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Palomitas (Juan Pablo Fuentes)

El destino o la casualidad van disponiendo ante mí libros que guardan cierta conexión. En el anterior que he leído La moral del comedor de pipas, comer pipas se convertía casi en una filosofía de vida, donde al comedor de las mismas el cerco que creaba con las cáscaras le servía casi de murete frente a la expectante realidad circundante. En Palomitas de Juan Pablo, en la contraportada nos advierte de que pocas cosas hay más agradables que sentarse en un banco con palomitas y ver la vida pasar.

No sé si conocen los microgramas de Walser. Sin llegar a semejante delirio achicador Juan Pablo escribe sus relatos en un formato que ya no sería un libro de bolsillo, sino de libro de monedero, porque las dimensiones del libro son del formato chuleta, de las que nos hacíamos en el colegio en EGB.

El microlibro lo forman 11 relatos o microrrelatos, el último formado por cuatro entradas cada una de diez palabras.

Hay algo que recorre los amenos y sugerentes textos que adopta la forma de una energía vital que impele por ejemplo a un Superviviente a seguir siéndolo, como si los lazos de sangre ganasen de calle a los cantos de sirena de una soga, las ganas de burlarse, en Wasabi, de los demás haciendo acopio de humor macabro aún a costa de poner en riesgo su vida, el ronroneo maullador de la melancolía En la ciudad que lloraba en un cajón; las ardorosas expectativas luego atemperadas y puestas a punto de nieve en Iceberg, el aroma del sexo de aquel Verano de 1986 que deja ahora un retrogusto adolescente de cuando la vida era tal y algunos recuerdos superan el puesto de control de la desmemoria; más ausencia y la añoranza que nunca se nos van hay en Caramelos de limón, porque pegajosas como son, siempre se adhieren al cielo del paladar, como una magdalena permutada aquí en caramelo evocador; en Deudas vencidas sobre un dicho se construye un relato cuya conclusión valida dicho dicho con ángeles caídos, Mefistófeles, Steve Jobs y el Vaticano por medio; Limpieza metódica me lleva a Tesis y hasta aquí puedo aggggghhh…; en Intercambio brilla el humor negro al plantear la rivalidad de dos amigos, o conocidos o contemporáneos, llevada hasta sus últimas consecuencias; El mensaje deriva hacia lo fantástico, quién sabe si también orgiástico, encontrando a la joven que dé perfecta réplica al avemaría, y no me refiero a un dueto con Bisbal.

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La moral del comedor de pipas (Pedro de Silva)

Pedro de Silva (Gijón, 1945) a lo largo y ancho de casi trescientas páginas pone en pie una novela cuyo protagonista es un tal Lucanor, nombre debido al empecinamiento de su abuelo (y a sus lecturas del Arcipreste), al que le adeuda también todo un andamiaje de citas y refranes que Lucanor ira profiriendo mientras va lidiando con los momos, que vienen a ser el enemigo, con el que Lucanor y otros tantos están enfrentados en una lucha sin cuartel, en la que tienen todas las de palmar. Podemos pensar en una distopía, que no me acaba pareciendo tal, pues los elementos de la novela son muy reconocibles en el momento presente, sin avanzar elementos futuristas, ni disruptivos y el tema de los momos, deyecciones gabbianeras aparte, bien pudiera ser un delirio de Lucanor.

El relato se vierte en primera persona, por voz de Lucanor estamos al tanto de su relación con Leti, donde el autor muestra músculo, yendo hacia lo escatológico, abundando en momentos soeces, en escenas de alto contenido erótico donde el amor (se) (a)viene a ser sexo, mientras Leti se alivia con otros y Lucanor con sus momas en sus devaneos oníricos nocturnos, ventilando las estancias con unos cuantos efluvios, a la sazón cuescos, que dan consistencia olfativa y hediondez -si no repelen (o expelen)- a la trama.

Alrededor de Lucanor pululan varias personas con las que se relaciona vía correo electrónico. Con una de ellas estará a un tris de consumar una relación amorosa a largo plazo, si bien no irá más allá de un aquí te pillo aquí te mato, secundada de una noche de polvazos estelares sin continuación pues ella, una heroína con superpoderes, desaparece del mapa.

Los pocos amigos que tiene Lucanor, como Topo, los acabará perdiendo, pues fiel a sus principios, o precipicios éticos no está dispuesto Luca-noooor a abrir la escotilla para complacer a su amigo.

Lo leído me resulta tan absurdo como delirante, pero me gusta la primera persona en la narración, los desvaríos de este Lucanor iletrado y su lenguaje magmático, el desenfado y desenfreno de una historia atípica en la que pareciera que Prometeo tras hurtar y entregar el fuego a los hombres, y con él la llave del conocimiento, hubiera dejado al hombre huérfano de algo, tal que Lucanor anhelase, anhelo que se transforma en una realidad, mantener y avivar dentro de sí, su otro yo salvaje y cavernario, aquel al que renunciaron los momos, como si el progreso, la ciencia y la papilla legal hubieran normalizado y cosificado todo tanto que la única manera de respirar fuera vomitando sobre todo ello a golpe de erupto, cuesco o exabrupto; rumor ciego y asordinado que necesita ser baladro. Algo así es mi sentir de la novela.

Ediciones Trea. 2019. 278 páginas. Ilustraciones de Álvaro Noguera

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La moneda de Akragas (Andrea Camilleri)

Casi con noventa años Andrea Camilleri escribe La moneda de Akragas (publicada en Italia en 2012), con traducción de Teresa Clavel. Disfruté mucho anteriormente de la lectura de otros dos libros suyos, El homenaje y Gotas de Sicilia.

Nos vamos a 1910 a la ciudad de Vigàta donde la protagonista de la novela es una moneda de oro que data de cuando los cartaginenses asediaron Akragas, ahora Agrigento. Como la falsa moneda la susodicha irá pasando de mano en mano como si su fin último fuera regresar al vientre de la tierra la cual no debiera haber parido.

Camilleri demuestra su buen oficio pergeñando una historia de escasas cien páginas, narrada a un ritmo endiablado, donde se mezclan los elementos de la novela negra, con varios muertos de por medio, con situaciones naturalistas que registran la Italia rural de comienzos del siglo XX. Hay humor, suspense, pulsiones humanas como la codicia de unos herederos y la generosidad de otros que irán marcando el proceder de ambos, centrada la historia en la figura de un doctor, Gibilaro, al que está a punto de ir una de estas monedas de Akragas, que solo logrará entrever, para después, el oficial Melluso, seguir la pista a la moneda de marras que acabará en muy buenas manos, reales.

Camilleri nos informa en la Nota final del origen de esta novela, que el médico fue un pariente lejano suyo. El rey es Víctor Manuel III. El resto, la ficción que propone Camilleri opera como una proyección a la leyenda o mito en el que se inspira.

Gatopardo ediciones. 2018. Traducción de Teresa Clavel. 120 páginas

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El último barco (Domingo Villar)

188, 448, 703… ante esta progresión la siguiente novela de Domingo Villar, que de tratarse de una precuela bien podría titularse El penúltimo barco, se podría ir perfectamente hasta las mil páginas.

En la novela de Domingo Villar, de quien hace 8 años leí la que por entonces era su última novela (la segunda que había escrito, titulada La playa de los ahogados (que ha dado lugar una ruta literaria por Vigo y alrededores); la primera fue Ojos de agua), me siento como el burro que va sin aliento detrás de la zanahoria, siguiendo los pasos de Leo Caldas y Estévez (con muy poca entidad en la novela) por Vigo y alrededores, en Tirán (Moaña) a la búsqueda de Mónica, una mujer desaparecida -hija de un célebre cirujano en activo- al poco de clarear la novela. Van apareciendo pistas en el hogar de la desaparecida, surgiendo personajes, casi todos ellos posibles sospechosos en la desaparicion de Mónica: un ceramista, un luthier, un alumno, un joven que viste de naranja, un pescador…, abundan los diálogos que demuestran el buen oído de Villar, hay momentos curiosos como los que ofrecen el mendicante latinista o el hacedor de instrumentos antiguos, pero camino de la página trescientas tengo la poderosa sensación de que con este trantrán podría seguir mil páginas más o toda una vida, como aquel va va sentado, amodorrado en un vagón mirando a través del ventanal demorándose en la contemplación del paisaje, fundiéndose o absorbido por el mismo.

Una sensación que me acompaña hasta la página quinientas, pues Domingo parece empeñado en demostrarse a sí mismo que sabe narrar, si bien lo leído me resulta romo, plano, a ratos simplón, obsesivo (al final uno lee Elvira y solo ve hoyuelos, lee Camilo y lo ve: adelante y atrás…) y en muchas ocasiones reiterativo como cuando Leo cuenta a la jueza cosas que el lector ya sabe, y que se ve obligado a leer de nuevo, o las continuas digresiones -que parecen ser la marca de agua, o estilo de Domingo-, como los momentos familiares padre hijo que resultaran todo lo entrañables que queramos pero que clavan una punzón, con peligro de muerte, en el corazón del interés de la novela, interés que se avivará en las últimas doscientas páginas, en las que Domingo se ciñe a la investigación, donde todo se precipita, aunque tenga la sensación, que prontamente deviene certeza, de que toda la resolución del caso -a pesar de que Domingo haya estado diez años dándole vueltas a la novela- va muy cogidita con pinzas, sin que pase a abundar en detalles, a fin de no reventarle la sorpresa al que se meta entre pecho y espalda las setecientas páginas de la novela -y no convertirme de paso en El Destripador– a la que le hubiera venido de maravilla una buena poda, a fin de resultar mucho más vigorosa e intensa.