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Cyrano de Bergerac (Edmond Rostand)

La editorial Reino de Cordelia pública el clásico francés, Cyrano de Bergerac de Edmond Rostand (Marsella, 1868 – París, 1918, dramaturgo neorromántico francés, famoso por su obra Cyrano de Bergerac, estrenada en París en 1897 en el Théâtre de la Porte Saint-Martin, que se ha convertido en un clásico del teatro francés. Miembro de la Academia francesa desde 1901, estuvo casado con la poetisa Rosemonde Gérard, de la que se separó en 1915, y con la actriz de origen ruso Mary Marquet. Rostand murió en 1918 a consecuencia de la epidemia de gripe que asoló Europa y está enterrado en el cementerio de Marsella), con la estupenda traducción de Jaime y Laura Campmany, que apuran bien todo el jugo de la versificación, e ilustrado por José María Gallego, recuperando el texto de la versión original.

Cyrano como D’Artagnan es ya una figura clásica. Aunque como se nos informa en el prólogo; D’Artagnan desprendía aroma a paté de campaña, mientras que Cyrano de Bergerac ha olido siempre a auténtico foie gras, delicadamente elaborado no con hígado de pato o ganso, sino con vísceras de auténtico pavo real. D’Artagnan fue capitán de mosqueteros, Cyrano sirvió en la Compañía de la Guardia y se sabe que participó en el sitio de Arras durante la Guerra de los 30 Años, cuando las tropas españolas de Fernando de Austria se enfrentaron a las francesas del mariscal de Châtillon.

A Cyrano (poeta, dramaturgo, soldado…) lo hemos visto varias veces en la gran pantalla, quizás la más conocida sea con el rostro de Depardieu. Su nariz, enorme, elefántica, le trae a Cyrano por el camino de la amargura, pues su lengua afilada, su ingenio, su inteligencia, su vena poética, todo esto, se estrellará contra un muro cuando el amor que Cyrano sienta por su prima Roxane, no se vea correspondido, porque Cyrano no se ve capaz, lastrado por su protuberancia nasal a manifestarle sus sentimientos, tal que acabará haciéndolo por persona interpuesta, a través de Christian, joven cadete de gascuña, del que Roxane se ha quedado prendada, atrapada por sus atributos físicos que se verán secundados por lo que Christian le dice y escribe (a través de Cyrano) cuando vaya al frente, bajo un ardid que se resolverá fatalmente.

Se suceden escenas en un teatro, bajo el balcón de la amada, en el frente de batalla en pleno asedio, y siempre brillan ahí las palabras, los versos de Cyrano, clamando su independencia, dando un repaso a todo aquello que detesta (trepas, arribistas, aduladores, falsarios…) dispuesto a granjearse el odio (para corresponder a su rabia precisa de gigantes), la inquina y las enemistades que hagan falta con tal de seguir fiel a sí mismo, sin venderse al mejor postor.

Con libros como este tan bien editados por Reino de Cordelia, merced a las magníficas ilustraciones de José María Gallego, engalanando los afilados versos de Cyrano, donde a las aventuras se suman la épica, el humor y la tragedia, convierten la lectura en un auténtico placer, atemporal, ya que la actitud de Cyrano, su modo de ser soñador y alado (no soporta la gente que no sueña, dice, un Cirano más próximo a la oropéndola que al oropel), perdura y como él, hoy y mañana, otros, seguirán su estela, tocando con la nariz y con la espada, librando su particular batalla contra los espurios afanes humanos.

Hace unos quince años descubrí a Francesco Guccini y entre sus canciones siempre ha habido una que me ha gustado especialmente. Se titula, precisamente, Cirano, y dice así:

Vídeo de Cirano, Francesco Guccini:

Cirano (Francesco Guccini)

Venite pure avanti, voi con il naso corto,
signori imbellettati, io più non vi sopporto,
infilerò la penna ben dentro al vostro orgoglio
perchè con questa spada vi uccido quando voglio.
Venite pure avanti poeti sgangherati
inutili cantanti di giorni sciagurati,
buffoni che campate di versi senza forza
avrete soldi e gloria, ma non avete scorza;
godetevi il successo, godete finchè dura,
che il pubblico è ammaestrato e non vi fa paura
e andate chissà dove per non pagar le tasse
col ghigno e l’ ignoranza dei primi della classe.
Io sono solo un povero cadetto di Guascogna,
però non la sopporto la gente che non sogna.
Gli orpelli? L’arrivismo? All’ amo non abbocco
e al fin della licenza io non perdono e tocco,
io non perdono, non perdono e tocco!
Facciamola finita, venite tutti avanti
nuovi protagonisti, politici rampanti,
venite portaborse, ruffiani e mezze calze,
feroci conduttori di trasmissioni false
che avete spesso fatto del qualunquismo un arte,
coraggio liberisti, buttate giù le carte
tanto ci sarà sempre chi pagherà le spese
in questo benedetto, assurdo bel paese.
Non me ne frega niente se anch’ io sono sbagliato,
spiacere è il mio piacere, io amo essere odiato;
coi furbi e i prepotenti da sempre mi balocco
e al fin della licenza io non perdono e tocco,
io non perdono, non perdono e tocco!
Ma quando sono solo con questo naso al piede
che almeno di mezz’ ora da sempre mi precede
si spegne la mia rabbia e ricordo con dolore
che a me è quasi proibito il sogno di un amore;
non so quante ne ho amate, non so quante ne ho avute,
per colpa o per destino le donne le ho perdute
e quando sento il peso d’ essere sempre solo
mi chiudo in casa e scrivo e scrivendo mi consolo,
ma dentro di me sento che il grande amore esiste,
amo senza peccato, amo, ma sono triste
perchè Rossana è bella, siamo così diversi,
a parlarle non riesco: le parlerò coi versi,
le parlerò coi versi…
Venite gente vuota, facciamola finita,
voi preti che vendete a tutti un’ altra vita;
se c’è, come voi dite, un Dio nell’ infinito,
guardatevi nel cuore, l’ avete già tradito
e voi materialisti, col vostro chiodo fisso,
che Dio è morto e l’ uomo è solo in questo abisso,
le verità cercate per terra, da maiali,
tenetevi le ghiande, lasciatemi le ali;
tornate a casa nani, levatevi davanti,
per la mia rabbia enorme mi servono giganti.
Ai dogmi e ai pregiudizi da sempre non abbocco
e al fin della licenza io non perdono e tocco,
io non perdono, non perdono e tocco!
Io tocco i miei nemici col naso e con la spada,
ma in questa vita oggi non trovo più la strada.
Non voglio rassegnarmi ad essere cattivo,
tu sola puoi salvarmi, tu sola e te lo scrivo:
dev’ esserci, lo sento, in terra o in cielo un posto
dove non soffriremo e tutto sarà giusto.
Non ridere, ti prego, di queste mie parole,
io sono solo un’ ombra e tu, Rossana, il sole,
ma tu, lo so, non ridi, dolcissima signora
ed io non mi nascondo sotto la tua dimora
perchè oramai lo sento, non ho sofferto invano,
se mi ami come sono,
per sempre tuo, per sempre tuo, per sempre tuo…Cirano

Cirano (Traducción de Riccardo Venturi; sería aquí un lujo contar con una traducción de Micó)

Acercaos, acercaos, los de las narices cortas,
señores acicalados, ¡no os aguanto más!,
enfilaré mi pluma bien adentro de vuestros orgullos
porque con esta espada os mato cuando me place.

Acercaos, acercaos, poetas desquiciados,
inútiles cantantes de días desdichados,
bufones que vivís de versos huecos,
tendréis dinero y gloria pero os falta la fuerza;
gozad del éxito, gozadlo hasta que dure,
que el público está amaestrado y no os amedrenta
e id quién sabe dónde, para no pagar los impuestos,
con la sonrisa maliciosa y la ignorancia del primero de la clase.
Yo solo soy un pobre cadete de Guascogna
pero no soporto la gente que no sueña.
¿Los oropeles?, ¿el arribismo?, no pico en esos anzuelos
y al final de la licencia no perdono y toco.
Yo no perdono, no perdono y toco.

Acabemos de una vez, acercaos, acercaos todos,
nuevos protagonistas, políticos trepas;
acercaos serviles aduladores, rufianes y gentucilla,
feroces presentadores de falsas retransmisiones,
que con frecuencia habéis hecho del cualunquismo un arte;
sed valientes liberales y enseñad las cartas,
pues siempre existirá alguien que pagará el pato
de este bendito, absurdo y hermoso país.
No me importa nada si yo también estoy equivocado,
desagradar es de mi agrado y amo ser odiado;
con los listillos y los prepotentes desde siempre me divierto
y al final de la licencia no perdono y toco.
Yo no perdono, no perdono y toco.

Pero cuando estoy sólo,con esta nariz enorme
que desde siempre me ha precedido por lo menos en media hora,
mi rabia se apaga y recuerdo con dolor,
que me está casi prohibido soñar con un amor;
no sé a cuántas habré amado, no sé a cuántas habré poseído,
pero por mi culpa o por azares del destino, a las mujeres las he perdido
y cuando siento el peso de estar siempre sólo,
me encierro en casa y escribo, escribiendo me consuelo,
pero en mi interior siento que el gran amor existe,
anzuelo sin pecado, amo pero estoy triste,
porque Rosana es bella, somos tan distintos;
no logro hablarle:
le hablaré con los versos,
le hablaré con los versos.

Acercaos gentes vacías, acabemos de una vez:
Vosotros los curas que a todos vendeis otra vida;
si existe, como decís,un Dios en el infinito,
miraos en el corazón, ya lo habéis traicionado;
y vosotros los materialistas, con vuestra eterna obsesión
de que Dios ha muerto y que el hombre está sólo en este abismo,
buscáis las verdades por el suelo, como los cerdos,
quedaos con las bellotas, dejadme las alas;
volved a casa enanos, apartaos de mi vista,
para mi enorme rabia necesito gigantes.
No pico el anzuelo de dogmas y prejuicios
y al final de la licencia no perdono y toco.
Yo no perdono, no perdono y toco.

Toco mis enemigos con la nariz y con la espada
pero en esta vida, hoy, no encuentro mi camino,
no quiero resignarme a ser malvado,
tú sola puedes salvarme, tú sola y te lo escribo;
debe existir, lo siento, en la tierra o en el cielo un lugar
donde no sufriremos y todo será justo.
No te rías, te lo ruego, de estas mis palabras,
yo solo soy una sombra y tú, Rosana, el sol;
pero tú, lo sé, no ríes, dulcísima señora
y yo ya no me oculto bajo tu morada
porque ahora siento que no he sufrido en vano,
si me amas como soy,
por siempre tuyo seré, Cirano

Reino de Cordelia. 2019. Traducción de Jaime y Laura Campmany. Ilustraciones de José María Gallego.

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