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Ensayo sobre el lugar silencioso (Peter Handke)

Decía Montaigne que si un libro le aburría cogía otro. Es un buen consejo que desatendí en esta ocasión. Ensayo sobre el lugar silencioso es lo primero que leo de Peter Handke y me ha parecido un texto muy anodino, de nulo interés.

El lugar silencioso se refiere a los retretes, espacio donde Peter (y otros muchos como él cuyos escritos cita) encuentra a lo largo de su existencia, en distintas ciudades, continentes y edades, amparo, refugio, silencio, tranquilidad, etc.

Si me hablan de retretes y llevándolo a lo literario no puedo dejar de pensar en Bolaño, en Auxilio Lacouture la cual en Los detectives salvajes y luego en Amuleto nos (re)cuenta cómo estuvo encerrada en los baños la Universidad Autónoma durante el asalto policial que terminaría en la matanza de Tlatelolco. Esa imagen de Auxilio sí la tengo grabada a fuego en mi cerebro, quizás porque lo que Bolaño me cuenta me interesa y ratos me fascina, mientras este ensayo, o lo que sea que sea este texto, de buena gana lo hubiera tirado por la taza del váter.

Quizás no haya sido ésta la mejor forma de abordar a Handke, de quien Vila-Matas destaca su minuciosidad. Aquí, en todo caso, sería la minuciosidad de la nadería.

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Mi Cristina/El mar (Mercè Rodoreda)

En los 90 Alianza Editorial sacó una colección llamada Alianza Cien. Cien hacía mención a lo que costaban esos libros de bolsillo, cien pesetas, de tamaño mínimo, que se dan un aire a los que publica ahora Minúscula o a la colección de Austral que pone en el mercado grandes obras por tres o cuatro euros en sus colecciones Austral Básicos o Austral Mini.

El libro de Mercè Rodoreda (1908-1983) lo forman dos relatos bastante breves. El primero Mi Cristina nos recordará a Jonás y la ballena, pues el protagonista vivirá, no tres días, sino unos cuantos años en el interior del cetáceo hasta que logra llevar a cabo su segundo alumbramiento, al lograr escapar de aquella jaula de carne. La coña marinera viene cuando el renacido es instado por sus paisanos, no sin cierto retintín, a regularizar sus papeles pues dentro de la ballena estaba a su vez fuera del mundo. Tiene un pase.

El mar se basa en los diálogos que mantienen unos rentistas de imaginación disparada, elucubrando estos sobre las noticias que aparecen en la prensa mientras que la realidad se va filtrando en su cháchara, ya sea en forma de niños, jilgueros o amas de casa, que les apartan de sus pensamientos triviales a la par que les enteran de las circunstancias de otros que no tienen su misma suerte y despreocupación vital. Rodoreda demuestra aquí su buen oído y su talento para los diálogos.

El rinoceronte y el poeta

El rinoceronte y el poeta (Miguel Barrero)

Kakfa o Pessoa son esa clase de escritores dispuestos a sacrificar sus vidas en el altar de las letras. Su vida es escribir y todo lo demás les importa un carajo. Su linfa es la tinta de sus escritos, su aire, el viento que remueven las hojas al pasar. Sobre la figura, ya inmortal, de Pessoa, Miguel Barrero (Oviedo, 1980) perpetra un texto, que obra como guía de viaje, de la ciudad de Lisboa, manual de historia, de Portugal y lo alimenta con ribetes fantásticos, jugueteando con la figura de Pessoa, esa “persona” anodina y gris, que bien podría haber sido una construcción, una capitalización de tantos otros talentos ajenos, algo parecido a lo que se cuenta también de Homero, cuya voz se dice que pudo ser la voz aglutinada y sedimentada de tantos otros coetáneos. Adolece la narración de un personaje, un tal Eduardo Espinosa, profesor universitario especializado en las obras de Pessoa (es evidente que a la sombra de estos grandes autores universales hay un verdín parasitario de otros muchos estudiosos que viven a costa de las obras -y milagros si los hubiera- de los primeros) que es un sosainas, un tipo insulso y gris, que acude a Lisboa a verse con su mentor, un tal Gonçalves, otro especialista en Pessoa a quien le queda poca vida y el que ha de confesarle un secreto antes de diñarla. Antes de que se lleve a cabo el encuentro, hay mucho paseo y topografía lisboeta, demasiado circunloquio, un buen número de digresiones históricas que pasan a ser casi el eje central de la novela y un final que trata de justificar lo anterior, si es que hubiera que justificar algo, porque 198 páginas para tan magro desenlace, se me antojan demasiadas páginas.

Miguel Barrero en Devaneos | Camposanto en Collioure

Un invierno en Sokcho

Un invierno en Sokcho (Élisa Shua Dusapin)

Hay novelas como Muerte de un silencio, Kanada o Tardía fama, por citar algunas novelas muy buenas leídas estos últimos meses, que validan a la perfección aquello de menos es más. Algo muy difícil de conseguir, pues la línea entre lo banal y lo trascendente o entre aquello que nos emociona o aburre es siempre tan fina que a la mínima pasamos de un estado a otro casi imperceptiblemente.

La narración de la joven Élisa Shua (Còrreze, 1992) es mínima, transcurre en Sokcho, un pueblo costero surcoreano muy próximo a la frontera con Corea del Norte, tanto que se refiere la anécdota fúnebre de una bañista que pasó sin darse cuenta a aguas norcoreanas y recibió un balazo letal a modo de saludo.

Es invierno y éste parece que no fuera a acabar nunca. Pocos parajes nos son tan tristes y desangelados como los lugares costeros desiertos y nevados. Allá está una joven trabajando como recepcionista en un hotel, aburrida como una ostra de 60 kilos, aherrojada a la figura materna, la única pescatera con licencia para manipular el potencialmente letal pez globo. La joven, franco-coreana, se siente interesada por la figura de un huésped, un ilustrador gráfico francés que viaja solo por el mundo, poblándolo de figuras que surgen de su mano, como esas figuras femeninas de las que la joven se siente envidiosa, por no ser ella la retratada, por no ocupar los pensamientos del artista.

Shua se vale de frases cortas, tanto que a veces parece hablar el lenguaje de los indios. Nada importante, porque Shua logra con muy pocas pinceladas retratar la vida de la joven: la relación con su madre, con su tía, con su novio (que dejará de serlo), con el ilustrador, sus masturbaciones, su hastío, su deseo de sentirse deseada, sus atracones, su viajar con la imaginación… viviendo ésta en un ambiente de pesadilla, de guerra encubierta bajo una aparente normalidad. A la espera estoy (estaba) de consumar la lectura La acusación, de Bandi.

Rocinante era una jaula de huesos porque Don Quijote le alimentaba con sueños en vez de con alfalfa. Libros como el de Shua hacen lo propio. Lo que recibimos aquí como alimento no es forraje, es otra cosa, quizás porque para decirlo con la joven de la novela, la he leído más con el corazón que con la cabeza. Ha de ser eso.

Alianza editorial. 2017. 126 páginas. Traducción de Alícia Martorell.