Archivo de la categoría: Rubén Martín Giráldez

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Sagrado y desagrado (Rubén Martín Giraldez)

Sagrado y desagrado de Rubén Martín Giráldez (Malas Tierras, 2022) me ha colocado (tiene un punto hipnótico) y descolocado (no hacer pie a menudo en las arenas movedizas del lábil texto), agradado (por el cumplimiento de las expectativas) y agrandado (su lectura me devuelve frente al espejo la estampa de un cabezudo, ya saben que hay lecturas, o textos que son hiperbolones, dándonos de sí nuestra materia gris). Nada indeseado, después de haber leído Magistral y El fill del corrector o traducciones suyas como Edén, Edén, Edén.

Rubén hace añicos (incluso décadas) cualquier asomo de convencionalidad, sitúa a sus personajes, si lo son, fuera del tiempo y del espacio y da comienzo el carrusel de máscaras. La novela, si lo es, supone la explotación del lenguaje convencional para reconstruirlo de otro modo y la exigencia, a su vez, de otro modo de leer. Abundan las palabras que Rubén crea, modifica o yuxtapone para recreo febril del lector dislocado, yo, o aquel que por mí lee, con un lenguaje que nos conduce, aboca o esclaviza a los tiempos (luego, sí hay tiempo) del Señoriado. Ahí, Blancmange, Bocú y Ragné, personajes que tienen cuerpos recosidos y sobre todo mente, acaso espíritu, enconado, resentido, empolvado y enlodazado. Ventrílocuo de sí mismo la mente demente crea diálogos y situaciones bufonescas, escatológicas, tormentosas, palabras fementidas que se funden para confundirnos, el yo convertido, metamorfoseado en yomos, pluralidad inabordable, sin más mojón que el de la mierda seca.

Novela o fellatio del lenguaje (bajo la premisa de que este aunecido libro es la polla), surtidor del jugo caliente de la vida pues, seminal diría y me explayaría, si la razón y las puntiagudas palabras -más alicortas que megaladas en su carcaj- me socorrieran.

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Hermanos de alma (David Diop)

La novela Hermanos de alma del escritor David Diop (París, 1966; el mismo apellido que el de Assane, el protagonista de la famosa serie de Netflix Lupin), con traducción de Rubén Martín Giráldez, nos sitúa en las trincheras de la primera guerra mundial. En Senegal, colonia francesa hasta 1958, Francia recluta soldados en tierras africanas, y de un pueblecito llamado Gandiol, enviará al frente a luchar contra los alemanes a dos hombres muy jóvenes: Mademba y Alfa. Dos amigos que se consideran hermanos de alma, espíritus permutables. La novela comienza con la muerte de Mademba, que cuando está agonizando suplica a Alfa que lo mate. Lo hace por tres veces y las tres veces Alfa se niega. Esta acción o negación, atormentará a Alfa en el futuro. Las escaramuzas entre las trincheras me recuerdan a lo leído en el libro de Scurati, M. El hijo del siglo, en lo tocante al proceder de los arditi o aquellos otros soldados que como sombras despachaban a sus enemigos en Elástico de sombra de Juan Cárdenas. Alfa hace algo parecido cuando abandona la trinchera, cruza hasta la línea enemiga, y mata a su desprevenido enemigo llevándose como trofeo las manos de los ejecutados. Luego el autor nos lleva a Gandiol, donde Alfa, antes de ir al frente de batalla tendrá la gran suerte de disfrutar del sexo, del placer de apurar un cuerpo ajeno.
La prosa de David Diop se nos ofrece machacona, con un aire bernhardiano, como aquel pensamiento recurrente y obsesivo.
Una muestra más de la barbarie de la guerra. Aquí la primera guerra mundial. Los peones como Alfa, como Mademba, desplazándose por el tablero, derramando su sangre y la ajena, entre blanca/os y negra/os.

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Edén, Edén, Edén (Pierre Guyotat)

Leer Edén, Edén, Edén sin marcapáginas es un puto infierno, infierno, infierno. Es posible que este libro de Guyotat (escrito en 1970 con 30 anos) lo haya «leído» un par de veces, o más.
Si este libro fuese un cómic, los bocadillos serían (de) salchichas, anhelantes de orificios, sin importar cual. La lefa es el pan suyo de cada día. Los cuerpos buscan sexo una y otra vez de manera incansable, entre humanos, con canes. Tras el orgasmo vuelven otra vez a la carga. En su mayoría son relaciones entre hombres en el desierto de Argelia; la palma se la llevan dos putos, Khamssieh, Wazzag, seguido del follamaestre, el pastor (que esconde a lo Copperfield un jaramillo en su ano) y los soldados, siempre prestos para el acoplamiento. Las escenas se repiten, sin apenas variación, en este edén triplicado, que de Edén tiene poco, pues viene a ser un desierto, donde humanos y animales se la pasan copulando. Es posible que no haya nada mejor que hacer. Guyotat pone toda la carne (salchichas y morcillas humanas) en el asador, con un menú compuesto de prosa seminal/espermática, sanguínea, sudorífera, excremental, vomi-tónica. Los cuerpos son sumideros de entrada y salida. Aquí la moral ni está ni se la espera. El sexo es solo eso, no sabemos qué experimentan al hacerlo, al darlo y recibirlo, y únicamente parece atender a la satisfacción irrefrenable de ese impulso. La narración simplemente trata (y lo hace de manera sumamente explícita) de describir y encadenar estos actos sexuales hasta la saturación, sin páginas en blanco, ni interrupciones, todo en bloque; un muro de palabras sin asideros, pasando del acoplamiento al desacoplamiento sin transición. Y en este infierno lector, el céfiro viene de la mano del monumental traductor Giráldez, autor también del epílogo. No le debe haber resultado nada fácil lidiar con un Victorino como este.
Lo del fardel sexual y otras tantas expresiones aquí derramadas serán imposibles de olvidar. Considerada pornográfica en su día gracias a editoriales como Malastierras este triplete edénico lo tenemos ahora disponible en castellano para leerlo y sufrirlo como se merece. Aquí me quedo pues, tras la lectura como una vaca mirando al tren, reamorcillado, estomagado e incluso arcádico.
Y después de esto, qué.

Malas tierras editorial. 2020. Traducción y epílogo Rubén Martín Giráldez. 309 páginas

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El fill del corrector | Arre, arre, corrector (Adrià Pujol Cruells, Rubén Martín Giráldez)

Me ha costado lo mío, porque tiene lo suyo, hincarle el diente a un libro tan correoso como el presente.
!Qué desfachatez lanzar (¿hablamos de libros o de sondas espaciales?) -hace ahora un año- un libro como este al mercado! !Qué osadía la mía, meterme en semejantes zambras, en tamaños berenjenales bilingües! Quizás sea (que no) que de moete oyera hasta la saciedad el Ne me quitte Pla, que ahora cuál cancerberoplavloviano oiga Pla y menee el rabo y me vea (en plano genital cenital) leyendo un libro en catalán, idioma que a pesar de hablarlo en la intimidad presidencial, leído, se me escurran las paraules , su sentido (y sensibilidad) y significado.

La última vez que hablé de Giráldez comentaba -por su naturaleza de tragasables- que se la estaba jugando y lo decía después de haber leído su Magistral, y no me refiero al personaje Clarineteregentiano, sino a aquel artefacto libresco cimero. En horror a la verdad, apuntar que no ha mucho que (re)tirado a la bartola me leí Vidorra, más que nada porque el traductor era el susodicho, aunque confieso que Nog no me gustaron en demasía.

Avancemos, no nos demoremos en el umbral, porque aquí he venido -es un decir- a hablar del libro escrito por Adrià Pujol Cruells (Begur, 1974), hijo del corrector intermitente de los textos de Pla, del que hasta la fecha no había leído nada. La «traducción» al castellano es obra -y gracia- de Giráldez y el libro, uno y trino (o tríada): porque al texto en catalán (a la izquierda) y en castellano (a la derecha) se adicionan (sí, enganchan) 114 notas al pie, o en medio, o íntegras, que aderezan/desplazan/usurpan/devoran el texto de uno y de otro, con un intercambio de impresiones/digresiones/circunvoluciones, entre el autor, el traductor y alguna esporádica de los editores, que dejan al menda esaurito pero satisfechísimo, como después de correrme una maratón sexual.

No sé cual es la forma óptima de leer este libro. Yo empecé leyendo solo la parte en catalán, en voz alta, a modo de letanía, pero como muchas cosas se me escapaban, aquello era como una misa en latín de la que me coscaba de la misa la media. Así que fui leyendo primero en catalán y luego en castellano, obviando las notas, luego lo retomé leyendo en catalán, en castellano y las notas tal como iban, diluyendo el texto, incorporándolo, con tal intensidad ocular que mis nervios se convirtieron en fibra -válgame la redundancia- óptica.

Al final Pla es la excusa de Adrià para hablarnos de su padre y de las tabarradas que éste les daba a cuenta del escritor al que corregía, para hablarnos de sus libros publicados, su carrera literaria, sus contactos y todo aquello que se es/cuece en el mundillo literario, del que está visto que hay que huir como de la peste negra. En este sentido está bastante manido que el protagonista de un libro sea un escritor que habla de su escritura, aunque aquí sea a modo autobiográfico, pero no siempre ocurre. Recuerdo cuando leí Mi vida al aire libre, que el vallisoletano, buen amigo de Pla, no hacía ninguna mención a su «faceta» de escritor, lo cual muestra un autodominio propio de un espíritu ciclópeo.

Giráldez que entiende la traducción como escritura (echen un ojo a Cómo me hice monja)
añade a su traducción párrafos de su cosecha, multitud de referencias a textos y autores, con ese gracejo inigualable suyo, codeándose ahí con Pujols, escribiendo por él, (hete aquí, inter nos, Giráldez, un autor vináceo de los que dejan lágrimas en la copa y en los ojos, de risa), con apuntes autobiográficos (ceñidos a lo libresco), y otros momentos más recientes como las movidas referendumianas.

Ante tanto cemento y tanta editorial ladrillar, autores como Giráldez con su labrar labor, han ido a la chita callando arando el campo semántico, inseminándolo, tal que ahora, de aquellos polvos estos log(r)os.

Los intrépidos y sagaces editores encargados de sacar adelante esta idea bilingüe, tan peregrina y deleitable como extravagante, no han sido otros que los muy refrescantes: H(2) & O

Hurtado & Ortega Editores. 2018. 206 páginas. Epílogo de Antoni Montí Monterde. Traducción Rubén Martín Giráldez

He traducido este texto al catalán echando mano de un traductor de chichinabo, el de google y el resultado es tan deplorable como mejorable. Si alguien osa a la encomienda (por la face, !bien sûr!), será bienvenido (por ahí está la dirección del correo) y su traducción apostillada al texto en castellano. Y ya puestos a viralizar estos devaneos, dicha propuesta la hago extensible a cualquier otra lengua distinta del castellano.