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Gonzalo Torné

Años felices (Gonzalo Torné)

Si Divorcio en el aire, la anterior novela de Gonzalo Torné (Barcelona, 1976) era un asedio al lector, en estos Años felices (que nunca lo son, o nunca lo son del todo) el tono de la novela es más bonancible, al menos en su primer tercio. Si allá desplegaba una prosa incendiaria y ácida, su mirada se posa ahora en un grupo de jóvenes adultos neoyorquinos en los años 50 del pasado siglo, en el verano de su juventud que se abren a un mundo por explorar, jóvenes despreocupados, víctimas ellas de sus no muy lejanos cambios hormonales y sus primeras reglas, cuya presencia física y sus atributos más visibles son codiciados por las miradas varoniles, amasados sus pechos por el ansia cabestril, todos ellos como orugas que transformadas en mariposas quieren volar de los nidos familiares, que como en el caso de Kevin (los más y los menos de éste con su padre Ben es lo que más me ha gustado de la novela. Ahí Torné se desmadra, para bien y se permite ciertas bromas privadas: Percy, Lomana, Gerchunoff…), o de Claire, el ámbito familiar tiene más de cerco que de nido. Un grupo que se rige por normas no escritas basadas en la amistad, la confianza, el amor, el cariño que se profesan entre ellos y la clave (o una de las claves de la novela) está en cómo transferir al lector la ligereza, la alegría, su apertura al mundo y absorción por el mismo y no devenir espectador pasivo de esas jóvenes vidas (siempre) ajenas y que aquello cale, que los hilos (término consustancial a la narrativa Torneniana) que tejen la narración sean venas que alimenten nuestro interés y en gran medida así sucede, pues la figura del llamado príncipe, Alfred, un extranjero proveniente de España, de Barcelona, que es acogido de buena gana y prontamente por el grupo gringo, dota a la narración de suspense y misterio, que en parte se desvela en el segundo capítulo (epistolar) donde mediante unas cartas sabremos cómo fue la llegada de Alfred a Nueva York, su irse haciendo poco a poco con esa anguila correosa que es cualquier idioma desconocido -al tiempo que lucha por no perder su lengua catalana, su identidad-, su entrada en el mercado laboral por la puerta pequeña, su empeño en no desprenderse de su sueño de ser escritor, su relación con su madre y sus dos hermanos, donde a pesar de lo que se explicita, prima lo no dicho, lo oculto y velado, a pesar de lo cual ya vamos barruntando algo en ese empeño de Alfred por contarlo todo, sin decirnos nada (o no tanto como quisiéramos saber y que podría ser la semilla de una novela).

Los años felices de la primera parte, la despreocupación, la irresponsabilidad, ese rumiar indolentemente el pan (candeal) suyo de cada día, se verá reemplazada por los contratos matrimoniales, por la asunción de nuevos roles derivados de la maternidad o la paternidad, manumitidos ya de la férula familiar; circunstancias insoslayables que reformularán las relaciones cimentadas entre ellos en su años de mocedad. Vemos cómo el grupo se disuelve, irremediablemente, a medida que se van creando círculos familiares excluyentes y a menudo inexpugnables, como si la ley de gravedad y la entropía afectará a personas y cosas por igual y cómo aquello (la amistad, el cariño, la confianza, la lealtad…) que años atrás se erigía sin apenas esfuerzo, de forma natural, franca y espontáneamente, en aquel paraíso ingenuo y promisorio, ahora cuesta Dios y ayuda apuntalar, cuando todo se desmorona y la naturaleza humana se muestra en todo su esplendor, merced a la desconfianza, la deslealtad, la traición, el aprovechamiento, la envidia, la hipocresía, los celos…

He leído últimamente librazos como Antagonía y El gran momento de Mary Tribune y tengo el factor crítico disparado y tratándose de Torné, autor de la sobresaliente Divorcio en el aire, que el tiempo nos dirá, si ahí el autor tocó cima o no, estos Años felices, aunque la haya leído casi del tirón y disfrutado bastante, me ha resultado insuficiente, quizás porque esperaba, no una historia similar a Divorcio (con la que tiene muy poco que ver y que cifra bien la capacidad de Torné por hollar nuevos derroteros literarios como bien se plasma en esta narración arborescente y elástica, que deja claro lo complicado que es esto de narrar, ese «pasar a limpio» las vidas ajenas, las ficticias también, dado que todo puede ser enfocado, como se ve, desde distintos puntos de vista, y lo que me queda es una sensación más de tristeza que de amargura, porque si esta novela surge ahora quizás sea porque el autor ya en los cuarenta, echa la vista atrás y hacia adelante y ya en el ecuador, es hora de hacer balance, más que de ajustar cuentas, con los personajes y con lo que estos representan) pero sí la misma prosa incendiaria de Divorcio, ese asedio al lector del que hablaba al comienzo, esa prosa que se escribe con sangre, cuando leer ya no es (nunca debe serlo) un mero pasatiempo, sino recibir una transfusión de pura vida.

Anagrama. 2017. 364 páginas.

NOG

NOG (Rudolph Wurlitzer)

He leído o creo haber leído Nog.

La prosa que se gasta Rudolph Wurlitzer (Ohio, 1937) es del mismo pelo que la de Erickson en Días entre estaciones, que me horripiló. Como hacía Erickson, Wurlitzer cuando no sabe qué hacer con sus personajes los pone a follar o él se saca la polla y ella se la come. Sí amigos, placer licuante a tope. Vida líquida y seminal.

Lo demás resulta caótico, errabundo, un chapurreo donde un fulano divaga, delira, fantasea, recuerda, borra sus recuerdos, los reconstruye, mientras recorre Estados Unidos con tres recuerdos y un pulpo de mentirijillas, por ríos, montañas, cañones o canales, acompañado de una mujer y de otros tipos que no sé si son entes asociados, disociados o consorciados del narrador. Si la primera parte, a pesar de la alucinación del personaje resulta pasable, la segunda mitad es un plomo.
Lo bueno es que uno aprende palabras nuevas como tipi, cabás o fregata, pero para tan magro resultado no vale dejar cinco horas leyendo esto, o quizás sí.

En breve, Wurlitzer publica por estos lares Zebulon y tenía ganas de leerla, pero después de tamaña decepción, en caso de abundar más en Wurlitzer sería ya masoquismo, aunque parece ser que al tratarse esta de su primera novela, que la escribió con 30 años, allá por 1968, me resulta un tanto a medio cocer y que las novelas que sucedieron a esta son mejores. Veremos. O leeremos. O.

Underwood. Traducción de Rubén Martín Giráldez. 2017. 190 páginas.

Semana Santa de Pasión, lectora

En breve llega la Semana Santa y ante estas fechas vacacionales muchos desoyen las sabias palabras de Thomas Mann recogidas en su muy recomendable libro Ensayo sobre música, teatro y literatura y del que ya hablé en su día y en el que Mann nos decía que no compartía eso de que las lecturas de viaje (o períodos vacacionales) hubieran de ser pasatiempos frívolos, tonterías para pasar el tiempo, que no entendía que hubiera que rebajar las costumbres intelectuales en esas fechas, de tal manera, que una travesia marítima que le ocupará a Mann varias semanas la aprovechará éste para leer El Quijote.

Leía el otro día un comentario en la red en el que se decía que Fortunata y Jacinta le daba sopas con ondas a La Regenta. A fin de determinar lo acertado o no de tal afirmación y dado que he leído la de Clarín pero no la de Galdós, estas próximas fiestas las aprovecharé para leer Fortunata y Jacinta, pues estoy con Mann. Leer en vacaciones, en un camping por ejemplo, una mañana de agosto, al amanecer, mientas todos duermen y te ensimismas y mimetizas con la silla, ante los fatales devaneos de la Ozores, por ejemplo, eso, amigos, no tiene precio.

El gran momento de Mary Tribune

El gran momento de Mary Tribune (Juan García Hortelano)

Hasta hace una semana desconocía a Juan García Hortelano (1928-1992). Un buen día compré por casualidad esta novela suya en un Cash Converters, franquicia donde venden objetos de segunda mano, libros también, por el módico -más bien irrisorio- precio de 20 céntimos de euro, en una cuidada edición de Círculo de Lectores y en un estado de conservación (había puesto conversación y le va al pelo) óptimo: a estrenar. Leí entonces esto de Tallón y comparto ahora su entusiasmo hacia esta estupenda y a la fuerza, propalable novela.

Luis Goytisolo decía esto por boca de sus personajes en Antagonía:

dos recursos que no soporto, creo haberlo dicho antes– así de toda descripción […] como de diálogo, esa maniática transcripción de lo que dice la gente, que no sé si es más farragosa que estúpida o al revés, ya que, si por un lado es falso que la gente hable así, por otro, sobran cuatro quintas partes de las palabras transcritas, al menos desde un punto de vista literario. Pues lo que se habla es un bla-bla-blá que, si cansa en la vida real, en las obras de ficción resulta aún más insoportable, salvo cuando, como en Shakespeare, sobrepasa sus propios límites, deja de ser diálogo…

En El gran momento de Mary Tribune, priman y abundan los diálogos, y aunque sea falso que la gente hable así (que no lo es) o sea un bla-bla-bla (que no lo es) y aunque Hortelano no sea Shakespeare (que no lo es), creo que la grandeza de esta novela viene por ahí, por los corrosivos, hilarantes, jugosos, mordaces, agudos y muchos de ellos gloriosos diálogos, de gran penetración psicológica, diálogos brillantes en su capacidad para representar y poner de vuelta y media a la ociosa clase burguesa, que sustancian y son el armazón de la novela, ya sean los jocosos diálogos entre el narrador y Mary Tribune, una millonaria americana de pas(e)o por los madriles y que acaba prendada -una de esas noches en las que el alcohol y la soledad, ofuscan y enredan- del narrador, tal que decide quedarse en Madrid para vivir a su lado, alumbrando una relación imposible, siempre en caída libre y que de haber seguido juntos hubieran acabado como Joe y Kirsten, tanto como los diálogos mantenidos con el resto de personajes de la novela: Bert, Tub (personaje al que no le ponemos cara, pero sí cuerpo), José María, Merceditas, Guada.*, etc. Diálogos que le permiten a Hortelano depositar en ellos todo su humor, un humor ácido e inteligente y elaborado (la escena en la oficina donde un puñado de funcionarios “se ganan el pan con la abulia de su frente”, sin pegar un palo al agua, entregados al escaqueo en sus múltiples posibilidades, por ejemplo, en la cumplimentación de unos cuestionarios, es memorable y tronchante y acredita el buen ojo c(l)ínico de Hortelano), que abunda en las referencias de todo tipo, como incluir en la novela El Jarama de Ferlosio (autor diez años mayor que Hortelano), que dará lugar a una borrachera literaria, con el riesgo que esto conlleva de que algunas citas, chistes, comentarios u observaciones, se nos escurran entre nuestras entendederas verticales. Diálogos muy plásticos y sugestivos que avivan la narración y nos desplazan por las calles y la periferia del Madrid de los años 60, siguiendo el paso -no siempre firme- de un ramillete de personajes -con su horizonte despejado de ascendientes y vástagos-, siempre de farra, de sarao, de cubata en cubata y tiro porque me encogorzo, de cama en cama, de la cama a la ducha y viceversa, como vampiros crepusculares que se acuestan al alba, al alba….

Hablaba antes de Antagonía y si allá el sexo era crudo, descarnado, explícito, con hombres como surtidores de semen y mujeres como sumideros de dicho ímpetu seminal, aquí prima lo previo: la tosca seducción, el zafio galanteo, el toqueteo compulsivo, el arrumaco proclive al patético frotamiento, cuando la imaginación masculina vuela enhiesta y la mirada se embosca en el promisorio canalillo femenino o entre los muslos velados por una minifalda o en los ojos color cubalibre de la amante de turno; los anhelos propios de un deseo varonil tan palpitante como insaciable. Servidumbres de la lujuria.

Una proeza es la que logra Hortelano en este texto, a lo largo y ancho de sus más de 600 páginas, donde sólo hay dos capítulos y donde el texto se nos presenta como un todo indiferenciado, cuyo desentrañamiento erige a Hortelano -en las antípodas de un gramaterio delicuescente- como un magistral ordeñador de esa ubre inagotable -en sus manos- que es el lenguaje, que vivifica con un tono narrativo impecable, y que convierte cada página de esta delirante novela y diría casi que cada párrafo, en una aventura, en una sorpresa, ante lo que el autor nos tiene preparado, víctimas (los lectores) prontamente de una prosa que centripetará nuestro interés sin remisión (el que lea la novela sabrá muy bien de lo que hablo).

Hortelano trabajó durante ocho años (1964-1972) en esta novela, empeño que dio fruto y esta hojarasca devino vergel, porque este gran momento de Mary Tribune, es un gran monumento a una realidad epitelial que se manifiesta como resaca, arcada, murria, hastío, náusea, tedio (rayano en lo infinito, merced a una licencia laboral indefinida), vómito, vacío. La insatisfacción, encarnada en la figura de un indolente y mujeriego oficinista cualquiera, tributario de una educación sentimental escanciada, prostibularia y noctívaga, siempre presto al encuentro con Auroras de amarillentos dedos, maestro del escaqueo laboral y sentimental, diluido entre los vapores de un vaso de ginebra, resucitado en la tierra prometida que es cualquier piel femenina, para el que no hay redención que valga, ni solución posible. Fantaseamos con haber tenido otra vida, pero no pensamos en que todo sería diferente si nosotros fuésemos también de otra manera -se dice en la novela-, más actores que espectadores de cuanto nos sucede, digo yo. Yo soy yo y mi circunstancia dijo el filósofo y añadió y si la salvo a ella, me salvo yo. Nuestro narrador -del que quedan bien claras cuales son sus circunstancias y su modus vivendi– no quiere salvarse, o eso parece, pero no es así dado que cuando uno cree que su idea es apurar su vida hasta las heces y no ahormar su descarriada y errabunda existencia a una (previsible) y apartada vida hogareña, parejil y analcohólica, en la segunda parte de la novela -en las últimas 160 páginas- vemos en qué consiste aquello de sentar la cabeza, y el caso es que será un final feliz, pero acaba uno hecho polvo, como cuando ves a los pobres leones en el circo, tan fuera de lugar.

El riesgo que corremos leyendo libros como el presente es acabar ebrios de literatura. El problema luego es encontrar otros libros que estén a la altura de tal adicción, y tener que echarnos al coleto, para superar el mono, cualquier libro mediocre…

Gran Momento cuando decidí leer a Juan García Hortelano. Habrá más Hortelano y más gozo, seguro.