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César Aira y la silla de Gaspard (Moisés Mori)

Nada había leído de Moisés Mori (Cangas de Onís, 1950) hasta que a finales del pasado año cayó en mis manos las Estampas rusas. Un álbum de Ivan de Turgueniev. Ahora voy en busca del tiempo perdido y lo hago con el presente libro, o mejor, libropresente, pues este ensayo no deja de ser una dádiva que se nos ofrece.

Si resumir o reseñar un libro es degradarlo, reseñar un ensayo que es una hiperreseña ¿qué será?.

Comenta Moisés antes de pergeñar este ensayo que apenas sabía nada de César Aira, más allá de haberse leído alguna de sus novelas. Moisés andaba dándole vueltas a Raymond Roussel (ya le había dedicado Mori otro ensayo, compartido con Nerval y Schwob, a lo Zweig (por lo de las ternas), titulado No te conozcas a ti mismo), tratando de reseñar su libro El doble (obra que creía el galo, muy consciente de su genio y de su capacidad para crear un arte nuevo- lo encumbraría en la gloria literaria y que obtuvo nulo reconocimiento pero sí le granjeó una depresión de por vida, hasta acabar suicidándose en Palermo en 1933), que la joven editorial Wunderkammer ha tenido a bien verter al castellano gracias a la traductora María Teresa Gallego Urrutia.

Un buen día Moisés descubrió que César Aira hacía mención a Roussel y a quien consideraba como uno de sus inspiradores, de sus maestros, un referente expreso El resto vino solo. Hete ahí el título, César Aira y la silla de Gaspard (Gaspard es uno de los personajes de El doble). Moisés elabora una doble reseña, tanto de El doble como de otras obras de Roussel y de Aira, en especial de El Mago, Varamo, Prins, Un episodio en la vida de un pintor viajero (de las cuales ya di cuenta por estos lares).

Como todo ensayo, aquí escribir es probar, tentar, incluso ir dando palos de ciego, pues Moisés de César Aira sabe lo justo que hay que saber. Lo que le mueve no es el conocimiento exhaustivo, académico, enciclópedico del artista (filias, fobias, bibliografía…) sino algo más intuitivo, como el apasionamiento, la devoción que le suscita Aira a Mori.

El título consta de dos capítulos, Doble o Nada y César o Nada. En cuanto a Roussel, Mori nos habla de su procédé, del método que puso en marcha el autor francés, algo parecido a una máquina automática capaz de generar literatura, yendo por derroteros distintos al del sentido, lo autobiográfico, las enseñanzas, los sentimientos, la psicología; una especie de despojamiento del yo. Una escritura que se erige en relacionar palabras homónimas, la polisemia, el juego de palabras… aunque como afirma César intentar explicar el procedimiento de Rousell es «tiempo perdido«.

Cuando Aira aborda a Roussel para desentrañarlo, este cree que su método de escritura consistía simplemente en ocupar el tiempo (mucho y bien ha escrito Baudelaire sobre el tedio), escribir para llenar un tiempo vital que de otro modo habría quedado vacío; que es esto y no otra cosa lo que le lleva a escribir. Da igual según César Aira escribir bien, lo importante es escribir, porque escribir es una decisión de vida, que se realiza con todos los actos de la vida.

Quien haya leído a César Aira sabe bien que lo suyo es la imaginación desbordante (hermanado en esto con Roussel, que decía que Chez moi l’imagination est tout), lo singular, la extrañeza, la improvisa, el delirio, bajo un principio rector que para Aira es “la verosimilitud”. Un estilo que Moisés resume así: las novelas de Aira carecen voluntariamente de suspense, de emociones, tampoco aspiran a un alto estilo, y sus personajes poseen la misma profundidad psicológica que un champú o un cepillo de dientes; de modo que la historia o resulta creíble o es solo efecto, un destello, se despeña por el abismo del arbitrario ¿Y qué discurso sustenta lo arbitrario?

No lleva bien Aira la autoficción, lo autobiográfico: la actual tendencia dominante entre los novelistas, ese dar vueltas sin cesar en torno al círculo autobiográfico […] Acogerse a algún procedimiento narrativo conlleva por una parte disponer de un sistema para generar historias, pero consiste asimismo en una manera de cerrar la puerta a lo autobiográfico.

Y ya aprovecho para introducir un párrafo que leí en el ensayo La huida de la imaginación de Vicente Luis Mora al hilo de esto, recurriendo éste al ensayo En la confidencia de Eloy Fernández Porta.

Eso es justo lo que sucede en la autoficción subjetivista egocéntrica, forma extrema de agresividad contra el lector, quién, incluso en la más morbosa de sus versiones, se encuentra frente impudicias, desnudeces y exhibicionismo no pedidos ni necesitados puesto que la persona que compró el libro lo que esperaba era una novela. Deseosa de salir de su propia intimidad para encontrar algo más importante que el uno mismo, se ve atrapada de súbito en el uno mismo inclemente del escritor autoficcional, que viene a gritarle al oído sus miserias, sus secretos familiares o sentimentales, sus coitos y, por supuesto, sus autoelogios.

Todos conocemos novelas que parecen autofelaciones. Nada raro, por otra parte, cuando el impudor es la divisa.

Se me han pasado las más de 300 páginas del ensayo en un suspiro muy fruitivo. No sé cuál es el método de Mori pero funciona, vaya que si funciona.

KRK Ediciones. 2019. 320 páginas

César Aira en Devaneos:

Los fantasmas
El mago
Prins
Varamo
Diario de la hepatitis
Un episodio en la vida del pintor viajero
La pastilla de la hormona
Cecil Taylor
Los dos payasos

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Manual de escapología. Teoría y práctica de la huida del mundo (Antonio Pau)

Manual de escapología, teoría y práctica de la huida del mundo de Antonio Pau es un amenisímo ensayo que aborda la escapología, capítulo de la antropología, campo del conocimiento que se centra en el estudio de la idea de la huida.

Pau nos ofrece un elenco cultural de huidas, nada menos que treinta. Una huida entendida aquí no como un acto de cobardía, sino de valentía. El del que huye valientemente de la infelicidad a la felicidad. En un recorrido histórico que nos lleva en volandas desde los epicúreos (que más que propugnar el hedonismo y la búsqueda del placer, trataban de evitar el sufrimiento), los estoicos (su ideal de vida consistía en el dominio de uno mismo), los cínicos (pocos despreciaban la sociedad y sus convencionalismos como ellos), pasando por la huida hacia la nada, la Utopía, la Arcadia, la torre de marfil, la huida thoreana, el neorruralismo, el hippismo, el emboscamiento, la reinvención, la puerta cerrada (en este ensayo Pau recurre a Perec y su novela El hombre que duerme) la vida a dos, el Beatus Ille, la alabanza de aldea, el jardín cerrado, etc. El hombre como nos advirtió Marcuse necesita soledad y compañía. Son esos los dos vectores que rigen nuestras existencias. Una pugna entre el arraigo y el desarraigo, entre la libertad y el compromiso, pues como nos dice Bauman el mayor mal que amenaza a la huida es que esta se convierta en una conducta inconsecuente e irresponsable, en el marco de esa liquidez en el que no se quiere asumir ningún compromiso con nada ni con nadie. La idea es que la huida supone abandonar una situación de infelicidad o malestar (en cualquiera de sus muchas manifestaciones) en pos de una pretendida y anhelada situación de felicidad. Huir de un entorno incómodo u hostil, de una desagradable situación familiar, laboral, social, que lleva al desdichado a buscar la felicidad en otra parte. Yéndose a una cabaña en un bosque como Thoreau o a una isla desierta como Robinson Crusoe. Esa búsqueda puede hacerse en solitario o acompañado, como en la huida a dos, el die Zweisamkeit de los alemanes. Verse secundado por aquella compañía-dádiva, lo que en sanscrito se entiende como Satsang. Formando comunidades, como en el caso del neotribalismo.

A veces la huida lo es hacia el interior lo que da lugar a la reinvención, o simplemente un apartarse del camino, o un apeamiento, o bien un conmigo-que-no cuenten, o una emboscamiento que bien podría ser un exilio interior. A veces la huida consiste en cambiar de domicilio en una misma ciudad, como hace Benestau, en París, en la novela El presentimiento de Bove, en tener un lugar propio dentro de un recinto, que bien puede ser un jardín secreto, un gabinete de las maravillas, el wunderkammer alemán, un studiolo, una torre de marfil en la que el creador trabaje ensimismado y pague su precio, como afirmaba Flaubert: pocos hombres han sufrido como yo por la literatura, o Rilke con sus Elegías de Duino.

La huida conlleva casi siempre un ansia de libertad, también el respeto a la naturaleza en el caso de Thoreau. Apartamiento encarecido desde hace milenios por los estoicos, los epicúreos, por aquellas congregaciones religiosas dedicadas a la oración, la contemplación, con sus votos de silencio, la acedía ahí acechando. Soledades extremas buscadas por los estilitas. Huidas de uno mismo hacia paraísos artificiales, drogas mediante, billetes sin retorno hacia el éxitus del suicidio o viajes hacia el vacío más despersonalizado: hacia la nada.

Las treinta huidas propuestas por Pau, tras una introducción que cumple bien con su propósito de alentar la lectura de los ensayos siguientes, se cierran con una vasta bibliografía y un generoso índice onomástico que dan buena cuenta de la lograda, concienzuda y erudita labor del autor por sintetizar cada huida, recurriendo en gran medida a las manifestaciones literarias, ya sean novelas, poemas, textos sagrados; así muy presente también la etimología para desvelar el significado de algunos términos (alemanes, griegos, latinos, sanscritos, franceses, italianos…) y la manera en la que estos se presentan con similitudes o diferencias en las distintas lenguas como ocurre con el castellano al matizar las diferencias entre huida y fuga.

Si la literatura es una buena manera de evadirnos, de viajar sin desplazarnos, en pos, a veces, de la mera diversión y otras en busca de fines más elevados, el ensayo de Pau es de los que alimentan el espíritu y la necesidad de saber, sin renunciar, merced a la voluntad de estilo del autor, al entretenimiento, tal que la lectura de este fascinante ensayo me ha provocado algo parecido al ensimismamiento lector, una clase de huida libresca, mientras mi cerebro se perdía en ensoñaciones acerca de que huida estaría bien llevar a cabo o incluso el elaborar un ranking con las más apetecibles, con el marginalismo digital a la cabeza y el consecuente apagón.

Editorial Trotta. 2019. 270 páginas

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Zaragoza (Benito Pérez Galdós)

Zaragoza es el sexto episodio nacional de la primera serie de la Guerra de la Independencia, escrita por Benito Pérez Galdós entre enero y abril de 1874.

Zaragoza había sufrido un asedio entre el 15 de junio y el 15 de agosto de 1808, que acabó con la retirada de las tropas francesas del mariscal Lefebvre. La novela se centra en el segundo asedio, aquel que tuvo lugar entre el 21 de diciembre de 1808 a 21 de febrero de 1809.

El protagonista vuelve a ser Gabriel. Respecto a la forma autobiográfica en la narración, Galdós afirma que esta tiene por sí misma mucho atractivo y favorece la unidad, pero impone cierta rigidez de procedimiento y pone mil trabas a las narraciones largas. Difícil es sostenerla en el género novelesco con base histórica, porque la acción y trama se construyen aquí con multitud de sucesos que no deben alterar la fantasía, unidos a otros de existencia ideal, y porque el autor no puede, las más de las veces, escoger a su albedrío ni el lugar de la escena ni los móviles de la acción.

Si en la anterior novela, Napoleón en Chamartín, Gabriel acababa detenido y conducido en una cadena de presos hacia Francia, logrará escapar y acabará en Zaragoza, en los días previos al asedio francés. En este capítulo las aventuras y desventuras amorosas de Gabriel con Inés no han lugar. Zaragoza es el episodio en el que lo bélico tiene más presencia, colonizando toda al narración, de los seis primeros episodios.

Al igual que en otras novelas, como El hombre del salto, que recrean con mucha verosimilitud acontecimientos bélicos, como el atentado a las Torres gemelas, Galdós, en Zaragoza, se mete de lleno en la ciudad asediada para llevar al lector de la mano y situarlo en el ojo del huracán, en el vórtice del infierno. Zaragoza (considerada antes de los asedios la Florencia española; contaba con 30 conventos de monjas y frailes de gran valor artístico, además de La Seo y El Pilar: sus dos catedrales) que contaba con 80.000 almas antes del asedio acabará con el 80% de la población aniquilada. A los muertos por la guerra contra los franceses se sumarán las víctimas de la epidemia (Galdós no habla de cólera ni de disentería), como consecuencia de los cuerpos sin enterrar, tanto como de la escasa alimentación y la extenuación.

Son casi 300 páginas que describen minuciosamente aquella carnicería, algo que se escapa a cualquier planteamiento lógico, pues parece imposible que Zaragoza con tan pocos efectivos y con escasos medios fuera capaz de resistir de una manera tan encarnizada y valiente, insuflada por un ánimo belicoso y heroico, en donde tanto hombres como mujeres (ahí estaba Agustina de Aragón al frente del cañón durante el primer sitio, en la defensa de la batería del Portillo, el 2 de julio de 1808) estaban dispuestos a sacrificar sus vidas y las de sus familiares antes de caer en manos francesas.

Como en los capítulos anteriores el honor y la gloria no se lo llevan aquí los mariscales, generales ni los altos mandos militares, sino aquellas personas que no que aparecen retratadas en los libros de historia, es decir, la población civil (cuyas historias particulares de heroísmo y resistencia serán referidas a Gabriel por el mendigo Sursum Corda); aquellos cuyos cuerpos irán a conformar columnas de cadáveres: compost de la historia con minúsculas.

Galdós da cierto respiro en su narración a través de la historia de amor, que no llegará a consumarse, entre Agustín y Mariquilla. Él va para para clérigo pero acaba de soldado. Ella es la hija de un usurero, el señor Candiola, mortificado por la población local, que cifra bien esa parte de la sociedad que solo piensa en sí misma en situaciones como aquella. Galdós en esto de hilar destinos pondrá a Agustín en la tesitura de tener que ajusticiar al padre de Mariquilla, acusado este de delator.

El espíritu noble, bravo, desprendido, generoso, heroico, de los aragoneses, cristaliza en la figura del perdurable don José de Montoria, padre de Agustín, aquel a cuyo encuentro va Gabriel acompañado de Roque, pues este último tiene ascendencia aragonesa y precisan en su precariedad vital del auxilio y amparo del bueno de José.

La narración es como situar una cámara, en pleno frenesí bélico, que registrase todo el horror, la barbarie, la carnicería humana que supone toda batalla, pero también todo el heroísmo, la solidaridad, la entrega sin límites; un proceder que se escapa la razón, por su energía inusitada, inhumana, al margen de toda lógica, un espíritu que como animado por un chute de adrenalina fuera capaz de arribar a cotas imposibles.
La resistencia fue tal que los franceses se vieron en el trance de tener que ganar las calles casa a casa, pues en todas ellas encontraban los invasores resistencia y en muchas de ellas la parca, la de los negros dedos.

Clausura la vibrante novela una reflexión de Galdós sobre la idea de nación española. La próxima entrega me lleva en volandas a Gerona.

Lo que no ha pasado ni pasará es la idea de nacionalidad que España defendía contra el derecho de conquista y la usurpación. Cuando otros pueblos sucumbían, ella mantiene su derecho, lo defiende, y sacrificando su propia sangre y vida, lo consagra, como consagraban los mártires en el circo la idea cristiana. El resultado es que España, despreciada injustamente en el Congreso de Viena, desacreditada con razón por sus continuas guerras civiles, sus malos gobiernos, su desorden, sus bancarrotas más o menos declaradas, sus inmorales partidos, sus extravagancias, sus toros y sus pronunciamientos, no ha visto nunca, después de 1808, puesta en duda la continuación de su nacionalidad; y aún hoy mismo, cuando parece hemos llegado al último grado del envilecimiento, con más motivos que Polonia para ser repartida, nadie se atreve a intentar la conquista de esta casa de locos. Hombres de poco seso, o sin ninguno en ocasiones, los españoles darán mil caídas hoy como siempre, tropezando y levantándose, en la lucha de sus vicios ingénitos, de las cualidades eminentes que aún conservan, y de las que adquieren lentamente con las ideas que les envía la Europa central. Grandes subidas y bajadas, grandes asombros y sorpresas, aparentes muertes y resurrecciones prodigiosas, reserva la Providencia a esta gente, porque su destino es poder vivir en la agitación como la salamandra en el fuego; pero su permanencia nacional está y estará siempre asegurada.

Benito Pérez Galdós
Episodios Nacionales
Primera Serie: La guerra de la Independencia

1- Trafalgar
2- La corte de Carlos IV
3- El 19 de marzo y el 2 de mayo
4- Bailén
5- Napoleón en Chamartín
6- Zaragoza

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Bailén (Benito Pérez Galdós)

La cuarta novela de la primera serie de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, Bailén, en su primer capítulo nos tiene en ascuas porque no sabemos cuál ha sido el destino de Gabriel. Al finalizar el mismo se hace mención a un chiquillo y pensamos que es él y acertamos. Gabriel fue fusilado, recibió tres balazos, pero milagrosamente salió vivo. Fue intervenido de urgencia y tras una recuperación de unos días vuelve a la vida, y lo hace en casa de un matrimonio que lo acoge, el formado por Gregoria y Santiago Fernández, alias el Gran Capitán. Al poco recibe nuevas de Inés merced a Juan de Dios que le informa de que no sabe nada de ella, salvo que está viva, puesto que Lobo se la jugó y la entregó a una familia acaudalada. Por ahí ronda Amaranta. Estamos en el 20 de mayo de 1808. Las tropas españolas que están sin Reyes, dado que Carlos IV y Fernando VII (lo cual no evita que durante la batalla los vivas de los soldados estén dedicados a Fernando VII) ya no están en el trono, Napoleón le ha entregado la corona a su hermano José, deciden plantar cara a los franceses, organizar la insurrección por su cuenta en Juntas (en su papel de representantes del poder real, declararon la guerra a Napoleón, organizaron los movimientos de los soldados y recaudaron dinero mediante la supresión de los impuestos y la acuñación de moneda) que irán aumentando de tamaño a medida que muchos militares den de lado a los franceses para pasar a guerrear contra ellos.

El odio a los franceses no era odio: era un fanatismo de que no he conocido después ningún ejemplo. Era un sentimiento que ocupaba los corazones por entero sin dejar hueco para otro alguno, de modo que el amar a los semejantes, el amarse a sí mismos, y hasta me atrevo a decir que el amar a Dios, se adoptaban y se medían como fenómenos secundarios al gran aborrecimiento que inspiraban los verdugos del pueblo de Madrid.

Se conspiraba con el deseo, con las noticias, con las sospechas, con las exageraciones, con las sátiras, con verdades y mentiras, con el llanto tributado a los muertos y las oraciones por el triunfo de los vivos.

Los continuos encuentros y desencuentros entre Gabriel e Inés parecen ser la columna vertebral de estos primeros episodios nacionales galdosianos. Encuentros propiciados por el azar o por la mano del autor. De esta manera Gabriel encontrará a Inés en un convento, dispuesta a ser monja y a olvidarse del mundo y de todos aquellos que lo pueblan, con el convencimiento de que Gabriel está muerto. La aparición de este, cuál resucitado, le infunde nuevos ánimos y bríos, la insufla de la alegría de vivir, aunque conociendo a Galdós ya sabemos que el camino del reencuentro no va ser un camino fácil y tendrá las hechuras de una vía crucis.

Gabriel, Don Luis Santorcaz y Marijuan, un joven mozo aragonés, se encaminan hacia el sur, con la idea de enrolarse en el ejército. Paseos por una Mancha interminable que les trae en mientes al ilustre hidalgo manchego. Como la yesca seca, la insurreción prenderá en los ánimos patrios como un polvorín, en localidades como Bailén, el 19 de julio, en donde los españoles están dispuesto a todo con tal de plantarle cara y aniquilar a los franceses. Para ello se excarcela a casi todos los delincuentes allí confinados que pasan a engrosar las filas del ejército con óptimos resultados. A medida que los lugareños van sufriendo los desmanes y tropelías de los franceses, que los dejan sin cosechas, sin comida, sin bebidas, que ven morir asesinadas a mujeres y niños inocentes, el odio hacia ellos, hacia la canalla, se acrecienta, y sucede entonces lo que parecía imposible, que los españoles derrotasen a los franceses de Napoleón, aquel ejercito que se creía invencible, dueño del mundo y estos tuvieran que alzar la bandera blanca, capitular y pedir la paz.

Lances bélicos que Galdós recrea con todo lujo de detalles. Apenas cuatro años antes Leon Tolstói había publicado la inmortal Guerra y Paz. Me pregunto si Galdós llegaría a leer esta obra al escribir Bailén y siguientes episodios bélicos. Además de describir detalladamente el avance de las tropas, y los avances y retrocesos en pos de la victoria, de cada uno de los dos bandos enfrentados, Galdós hace hincapié en la moral del soldado, en aquello que lo hunde y socava, como el hambre, la sed, el calor infernal, el cansancio acumulado, todos ellos al borde de la extenuación y dispuestos a matar por un buchito de agua.

Lo curioso en esta situación bélica tan al límite es que Gabriel, inserto en el fragor de la batalla, al encontrar en el caballo de Santorcaz unas cartas comprometedoras objeto de su atención -dado que en ellas se habla de su bienamada Inés, de sus presuntos padres y la posibilidad muy real de ser esposada con Diego, un Grande de España, el cual al arrimo de Santorcaz y de su vivo ingenio verá desbaratado su escaso intelecto, fosilizado este en la tradición, la religión, la jerarquía, las prebendas, todos aquellos derechos históricos que Santorcaz pondrá en tela de juicio (ya nos advirtió Cervantes: Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro); un don Diego que desaparece en la batalla y que su madre Doña María y sus hermanas Asunción y Presentación, ven ya como héroe caído en el altar de la patria. Sin embargo su desaparición se resuelve con un final más prosaico y feliz y da lugar a las escenas más jocosas de todo el relato. Pues tras caer determinó servirá don Diego de objeto de chanzas y mofa de los franceses que se lo pasarán en grande con él, divirtiéndose a su costa, organizando una corrida, empinando el codo, echándose unos cantecitos, aprendiéndose la Marsellesa, pues para él todo parece ser poco más que un juego- deja la guerra en suspenso se abstrae del mundo para dedicarse a leer, pues su mundo y su futuro en esos momentos está confinado en las cuartillas que devora anhelante, ajeno a todo.

Galdós siempre tiene muy presente al lector en sus escritos, como si lo tuviera delante, acuciándole este a seguir con la narración, a seguirle contando. Bailén acaba y nos quedamos de nuevo con la miel en los labios, con José huido de Madrid tras la batalla de Bailén. Y con ganas de más, de saber qué sucederá con Napoleón en Chamartín y en Zaragoza.

En cuanto a los libros empleados para la lectura de estos episodios, de momento, primero fue Cátedra para Trafalgar, después Alianza, para el segundo y tercer episodio (en un mismo libro) y para Bailén he recurrido a la edición de Destino, una edición que agrupa los 10 episodios de la primera serie en un único ejemplar. El problema que tiene este libro es que es muy pesado y la letra es muy pequeña lo cual hace la lectura incómoda. Para los dos próximos capítulos, Napoleón en Chamartín y Zaragoza, recurriré a la edición de Espasa, que son novelas con formato enciclopedia, en donde el texto va acompañado con ilustraciones, anexos, etc.

Estas cuatro primeras novelas las escribió Benito Pérez Galdós en 1873. Entonces el autor contaba tan solo 30 años.

Benito Pérez Galdós
Episodios Nacionales
Primera Serie: La guerra de la Independencia

1- Trafalgar
2- La corte de Carlos IV
3- El 19 de marzo y el 2 de mayo
4- Bailén