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La isla

La isla (Giani Stuparich)

Giani Stuparich
Minúscula
2008
124 páginas

Tenía ganas de leer más cosas de Giani Stuparich (1891-1961), dado que su novela Un año de escuela en Trieste me gustó mucho.

La isla es una novela breve, intensa y maravillosa.

Un padre en las últimas quiere que su hijo le acompañe unos días a la Isla en la que nació y vivió buena parte de su vida.

El hijo accede, deja las frescas montañas del interior y arrostra en la isla la luz blanquecina, el calor bochornoso, los mosquitos hambrientos, la compañía de pecios humanos en el inmueble donde se alojan y sufre al ver a su padre pasarlas canutas ante el simple acto de comer.

Stuparich tensa el relato -con una prosa descriptiva, registrando a la perfección no sólo el paisaje isleño, sino también muy agudo en el análisis introspectivo de las emociones y sentimientos del padre y del hijo- buscando los opuestos: la montaña fresca y la isla cálida, la decrepitud paterna y la lozanía del hijo, la alegría diurna y el pesar nocturno, la esperanza de una recuperación milagrosa y la constatación brutal del presente fúnebre, la vida contra una muerte que como si jugara ella también al escondite inglés se fuera acercando paso a paso hasta ganar el juego.

El hijo tratará de hablar con su padre, como si en las palabras hubiera algo parecido al consuelo, cuando al final la calma viene simplemente por la compañía, por la presencia del ser querido.

Dejar la isla y ver desde el barco como ésta mengua y se desvanece es una metáfora espléndida de lo que supone la pérdida de un ser querido.

Giani Stuparich

Un año de escuela en Trieste (Giani Stuparich)

Giani Stuparich
Editorial Minúscula
2010
94 páginas
Traducción: Francesc Miratvilles Salvador

A comienzos del siglo XX en Trieste, una joven, Edda Marty, decide matricularse para cursar el que será el último año del liceo clásico, antes de su ingreso en la universidad, en una clase únicamente poblada por varones.

Jóvenes estudiantes que se declaran seguidores de escritores como Carducci, Pascoli, D´Annunzio, o que incluso recuperan fuerzas leyendo fuera de la escuela a Tácito, Dante, Maquiavelo, a la par que preocupados por la situación política, abordan en sus conversaciones el problema adriático o el irredentismo.

En una clase en la que hasta el momento todos los jóvenes comparten el paraíso de la postinfancia, la llegada de Edda, su presencia femenina, obliga a cada uno de ellos a actuar.

El que se lleva la mejor o peor parte es el joven Antero, que cae fulminado ante Edda. Se prenda de ella. Se enamora. Es algo mutuo, y surgen los besos, interminables, los días de excitación febril, de reencuentros con el corazón encabritado, de separaciones breves y desgarradoras. Stuparich plasma con minuciosidad ese estado casi de enajenación que supone el enamoramiento, máxime si es la primera vez.

El enamoramiento es decir adiós al mundo de ensueño. Edda y Antero en su vivir anhelante ganan unas cosas pero pierdan otras por el camino. Amar duele. El firme que pisan deja de ser firme, el horizonte se cubre de nubarrones. El amor amamanta los celos, nubla el entendimiento, dispara el egoísmo. Saca lo mejor y lo peor de cada cual.

La tragedia se ceba con Edda, que ve como su hermana mayor regresará a casa a morir. Una tragedia que pone a Edda en la picota, toda vez, que esta no quiere oficiar ningún ritual religioso ligado a la muerte de su hermana. Ahí la sociedad, «los otros», son implacables, no admiten la discrepancia, el pensar distinto, tener iniciativa, en suma, tener ideas propias.

Si Edda no tiene ya bastante con sus sentimientos convulsos hacia Antero, otro joven de clase trata de suicidarse sin éxito, y postula que sólo Edda puede salvarle de la persistente llamada de la Parca, la única que puede oficiar como esa ancla que lo fije a tierra, su razón de seguir vivo, en definitiva.
El pobre Antero se deja llevar por los celos, por construcciones mentales donde su novia, o exnovia, se entrega al goce con todos los varones, al tiempo que a él lo orilla.

El paso de Edda, ha sido el paso de un vendaval, que ha desmantelado las certezas de todos sus compañeros de pupitre, iluminando zonas de su interior que desconocían albergar. Saben ahora que el monstruo de la madurez está ahí, agazapado. Saben que la vida es una pugna, una lucha, que fuerzas de todo tipo obrarán sobre ellos, que tras dejar la escuela, ese juguete para niños, vendrá la VIDA con mayúsculas.

Un obra breve deliciosa, delicada, tormentosa, apasionante, introspectiva, donde Giani Stuparich (1891-1961) quien ejerció como docente, capta a la perfección los vientos que arrecian en el corazón de esos jóvenes alumnos.