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Luz de agosto

Luz de agosto (William Faulkner 1932)

Publicada en 1932 poco después de El ruido y la furia (1929), Luz de agosto es entre otras muchas cosas la historia de un viaje, de una fuga, de un tránsito. La que lleva a cabo la joven embarazada Lena Grove, quien abandona su hogar (la compañía de la familia de su hermano) en busca del hombre que la dejó en una situación doblemente embarazosa.

Así, en el camino, de carreta en carreta, ayudada por las personas que se cruzan en su deambular, acabará Lena llegando a la localidad de Jefferson, donde parece encontrarse su hombre, un tal Burch.

En lugar de Burch, Lena se topa con un tal Bunch, que nada tiene que ver (parecidos semánticos a parte) con el padre de la criatura, quien a pesar de todo, prendado por la belleza, juventud y lozanía de Lena, se decide a ayudarla, llevando su bonhomía a límites desconocidos, incluso para él.

Hay ahí cierto misterio, y suspense, en pos de saber si Lena encontrará finalmente a Burch o no, si de producirse el encuentro qué sucederá a continuación, qué se dirán, si Burch huirá de nuevo o arrostrará su nueva situación o si seguirá tan irresponsable como siempre. Luego, sin apenas darnos cuenta, una vez que Lena ya está asentada, esperando dar a luz, Faulkner nos cuenta la vida de Christmas, el socio de Burch, un blanco de sangre negra, atormentado y maldito, abandonado al nacer, al descubrir los abuelos de la criatura que es de sangre negra y adoptado tras un período en un orfanato, por una familia, los McEachern, cuyo padre adoptante es alguien intransigente, duro, violento, caligrafiando su derrota con la sangre ajena, y látigo en mano, sobre la piel endurecida de Christmas, enfermizo este en sus creencias religiosas, quien entiende la violencia como una enseñanza, algo necesario y a veces piadoso e incluso catárquico.

Christmas hará uso de su voluntad, para cumplir el fatal destino que cree tener marcado a fuego a consecuencia de su sangre negra, su sacrificio ineludible. Un personaje, Christmas, quien nunca sabe qué es lo que es, ni tampoco que es lo que no es, un alma en pena, un corazón fugitivo en todo caso, a quien un negro le explicará a las claras su razón de ser (o de no ser)

«Tu eres peor que negro. No sabes lo que eres. Y más que eso: nunca lo sabrás. Vivirás, morirás y no lo sabrás nunca»

Alrededor de Lena pululan otros personajes como Hightower, un párroco defenestrado y vilipendiado por la conducta «inapropiada» de la que fue su esposa, devenido un pecio humano, arrumbado a la orilla del camino esperando el descabello, la señorita Burden, con quien Christmas convivirá y yacerá, en una relación oscura, sórdida, alimentada por los fantasmas de ambos, Bunch, asociado a Christmas en la venta ilegal de Wiskhy capaz de delatar a su socio a cambio de los dólares que ofrecen por la cabeza del asesino de la señorita Burden y en última instancia tenemos a los abuelos de Christmas, que se acercarán al pueblo intentando ver a este una vez más, antes de su ejecución, lo que nos permitirá conocer más detalles sobre Christmas y ver así por ejemplo, el engarce del subalterno Doc siempre vigilante con Christmas, a la sazón, su nieto repudiado.

La novela fluye, con la prosa subyugante de Faulkner, en manos de un narrador omnisiciente. Un juego de voces, pensamientos, reflexiones, donde podemos palpar lo que es el racismo, la incomunicación, la violencia latente, la religión opresora, el sexo maldito, las profecías autocumplidas, creando Faulkner una tensión en el relato, una atmósfera enfermiza, que deviene a ratos asfixiante.

Lena haciendo suya la cita de Saramago «El fin de un viaje es sólo el inicio de otro» se irá de Jefferson como llegó, como si su único fin fuera ese, deambular, viajar, someterse o más bien, adaptarse, a la realidad que le toca vivir en cada momento, en cada situación, sea en pos de Burch, al lado de Bunch o junto a quien quiera protegerla. Un empeño por parte de los hombres que la rodean que nunca se materializará, porque Lena no se necesita más que a sí misma para salir adelante, porque Lena es una superviviente, es la esperanza hecha carne, es esa luz que nunca se extingue, ese amanecer posterior a la noche cerrada.

Todos los caballos bellos

Todos los caballos bellos (Cormac McCarthy 2001)

Cormac McCarthy
335 páginas
Editorial Debate
2001

Después de haber leído y gozado lo que sí está escrito de Meridiano de sangre de Cormac McCarthy dudo que alguna obra suya lo supere. Todos los caballos bellos, la novela que nos ocupa, principia la Trilogía de la frontera.

La portada del libro, con Penélope Cruz y Matt Damon, ambos en pose cariñosa, es tan ñoña como horrorosa. Lo grave es que ante semejante portada un posible lector se retraiga, y desconociendo al autor, decida no leer esta novela. Cometería un error. No irreparable. La novela no es romántica, o es remotamente romántica, porque lo propio es poner en la portada, como bien se hizo posteriormente y anteriormente a la película (que da lugar a la portada de marras), no a este par de tortolitos, sino caballos.

Tras la brutalidad de Meridiano de Sangre, tras tanta sangre, violencia, e incesantes masacres, esta novela resulta diría que hasta ligera, no porque lo sea, sino porque a menudo la tendencia a comparar enturbia el juicio crítico.

Lo que va a continuación destripa el libro.
El protagonista es un joven, John Grady Cole, de padres separados, quien al morir su abuelo y dado que su madre quiere vender el rancho familiar, decide irse de casa secundado por su amigo Lacey. Se van a la aventura. Y la encuentran.

En su deambular por terrenos secos, estériles, alfombrados de yeso, casi deshabitados, se encuentran con otro joven como ellos, Jimmy Blevins, que esconde un secreto. Un secreto envenenado porque Blevins ha robado un caballo y van tras él.

A Blevins tras situaciones surrealistas como la de la tormenta plagada de rayos, lo pierden de vista (para más adelante ser testigos sonoros de su ejecución) y Cole y Lacey llegarán a un rancho en México donde se ganarán una buena reputación como amansadores de caballos. Ahí surge el romance. Cole se queda prendado de la hija del Hacendado. Un amor imposible, una relación sexual fugitiva, la suya. A los jóvenes los sacan una buena mañana del Rancho a empellones y los llevan a una penitenciaria donde libran el pellejo porque la tía de la joven paga su libertad, y donde Cole saldrá con vida tras ultimar previamente a un joven que lo quiere borrar del mapa.

Creía que Cole volvería a buscar a su amada, que se iría con ella. Pero no. Lo más que ambicionan los jóvenes enamorados es volverse a ver, echar un polvo postrero y luego que cada cual siga su camino. Ella a estudiar a Europa en un colegio de pago y él tras retornar a su casa, y enterarse de que su padre ha muerto, volverse a poner de nuevo en ruta, hacia la aventura, hacia lo desconocido, a lomos de su caballo, el cual casi forma parte de su ser, como un solo cuerpo, un tándem perfecto.

McCarthy se recrea y me deleita describiendo los paisajes desérticos, yermos, en el deambular de esos jóvenes, para quienes cada día es una novedad, una aventura, un viaje, una singladura existencial.

Introduce el autor una pizca de aventura, misterio, suspense, violencia, un amor que resulta imposible, unas situaciones adversas ante las cuales nuestro protagonista, el joven Cole, trata de mantenerse firme, íntegro. Un empeño digno, plausible, que Cole defenderá con uñas y dientes, una empresa que se torna épica cuando el hombre lucha contra sí mismo (contra sus pulsiones de todo tipo), consciente de su medianía y precariedad encuentra algo parecido al consuelo, a la paz, a lomos de un caballo, galopando sin rumbo, hacia la nada.

Y no tienen por qué pirrarte los caballos para valorar el buen hacer de McCarthy en esta novela.

Y ahora voy a buscar la fuente. En el caso de McCarthy, Faulkner. Comienzo pues Luz de agosto. Veremos.

Madame-Bovary

Madame Bovary (Gustave Flaubert, 1856)

Editorial Planeta-DeAgostini
Prólogo y traducción de Juan Bravo Castillo
2001
445 páginas

Lamento haber tardado tanto tiempo en leer esta obra maestra. La compleja y poliédrica figura de Emma Bovary, siglo y medio después de la publicación de la novela de Flaubert sigue dando mucho de qué hablar.

Emma Bovary resulta fascinante, por obra y gracia de la portentosa prosa de Flaubert, que logra mediante una historia, poco o nada espectacular, subyugarme durante casi 400 páginas. La vida de Emma es una historia de inconformismo, marcada por la tragedia final que es su muerte.

Emma no se siente a gusto en ninguno de los roles que la sociedad, imponía a las mujeres a mediados del siglo XIX. Se casa con Charles, de quien pronto descubrirá que no está enamorada, y que ni siquiera el amor que éste le tributa le sirve para nada. Tendrán una hija que criará una nodriza y que tampoco despertará en Emma, salvo algún arrebato maternal, ningún instinto, ni deseo de ejercer de madre de su hija.

Emma se cree destinada a vivir algo grande, hermoso, majestuoso, y la vida que lleva es un cárcel, una jaula dorada, si se quiere, pero algo muy pequeño, gris, anodino, incapaz todo ello de saciar sus aires de grandeza, su cosmopolitismo, su ansía de riquezas, de viajes, de vestir las mejores galas, de nadar en la abundancia.

Y Emma intentará escapar de su cárcel, a través del flirteo primero y del adulterio después con dos hombres que la seducen, y la invitan a soñar, sin que aquello no pase de ser eso, un sueño, un anhelo, una pretensión inútil, toda vez que sus amantes consideren demasiado arriesgado obligar a Emma a que esta deje a su marido para irse con ellos, ya sea con Léon, Rodolphe o finalmente de nuevo con Léon, con quien tiene una segunda oportunidad, que no prosperará tampoco.

Flaubert describe con maestría todo ese torbellino de sentimientos encontrados, deseos, anhelos, inquietudes, frustraciones, sueños, que pugnan en el interior del alma humana, no solo en el corazón de Emma, de ahí la grandeza del texto, de ahí su paso a la posteridad.

Flaubert logra una labor de introspección de tal calado, de tal precisión, de tanta fuerza y lirismo desgarrador, que ha sido un deleite perderme en las páginas de este libro, avanzar en la historia, lamentar un final, marcado por la «fatalidad» (o más bien por la imposibilidad de Emma de vivir una vida plena) así de trágico como de inevitable.

La asamblea de las mujeres

La asamblea de las mujeres (Aristófanes 392 a.C)

La asamblea de las mujeres, obra de Aristófanes, data del 392 a.C. Me sorprende que dos mil años atrás, las protagonistas de esta pieza teatral fuesen mujeres, quienes vestidas con los atuendos de sus maridos van a una sesión de la Asamblea, con el objetivo de hacerse con el poder, el cual acaban consiguiendo, alentadas en su empeño por Praxágora, hartas todas ellas de comprobar cómo los hombres cometen siempre los mismos errores y Atenas está en caída libre.

Las mujeres se salen con la suya y entre sus reformas está el «hacer un todo común«, donde todos los bienes irán a parar la Comunidad, la cual se encargará luego de proveer lo que precise cada cual. Algo que como no puede ser de otro modo generará reticencias, entre los más pudientes, celosos de sus patrimonios, de sus bienes y fortunas.

Llevado al exceso, no solo los bienes materiales son comunitarios. Las mujeres deciden (no olvidemos que el autor de esta pieza teatral es un hombre) que también ellas serán de uso comunitario. Para bien y para mal, porque los hombres tendrán que acostarse primero con las mujeres más mayores, si luego quieren hacerlo con las más jóvenes y turgentes. Lo cual genera escenas desternillantes como el joven asediado por tres maduras que tratan de hacérselo con él, mientras él no sabe como poner pies en polvorosa.

La historia resulta tan disparatada como divertida y las reflexiones vertidas en la obra no han perdido vigencia alguna después de más de 2.000 años.

Por estas razones digo yo que esta obra a día de hoy se sigue leyendo y representando.

http://auditorioelbatel.es/programacion/espectaculos/los-veranos-de-el-batel-presenta-la-asamblea-de-las-mujeres.html