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El orden del día (Éric Vuillard)

Hace tres años disfruté mucho leyendo Tristeza de la tierra, la otra historia de Buffalo Bill de Éric Vuillard (Lyon, 1968), que publicó recientemente El orden del día, galardonado con el Premio Goncourt. El estilo se repite, el empeño por bucear en la Historia entresacando su cara menos amable, también, lo cual siempre es de agradecer.

Vuillard, en El orden del día (con traducción de Javier Albiñana) fricciona la historia para hablarnos de los años del ascenso nazi, y la tibieza de la comunidad internacional, la anexión de Austria a Alemania (Anschluss​) sin apenas alzar la voz, de un ejército alemán que era puro oropel, cuando anexionan Austria, pues sus carros de combate se quedaban tirados en las cunetas (a resultas de lo establecido en el Tratado de Versalles: También será igualmente prohibida la fabricación e importación en Alemania de carros blindados, tanques y otros artefactos similares que puedan servir para fines de guerra), de la nula resistencia que ofrecieron a los nazis las grandes empresas alemanas: BASF, Bayer, Agfa, Opel, IG Farben, Siemens, Allianz, Telefunken… su colaboración económica con el nazismo, antes de la guerra y durante, pues muchos judíos serían empleados en estas fábricas hasta que morían de hambre o de frío, tratados como animales. Como cuenta Vuillard luego en muchas webs de estas empresas, este pasado o se maquilla, o se ningunea, pues a pesar de todo no parece que las magras compensaciones económicas que se llegaron a pagar en algunos casos a los judíos supervivientes, cantidad irrisorias de 1500 dólares, como hizo Krupp (cuya financiación de la campaña electoral del nazismo, con una cifra exorbitante de un millón de marcos de la época, se recoge en la novela Una comedia ligera de Eduardo Mendoza), fuese una compensación voluntaria, fruto del arrepentimiento, sino a instancia (y a regañadientes) de requerimientos judiciales.

Dice Bernard Pivot que esta es una novela fulgurante y una lección de moral política. Cierto. Pone los pelos de punta, tanto como enerva leer este trepidante, subyugante y necesario relato de Vuillard, ante tanta tropelía y tanto desmán, donde el alma humana de todos estos jerifaltes no fue más que una ciénaga.

Leía ayer Novela de ajedrez de Zweig, autor judío que se suicidó en 1942 junto a su mujer cuando ambos estaban exiliados en Brasil. Podemos entender el suicido ante la barbarie y la ignominia como una victoria o como una derrota, o como aquí expone Vuillard, considerar el suicidio (como los que acontecieron en Austria cuando personas como Leopold Bien, Alma Biro, Karl Schlesinger, deciden suicidarse al ver el trato inhumano que se daba a los judíos) el crimen de otro.

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