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Días entre estaciones (Steve Erickson)

Dijo Steiner: “No cabe duda de que el contraataque más exuberante lanzado por escritor alguno contra la reducción del lenguaje es el de James Joyce”. De Erickson, autor de esta novela, por mucho que Pynchon le echara flores en su día, podemos decir lo contrario.
Erickson empobrece el lenguaje con párrafos como este:

Podía contar sus líos amorosos con los dedos de ambos manos, pero le faltaban sumar las mujeres con las que tan sólo se había acostado. De esas últimas podía olvidarse, podía aceptar que sólo les había metido el pene y dejado nada más que un charco blanco…

Esto es una pequeña muestra, lo grave es alumbrar un personaje como Jason. Bueno, decir personaje, es un halago, porque hacía años que no leía una caracterización tan burda de una persona, y lo peor del asunto es que ese personaje es clave, porque de ese prenda que parece sacado del anuncio de AXE: esa clase de tipos que les dicen a sus novias “me voy a follar a todas las demás, pero cuando venga a verte, prepárate para darme todo el placer que me debes”. Así, la pobre Lauren a pesar de que Jason, su marido, le pone mil cuernos, ella resiste, no tiene claro si le quiere o no lo quiere, y lo mejor de todo es que cuando pierden el hijo que tienen en común, en lugar de distanciarse, que es lo habitual, pasa lo contrario, no porque la novela no sea verosímil, que no lo es, sino más bien fantástica, no porque sea maravillosa, sino porque no es verosímil, decía, que en lugar de distanciarse, Lauren cree que se debe a Jason, que la pérdida del hijo les tiene que unir, así que del hombre del que está enamorada, o eso cree, porque aquí todo está cogido con pinzas y todo es vago, romo, chato, etéreo, evanescente, y azulado, a ese hombre que atiende al nombre de Michel, lo tiene que poner de patitas en la calle, para estar con Jason, que no lo he dicho, pero es ciclista, sí, ciclista olímpico, que corre también en tours de Francia, y participa en pruebas como la que se disputa en Venecia. No es coña, no. ¿Una prueba ciclista en Venecia?. Sí, amigos, la literatura, lo puede todo y cuando alguien tiene la imaginación hiperexcitada de Erickson todo puede derramarse –como Jason- sobre el papel.

Lo demás de la trama es confuso, porque de eso se trata, de que nada sea lo que parece, y como en estas novelas todo puede ser y todo puede pasar, pues vemos cómo Michel, el amante de Lauren, va reconstruyendo su pasado, porque a medida que recuerda también crea éste su pasado, en esa bisagra entre sueño y vigilia, entre realidad y f(r)icción -porque en el libro hay mucha fricción, y cuando Ericskson no sabe qué hacer con Michel y Lauren, pues los pone a follar-, todo ello con un toque muy visual y onírico, que quizás sea lo único bueno del libro, pero que una vez dejamos de lado la muerte de Murat, y pasamos a la singladura náutica y luego arribemos a Venecia, la historia si ya estaba renqueando, da entonces sus últimas bocanadas, hasta un final que pide la eutanasia a gritos.

En fin, que esta su primera novela la escribió Erickson con 35 tacos, el mismo año que DeLillo publicó su Ruido de fondo, de la que hablé el otro día y que sí que me gustó, no como esta que me ha gustado entre poco y nada.

Editorial Pálido Fuego. 2016. 295 páginas. Traducción de José Luis Amores.

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