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Habana año cero (Karla Suárez)

Vivíamos en un país que se movía en cámara lenta y, a veces, en blanco y negro, donde lo único que no costaba miles de fatigas era sonreír, hacer el amor y soñar. Por eso en este país sonreímos, hacemos el amor y soñamos todo el tiempo.

El país es Cuba, la ciudad la Habana, el año 1993 (el año cero), el sueño pasa por encontrar el documento con los diseños que hizo Antonio Meucci en 1849 en La Habana. ¿Quién es Meucci se preguntarán?. Agárrense:

El 11 de junio del año 2002 ganaron la batalla: el Congreso de los Estados Unidos aprobó la resolución número 269 con la que reconoce oficialmente a Antonio Meucci como el inventor del teléfono.

Karla Suárez, autora de la novela, agradece al doctor Basilio Catania, que hizo posible que a Meucci se le reconociera en 2002, reconocimiento que no obtuvo en vida. No es este libro un ensayo al estilo Zweig sobre la figura de Meucci, sino que lo que Karla hace es poner a un grupo de personas a buscar ese documento con los diseños que hizo Meucci pues todos los que aparecen en la novela están interesados en el mismo y todos ellos pudieran ser los propietarios.

La novela es una declaración que la narradora hace a un tercero, superados ya los años 90, testimonio que le permite a la autora hablar de su país, de la falta de agua, electricidad, los continuos apagones, la carestía en todo, si bien como se dice al principio esto no les impide hacer el amor, tal que los personajes de la novela se van enrollando entre ellos sin miramientos, y ésta pasa de ser un folletín a ser un folletón, algo parecido a una telenovela que se convierte en novela, donde el único interés reside en dilucidar si aparecerá el documento de Meucci o no.

Hay algunos momentos (en la senda de los Coños de Juan Manuel de Prada) que no sé bien cómo calificar y que me place, es un decir, compartir:

El sexo era el elemento clave. Hay sexos para todos los gustos: los hay grandes e imponentes cual torre del Big Ben o pequeños cual trompita de elefantito Disney; hay los que se yerguen como garfios mirando al cielo o la tierra, los que miran agresivos o siempre adelante, los de diferentes inclinaciones políticas, unos que tienen a la izquierda y otros hacia la derecha; los hay regordetes como Sancho y enjutos como Quijotes; hay perezosos e hiperactivos, exploradores y convencionales, veloces cual Speedy González o lentos como tortugas sabias. Luego existen todas las combinaciones posibles: BigBenes quijotescos, Tortugas garfios, izquierdistas hiperactivos, derechistas perezosos, Speedys convencionales, Sanchos Disneys exploradores. Hay para todos los gustos y disgustos y yo me divertía clasificándolos.

Creo que más de trescientas páginas son excesivas para una historia que apenas cuenta nada, que se engorda hasta la absurda morbidez y sinsorguez y a la que apenas hay jugo alguno que sacar. Quizás un formato más breve le hubiera ido mejor porque las pesquisas y continuas circunvoluciones de la narradora (un agente tipo 007, al que le sobra el siete) alrededor de la inanidad son un desafío constante a la paciencia del lector, al menos a la mía.

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Carnicería seguida de Jaque al heredero (Roberto Vivero)

Huyendo de las fiestas bernabeas arribo a la atestada Playa de los Capellanes, los guiris leen a Fossum, los nacionales a Castillo, yo a Roberto Vivero, su Carnicería, editada en un mismo volumen en Ápeiron ediciones junto a Jaque al heredero, mientras otros adultos matan el tiempo y las playas escondiendo sus colillas cenicientas en la arena. Leo esta Carnicería y mis ojos en las corvas transitan del papel a la arenaescurribanda, al sudariocelestial y mi visionado rothkiano va tornándose de rojo sanguíneo, mientras tengo la sensación de que me han puesto dos anzuelos, uno en cada pezón, y me van arrastrando por la gravilla, tirando de ambos, desollándome (esperanzado) en cada párrafo, astillada mi percepción en cada página, porque la literatura creativa y radical de Vivero aniquila y azuza, y aquí leer es: amoragado recibir un zarpazo tras otro como en un combate de boxeo o esgrima verbal, servido con un humor negro con concertinas, el que mantienen Juan y Sonia, pareja venida a menos. Ella en la línea ascendente y él en la decreciente. Él que fue escritor porque publicó una novela y ahora escribe (o lo intenta) guiones, que están juntos para poder odiarse y echarse los trastos a diarios, en una guerra fría ya tan gélida que las palabras, invectivas y reproches son proyectiles que no alcanzan su objetivo. Prosa abandonada en los brazos de una (pro)pulsión ultraviolenta (¡ay, Sandra!), humanos aquí poco más que pedazos de carne (poco más que vísceras, músculos y sangre), nihilistas, desfilando por el escaparate de una realidad enjaulada y rugiente (el comienzo de la novela es cuando Juan al bostezar oye un rugido, y no le sorprende del rugido en sí, sino que este no le sorprenda), iluminada con neones de morgue; cuerpos prestos para el despiece y el asedio y la violación del templo que es el cuerpo, como sucede cuando la funnygamesca pareja en su carrusel de fechorías vaya al encuentro de La flautista; con diálogos excéntricos que se balancean en la periferia e ingravidez del lenguaje y mandan a paseo lo convencional, y centripetan mi interés, para hollar otros mares, porque vivero lo llaman pero océano es

Jaque al heredero (Roberto Vivero)

Jaque al heredero forma un díptico junto a Carnicería y resulta menos salvaje que este último. Como el título ya nos hace presumir la novela gira en torno o sobre el ajedrez, y la convivencia de un grupo de veteranos y afamados ajedrecistas junto a un niño de incipiente talento que parece ser el heredero, a medida que se van disputando una serie de partidas. La novela abunda en lo que es el ajedrez tratando de desentrañar su esencia con mimbres filosóficos. Existencias que giran en torno a un tablero, vidas que no son tales más allá de los confines del mismo. Aquello tan prístino, tan lógico, tan regido por la moral y la ética se demuestra que no deja de ser un espejismo, una quimera, una ilusión, una farsa (partidas amañadas, abusos sexuales a una de las jugadoras cuando niña, dinero por perder, chantajes, el sexo como una arma cagada de futuro…) un andamio sujetando una fachada hueca como el niño, a su pesar, tendrá ocasión de comprobar al escuchar lo que no debe, aquello que no le estaba destinado a esa edad y así ya ultrajado, su mundo succionado. (con)fundido en negro.

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Chilean Electric (Nona Fernández)

Muy grata me fue la lectura de La dimensión desconocida de Nona Fernández (Santiago de Chile, 1971). Chilean Electric es un libro anterior, escrito en 2015 y publicado en España por Minúscula editorial a finales de 2018.

Andaba leyendo Años de mayor cuantía de Tomás Sánchez y casualmente cuando éste hablaba en su libro de las sombras chinescas se me cruzó o me arrolló el sucinto libro de Nona, el cual curiosamente tiene mucho que ver con la luz, la luz eléctrica, pues el libro arranca con el episodio referido por la abuela de Nona a ésta, relativa al momento en el que en Santiago de Chile hubo por vez primera luz eléctrica, allá por 1883.

Dice Tomás que para que haya sombras chinescas, para ver algo en lo iluminado, tenemos que mantener lo demás oscurecido. Me pregunto si al igual que nuestra atención en un texto se fija en aquello que va tachado, la escritura que suscita nuestro interés no es también aquella que opera como una sombra chinesca, aquella que en la luz reinante, en la sobrexposición y abundancia de datos por doquier, aquella que logra oscurecer lo que sea necesario para poder así ver algo en la luz.

Iluminar con la letra la temible oscuridad, afirma Nona. Quizás este sea el fin último de todo escritor. Nona, como hacía en La dimensión desconocida dedica un espacio a hablar de la dictadura chilena, de los pacos, de sus excesos, los desaparecidos y nunca más hallados, y ahí aparece un ojo colgando del rostro de un niño, recuerdo que se quedará grabado ya por siempre en la memoria de Nona. También habla de Allende (Más pasión y más cariño). Se ve que no vale con asesinar a alguien, sino que la limpieza sigue después de muerto, borrando toda foto, toda voz, todo vestigio del mismo, en un afán titánico por abocarlo a su inexistencia absoluta.

El límite entre novela y ensayo (la electricidad como síntoma de progreso, que permite ver más y mejor y trabajar más horas, producir más, alimentar el cíclope consumista y a su vez abocarnos a la contaminación lumínica, que nos impide por ejemplo contemplar los cielos y sus estrellas), realidad y ficción se (con)funden y Nona descubre que lo que la abuela le cuenta sobre la iluminación de la Plaza de las Armas, debió de haberlo soñado, o leído en algún lado, pues ella nacería 25 años más tarde.

Nona ilumina la oscuridad, no solo la dictadura, también esas guerras libradas (con Perú) que solo arrojan cadáveres, o sobre aquellos que llegan a Chile, como los peruanos, a elaborar sus comidas, encargarse de sus hijos, que hacen en Santiago de Chile su particular Lima, su reducto. Esto es lo que ilumina Nona, aquello en lo que pone el foco, con una prosa luminosa y palpitante, que plasma bien lo vívido y circundante, aquello que ve, concierne y afecta a la autora, y a nosotros con ella, a través de su lectura.

Editorial Minúscula. 2019. 111 páginas

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Las Inviernas (Cristina Sánchez-Andrade)

Recientemente leía la espléndida novela Dicen de Susana Sánchez Arins en la que abordaba la represión franquista en Galicia, en Ribadumia, a través de una figura familiar: su tío Manuel. Ahí encontré la emoción que no encuentro al leer esta novela de la gallega Cristina Sánchez-Andrade (Santiago de Compostela, 1968) quién sitúa a sus dos protagonistas, Las Inviernas -Dolores y Saladina- en la Tierra del Chá, en el interior de Galicia. Vuelven ellas a un pueblo en el que todos se conocen y tienen algo que callar. La narración va despojando de capas –no sin dar muchas vueltas- la cebolla que es la narración, hasta llegar al núcleo de la misma y resolver así un par de cuestiones capitales: qué paso con Reinaldo, el abuelo de las Inviernas (quien acordaba, por escrito, comprar el cerebro a los lugareños cuando estos muriesen a cambio de una suma, para avanzar así en sus investigaciones científicas), que las obligó a marchar en 1936 y con el marido de Dolores, un pescador de pulpos y fanecas.

Las inviernas son dos y una, pues toda su vida ha sido una simbiosis filial, siempre juntas, en todas las partes y lugares, salvo esos días en los que Dolores decidió probar la miel –que fue hiel- del matrimonio. Las hermanas fueron a parar a Inglaterra, allá aprendieron inglés y se aficionaron por el cine (cuando Ava Gardner venga a Tossa de Mar a rodar, sabremos que la historia transcurre en 1950). Regresarían a España, a La Coruña para finalmente volver al hogar familiar.

El villorrio está poblado de personajes particulares como el dentista que arranca los dientes a los muertos y se vista de mujer, el capador, una viuda obsesionada con su marido difunto que se casará con otro hombre del que se queda embarazada frisando los cincuenta, el cura, obsesionado con las viandas y siempre de un lado a otro con sus óleos, un niño que no fue destetado hasta los siete años, una vaca, Greta, a la que se le irá la pinza y acabará balando cual oveja, Saladina a la que también se le empañará el juicio y buscará su final a lomos de una higuera…. Son, en definitiva, personajes que están ahí como secundarios, que hacen que la narración sea eficaz y depare una lectura simplemente amena, pero que poco tienen que ver con la historia principal, que es la relación trágica de las dos hermanas, su huida y su regreso, que corre el riesgo de no ser definitivo, pues al igual que entonces tuvieron que marchar a la carrera, ahora parece que el pueblo, una suerte de Fuenteovejuna, las quiere de nuevo lejos de allá, en otra parte.