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Solenoide (Mircea Cărtărescu)

…este libro que se escribe solo, que no guarda parecido con nada excepto con la vida misma, que se vive solo….

Mircea Cărtărescu (Solenoide)

Toda la literatura consiste en un esfuerzo por hacer la vida real.

Fernando Pessoa (Libro del desasosiego)

Escribir no significa convertir la realidad en palabras sino hacer que la palabra sea real.

Augusto Roa Bastos (Yo el Supremo)

El personaje que narra, alter ego del autor, sobrevive afincado en su soledad infinita, en su tristeza abisal. Labura como docente en una escuela de Bucarest -la ciudad más triste que se haya erigido jamás sobre la faz de la tierra, proyectada y creada como una ruina, según el narrador- la número 86, denominación tan impersonal como presuntamente gris es el personaje, lector compulsivo: Strindgberg, Hamsun, Camus, Thomas Mann, Lagerkvist, Rousseau, Anatole France, Kafka, Voynich…, profesor de rumano que escribe en la sombra, en su viscoso anonimato, que estuvo a un tris de ser algo en los cenáculos literarios cuando les dio a probar sus poemas, La caída, que resultó ser una profecía autocumplida y alumbró un mundo dual, el renacimiento a los 21 años y desdoblamiento del narrador en dos seres, uno el escritor de éxito que hoy en día es Cărtărescu y el otro el escritor en la sombra, anónimo, con un único lector, él mismo, que escribirá sus diarios, vomitando ahí sus delirios, sus pensamientos, sus experiencias oníricas, durante 13 años, que luego cribará al transcribirlo en su manuscrito, con un escritura que no se quiere ficción, ni poesía, ni novela, sí ensayo del yo, sí zapador de sí mismo, sí exploración del algoritmo del ser, sí conciencia del tiempo, sí flâneur de su ciudadela interior, sí escritura como una puerta a dibujar, como punto de fuga, como una huida, como el cric que nos hace trascender, como sustracción: la tercera dimensión que le permita a él y a nosotros escapar de las dos dimensiones del cerco del papel, de la pegajosa y gravitacional realidad, en su lucha sin cuartel contra el tedio baudelaireano, la de una existencia que sería más consumición que consumación, convertido el narrador en aquel fotógrafo que en su cuba de revelado hace aparecer de forma ora realista ora fantasmagórica imágenes mentales de su deplorable pasado que se principia con su mísera niñez -evocando a su hermano gemelo Victor, cuya temprana muerte lo convertirá en un medio hombre (Victor ya aparecía en el libro estupendo de relatos El ojo castaño de nuestro amor), a su padre, tan presente como inexistente, con el cual solo hablará de fútbol y que alguna vez ejercerá su rol paterno haciendo restallar su cinturón sobre la piel no amada de su hijo, a su madre a la que desconoce y deberá parir de nuevo para volver a ser un solo ser y no alguien confabulada con los médicos y enfermeras torturadoras, siempre con agujas en ristre- de su atormentada y enfermiza adolescencia escalando su particular montaña mágica en Voila, de su tediosa época adulta por donde desfilan sus compañeros de claustro, sean Irina, Caty, Goia, Radulescu, Eftene… y con ellos el sexo levítico, el movimiento piquetista, la aventura febril de la visita a la Fábrica, los ajustes de cuentas de un rosario de odio con su sello de oro e ira que marcará en las coronillas infantiles caligrafías de puntos que no suman nada, la sensual Florabela en el límite de la belleza soportable.

Al nacer viene el miedo a lo desconocido, luego arremete el terror a lo conocido: el padre que pega, el colegio convertido en centro de tortura, la soledad como una segunda piel, los sueños de los que se regresa no con una sonrisa sino con una mueca y el rostro demudado, la enfermedad, las jeringuillas, el olor a moho de la penicilina. Un clamor universal sintetizado en una sola palabra: ¡socorro¡. La escritura es aquí topografía de un miedo que es sustrato y sustancia de la realidad, un narrar que es ir más allá de lo evidente, de la cárcel del cuerpo, de la existencia como anomalía de la nada, hacia el no lugar, hacia la utopía de la cuarta dimensión, hacia un mundo de mundos, universos de universos, donde la imaginación demuestra aquí su infinidad.

Este puñado de palabras aquí vertidas son poco más que la sombra desvaída que proyecta este edificio colosal que ha levantado Cartarescu en ochocientas páginas de poética del yo metamorfoseada, de experiencia desnuda y verdadera, de prosa tricotadora, arborescente, pletórica, alucinada y alucinante, la que nos brinda este majestuoso Solenoide, hacedor de un campo magnético subyugante y levitante por cuyo interior circula -una literatura muy poco- corriente.

Mucho tiene que ver en todo esto la hercúlea traducción de Marian Ochoa de Eribe, que creo que le tiene muy bien cogida la medida a Cărtărescu.

Editorial Impedimenta. 2017. 800 páginas. Traduccion de Marian Ochoa de Eribe. Posfacio de Marius Chivu.

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El libro y la hermandad (Iris Murdoch)

La primera sensación que tuve cuando comencé esta novela de Iris fue de apabullamiento. En un mismo lugar (Oxford) se reúnen más de una docena y media de viejos amigos, donde todos parlotean y el apabullamiento deviene aturdimiento. Luego Iris de manera muy sutil irá tirando de cada hilo, desflecando la madeja, concediendo su espacio a los distintos personajes, refiriéndonos sus historias y las relaciones que durante estas últimas décadas se han ido creando, fortaleciendo o menguando entre ellos. Me gusta poco la narración cuando Iris fija su atención en lo externo, en detalles triviales: todo lo que tiene que ver con el vestuario, la decoración o los atributos físicos personales y me interesa mucho más -y ahí radica en mi opinión el gran valor de la novela- cuando el relato pasa de lo estético a lo ético y abundando en la introspección Iris pasa a todos ellos por el cedazo de la experiencia y la batidora de la moral, los sube al escenario que viene a ser una suerte de ring, donde todos ellos reciben su merecido, y las victorias, en la pugna contra el destino, si las hubiera, son pírricas, o a los puntos. Una experiencia concebida como un sumatorio de actos humanos de distinta índole que van, entre otras muchas, desde la aventura fuera del matrimonio al aborto repentino, pasando por tentativas de suicidio, duelos a pistola, muertes accidentales, el dolor del duelo ante la pérdida de una mascota o la muerte de un ser querido, las confesiones de un amor arrebolado y no correspondido, el gran vacío o fin de ciclo que experimenta el escritor ante el libro ya acabado -un libro convertido en un fascinante macguffin, pues de la hermandad del título aún sabremos algo, pero del libro de marras muy poca cosa- el perdón cauterizador, la felicidad como un objeto de consumo más, la religión emancipadora, los lazos filiales convertidos en cadenas, la transición del idealismo al conservadurismo, el pasar de querer salvar el mundo a querer preservar su pequeño mundo, a cualquier precio.

Los humanos son aquí seres dolientes, indolentes, inseguros, insatisfechos, aburguesados, que al echar la vista atrás y contrastar sus sueños y esperanzas de su juventud con su realidad adult(erad)a y presente comprueban que la argamasa de su día a día, las relaciones, ya sean de amistad o de pareja tienen los huesos de cristal, que la distancia entre la teoría y la práctica, entre el pensamiento y la acción se nutre de impotencia, de resentimiento, que los héroes están en las calles y los cobardes como ellos en sus casas entregados a una verborrea estéril y a un hedonismo a medida.

Podemos pensar en este manojo de vidas folletinescas con el que Iris describe al detalle y con gran agudeza la condición humana como meteoritos del espacio exterior fuera de nuestra órbita. O puede ser que mirar hacia el cielo sea sentir un escalofrío y un ramalazo de melancolía recorriendo nuestro cuerpo, cuando al pensarnos, lo leído nos incumba, desmantele y quién sabe si incluso colisione.

Impedimenta. 654 páginas. Año 2016. Traducción de Jon Bilbao. Postfacio de Rodrigo Fresán.

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Estabulario (Sergi Puertas)

No he visto la serie Black Mirror. Leí Nog y no me gustó. Leí Días entre estaciones y me gustó aún menos. No me va mucho la ciencia ficción. ¿Qué cojones hago leyendo un libro como este?. Los caminos de la lectura son inextricables.

I

Me llevé a casa este libro de la biblioteca y hasta que comencé el tercer relato y después de leer la información sobre el autor que aparece en la solapa posterior de la portada, no caí en la cuenta de mi error, dado que el autor no era Sergi Pàmies –que es a quien creía estar leyendo, aunque el estilo me parecía tan salvaje y distópico que me maravillaba ante la capacidad de reinventarse que tienen algunos escritores-, sino Sergi Puertas (Barcelona, 1971). A esas alturas y dado que los dos relatos que había leído -y no por orden, pues empecé por Obesidad Mórbida Modular y proseguí con Pegar como texto sin formato- me habían gustado bastante, merced a una prosa muy salvaje y muy bestia y muy visceral (también en sentido literal), esa clase de novela en la que ves salir dos manos del texto que te cogen la cabeza y te la fijan al papel y no te sueltan hasta que llegas a la palabra fin, si la hubiera, decidí ir hasta el final, lo cual me supuso no esfuerzo, sino deleite.

II

El libro lo conforman seis relatos de entre 20 y 60 páginas, relatos que cifran bien la imaginación desbordante de Sergi, pues aunque el marco distópico enmarca cada relato, cada uno de ellos es diferente y todos ellos muestran un futuro putrefacto, hediondo, enfermo, devastado, terminal, donde sin recurrir a los manidos temas apocalípticos, el autor manejará temas más originales como en Torremolinos con una Andalucía convertida en un estado desconectado de España y gobernado por un tirano, un militar, un tal Navarrete, con toreros, nazarenos y una tal Trini diciendo eso de “Yo no sé nada de todo esto, solo soy una coach” que me ha matao; La televisión (sigue) vendida al espectáculo, en Estabulario (título bien traído porque el mundo deviene ratonera o establo y nosotros animales cada vez más tecnificados) con un robot de cocina picando carne humana, drenando cualquier dignidad de los que al programa acuden buscando fondos. Y los encuentran. O bien un traje que como una segunda piel o más bien como un corazón puede causar la ruina de quién lo porta cuando todas vienen mal dadas. Uno de los relatos, Nuestra canción me ha gustado especialmente, por su ritmo hipnotizante, por un final explosivo o implosivo o. Algo que Puertas hace muy bien es crear atmósferas asfixiantes y angustiosas que se disuelven en la narración, impregnándola, donde acaecen situaciones límite, alimentadas de una tensión y una violencia que rechinan, y de ello da buena cuenta Manos libres con un final muy bestia.

Hablando de ecos, Puertas me recuerda a Jon Bilbao y sus tres primeros estupendos relatos de Estrómboli, relatos muy bestias, feroces, violentos, contundentes, sorprendentes, con una prosa que es flujo, reflujo e influjo (porque como afirmaba Pío Baroja “admiramos solo lo que no comprendemos” y el libro usa esa incomprensión por nuestra parte y nuestro asombro, como parte importante del armazón), relatos como los de Estabulario con los que superas sin percibirlo la fina barrera que te hace pasar de la indiferencia al interés, del interés al regocijo, del regocijo a las 2:12 de la madrugada camino de la cama -ya más bostezante que regocijado- con ganas de asesinar el despertador quitándole las pilas.

Habida cuenta del terreno que pisamos, digo: No pidamos literatura creíble, pidamos, aquí y ahora, literatura increíble, así Estabulario. Pueden pensar que exagero, incluso que deliro. A estas horas todo puede ser. Pero esto solo hay una manera de comprobarlo: un horizonte fractal de 256 páginas.

III

No creo que vea Black Mirror, no creo que lea más novelas de ciencia ficción (por mucho que la f(r)icción haga el cariño), pero sí es muy posible que lea más cosas de Puertas, si las hubiere.

!Benditos sean algunos equívocos como el presente!.

FIN

George Perec

Un hombre que duerme (Georges Perec)

Georges Perec
Impedimenta
Traducción: Mercedes Cebrián
2009
130 páginas

Un hombre que duerme es mi primera aproximación al universo de Georges Perec (1936-1982), y no será la última. La novela es lo suficientemente breve como para, si es posible, leerla del tirón, a fin de que el impacto de la lectura sea mayor.

El protagonista de la novela es un joven que tiene: veinticinco años, veintinueve dientes, tres camisas y ocho calcetines, algunos libros que ya no lee, algunos libros que ya no escucha. No tiene ganas de acordarse de nada, ni de su familia, ni de sus estudios, ni de sus amores, ni de sus amigos, ni de sus vacaciones, ni de sus proyectos. Ha viajado y no ha traído nada de sus viajes.

Sirva esto como declaración de principios o de precipicios, porque viendo su manera de afrontar el presente, de arrostrar su realidad, uno no sabe si acabará defenestrándose, haciendo puenting sin cuerda, o convirtiéndose en un nini francés más.

El caso es que imbuido de un espíritu que me resulta muy Cosseryano y Bartlebyano el joven no quiere hacer nada, ser nada, más allá de acumular tiempo, convertirse en una masa de tiempo inerte, alejada de la ambición, de las pulsiones humanas, del mundanal tráfago circundante, reducido a ser algo que se alimenta para vivir y cuyo corazón late por inercia.

En una buhardilla de la última planta de un edificio parisino se amorra al tedio, al aburrimiento, siendo el no hacer nada su quehacer principal, su única ocupación. Y mientras cierra los ojos sueña, y no sabemos si sus visitas al pueblo son reales o mentales. No importa.
El joven echa un órdago al mundo, y no lleva malas cartas: la soledad, la indiferencia, su pasotismo, su juventud. Pero acaba la partida y comprueba que su indiferencia es inútil, su soledad también, que da igual lo que haga, o diga, o piense, por que el mundo, que es más listo por viejo que por mundo, se las sabe todas, y pone el contador a cero a diario para que cada empeño humano, cada desafío sea aniquilado, y todo se renueve, y el pasado, el presente y el futuro, se funden en un punto, cordel del que tirar hasta la eternidad, o hasta la Explosión final.

Todo esto son elucubraciones de quien lee, porque el texto de Perec, da para eso y para mucho más, pues está abierto a toda clase de interpretaciones, y se me antoja ese uno de sus dones más preciados, porque el significado, el mensaje del libro, no es tan diáfano como las ristras de enumeraciones que Perec desparrama en su narración.

Seguiré con 53 días, su última novela, inacabada, porque ha sido un placer llegar a Perec, leer esta novela y dar pie (o tomarlo) para seguir abundando en su obra.

Me gusta que Impedimenta, editorial que edita esta novela, ponga el nombre de la traductora, en este caso, Mercedes Cebrián en su portada.

La novela fue llevada a la pantalla grande y obtuvo el Premio Jean Vigo en 1974

Editorial Impedimenta 2013

Especulación (Thomas Wolfe 2013)

Thomas Wolfe
Editorial Periférica
2013
91 páginas

Especulación (Boom Town) del americano Thomas Wolfe (1900-1938) apareció publicado en 1934, en la revista The American Mercury, como un relato de 20 páginas. Leyéndola uno ahora, no parece que date de los años 20 del siglo pasado, ya que rezuma actualidad y podemos suscribir a pies juntillas todo lo que en estas páginas leemos.

Cuando uno lee en un periódico que un fulano ha ganado 7,3 millones de euros en un año, tal como están las cosas o ve en las noticias a bigotes, barbas, melenillas engominadas que salen de la cárcel para declarar en los juzgados con una chulería, prepotencia, soberbia y altivez, que dan ganas de rasurarles hasta las pelos de los cejas, aprecia uno, todavía más las cualidades de este libro visionario y explícito.

Una oleada de energía ruinosa y destructiva se había estancado en su interior. Habían despilfarrado fabulosas sumas en calles inútiles y puentes, habían derribado los antiguos edificios públicos, el juzgado y el ayuntamiento, para levantar otros nuevos de quince plantas de alto y lo bastante grandes para satisfacer las necesidades de una ciudad de un millón de habitantes; habían aplanado las colinas y perforado las montañas construyendo magníficos túneles pavimentados, con dos carriles para los coches y relucientes ladrillos, túneles que desembocaban en la mísmisima Arcadia de la vida salvaje. Era algo loco, exasperante, ruinoso. Habían derrochado las ganancias de toda una vida para hipotecar las de toda una generación venidera; se habían arruinado a sí mismos, a sus hijos, a su ciudad y nada podría detenerlos. El pueblo entero ya no les pertenecía, ellos ya no eran sus dueños: todo estaba hipotecado por quince millones de dólares, bajo propiedad de un grupo empresarial (página 81)

Thomas Wolfe
Thomas Wolfe (1900-1938)

El protagonista es John, profesor universitario que regresa a su hogar, para comprobrar que los lugareños, su madre y su hermano incluidos, están agitados, locos, enfebrecidos, empeñados en comprar y vender cuantos bienes raíces tienen a mano. John no da crédito, recela de lo que ve, y no tardará en coger las de Villadiego, constatando que aquello que se está cociendo es una locura, una especulación desmedida que arrasa cuanto pilla, removiendo tierras, en un palimpsesto donde solo prevalece el cemento, dejando a miles de personas en la bancarrota, en los márgenes del progreso, como se constatará con toda su crudeza durante el crack del 29.

Especulación: novelita breve, intensa y asfixiante. Wolfe no especula, sentencia con tino.

Boom Town by Thomas Wolfe