
Acertaba Borges cuando dijo «siempre imaginé que el paraíso sería algún tipo de librería«. Veo esta foto de Juan José Millás rodeado de libros ocupando cada espacio, dejando un mínimo hueco en el sofá, convertido en orejero manco. Y se me ponen los dientes largos. Qué gozada darse a la lectura sin miramientos. ¿Se imaginan contar con el auxilio de un mecenas que nos permitiese consagrar nuestra existencia a la pasión lectora? Ese sí que sería el paraíso en la tierra.
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Retorno al hogar
Vi ayer en el Teatro Bretón Retorno al hogar de Harold Pinter, adaptado y dirigido por Daniel Veronese.
Me pregunto si esta obra trata de construir algo sobre el vacío, en la más descarnada elipsis. ¿Cómo es la relación entre el padre y los dos hijos que viven con él? ¿Y con su hermano? Los vemos tirarse los trastos a la cabeza, reprocharse cosas del pasado continuamente, pero no sabemos por qué. ¿Cuál fue la relación con la esposa y madre muerta? La información se nos filtra con cuentagotas. Es muy difícil entender la psicología, la aridez y hermetismo de los personajes. Desconocemos cuál es su moral, cuál es su código de valores. Sus conversaciones abundan en los sobreentendidos: una clase de conocimiento que se hurta al espectador.
La ira, la furia ciega, todas las cuentas pendientes, las cartas puestas boca arriba cuando llegue a casa el hijo mayor, el triunfador, desaparecido hace seis años, en compañía de una mujer, su esposa, cuya conducta es ininteligible.
Los personajes se miran, se escrutan y en ese juego de miradas y silencios hemos de entender ¿qué? ¿Cuál es el sentido de las risas enlatadas? Si la función de una obra es conmover, creo que esta historia así plasmada (interpretada) no lo logra ni de lejos.
Veía la obra y pensaba (o me refugiaba) en Faulkner, en ¡Absalon, Absalon!
Ruta circular en el León Dormido
A pesar de que todavía no ha llovido como debiera, octubre ya presenta toda su paleta de colores en la naturaleza, en su combinación de verdes, amarillos, rojos, naranjas, ocres, etc.
Para los que vivimos en Logroño y queremos disfrutar de una excursión breve y fácil entre árboles, una formidable opción consiste en hacer una ruta circular alrededor del León dormido, monte que adquiere el nombre porque en la distancia asemeja la figura del rey de la selva, en reposo.
La ruta se inicia en La población. Pueblo navarro de la Merindad de Estella, situado a escasos 25 minutos de Logroño, al que se accede después de atravesar Oyón (localidad alavesa situada a cinco kilómetros de la capital riojana), Yécora y Meano.
Aparcamos el coche al lado de la iglesia. Al lado hay un bar que abre los viernes, sábados y domingos. Un lugar ideal para tomar un refrigerio después de finalizar la ruta, sobre todo los meses estivales.
Dejamos la iglesia a la derecha y luego seguimos el camino que gira hacia la derecha, en dirección al cementerio por una pista de cemento. La carretera queda a nuestra derecha. Más adelante hay una bifurcación y cogeremos el sendero de la izquierda. Luego llegaremos a un claro y a la izquierda tendremos las faldas del León dormido, cogeremos el camino de la derecha, que descendiendo nos adentra en el bosque de hayas.
La señalización consiste en unas flechas de color azul, que veremos pintadas en las cortezas de algunos árboles. La senda no tiene perdida, caminaremos un buen rato bajo la bóveda vegetal de hayas espigadas. Próximos a concluir la ruta tendremos otra bifurcación con tres flechas azules que nos indican el camino de la izquierda, que nos encarama al León dormido, y una flecha que nos indica ir hacia la derecha que es lo que haremos para 10 minutos después estar de vuelta en el pueblo. Antes de llegar al mismo tendremos una bajada desde la que disfrutaremos de una bonita vista de un paisaje que se pierde en el infinito, con poblaciones diseminadas.
La ruta son algo más de cinco kilómetros que se hacen en una hora a ritmo suave. Es una ruta ideal para hacerla con bebés en sus mochilas, con críos de corta edad, adolescentes que quieran desconectar y abrazar árboles y para adultos poco habituados al deporte. Vimos a dos personas que estaban haciendo la ruta en bicicleta de montaña.









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Senso (Alfred)
Senso, de Lionel Papagalli (Grenoble, 1976), que firma como Alfred, con traducción de Regina López Muñoz, es una humorosa novela gráfica a cuyo personaje, Germano, nada parece salirle bien. Llega a una estación italiana, con retraso, un día de muchísimo calor: es ferragosto. Nadie atienda la llamada de teléfono que hace desde una cabina. En el hotel no encuentra habitación; la habitación reservada no había sido confirmada. Todo pinta muy negro para Germano, pero de pronto, a los alrededores del hotel ha lugar una historia de amor, cuando nuestro personaje encuentra un alma gemela: Elena. Como testigo de su amor, un niño, también al margen, como apartado de la realidad. La novela, en su introito, muestra una pareja practicándose mutuamente sexo oral en la habitación de un hotel. Ese espíritu voluptuoso alimenta el resto del relato, en el que prima el humor y la ironía y la autocrítica, porque Germano resulta entrañable por su manera de ser, por lo difícil que le resulta ahormarse a un conducta normal, vapuleado por el poder antaño y apalizado hogaño por un tipo violento con el que tiene un rifirrafe en el hotel.

Alfred plantea situaciones tragicómicas donde cuesta deslindar el drama del humor, como en un café con leche, mezcla homogénea en la que resulta imposible diferenciar ambas sustancias.
Lo que mueve a Germano, la razón de su atribulado viaje, es el amor hacia su hija, a la que apenas ve. Una exposición, un retrato de ambos, capaz de remedar tanta desventura.
Muy bueno.
