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El gran momento de Mary Tribune

El gran momento de Mary Tribune (Juan García Hortelano)

Hasta hace una semana desconocía a Juan García Hortelano (1928-1992). Un buen día compré por casualidad esta novela suya en un Cash Converters, franquicia donde venden objetos de segunda mano, libros también, por el módico -más bien irrisorio- precio de 20 céntimos de euro, en una cuidada edición de Círculo de Lectores y en un estado de conservación (había puesto conversación y le va al pelo) óptimo: a estrenar. Leí entonces esto de Tallón y comparto ahora su entusiasmo hacia esta estupenda y a la fuerza, propalable novela.

Luis Goytisolo decía esto por boca de sus personajes en Antagonía:

-dos recursos que no soporto, creo haberlo dicho antes– así de toda descripción […] como de diálogo, esa maniática transcripción de lo que dice la gente, que no sé si es más farragosa que estúpida o al revés, ya que, si por un lado es falso que la gente hable así, por otro, sobran cuatro quintas partes de las palabras transcritas, al menos desde un punto de vista literario. Pues lo que se habla es un bla-bla-blá que, si cansa en la vida real, en las obras de ficción resulta aún más insoportable, salvo cuando, como en Shakespeare, sobrepasa sus propios límites, deja de ser diálogo…

En El gran momento de Mary Tribune, priman y abundan los diálogos, y aunque sea falso que la gente hable así (que no lo es) o sea un bla-bla-bla (que no lo es) y aunque Hortelano no sea Shakespeare (que no lo es), creo que la grandeza de esta novela viene por ahí, por los corrosivos, hilarantes, jugosos, mordaces, agudos y muchos de ellos gloriosos diálogos, de gran penetración psicológica, diálogos brillantes en su capacidad para representar y poner de vuelta y media a la ociosa clase burguesa, que sustancian y son el armazón de la novela, ya sean los jocosos diálogos entre el narrador y Mary Tribune, una millonaria americana de pas(e)o por los madriles y que acaba prendada -una de esas noches en las que el alcohol y la soledad, ofuscan y enredan- del narrador, tal que decide quedarse en Madrid para vivir a su lado, alumbrando una relación imposible, siempre en caída libre y que de haber seguido juntos hubieran acabado como Joe y Kirsten, tanto como los diálogos mantenidos con el resto de personajes de la novela: Bert, Tub (personaje al que no le ponemos cara, pero sí cuerpo), José María, Merceditas, Guada.*, etc. Diálogos que le permiten a Hortelano depositar en ellos todo su humor, un humor ácido e inteligente y elaborado (la escena en la oficina donde un puñado de funcionarios “se ganan el pan con la abulia de su frente”, sin pegar un palo al agua, entregados al escaqueo en sus múltiples posibilidades, por ejemplo, en la cumplimentación de unos cuestionarios, es memorable y tronchante y acredita el buen ojo c(l)ínico de Hortelano), que abunda en las referencias de todo tipo, como incluir en la novela El Jarama de Ferlosio (autor diez años mayor que Hortelano), que dará lugar a una borrachera literaria, con el riesgo que esto conlleva de que algunas citas, chistes, comentarios u observaciones, se nos escurran entre nuestras entendederas verticales. Diálogos muy plásticos y sugestivos que avivan la narración y nos desplazan por las calles y la periferia del Madrid de los años 60, siguiendo el paso -no siempre firme- de un ramillete de personajes -con su horizonte despejado de ascendientes y vástagos-, siempre de farra, de sarao, de cubata en cubata y tiro porque me encogorzo, de cama en cama, de la cama a la ducha y viceversa, como vampiros crepusculares que se acuestan al alba, al alba….

Hablaba antes de Antagonía y si allá el sexo era crudo, descarnado, explícito, con hombres como surtidores de semen y mujeres como sumideros de dicho ímpetu seminal, aquí prima lo previo: la tosca seducción, el zafio galanteo, el toqueteo compulsivo, el arrumaco proclive al patético frotamiento, cuando la imaginación masculina vuela enhiesta y la mirada se embosca en el promisorio canalillo femenino o entre los muslos velados por una minifalda o en los ojos color cubalibre de la amante de turno; los anhelos propios de un deseo varonil tan palpitante como insaciable. Servidumbres de la lujuria.

Una proeza es la que logra Hortelano en este texto, a lo largo y ancho de sus más de 600 páginas, donde sólo hay dos capítulos y donde el texto se nos presenta como un todo indiferenciado, cuyo desentrañamiento erige a Hortelano -en las antípodas de un gramaterio delicuescente- como un magistral ordeñador de esa ubre inagotable -en sus manos- que es el lenguaje, que vivifica con un tono narrativo impecable, y que convierte cada página de esta delirante novela y diría casi que cada párrafo, en una aventura, en una sorpresa, ante lo que el autor nos tiene preparado, víctimas (los lectores) prontamente de una prosa que centripetará nuestro interés sin remisión (el que lea la novela sabrá muy bien de lo que hablo).

Hortelano trabajó durante ocho años (1964-1972) en esta novela, empeño que dio fruto y esta hojarasca devino vergel, porque este gran momento de Mary Tribune, es un gran monumento a una realidad epitelial que se manifiesta como resaca, arcada, murria, hastío, náusea, tedio (rayano en lo infinito, merced a una licencia laboral indefinida), vómito, vacío. La insatisfacción, encarnada en la figura de un indolente y mujeriego oficinista cualquiera, tributario de una educación sentimental escanciada, prostibularia y noctívaga, siempre presto al encuentro con Auroras de amarillentos dedos, maestro del escaqueo laboral y sentimental, diluido entre los vapores de un vaso de ginebra, resucitado en la tierra prometida que es cualquier piel femenina, para el que no hay redención que valga, ni solución posible. Fantaseamos con haber tenido otra vida, pero no pensamos en que todo sería diferente si nosotros fuésemos también de otra manera -se dice en la novela-, más actores que espectadores de cuanto nos sucede, digo yo. Yo soy yo y mi circunstancia dijo el filósofo y añadió y si la salvo a ella, me salvo yo. Nuestro narrador -del que quedan bien claras cuales son sus circunstancias y su modus vivendi- no quiere salvarse, o eso parece, pero no es así dado que cuando uno cree que su idea es apurar su vida hasta las heces y no ahormar su descarriada y errabunda existencia a una (previsible) y apartada vida hogareña, parejil y analcohólica, en la segunda parte de la novela -en las últimas 160 páginas- vemos en qué consiste aquello de sentar la cabeza, y el caso es que será un final feliz, pero acaba uno hecho polvo, como cuando ves a los pobres leones en el circo, tan fuera de lugar.

El riesgo que corremos leyendo libros como el presente es acabar ebrios de literatura. El problema luego es encontrar otros libros que estén a la altura de tal adicción, y tener que echarnos al coleto, para superar el mono, cualquier libro mediocre…

Gran Momento cuando decidí leer a Juan García Hortelano. Habrá más Hortelano y más gozo, seguro.