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Días entre estaciones (Steve Erickson)

Dijo Steiner: “No cabe duda de que el contraataque más exuberante lanzado por escritor alguno contra la reducción del lenguaje es el de James Joyce”. De Erickson, autor de esta novela, por mucho que Pynchon le echara flores en su día, podemos decir lo contrario.
Erickson empobrece el lenguaje con párrafos como este:

Podía contar sus líos amorosos con los dedos de ambos manos, pero le faltaban sumar las mujeres con las que tan sólo se había acostado. De esas últimas podía olvidarse, podía aceptar que sólo les había metido el pene y dejado nada más que un charco blanco…

Esto es una pequeña muestra, lo grave es alumbrar un personaje como Jason. Bueno, decir personaje, es un halago, porque hacía años que no leía una caracterización tan burda de una persona, y lo peor del asunto es que ese personaje es clave, porque de ese prenda que parece sacado del anuncio de AXE: esa clase de tipos que les dicen a sus novias “me voy a follar a todas las demás, pero cuando venga a verte, prepárate para darme todo el placer que me debes”. Así, la pobre Lauren a pesar de que Jason, su marido, le pone mil cuernos, ella resiste, no tiene claro si le quiere o no lo quiere, y lo mejor de todo es que cuando pierden el hijo que tienen en común, en lugar de distanciarse, que es lo habitual, pasa lo contrario, no porque la novela no sea verosímil, que no lo es, sino más bien fantástica, no porque sea maravillosa, sino porque no es verosímil, decía, que en lugar de distanciarse, Lauren cree que se debe a Jason, que la pérdida del hijo les tiene que unir, así que del hombre del que está enamorada, o eso cree, porque aquí todo está cogido con pinzas y todo es vago, romo, chato, etéreo, evanescente, y azulado, a ese hombre que atiende al nombre de Michel, lo tiene que poner de patitas en la calle, para estar con Jason, que no lo he dicho, pero es ciclista, sí, ciclista olímpico, que corre también en tours de Francia, y participa en pruebas como la que se disputa en Venecia. No es coña, no. ¿Una prueba ciclista en Venecia?. Sí, amigos, la literatura, lo puede todo y cuando alguien tiene la imaginación hiperexcitada de Erickson todo puede derramarse –como Jason- sobre el papel. Sigue leyendo

Una-singularidad-desnuda

Una singularidad desnuda (Sergio de la Pava)

Sergio de la Pava
Pálido Fuego
2014
716 páginas
Traducción: José Luis Amores

Sergio de la Pava (New Jersey, 1971) debutó con esta ambiciosa novela de más de 700 páginas. El problema sería que toda esta ambición no diera fruto, que lo leído no fuera más que palabrería, cháchara inane, un mero flujo narrativo donde ir trenzando varias historias, llenando cuartillas, ad infinitum, sin que todo aquello no dejara poso alguno. No es el caso.

A lo largo de la lectura me venían ecos de DFW y de su Broma infinita, o de Gaddis cuando la logorreica narración se vuelve polifónica, y como sucedía en JR uno no sabe muy bien quién dice cada cosa. A pesar de lo anterior De la Pava supera todo esto y al final marca su propio estilo, que da como resultado una novela singular, extraña, hilarante, crítica, alucinada, de verbosidad infatigable, y en sus postrimerías, fantástica.

El protagonista casi absoluto de la novela es Casi, de 24 años, abogado público, quien en la primera parte de la novela nos presenta con todo lujo de detalles su día a día en los juzgados de Manhattan, lidiando con causas irrisorias pero que les suponen a los implicados, en la mayoría de los casos, tener que aceptar su culpabilidad a fin de no tener que ir a juicio y pasar unos meses o años en la trena, mostrando a las claras todos los defectos del sistema judicial americano, donde las minorías étnicas y las personas sin recursos son un blanco fácil para la voraz injusticia.

Posteriormente la narración gira de forma sorprendente, porque Casi, sin que llegue a entender muy bien sus motivaciones (no me creo que un abogado de éxito, un lumbreras que nunca ha perdido un juicio, con un buen sueldo, una carrera brillante, se lo juegue todo a una carta tan incierta y pueril), junto a su amigo Dane, deciden hurtar unos cuantos millones de dólares a unos traficantes, al disponer como consecuencia de su trabajo, de información de primera mano. La historia deviene entones rocambolesca porque si Dane, es el as de la perfección, la puesta en escena del robo es una cagada en toda regla, y si uno cree que asistirá al atraco perfecto, aquella ristra de imperfecciones y desatinos, de puro inverosímil y torticero resulta creíble y apasionante. Imaginen por un momento a dos fulanos saltando edificios con espadas (capaces de reducir a cualquier bellaco a carpaccio de lorza de primera calidad) en lugar de armas y perseguidos por algo descomunal al que denominan El Ballena, y que ante su presencia no vuelve a ver uno la luz del sol, porque todo se eclipsa a su paso. O algo parecido.

Una vez perpetrado el robo, la pregunta que procede es ¿los pillarán? Brilla entonces el suspense, a la par que el elemento dramático porque Casi se deja la piel para que no frían en la silla a Jalen, un chico discapacitado a quien defiende, y al final, tras una relación epistolar y tras finalmente verse las caras en el corredor de la muerte, cuando parece que todo va arreglarse, !zas!, la tragedia se consuma.

A las venturas y desventuras de Casi hay que sumar la extensísima biografía del boxeador puertorriqueño Wilfred Benítez, a quien Casi recurre mentalmente una y otra vez, ilustrándonos sobre la obra y milagros del púgil (y otros tantos de las décadas de los 70 y 80), varias veces campeón del mundo, quien acabó sonado y atendido hasta el final de su días por la mujer que lo trajo al mundo. La pregunta que me hago es ¿qué pinta Wilfred en esta historia?.

Casi encuentra (o cree ir a su encuentro) su personal redención a todo el mal que ha hecho en la singularidad desnuda que da título a la novela, y que sin que esto se mude en una clase de física, viene a decirnos que el universo está colapsando en una singularidad y de hecho, el final de la novela, podría ser el comienzo de cualquier novela post-apocalíptica.