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El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (Tatiana Tîbuleac)

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (Tatiana Tîbuleac)

En este mundo que no sueña más que con la belleza y la juventud, la muerte no puede venir más que a hurtadillas, como un servidor desagradable al que se le hace entrar por la cocina”. Esto escribía Christian Bobin en Presencia pura, libro en el que abordaba el alzheimer en su padre. Es cierto que hoy, al menos en occidente, la desagradable muerte se orilla y a menudo al enfermo no se le hace saber que está en las últimas, luego no cabe la despedida porque no hay un final sobre la mesa de juego en el que la muerte, a la larga, siempre gana. Por eso me sorprende el planteamiento que adopta Tatiana Tîbuleac en El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, con traducción de Marian Ochoa de Uribe, en el que un joven, Aleksy, tras salir de un psiquiátrico acompaña a su madre un verano, el último verano, pues la madre aquejada de un cáncer le hace saber que le quedan apenas tres meses de vida.

El punto de partida es que Aleksy odiaba a su madre (en el momento presente Aleksy es un afamado pintor en terapia que busca en la escritura autobiográfica la manera de desbloquearse creativamente) y la quiere ver muerta. Ya sabemos a qué conducen los desapegos feroces. Luego, la convivencia ese verano en un pueblo francés les permite ir limando asperezas y en la intimidad y ante el aliento de la muerte el joven ve, entiende (a medida que la conversación gana espacio y se puebla el tiempo de historias familiares) y asume a su Madre de otro modo, con las entrañas, dedicándose en cuerpo y alma el uno al otro, tal que al final, cuando solo desearía desodiarla, le supondrá a Aleksy una magna putada que se tenga que morir su madre y dejarlo más solo que la una, más allá de la compañía de su abuela cegata y de Moira, antes del fatal accidente.

El problema de la novela es que la literatura no consiste en el sentimiento como aspaviento, como arabesco, porque aquí veo el humo pero no el fuego, en 250 páginas, que ya son, con una prosa endeble que ralea y menudea en la insignificancia sin que los destellos, que los hay, logren iluminar el texto permanentemente.

Impedimenta. 2019. 247 páginas. Traducción de Marian Ochoa de Uribe

www.devaneos.com

Solenoide (Mircea Cărtărescu)

…este libro que se escribe solo, que no guarda parecido con nada excepto con la vida misma, que se vive solo….

Mircea Cărtărescu (Solenoide)

Toda la literatura consiste en un esfuerzo por hacer la vida real.

Fernando Pessoa (Libro del desasosiego)

Escribir no significa convertir la realidad en palabras sino hacer que la palabra sea real.

Augusto Roa Bastos (Yo el Supremo)

El personaje que narra, alter ego del autor, sobrevive afincado en su soledad infinita, en su tristeza abisal. Labura como docente en una escuela de Bucarest –la ciudad más triste que se haya erigido jamás sobre la faz de la tierra, proyectada y creada como una ruina, según el narrador- la número 86, denominación tan impersonal como presuntamente gris es el personaje, lector compulsivo: Strindgberg, Hamsun, Camus, Thomas Mann, Lagerkvist, Rousseau, Anatole France, Kafka, Voynich…, profesor de rumano que escribe en la sombra, en su viscoso anonimato, que estuvo a un tris de ser algo en los cenáculos literarios cuando les dio a probar sus poemas, La caída, que resultó ser una profecía autocumplida y alumbró un mundo dual, el renacimiento a los 21 años y desdoblamiento del narrador en dos seres, uno el escritor de éxito que hoy en día es Cărtărescu y el otro el escritor en la sombra, anónimo, con un único lector, él mismo, que escribirá sus diarios, vomitando ahí sus delirios, sus pensamientos, sus experiencias oníricas, durante 13 años, que luego cribará al transcribirlo en su manuscrito, con un escritura que no se quiere ficción, ni poesía, ni novela, sí ensayo del yo, sí zapador de sí mismo, sí exploración del algoritmo del ser, sí conciencia del tiempo, sí flâneur de su ciudadela interior, sí escritura como una puerta a dibujar, como punto de fuga, como una huida, como el cric que nos hace trascender, como sustracción: la tercera dimensión que le permita a él y a nosotros escapar de las dos dimensiones del cerco del papel, de la pegajosa y gravitacional realidad, en su lucha sin cuartel contra el tedio baudelaireano, la de una existencia que sería más consumición que consumación, convertido el narrador en aquel fotógrafo que en su cuba de revelado hace aparecer de forma ora realista ora fantasmagórica imágenes mentales de su deplorable pasado que se principia con su mísera niñez -evocando a su hermano gemelo Victor, cuya temprana muerte lo convertirá en un medio hombre (Victor ya aparecía en el libro estupendo de relatos El ojo castaño de nuestro amor), a su padre, tan presente como inexistente, con el cual solo hablará de fútbol y que alguna vez ejercerá su rol paterno haciendo restallar su cinturón sobre la piel no amada de su hijo, a su madre a la que desconoce y deberá parir de nuevo para volver a ser un solo ser y no alguien confabulada con los médicos y enfermeras torturadoras, siempre con agujas en ristre- de su atormentada y enfermiza adolescencia escalando su particular montaña mágica en Voila, de su tediosa época adulta por donde desfilan sus compañeros de claustro, sean Irina, Caty, Goia, Radulescu, Eftene… y con ellos el sexo levítico, el movimiento piquetista, la aventura febril de la visita a la Fábrica, los ajustes de cuentas de un rosario de odio con su sello de oro e ira que marcará en las coronillas infantiles caligrafías de puntos que no suman nada, la sensual Florabela en el límite de la belleza soportable.

Al nacer viene el miedo a lo desconocido, luego arremete el terror a lo conocido: el padre que pega, el colegio convertido en centro de tortura, la soledad como una segunda piel, los sueños de los que se regresa no con una sonrisa sino con una mueca y el rostro demudado, la enfermedad, las jeringuillas, el olor a moho de la penicilina. Un clamor universal sintetizado en una sola palabra: ¡socorro¡. La escritura es aquí topografía de un miedo que es sustrato y sustancia de la realidad, un narrar que es ir más allá de lo evidente, de la cárcel del cuerpo, de la existencia como anomalía de la nada, hacia el no lugar, hacia la utopía de la cuarta dimensión, hacia un mundo de mundos, universos de universos, donde la imaginación demuestra aquí su infinidad.

Este puñado de palabras aquí vertidas son poco más que la sombra desvaída que proyecta este edificio colosal que ha levantado Cartarescu en ochocientas páginas de poética del yo metamorfoseada, de experiencia desnuda y verdadera, de prosa tricotadora, arborescente, pletórica, alucinada y alucinante, la que nos brinda este majestuoso Solenoide, hacedor de un campo magnético subyugante y levitante por cuyo interior circula -una literatura muy poco- corriente.

Mucho tiene que ver en todo esto la hercúlea traducción de Marian Ochoa de Eribe, que creo que le tiene muy bien cogida la medida a Cărtărescu.

Editorial Impedimenta. 2017. 800 páginas. Traduccion de Marian Ochoa de Eribe. Posfacio de Marius Chivu.