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La señorita Else (Manuele Fior)

Manuele Fior (autor de Cinco mil kilómetros por segundo) adapta la nouvelle La señorita Else de Arthur Schnitzler (escrita en 1924), con traducción de Lucía Bermúdez Bermúdez, autor de novelas como Morir, Tardía fama, Apuesta al amanecer, Relato soñado, El teniente Gustl, entre otras, o de libros de aforismos como Relaciones y soledades, que he reseñado en el blog.

La dificultad en el cómic de Fior consiste en ilustrar el monólogo interior de la joven (que en el cómic se sustrae casi en su totalidad) y acaudalada Else, quien a sus diecinueve primaveras se ve en la tesitura de adoptar una acción que puede marcar definitivamente su existencia. Else veranea en un hotel en San Martino di Castrozza, con sus familiares, su primo Paul tirándole los trastos, recibe un telegrama de sus padres, en el que le urgen a conseguir dinero del señor von Dorsday, un amigo de los padres que se encuentra en el mismo hotel, un vejestorio que pretende a Else desde su mocedad, y que está dispuesto a soltar la panoja, pero exigiendo algo a cambio. Si no reciben el dinero el padre irá a la cárcel, para luego suicidarse, piensa Else.
La señorita Else

En las ilustraciones de Fior es apreciable la influencia de los cuadros de Klimt o Egon Schiele. Los tonos vivaces del comienzo, a medida que crece la angustia y la desesperación en Else se irán tornando más apagados y oscuros, tiznando su espíritu de una nube negra capaz de desaparecerla.

La señorita Else

La decisión de Else recae sobre ella, pues sus padres parecen querer jugar en su persona su última carta (aunque según vemos las deudas familiares vienen de antiguo), sin estar dispuestos a dar la cara, dejando el peso en los hombres de su hija, la cual anhela llevar una vida despreocupada y a quien la desvergüenza autoimpuesta bien puede suponer su final, dándole vueltas a qué hacer, a cuales son los límites del honor, de la decencia para una dama.

Bueno.

De Senectute

De Senectute (Quino)

No es necesario que sea el 26 de julio, el Día de los abuelos, para leer este espléndido cómic, De Senectute, de Quino, que toma el título del ensayo de Cicerón.
Quino llegó a la vejez, murió en 2020, con 88 años, luego tenía, como se ve, su propio parecer sobre el arte de envejecer.

Sus viñetas muestran el deterioro físico, el espejo ante que el senecto grita ¡Socorro¡

De Senectute

La vejez asociada a la pérdida de memoria. La memoria como ancla a la realidad. El memorex como medicina que hace renacer el deseo ausente y también la llamada de la carne turgente. El reloj como un suero capaz de curar al enfermo del malestar de la edad. La suma de años para llegar a la conclusión el anciano de que el mundo no mejora un ápice. La vida humana insignificante al lado de la de un árbol. El hombre que se cree el rey de la selva y apenas es capaz de convocar con su bramido a media docena de conejos. La abuela que va dejando desperdigados sus recuerdos por el salón. Los ideales convertidos en microorganismos muertos. El abuelo que echa mano de la computadora del nieto para ver cuerpos femeninos en sazón. La abuela que gustaría echar una moneda a la escultura y así alzar el velo que es la hoja de parra que cubre el miembro pétreo. Aquel que tiene que vender a precio de saldo las bolas del mundo, cuando ya no quede mundo. El abuelo privatizado por la empresa nonno rent y ofrecido a otras familias como un servicio auxiliar. El abuelo que pierde el cabello y también las hojas de laurel que perlaron su frente antaño, tal es la gloria deshojada y preterida. El infante luego anciano que en sueños hará justicia contra los que le ofendieron, etcétera.

Llegar a la vejez es cerrar el círculo, arribar a la estación final, culminar un viaje que para cada anciano es distinto. Otros muchos no llegan a finalizarlo y se quedan mucho antes por el camino. No es un camino de rosas, lo sabemos, lo vemos, lo sufrimos. La inteligente lucidez de Quino es tal que la sonrisa que muchas de sus viñetas provoca, culmina, a menudo, en una mueca en el rostro del lector.

Y para aquel que siga interesado en el tema, dejo el enlace a la lectura que hice del ensayo De senectute política. Carta sin respuesta a Cicerón, de Pedro Olalla.

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Estamos todas bien (Ana Penyas)

Mircea Cărtărescu en su última novela publicada en España, El ala derecha, hablaba así de su madre:

…y, entre tanto, lavar, frotar, hacer las camas y recoger lo de todos, la marcha de mi padre al trabajo y la mía a la escuela, las cazuelas de comida («No sé qué prepararos, voy a volverme loca») y la falta de reconocimiento y la indiferencia general, como si esta mujer que nos había convertido en personas, esta persona buena y honra da («Mircişor, no se te ocurra en esta vida llevarte ni un hilo que no sea tuyo»), que se había colocado en el último lugar, en ningún lugar, de hecho, en la jerarquía de las necesidades familiares, sin ropa para salir, sin zapatos, sin maquillarse y sin arreglarse, que renunciaba incluso a su colonia de un leu, la de los cochecitos de cristal, que se hacía la permanente una vez al año, con motivo de quién sabe qué ocasión, fuera tan solo una criada pagada para ponernos todo delante de las narices, para lavar y planchar nuestra ropa y que pudiéramos presentarnos decentemente en nuestro deambular el ancho mundo, brumoso y aterrador, que se extendía más allá de su pueblo en el centro de Bucarest…

Falta de reconocimiento, indiferencia general, colocada en el último lugar, en ningún lugar, tan solo una criada, etc. ¿Nos suena, verdad?

El otro día mi hija pequeña andaba con dolor de cabeza. Después de un par de horas, algunas atenciones y mimos y un ibudol ya estaba recuperada y me dijo: Gracias por cuidarme.

Canta Rigoberta Bandini que sin tetas no habría humanidad. Añado: Y sin los cuidados que nos han prestado siempre las mujeres la existencia sería inasumible. No somos conscientes del incalculable valor, de la necesidad y del escaso reconocimiento de las cuidadoras y de sus cuidados.

Estamos todas bien

Ana Peynas crea Estamos todas bien en 2017, con 30 años. En el cómic da voz a sus dos abuelas: Herminia y Maruja. Mediante las conversaciones que mantiene con ambas conoce mejor el pasado, desde los tiempos de la posguerra, el abandono del pueblo y la llegada a la ciudad (Alcorcón y Valencia), el cuidado de los hijos, la marcha de los mismos, hasta el asentamiento en la vejez, el dolor de huesos, la soledad, el aburrimiento. Sirve por tanto aquí la escritura y las ilustraciones como vía de conocimiento para Ana de su pasado familiar, único, pero a su vez extensible al resto. Vemos la Movida madrileña, las películas de Almodóvar, los productos de aquella época: La Casera, Lagarto, Nivea
Hay un contraste entre Herminia y Maruja; la primera vitalista, alegre, curiosa, y Maruja, sin embargo, más aburrida, cansada, negativa, necesitada de pasar más tiempo con los suyos.

Se dice en el cómic que hay demasiadas historias de amor escritas, pero que no hay tantas de abuelas, por eso, historias como las de Ana son tan necesarias y saludables cuando se hacen desde el sentimiento, el conocimiento y la verdad.

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La Divina Comedia de Oscar Wilde (Javier de Isusi)

La Divina Comedia de Oscar Wilde es un estupendo cómic obra de Javier de Isusi, con prólogo de Luis Antonio de Villena, muy bien documentado, que nos permite conocer mejor la situación vivida por Oscar Wilde los últimos dos años de su vida, entre 1898 y 1900 en París.

Después de pasar dos años en la cárcel, acusado de sodomía, cambia de país y se traslada a Francia. Muda también de nombre, y pasa a llamarse Sebastián Melmoth.

A pesar de estar en el barro, Oscar sigue mirando las estrellas. Sus amigos le animan a escribir, pero Oscar prefiere vivir, que su vida sea el escenario en el que representar su obra de arte. Sus amigos le encarecen sus conversaciones, su ingenio vivaz, sus brillantes paradojas y dicen de él que es un escritor genial sin una obra genial.

Oscar sigue bebiendo, descuidando la salud, enfermando, gastando dinero en chaperos a los que regala objetos continuamente.
Lo que sabremos de Oscar nos llega gracias a las entrevistas realizadas a sus amigos y amantes, como Maurice Gilbert, Robert Sherard, Reginald Turner, André Gide, Frank Harris o Bosie, entre otros.
También hay un episodio en el que Oscar charla con el espíritu de Rimbaud. Y aparecen también en el libreto los hermanos Machado, que tuvieron ocasión de conocer a Oscar en París.

Oscar murió con 46 años. Es evidente que los dos años en la cárcel hicieron mella sobre él. Pero como decía Oscar, está bien que te partan el corazón, porque lo malo es que se convierta una piedra.

La Divina Comedia de Oscar Wilde

Su ingenio, sus ocurrencias, transformaban el drama en comedia y sus escuchantes rompían a reír y a llorar con continuidad, tal era la habilidad que tenía Oscar en el ejercicio de la palabra, capaz de llegar hasta el fondo de las cosas y de las almas.
Llegó a la conclusión de que tenía que conseguir que todo lo malo que le había pasado fuera bueno para él. El dolor le permitió apartar la mirada de la belleza, de lo ajeno, para así despertar. Ya que el dolor hace que dejemos de buscar fuera para poder buscar dentro de nosotros, decía.

Muy bueno.

Otras lecturas de Oscar Wilde en Devaneos

El arte de conversar
El Niño Estrella
La decadencia de la mentira
El fantasma de Canterville