Fin de fiestas

Fin de fiestas (J. S. De Montfort 2014)

J. S. De Montfort
2014
Suburbano

Andaba enfrascado en la lectura de Romanticismo de Manuel Longares, cuando por azares de la vida, me veo leyendo un libro vanguardista de J.S. De Montfort (Castellón 1977), titulado Fin de fiestas, libro ¿editado? virtual, publicado por ¿ediciones? Suburbano, que opera desde Miami.

Odio los libros digitales. Me pregunto. ¿Si quisiera regalar este libro a un amigo/novia/conocido/enemigo, cómo se lo dedicaría, lo tendría que hacer a través de una dedicatoria digital?.

El término descargar, me resulta escatológico, ya ven. Paso de tener que irme huyendo del mundanal ruido donde Cristo dio las tres voces y tener que estar luego pendiente de si hay un enchufe para cargar el ebook. Lo bueno de un libro en papel es que si se moja se seca, si se mancha se limpia, si te gusta un párrafo lo subyrayas, si una página te encandila la arrancas o te la comes, que no se queda fuera de cobertura (el libro), y que tampoco hay que recargarlo cada pocos días, además, al lector onanista contemplar una librería bien abastecida, con los lomos a la vista, lo lleva al paroxismo, al orgasmo visual. Y no hablo de oídas.

JSdeMontfort-FindeFiestas
J.S. De Montfort
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En fin, que a riesgo de haber sufrido un desprendimiento de retina, me la he jugado y a falta de un Kindle bueno o similares, he leído este libro de Montfort en mi portátil, y he sobrevivido, a la lectura digital, y al libro. Eso ya es algo.

Montfort tiene 37 años, llevá tupé y bigote, tiene aspecto rocker, y su libro es una suma de doce relatos interconectados (divididos en tres partes: Otoño/invierno, Primavera/verano, El largo otoño), en los que va dando cuenta de la existencia (narrado desde el año 2012) de los miembros que en su día formaron parte de La Tremenda Crew United, a comienzos de los 90.

Lo bueno del pasado es que siempre está ahí (y si no se reinventa), que siempre es un pozo del que sacar petróleo, y Montfort en estos relatos que parecen biográficos, y en su debut como novelista, echa mano de sus recuerdos como era adolescente, yéndose a los últimos años del bachillerato, de la Selectividad, a los veranos en la playa, la musica de los chiringuitos en sordina, el bienestar del dolce far niente, las noches de farra, de música, de alcohol y todo eso se pone en contraste con la vida que los antes jóvenes llevan ahora convertidos en adultos.

La actualidad está muy presente, ya sea bajo la ocupación estos treintañeros en trabajos precarios y mal pagados, en parking subterráneos o en fábricas de azulejos (un relato el que protagoniza Asier que es de traca), supeditados a jefes desalmados. Se habla de la crisis, de jóvenes que están en paro, de empleados de cajas de ahorro prejubilados a los 52 años, de estructuras de hormigón sin revestir, como fantasmas asomados al mar, tras el estallido de la burbuja inmobiliaria, de treintañeros que ahora rejuvenecen la sociedad siendo padres de familia, quienes disfrutaron primero la miel de la convivencia anhelada y luego sufrieron el gusto amargo de la hiel de la separación y el tráfago de las custodias compartidas, con niños casi recién nacidos danto tumbos de hogar en hogar. Hay también una vecina desaparecida y nunca encontrada y la prensa hocicando buscando o creando la noticia, también infidelidades conyugales, parejas camino de su extinción, Asier haciendo el gamberro, etcétera.

La mirada hacia el pasado no está atiborrada de nostalgia, ni de complacencia, y eso salva los relatos, porque me gusta el espíritu del libro, que no busca la épica de las noches de farra, ni el elogio de la estupidez adolescente, porque vivir es ir quemando etapas, sacando provecho (ahí reside la magia de vivir) de cada una de ellas, y al contrario de lo que leo en otras novelas donde también hay jóvenes, estos ya tienen claro que superados los treinta y cinco, ya han dejado de serlo, porque uno al contrario de lo que nos quieren/queramos creer, no es joven indefinidamente, porque el gobierno acabará dando ayudas a los jóvenes de hasta 50 años, pero esos no serán jóvenes, sino gente que estará experimentado en todo caso, su tercera/cuarta/quinta juventud, lo que antes era conocido como la tercera edad.

Estos relatos polifónicos que suenan como una voz compleja, rica en matices y nada estridente y cuyo lenguaje conozco y donde me reconozco, me resultan por tanto veraces, frescos, creíbles, pegados a la realidad y auténticos.

Se deben corregir algunas erratas que he detectado en las páginas 97 y 99 y una mayor concreción en algunos relatos, donde el uso de las palabras justas es fundamental, evitando por ejemplo párrafos como este:

Lo cierto es que a sus sesenta y tres años, podría pasar perfectamente por alguien de cincuenta y seis o cincuenta y siete, incluso, de cincuenta y cinco, por qué no. (página 103)

Que las jóvenas hablen al dejar su relación de que el amor fenece, demuestra el éxito de la LOMCE.

Si Montfort saca adelante la trilogía que he leído por ahí que está en marcha, habrá que echarle un ojo y si es en papel mejor.

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Mi Carso (Scipio Slataper 2013)

Scipio Slataper
Editorial Ardicia
2013
138 páginas
Traducción: Pepa Linares

En ciertos libros viene bien reconocer el terreno que se pisa, que se lee. Si hubiera estado alguna vez en Trieste, seguro que la lectura de este libro del triestino Scipio Slataper me hubiera causado, aún, mayor efecto.

Scipio (Trieste, 1888-1915) habla por ejemplo de la bora, y uno sabe lo que es, pero nunca la ha sufrido, de ahí que por mucha bora que haya por aquí o por allá, para mí es un término huero. De la misma manera, la lectura del libro de Scipio no es fácil para quien no conozca al dedillo el entramado político, social, cultural y empresarial de Trieste, no de comienzos del siglo XXI, sino de los años en los que está escrito el libro, a comienzos del Siglo XX.

El relato rompe la estructura narrativa y el protagonista, el propio Scipio, echa mano de sus recuerdos, que irá insertando en su presente, mezclándolo con sus ideas y pensamientos, dando lugar a un prosa fragmentada, a ratos enfrebrecida, dotada de una gran potencia narrativa y lírica (gran labor la traducción de Pepa Linares), donde está presente una tensión verbal sostenida y unas ganas de vivir y de morir, consecuencia del dolor y la angustia ante la pérdida de su amada, por parte de Scipio, con las que como lector cuesta poco conectar y prendarse.

Scipio Slataper
Scipio Slataper

Algunos de los párrafos de este libro, que Scipio escribió con 23 años, son deliciosos. Ahí va uno.

Me conocía la tierra sobre la que dormía mis noches profundas, y el cielo grande y resonante de mi grito de victoria, cuando saltaba con las aguas bajando los torrentes quebrados o me despeñaba por los cerros con un torbellino de piedras y de mantillo y, frenando con el pie, interrumpía la carrera para arrancar un florecilla azul celeste.

Corría con el viento, expandiéndome por el valle, saltando con alegría los muros de cerca y los enebrales, recorriéndolo todo; hondazo sibilante. Arrojándome de la rama al tronco, aterrizando de pie en los tocones y en el suelo, daba un salto furibundo y atronaba el bosque como un río que excava su lecho. Y desmelenando con rabia la última rama obstaculizadora, me precipitaba afuera, el cabello erizado de palitos y de hojas, el rostro arañado, pero el alma fresca y ancha como la blanca huida de las palomas atemorizadas por mis ásperos gritos de azuzamiento.

Jadeante, me tiraba de cabeza al río para quitarme la sed de la piel y empaparme de agua la garganta, la nariz y los ojos, casi ahogado por los sorbos enormes que tomaba nadando bajo el agua con la boca abierta como un lucio. Iba a contracorriente, aferrando en la brazada los regolfos que tropezaban espumeantes contra mi cuerpo, mordiendo la ola avispada, como los matojos de hierba florecida cuando subía a la montaña. (pág 46-47)

Tras Doctor Krupov, Vigilia Inquieta o Los Caníbales, otro interesante título más, de la joven editorial madrileña Ardicia Editorial

Examen final

Comentaba ayer mi predilección por la prosa de Bayal, Landero y Longares. Me dejé en el tintero a José María Pérez Alvárez, Chesi, el cual publica novela, Examen Final, que presenta el 7 de noviembre en Orense, publicado en la editorial Trifolium, donde también publicó Tela de araña, un libro estupendo, al igual que otros de Chesi como La soledad de las vocales, Un montón de años tristes, Cabo de Hornos o Nembrot.

Hay libros que tienen toda la publicidad del mundo y otros que pasan sin pena ni gloria, incluso en la página web de la editorial Trifolium, que dicho sea de paso es horripilante (una de las peores que he visto hechas con Blogger), es complicado encontrar la portada del libro, o algún dato sobre el mismo, como el número de páginas. La fecha del lanzamiento, según pone en algún post del blog de Chesi, parece que es es el 25 del presente mes.

Dicho queda. A ver si en breve puedo dar cuenta de la lectura de este Examen Final.

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Conversación (Gonzalo Hidalgo Bayal 2011)

Gonzalo Hidalgo Bayal
Editorial Tusquets
2011
páginas 238

Con esta llevo 2.001 entradas. Toda una odisea en el espacio web, sideral.

Leer a Gonzalo Hidalgo Bayal siempre es un placer, literario. Afirmo esto después de haber leído Amad a la dama, Paradoja del interventor, Campo de amapolas blancas, Sed de Sal y Conversación, libro de relatos del extremeño publicado en 2011, que compré hace dos años en la Feria del Libro de Logroño por cinco euros y no me había dignado todavía a leer. Perdón.

Conversación es el primer libro de relatos que leo de Gonzalo. No sé si tiene publicados más. Si sus novelas son espléndidas y recomendables, este libro de relatos lo es también.

Conversación lo forman cinco relatos, algunos con la dimensiones propias de una nouvelle, no sólo en extensión, sino en recorrido y aliento, como ocurre en los relatos Aquiles y la tortuga, Monólogo del enemigo y Reparación.

Si hay libros que desincentivan la lectura, otros como el presente, me animan a seguir leyendo, a seguir devorando libros, a seguir gozando de la página (en este caso) impresa, a disfrutar del lenguaje, del léxico, de los juegos de palabras que se gasta Gonzalo, maestro de la palabra, quien juega con ellas, juegos fonéticos, taxonómicos, extrayendo de ellas tal jugo, tanta carnaza, que leer sus relatos es quedar ahíto, saciado, tras haber gozado previamente con deleite, alborozo y expectación con sus tramas fantásticas y verosímiles, atemporales, en los márgenes de las modas pasajeras, lo que impregna todos estos relatos de cierto clasicismo, donde se respiran aires kafkianos como en el relato Reparación, donde Gonzalo juega con el concepto de los dobles, de la perfección numérica, de la obsesión derivada de una vida contemplativa y solitaria, o de ese ensayo sobre el odio, su génesis y consecuencias y el envés de la misma, la bondad, en el Monólogo del enemigo, o sobre la empresa filosófica de Petrus un alumno brillante que deja la filosofía por la empresa, y a quien su palindrómico amigo de la facultad, Saúl Olúas, no puede menos que visitar, a fin de conocer su más que interesante y adictiva historia, en el paradójico y maravilloso (sin lugar a duda mi favorito del libro) relato Aquiles y la tortuga.

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Los dos relatos más cortos son los dos primeros, el primero Kalé heméra (leer aquí), donde el protagonista, un profesor de griego no puede menos que confesar aquello que lo socava día a día y Corzo, una vibrante intriga rural a costa de una heredad, y las leyendas urbanas que el paso del tiempo y el lenguaje van transformando lentamente.

En todos los relatos esta presente la conversación que da título al libro, ya sea a modo de diálogo, monólogo o soliloquio, y todos ellos son una celebración del lenguaje, un éxtasis de la palabra, una comunión, diría que perfecta, entre significante y significado, porque Gonzalo durante unas horas arrancará al dichoso lector que acometa estos relatos de la realidad y lo zambullirá en otro mundo: vegetal, urbano, mental, claustrofóbico, un mundo, digo, exuberante y enjundioso, del que vuelves renacido a la par que exultante. ¿Exagero?.
Junto a Longares y Landero, Bayal es hoy uno de mis prosistas (vivos) favoritos, así que no es de extrañar, que reseñando sus libros, repare, en que me pongo hiperbólico y me falten adjetivos y loas, pero el lenguaje, sus limitaciones y las mías, me impiden ir aún más lejos de lo que me gustaría en la recomendación de los libros de Gonzalo.