercero en discordia es Sterne que no ve la manera de apartar a Whalley para ocupar así su posición en el barco.

Más allá de las detalladas y siempre amenas descripciones paisajísticas con las que tan bien le coge el pulso Conrad a las Indias Orientales, hay aquí una labor de introspección cifrada en las zozobras de Whalley, en los tejemanejes de Sterne y Massy, en la amistad con Van Wyk, como si estuvieran todos ellos echando un mus sin enseñar las cartas y yendo de farol, dado que todos tienen cosas que ocultar y callar, si bien solo uno de ellos estará dispuesto a inmolarse llegado al caso, aunque como se verá, los apegos y filias familiares pecan de asimetría, aunque es cierto que una vez muerto, todo está bien, sin llegar por tanto el ultimado a coscarse ni lamentarse de tanto afán y tanto sacrificio ¿en vano?.

Editorial Funambulista. 2019. 288 páginas. Traducción y postfacio de Isabel Lacruz Bassols

Joseph Conrad en Devaneos

El espejo del mar
El copartícipe secreto
Amy Foster
El corazón de las tinieblas
El primer lector de Conrad (Enrique Vila-Matas)
Lord Jim
Un padre extranjero (Eduardo Berti)

Lecturas periféricas ¿Por qué Conrad? (Roberto Breña)

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El mar alrededor (Keri Hulme)

Keri Hulme (Christchurch, 1947) obtuvo el Man Booker Prize en 1985, por El mar alrededor, su primera y única novela, que comenzó siendo un relato corto titulado Simon Peter´s Shell, que la autora escribía cada noche después de trabajar en las plantaciones de tabaco de Motueka. Ese relato fue creciendo en extensión con el paso de los años y tal como nos informa Keri lo fue gracias a la Beca Robert Burns, al Fondo Fiduciario Maorí o la beca ICI de 1982, que le permitió la última reescritura. Finalmente el relato, ya libro, pudo ver la luz, gracias a unas editoriales amables con sus excentricidades, según la autora. Keri se dedica hoy a la pintura, a la pesca y a la escritura, dado que sigue escribiendo relatos.

Cuando se habla de tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro, pienso en esta clase de libro, un libro portentoso, desgarrador, cuyo empeño totalizador sea abarcar una vida (aquí son al menos tres) desde múltiples puntos de vista, y conectar, sobre el papel, las existencias humanas con la naturaleza circundante, tal que todo latiera con un mismo corazón.

Cuando Hulme habla de excentricidades lo hace sabiendo que su novela no es plana, que no es una novela al uso, que sus casi setecientas páginas exigen un esfuerzo, que la convierten en un tour de force lector. Automática editorial la edita en España tres décadas después de su publicación. En la narración se irán intercalando las distintas voces narradoras, la tercera y la primera persona, con otras voces y yoes (como el yo diarístico) que también reclaman su presencia en el relato, con un buen número de palabras y expresiones maoríes (recogidas y traducidas al final de la novela) o distintas palabras que se forman juntando o modificando otras, al estilo de la obra joyceana. Alabar la traducción de Enrique Maldonado Roldán, porque un libro como el presente tan complejo y desafiante se las trae.

Más allá de estas cuestiones estilísticas lo más importante de la novela es su trama. La protagonista es Kerewin Holmes, mujer solitaria que pasa su tiempo en una torre alejada de todo y de todos en la costa neozelandesa. Allí un buen día llega un niño, como caído del cielo, un tal Simon. El niño no habla y es más listo que los ratones coloraos. Hulme demuestra su maestría en la escritura al introducirse como lo hace en la cabeza de un niño. Poco después aparece en escena el padre del niño, Joe, buscando a su hijo, el cual está acostumbrado a hacer pellas en el cole, colarse y hurtar en casas ajenas y dar un sinfín de disgustos a su progenitor. Luego sabemos que Simon es adoptado, que naufragó en la costa, que Joe lo acogió, llenando así el vacío que le había dejado la muerte de su esposa e hijo.

Simon es extraño y esa extrañeza impregna la narración. Holmes también tiene lo suyo, se ha mantenido eremíticamente virgen hasta ahora y algo le pasó con su familia que la mantiene enro(s)cada en su soledad. Joe ve en Holmes una madre para Simon, una ayuda, pues al niño no sabe cómo domeñarlo, tras comprobar que las palizas que proporciona a su vástago surten nulo efecto, más allá de alimentar la rabia infantil. A medida que la narración se abre y despliega vemos cómo tanto Holmes, Simon y Joe arrastran cada cual su propia cruz, cómo se necesitan pero sin ser capaces de dar el paso, mientras la violencia se desata y vence al amor, con terribles consecuencias, sin que su paso vacacional por una caseta en la costa, en un lugar inhóspito, frío y austero, logre de ellos tres hacer una familia.

La narración se toma sus páginas, porque todo el desbaratamiento emocional, el tocar fondo, el apurar la desgracia hasta las heces, tiene su razón de ser, pues es el camino de la redención que precisan tanto Joe como Holmes, uno liberándose del fardo que siempre ha arrastrado y arrostrado, a saber, la necesidad de erradicar la violencia de su naturaleza. La absolución no le viene de la mano de un cura sino ante la presencia de un kaumatua, un anciano respetado, que ilumina algo en su interior al tiempo que lo sana, cuida y cura, ofreciéndole una esperanza, desclavándolo de su cruz. Holmes precisa a su vez amorrarse a la enfermedad, desmontar su yo, hasta que una vez tenga todas sus piezas a la vista, volverlas a montar de nuevo, y darse otra oportunidad; Simon viene de un infierno y busca amparo, compañía, amor, afecto y anhela a Joe tanto como a Holmes. La narración irá imantando las tres partes, antes separadas, en pos de la conjunción final.

La novela se ve recorrida de principio a fin por un aliento espiritual, poético y etílico (todos beben más de la cuenta) que propicia esa mezcolanza de realidad y ensoñación, sueño y vigilia; el empeño de Holmes por volver a las raíces o al menos de preservarlas, en la pugna de los maoríes por no diluirse en lo europeo y ese canto ecológico, quizás ya fúnebre, de opugnar la naturaleza al progreso, que horada, erosiona, desmantela, contamina y en definitiva aniquila y arrambla con todo.

Keri Holmes solo ha escrito una novela, pero qué pedazo de novela.


Automática editorial. Traducción de Enrique Maldonado Roldán. 695 páginas