Es de agradecer que la editorial Libros del silencio haya publicado Compañía K, que William March escribió en 1933. Sí, ha llovido desde entonces, pero más vale tarde que nunca. El género bélico no me apasiona y los libros antibelicistas tampoco, pero Compañía K sorprende, se disfruta y alimenta.
El autor, William March, estuvo en el ejército americano durante la Primera Guerra Mundial batallando en Francia contra los alemanes y de su paso por el ejército casi 20 años después de haber finalizado la guerra escribió 113 relatos cortos. Cada uno de ello se corresponde a cada uno de los soldados que integraban la compañía. Es díficil no caer en lo redundante, en un bucle que solo lograría aburrir al lector. No, March a través de cada relato va dando poco a poco una vuelta de tuerca más, exprimiendo su razonamiento, que no es otro que exponer las distintas vivencias de los soldados. La guerra es patética porque mueren soldados, que son personas con padres, madres, hijos..Lo que nos ofrece March es un todo poliédrico, donde resuena múltiples voces que hablan sobre aquello que define al hombre, a saber; la justicia, el honor, la bondad, la compasión, la violencia, la ira, la envidia, etc.
El libro comienza con las anécdotas en el frente de batalla, y luego con el regreso al hogar. Si la vida en el frente ya era frustante, el regreso para muchos fue un infierno. Nadie viene ileso de un guerra, ya sea en el plano físico o emocional y ahí un puñado de relatos donde los antes soldados, ahora ya como civiles, luchan una guerra sin cuartel contra su pasado, con acciones detestables, que realizaron cumpliendo órdenes, pero que en nada restan ni minoran su crueldad. Surge entonces el arrepentimiento, la búsqueda de la compasión, de la ternura, del cariño de los otros, y muchas veces encuentran lo contrario. Algunas voces que oímos son las de los muertos, en el preciso instante en que los destroza un obús o los atraviesa una bayoneta.
A pesar de que el libro a mí me haya parecido contundente, el autor que está de vuelta de todo, sabe que a veces uno consigue exactamente el objetivo contrario de lo que pretende en un principio. Así, cuando un soldado decide montar una organización desde la cual difundir los males de la guerra, la cantidad de actos atroces que se cometen, la falta de humanidad que preside muchas acciones o casi todas las acciones militares en ese negocio de la guerra, lo que consigue es atraer a unos cuantos al mismo tiempo que otros muchos deciden meterse en la policía o en el ejército para defender esas injusticias. Vamos, que esto es como el huevo y la gallina.
Me ha gustado y mucho Compañía K.

A pesar de que Tusquets lo ha publicado este año, este libro de Horario Castellanos Moya se publicó originariamente en 1995. Horario pergeña una historia que tiene su encanto. Todo se desata, expande y desenfrena cuando un sociólogo en paro entabla conversación con un pordiosero, Juan Bustillo, que vive en la vía pública, dentro de su chevrolet amarillo para malestar de los vecinos que no lo ven con buenos ojos. Poco después Juan Bustillo es asesinado y el sociólogo usurpará su identidad. Descubre entonces que dentro del auto hay unas serpientes que hablan y asesinan a todo bicho viviente y tienen espíritu lúbrico y el sociólogo siembra el caos mientras la policía con Lito al frente y los medios de comunicación con Rita como buque insignia le siguen la pista o más bien el rastro que las sierpes asesinas dejan a su paso. No falta el humor socarrón en esta farsa desmadrada, donde el autor según cuenta la escribió del tirón, sin tener un guión prestablecido, vomitando sobre el papel aquello que le fue viniendo en mente. A veces esto alumbra obras maestras, otras, productos que se manufacturan y en este caso se reeditan de nuevo, una vez que el autor ha cogido ya cierto prestigio. Un pasatiempo sin mayores pretensiones que el de mantenernos entretenidos un par de horas.
Crear y describir. Crear un mundo y describirlo, acercarlo al lector. El autor de El oficinista, Guillermo Saccomanno, nos describe un mundo que ha creado con tinta, el cual no dista mucho del real. Suponemos que nos habla de un futuro no lejano, poblado de perros clonados, murciélagos que mueren entre las hélices de helicópteros mientras surcan cielos saturados de lluvia ácida, donde no hay amaneceres, donde no saben sus habitantes si es de día o de noche, calles donde estallan las bombas de terroristas o de suicidas, con zonas de degradación humana, donde la muerte y la vida van de la mano, un escenario en el que se mueven unos personajes innominados, porque sus nombres, sus particularidades son un detalle menor, dado que es la naturaleza la que se ha corrompido ya de tal manera, que El oficinista y protagonista del libro, es un tipo más, vulgar, común, multiplicado, que fantasea con asesinar a su familia y a su prole, a su amante, porque nada de cuanto vive le impele a seguir, sino que más bien lo hunde en el fango del suelo que pisa, un suelo parduzco, poblado de cadáveres, de jóvenes con piercings, drogados, alcoholizados, alineados con la nada más absoluta. Y en ese mundo gris surge la figura de una mujer, ese amor redentor que nos ayuda a ser mejores o al menos a creerlo, durante un tiempo, a menudo breve, en el que la enfermedad del enamoramiento enajena y excita al mismo tiempo.