Archivo de la categoría: Javier Albiñana

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14 de julio (Éric Vuillard)

Francia es una buena cantera de escritores que ofrecen novelas cortas de gran calidad. Pienso en Echenoz, Michon, Modiano, Quignard o Vuillard. Vuillard no defrauda. Al menos en las tres novelas que llevo leídas suyas. La primera, Tristeza de la tierra, la otra historia de Buffalo Bill. La segunda El orden del día. La tercera 14 de julio. 14 de julio (en la portada un rostro del cuadro La libertad guiando al pueblo de Delacroix) la escribió Vuillard antes que El orden del día. El que haya leído esta última verá que la estructura de 14 de julio es pareja.
El relato aquí es vibrante, subyugante, palpitante, fluido, vertiginoso, conmovedor. Resultado deudor de la gran traducción de Javier Albiñana.

El título, 14 de julio, ya nos sitúa en París, en 1789, en la toma de La Bastilla. Una de esas fechas que como el descubrimiento de América nos grabamos a fuego en nuestros cerebros durante nuestros tiernos años escolares.

No es este un relato épico al uso, a la manera de Zweig, biografiando alguna figura histórica, como por ejemplo María Antonieta, a la que aquí vemos gastar o más bien dilapidar su dinero (el del pueblo) a manos llenas. No, aquí no hay relumbrón, hay muchedumbre, un pueblo llano que pasa hambre y vive mal, convertido en escalones que todo el mundo pisa y pisotea, que como el toro en el chiquero se revuelve y sale ahí fuera a motxarlo todo. Y lo motxa, sí, y corre la sangre y las mujeres van luego a los depósitos de cadáveres a reconocer los fiambres

…se sintió tan sola como un cadáver de farolero en los calabozos de Châtelet, y fue como si todo lo que había amado se hallase presente allí, en el atestado, y fuera a dormir siempre allí, en unas líneas secas, escritas a toda prisa por un comisario de policía. La recorrió un escalofrío. Se le agarrotan los labios. Alzó la cabeza. Fijó, aterrada, la vista en el hombre que tenía enfrente. No la veía. Escribía.

Vuillard indaga en los relatos de aquellos que estuvieron presentes ese día culminante y en las semanas previas, comenzando en la folie Titon, mientras la revolución se gestaba y el pueblo aullaba.

Podemos imaginar la masa humana como una mancha gigante de mercurio que se irá desplazando sin remisión hacia La Bastilla y de ahí van separándose algunas gotas, personajes como las sombras de Brueghel dice Vuillard, para tener su momento de gloria, una gloria doméstica, de baja intensidad, pasto del olvido, pero necesaria, para que los acontecimientos afluyan, la calle era de todos, y luego subsumirse en esa gran gota Humana, en la nada anónima, escapando los hombres del patíbulo como escapan de los libros de Historia.

Tusquets Editores. 2019. Traducción de Javier Albiñana. 184 páginas

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El orden del día (Éric Vuillard)

Hace tres años disfruté mucho leyendo Tristeza de la tierra, la otra historia de Buffalo Bill de Éric Vuillard (Lyon, 1968), que publicó recientemente El orden del día, galardonado con el Premio Goncourt. El estilo se repite, el empeño por bucear en la Historia entresacando su cara menos amable, también, lo cual siempre es de agradecer.

Vuillard, en El orden del día (con traducción de Javier Albiñana) fricciona la historia para hablarnos de los años del ascenso nazi, y la tibieza de la comunidad internacional, la anexión de Austria a Alemania (Anschluss​) sin apenas alzar la voz, de un ejército alemán que era puro oropel, cuando anexionan Austria, pues sus carros de combate se quedaban tirados en las cunetas (a resultas de lo establecido en el Tratado de Versalles: También será igualmente prohibida la fabricación e importación en Alemania de carros blindados, tanques y otros artefactos similares que puedan servir para fines de guerra), de la nula resistencia que ofrecieron a los nazis las grandes empresas alemanas: BASF, Bayer, Agfa, Opel, IG Farben, Siemens, Allianz, Telefunken… su colaboración económica con el nazismo, antes de la guerra y durante, pues muchos judíos serían empleados en estas fábricas hasta que morían de hambre o de frío, tratados como animales. Como cuenta Vuillard luego en muchas webs de estas empresas, este pasado o se maquilla, o se ningunea, pues a pesar de todo no parece que las magras compensaciones económicas que se llegaron a pagar en algunos casos a los judíos supervivientes, cantidad irrisorias de 1500 dólares, como hizo Krupp (cuya financiación de la campaña electoral del nazismo, con una cifra exorbitante de un millón de marcos de la época, se recoge en la novela Una comedia ligera de Eduardo Mendoza), fuese una compensación voluntaria, fruto del arrepentimiento, sino a instancia (y a regañadientes) de requerimientos judiciales.

Dice Bernard Pivot que esta es una novela fulgurante y una lección de moral política. Cierto. Pone los pelos de punta, tanto como enerva leer este trepidante, subyugante y necesario relato de Vuillard, ante tanta tropelía y tanto desmán, donde el alma humana de todos estos jerifaltes no fue más que una ciénaga.

Leía ayer Novela de ajedrez de Zweig, autor judío que se suicidó en 1942 junto a su mujer cuando ambos estaban exiliados en Brasil. Podemos entender el suicido ante la barbarie y la ignominia como una victoria o como una derrota, o como aquí expone Vuillard, considerar el suicidio (como los que acontecieron en Austria cuando personas como Leopold Bien, Alma Biro, Karl Schlesinger, deciden suicidarse al ver el trato inhumano que se daba a los judíos) el crimen de otro.

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Cartas a un amigo alemán (Albert Camus)

Sin duda son interesantes estas cuatro cartas que Albert Camus (1913-1960) escribe entre 1943 y 1944 a un alemán real o imaginario, partidario de las tropelías de los nazis. Albert Camus apela en ellas a la justicia, a su fe en el hombre y en su destino, que es la felicidad, que contrasta con la visión genocida de los alemanes en su delirio por conquistar el mundo, por entregarse a un poder aniquilador y destructor, ebrios de poder, pensando en una Europa como un dominio suyo y no como una pluralidad de naciones con sus costumbres y tradiciones. Camus diferencia y separa a los alemanes nazis de los franceses, no colaboradores, se entiende, y establece las diferencias entre unos y otros, dejando fuera la superioridad, en un principio de los alemanes, capaz de arrostrar en su delirio a muchos otros países, incluida Francia, yendo a la superioridad moral, la que otorga el sentido de la justicia, del aprecio por la vida humana, y ahí según Camus los franceses ganan a los alemanes.
Lo que los nazis hicieron, los millones de judíos que masacraron lo sabemos, los millones de muertos en el frente y los millones de heridos que dejaron la segunda guerra mundial lo sabemos. Siete décadas después se siguen levantando muros, convirtiendo al extranjero en cabeza de turco, la extrema derecha sigue ganando adeptos, multimillonarios xenófobos y misóginos como Donald Trump metidos a políticos pasan a gobernar el país más poderoso del mundo, todo esto viene a decirnos que no hemos aprendido nada, porque la semilla del mal sigue ahí, agazapada, esperando su momento para brotar de nuevo, para que la mano invisible apague el interruptor y nos sumamos de nuevo en la noche más oscura. Al tiempo.

Lo mejor de todo se resume en esta frase que Camus toma prestada, sin citar la fuente: Amo demasiado a mi país para ser nacionalista. Cada cual que la entienda y la paladee como quiera.

Tusquets. 1995. 72 páginas. Traducción de Javier Albiñana