
Fuente El solano Zaldierna

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Poeta maldito en Ucrania y París, enculado por negrazos y amo de llaves de un multimillonario en Nueva York, eremita en la República de Altái, fundador del Partido Nacional Bolchevique en Rusia, miliciano en los Balcanes (del lado Serbio), adicto a mujeres adictas y a niñas de quince años, alcohólico, preso en la prisión Lofórtovo y en el campo de concentración de Engels, enemigo de Putin, escritor de libros de éxito, asiduo de calabozos, transgresor, etc.
No es esta una versión del tema de Sabina, “La del pirata cojo”, sino de las andanzas (no sabemos si del todo veraces o no) de Limonov, el cual sí existe.
Nada sabía la figura de Limonov hasta leer esta biografía que le escribe Emmanuele Carrère (investigando por su cuenta y tras varios días de entrevistas). Después de leerla, la sensación es parecida. Si damos por bueno, eso de “por sus obras los conoceréis”, en el caso de Limonov podemos llegar a pensar que seremos capaces de desentrañarlo, de ir al núcleo de su personalidad. Tarea nada fácil, porque Limonov tiene más caras que un icosaedro.
Su único afán es dejar huella, no ir a la fosa común de la historia sin pena ni gloria. De esta manera su meta no es otra que llamar la atención, hacerse notar, ser transgresor, alcanzar notoriedad. Y a su manera lo consigue.
Limonov quiere vivir una existencia vibrante, emocionante, intensa, apasionada y esto le acarrea toda clase de aventuras que le suceden, a menudo porque va a su encuentro de cabeza.
Limonov (Eduard Veniakov) nace en un pueblo de Ucrania, en 1943, durante la II Guerra Mundial, juguetea de niño con las letras escribiendo poemas, alguno de los cuales resultará premiado. Su padre es un carcelero, funcionario gris y anodino y su madre una mujer dominante. Limonov quiere poner tierra por medio y lo consigue.
Deja su pueblo y se traslada a Moscú, de allí a Nueva York, donde se codea con la jetset neoyorkina, trabajando como mayordomo de un ricachón.
Limonov conocerá mujeres con las que llevará el su amor apasionado al límite. Unas le dejan a otras las abandona él. Algunas mueren, como si estar con él fuera una enfermedad mortal. Limonov en su ánimo de nutrirse de experiencias de todo tipo, se acuesta con también con hombres, plasmando sus experiencias en El poeta ruso prefiere a los negrazos. Tendrá también a su lado mujeres A, galácticas (al menos físicamente), y se enamorará también de una menor. Limonov de esta manera, fiel a sí mismo, supera sus límites, cruza fronteras físicas y morales.
Limonov quiere participar en una guerra (en su libro Diario de un fracasado ya soñaba con insurrecciones violentas), la que sea y cuando acontece la de los Balcanes en los 90, deja París, donde vive y se va para Sarajevo con los Serbios a pegar tiros, a vivaquear, a convivir entre soldados o milicianos, a disfrutar de la camaradería de hombres que saben que pueden morir al día siguiente, a disparar con su metralleta sobre la ciudad y llega a entrevistarse con Radovan Karadžić, cumpliendo así su deseo de ser un hombre de acción.
Pero como es un hombre de contrastes, Limonov que ama el ruido y la furia, también necesita su momento de calma, de paz y armonía y en Asia Central encuentra su paraíso, en medio de la nada, en la república de Altái, perdido en el mundo, como un eremita. Limonov es capaz de escribir El libro de las aguas, cuya materia prima es algo tan beatífico como el agua.
Y al tiempo que se va forjando un nombre en el mundo de las letras rusas y europeas, sigue en su empeño de ser un agitador, un desestabilizador de gobiernos, de seguir peleando a la contra, de seguir tomando partido (más allá de que las causas sean nobles o no).

Y un buen día lo llevan a la cárcel acusado de terrorismo.
Después de tanto deambuleo, de tanto forzar la máquina corporal a tope, a Limonov le toca ver el mundo a través de los barrotes de su celda.
Allí Limonov se saca jugo a sí mismo y en lugar naufragar en su reclusión, alcanzará el nirvana. Él cree que de esa experiencia, de su reclusión forzada, puede sacar algo parecido a la felicidad y aprovecha cada minuto, nutriéndose y sacando provecho de cuanto le rodea: gente presa, para recoger sus vidas y experiencias por escrito, y llegar a sentir lo que es saberse respetado e incluso querido por criminales.
Mientras, la URSS que Limonov conoció de niño deja de serlo, se desmiembra, llega al poder Gorbachov y su Perestroika, cae el régimen comunista, Solzhenitsyn, muestra el mundo la peor cara del comunismo: los Gulag.
Yeltsin llega al gobierno, el capitalismo salvaje se impone, los oligarcas rusos se hacen multimillonarios. Hasta que las aguas vuelvan a su cauce y los Rusos llevan al poder a Putin..
El libro resulta ameno en todo momento, aunque me ha parecido que va de más a menos. Limonov no es el mismo con 20 años que con 60, donde su furia juvenil se sosiega, se templa, y la historia entonces resulta más convencional. Ojo, todo lo convencional que supone estar en una celda unos cuantos años pasada la cincuentena.
Carrère combina con acierto el artículo periodístico, la biografía, el relato de aventuras, y el ensayo histórico sobre los últimos 70 de la URSS.
Execrable o no, la vida de Limonov aunque sea una mierda (según sus propias palabras), a mí como lector me ha resultado apasionante.
Lorenzo Silva publicó esta novela hace ya casi 20 años, allá por el 1996. Nada había leído de él y esta novela la reseñaban como la mejor del autor, su obra más personal y singular.
Quien se acerque a ella como lo haría hacia un bestseller se llevará un castañazo. La novela podemos calificarla como histórica, pero no lo es. En esta novela no sabemos en qué siglo estamos. Puede ser el X o el XV. Tampoco se nos dice dónde transcurre la historia. Todo juega a ser enigmático y misterioso. Toda la novela es como un acertijo o como una broma pesada (que es lo que me ha resultado), de más de 400 páginas.
El protagonista es un Extranjero, un tal Bálder que va huyendo de algo (por supuesto no sabemos de qué), a quien contratan en una Catedral como tallista. Su misión: hacer la sillería del coro. Lo ha contratado el Arzobispo y tiene poder para demandar cuanto necesite para llevar a cabo su obra.
Toda la historia está viciada, encapsulada, limada por un tiempo y un espacio opresivo.
Como telón de fondo la Catedral que se está construyendo. Un proyecto que parece que nunca pueda llevarse a buen puerto, o cuando menos no durante la duración de una vida terrenal.
Bálder quiere ser puro e independiente, preservar su sustancia interior, y no tarda en descubrir que la Catedral ofrece dos caras. Una es la de las oraciones, las penitencias, las sotanas y la vida clerical y espartana y la otra es todo lo contrario. Las catacumbas donde por la noche los hombres y mujeres de la Obra se dan a la bebida, al sexo, y a cuantos placeres tienen a mano.
Bálder se irá pasando por la piedra un buen número de mujeres. Todas ellas le van dejando huella, hasta ir a dar con Náusica, la hija del Arzobispo, con quien copula sin ganas, porque en este libro todo son elucubraciones, un quiero y no puedo, devaneos mentales varios, disertaciones filosóficas triviales y unos diálogos que resultan demasiado actuales como para ser de siglos pasados.
Lo peor de todo no es todo esto, sino que su novela me ha resultado cansina desde el principio. Si Bálder no tiene ningún interés por la Obra, por finalizar las obras en la Catedral, a mí como lector, lo que pase en el libro me da lo mismo casi desde el principio de la obra, pues ni Bálder, ni ninguno de los siniestros hombres y libidinosas mujeres que pueblan la novela, me suscitan el menor interés.
La idea de la novela me parece una paja mental y dedicar 400 páginas a su plasmación me resulta excesivo.
Bálder se nos presenta tan complejo, intrincado y pasivo que al final su suerte me resulta indiferente, tanto como el saber si se acabará la Obra, si matará finalmente a Naúsica o si lo nombrarán Arzobispo o no.

Como en esas películas gore en las cuales el protagonista las pasa putas durante todo el metraje, para una vez fuera del pueblo de los horrores ir a dar con alguien que se ofrece a ayudarle, para mandarlo de vuelta de nuevo al horror, esta novela es también un bucle, donde queda patente que no hay escapatoria, ni salida, que la libertad, la de Bálder (y quizá la de todos), es una ficción.
Hay libros que cuesta menos leerlos que reseñarlos. O casi.
Tras la desilusión que me he llevado con la novela del zaragozano Larraz, Autopsia, en cuyas redes caí al leer esta reseña (si esta es la clase de novela o cima narrativa que los libreros, editores y casi todo resto de la crítica alaba, vamos dados), cruzo el charco y me voy hasta Argentina.
Seguimos.
Mientras me tomaba un café en una librería y al tener una mano libre me vi casi en la obligación de coger al vuelo el primer libro que tuve a mano y fue este. Nada sabía de la vida de Roberto Arlt. Luego supe que era argentino, que nació en 1900 y murió en 1942. Que fue novelista, cuentista, dramaturgo, periodista e inventor.
La editorial Carpe noctem reúne cuatro relatos de Roberto. Resultado 76 páginas, en un libro mínimo que ocupa menos que la palma de una mano.
Los relatos son:
1. La pista de los dientes de oro: se comete un crimen. El motivo: la venganza. El asesino se ve asediado y una dentista alertada por la policía intuye que su paciente es el criminal. No sabe si denunciarlo porque a la chica le da morbo asomarse al precipicio. Él cree que tras explicarle por qué hizo lo que hizo, ella no lo delatará. Todo son hipótesis.
2. Los cazadores de marfil: Dos hombres uno Pequeño y otro Grande se ganan la vida con el tráfico del marfil. El Pequeño y codicioso, decide tirar de la barca en la que van al Grande para quedarse con los beneficios. Tras el crimen el Pequeño vive comodamente con su hijo, pero con sus remordimientos. Un día, el muerto, que no es tal, aparece vivito y coleando. Quiere venganza y la obtiene. El hijo que ve la escena, despacha al asesino de su padre y al final el Pequeño y el Grande se van de la mano a la Nada de la que vinieron.
3. La ola de perfume verde: Algo parecido a una plaga asola a la humanidad con la fragancia de un perfume que embriaga y adormece. Resulta que todo aquello proviene de los hidrocarburos de la cola de una cometa que cruza por la tierra. Hay un científico que se lo huele, antes de tiempo, pero que no hace nada por evitarlo, porque ¿cómo dejar pasar algo así?.
4. La doble trampa mortal: Hay titulos que evisceran el relato que contienen, como este. Un agente recibe el encargo de matar a otra agente (no recuerdo si doble o triple) que trabajaba para ellos, porque sus jefes le dicen que es una traidora. Como todos son a cual más espabilados, aquello deviene en un trampa mortal y doble. Pues eso, que mueren el verdugo y la víctima. Un relato de altos vuelos. Por cierto. Es el primer libro que leo donde aparece la ciudad autónoma de Ceuta.

En todos los relatos hay algún muerto y todos ellos acaban con el factor sorpresa, rematando la faena con solvencia.
Arlt es conciso y preciso, despoja sus relatos de morralla y los deja reducidos a su mínima expresión, resultando no obstante lo suficientemente intensos y muy bien escritos como para contarnos historias de los más variado (relatos que se nutren de científicos, policías, asesinos, cazadores, espías…). Me ha gustado bastante. A menudo me pasa cuando no tengo expectativas de ningún tipo con una novela.