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La batalla de Occidente (Éric Vuillard)

Eric Vuillard es un escritor que captó mi interés hace años. Así irían desfilando por estos devaneos librescos la singular biografía de Buffalo Bill, El orden del día, 14 de julio, y ahora La batalla de Occidente, libro que data del año 2012 y que ha sido publicado por Tusquets y traducido con su habitual solvencia por Javier Albiñana.

El estilo de Vuillard, con esa mezcla de novela y ensayo, se mantiene en toda su producción literaria tanto como su reiterado acceso a la Historia, que va de lo general a lo particular, abordándola de forma oblicua y aquí panóptica, como quien maneja entre las manos un cubo de rubik y de cada uno de sus 27 cubitos extrae distintas historias que giran sobre el eje de la ironía y la crítica.

En La batalla de Occidente el autor galo fija su atención en la Primera Guerra Mundial, sin atormentar al lector con un sinfín de fechas, datos, personajes históricos, cifras, etcétera. En esto me recuerda al libro 14 de Echenoz, o a Marne de Edith Wharthon, que relataba dicha batalla casi in situ.

Los gerifaltes, los mariscales, los grandes empresarios, todos aquellos que ostentan el poder, son capaces de movilizar, patrocinar y visualizar los ejércitos sobre un tablero, y después a las masas sobre la tierra, para luego ésta anegarla con su sangre, la de los más de 20 millones de muertos durante la Primera Guerra Mundial, en el que los países se
acababan declarándose la guerra, cayendo en un bando u otro sin saber muy bien por qué. Montañas de huesos y calzados de muertos a las que habría que añadir luego los mutilados, los enfermos, las mujeres violadas, los muertos de hambre, los ajustes de cuentas, las ciudades arrasadas, los campos calcinados, la civilización hecha añicos. Destruirlo todo para luego reconstruirlo. Para repetir la barbarie de nuevo, con energías renovadas, apenas tres décadas después. El eterno retorno.

La guerra: la primera, la segunda y cualquier otra parecen ser solo la punta del iceberg, lo más espectacular, aquel número circense que abrasa las palmas de un público entregado, sediento, emocionado, perplejo, abismado, ensordecido.

El sangriento siglo XX irá perfeccionando la forma de matar el mayor número de gente en el menor tiempo posible (Hiroshima, la Shoah…) y de esto da cuenta Vuillard: este delirio técnico-científico tan mortífero. H.G. Wells en el libro de Lodge miraba en 1945 desde la ventana la llegada de los bombarderos alemanes con aquel prodigio de la destrucción, las V1 y V2 y similares que luego arrasarían Dresde y otras muchas ciudades.

La génesis del conflicto armado arranca con el asesinato del archiconocido Archiduque Franz Ferdinand en junio de 1914 para luego irse ramificando, transversalmente, narrando y siguiendo el despliegue de las distintas tropas sobre el terreno europeo: franceses y alemanes principalmente, las distintas tácticas militares puestas en práctica por los hunos y los otros, la ganancia alemana en el comienzo y su postrera perdición, convertido en un lobo acosado y vencido.

Vuillard levanta la mirada y se desplaza por la cinta transportadora de la historia, hasta la segunda guerra mundial, a los campos de concentración, sin olvidar la revolución rusa, el genocidio armenio a manos turcas, ambos acaecidos durante el transcurso de la primera guerra mundial, y acaba en los Estados Unidos, con aquellos magnates que fiarán a franceses, británicos y alemanes, financiando primero la guerra (armándolos a todos hasta los dientes) y luego la reconstrucción de la paz, con la bendita deuda.

Como en 14 de julio Vuillard nos acerca la historia de una manera desenfadada, irónica, «chapucera» llega a tildarla el autor, sin darle ninguna concesión épica a la guerra: fuente de sufrimiento para todos, sin importar los bandos, sacrificándose millones de vidas para obtener pírricas victorias.

Lo que Vuillard deja caer es que no parece que aprendamos mucho de nuestros errores y horrores. Viendo hoy los personajes que están al frente de los países más poderosos del mundo, Vuillard creo que no va nada desencaminado, cuando lo que se alienta es la desmemoria, la amnesia y el blanqueamiento, para poder seguir trazando un plan diabólico con la mínima resistencia y oposición.

Veremos qué nos depara el siglo XXI. De momento, entre las impacientes manos, un pandémico 2020 infausto.

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El libro de las aguas (Eduard Limónov)

Desde este espacio virtual decir que lamento la muerte de Limónov, ocurrida ayer (17/03/2020). Al escritor hay que rendirle homenaje leyéndolo, y si es antes de su muerte, mejor, a fin de de que éste pueda obtener alguna clase de reconocimiento, el que sea, en vida. Recupero la reseña de El libro de las aguas, que leí el verano pasado.

El libro que Emmanuel Carrère escribiera sobre Limónov, del mismo título, nos puso a este último en el mapa libresco. La editorial riojana Fulgencio Pimentel publica El libro de las aguas de Limónov con traducción de Alfonso Martínez Galilea y Tania Mikhelson y un apéndice de esta última.

La portada del libro es muy representativa de lo que encontraremos en el mismo: balas y condones. Limónov se ve como una mezcla de Casanova y Ché Guevara. Híbrido de hombre de letras y acción. A los veintipocos, en 1972, decide que cuando vea una masa de agua se introducirá en ella. El libro se estructura en capítulos tales como Mares, Ríos, Estanques, Fuentes, Saunas, Baños… sobre los que se irán organizando, es un decir, porque el caos nunca deviene cosmos, los recuerdos de Limónov, en los que primará lo bélico y lo sexual, el semen y las balas.

No entra Limónov en planteamientos ideológicos, pero sí que aparece por ahí el partido bolchevique que fundó, lo vemos haciendo campaña de Diputado, relacionarse con mafiosos, matones y revolucionarios, con todos los bad boys de la guerra (el libro lo escribe Limónov en 2002), escribir desde la cárcel, aunque lo que parece que al autor ruso más le pone es portar un arma automática o montar en un tanque para sentirse titánicamente el puto amo del mundo.

Comprendí, además, que el género literario contemporáneo por excelencia era el biográfico. Así fue como vine a dar aquí. Mis libros son mi biografía, todos de la serie “Vidas ilustres de grandes personajes”, afirma Limónov para justificar estos textos, que se apoyan sobre los dos ejes en que descansa todo diario: el tiempo y el yo, según Tomás Sánchez. De hecho Limónov dice que el libro de las aguas podía haber sido el libro del tiempo, ambos líquidos, inasibles. Aquí no hay entradas diarias, o mensuales, sino referidas a años, pero la idea de fijar los lugares y recuerdos en el tiempo es la misma.

Afirma Limónov que sus colegas no entendieron su inclinación por lo heroico. Limónov es muy dado a la fanfarronada (se ve como el creador de una nueva escuela de periodismo de guerra y no desaprovecha la ocasión para una y otra vez hacer mención a sus libros publicados, verse como un escritor consagrado, etcétera) y me recuerda al personaje de aquella película mítica que soltaba baladronadas del pelo de “Me encanta el olor del Napalm por la mañana. Huele a victoria”. A Limónov la contemplación de las ciudades bombardeadas y en ruinas lo inflan también como a un zepelín rezumante de éter poético, pues ahí ve él la belleza, lo que explicaría que esa inclinación heroica y estética se materialice en ir recorriendo buena parte del globo terráqueo yendo a los avisperos bélicos para meterse directamente en el ánima del cañón. Escindida la retórica bélica, fluye en la narración el diario viajero de un alma errabunda y trotamunda que pone ante los ojos del lector parajes desconocidos, de belleza inusitada, pienso en la reserva del valle de los Tigres en Tayikistán, Pirigov, Dusambé, allá donde Europa se encuentra con Asia, en una mezcla magnética entre lo urbano -donde Limonov flaneará por las calles de ese mundo moderno, creado por Badeaulaire según Limónov, bañándose en fuentes ya sea en París, Roma, o Nueva York, buscando lo húmedo y el sumidero, donde se acumula la roña, lo sórdido, lo salvaje, aquello que Limónov busca a pecho descubierto con intensidad Kamikaze- y lo rural, por parajes esteparios, despoblados, donde el único abrigo y consuelo son el cielo, la tierra y sus frutos, las estrellas, y el runrún de los carros de combate, el sonido de las balas, las miradas extraviadas de los corderos sacrificables.

El recorrido, por ejemplo, por las fuentes de París sirve a su vez, para hilar lo biográfico con la Historia, ya saben las guillotinas, decapitaciones y demás virguerías “ilustradas», pero lo que prima aquí es el inventario de mujeres que entran y salen en la vida de Limónov, menores de edad y muy delgadas la mayoría, incluso dispuestas al sacrificio. Limónov no se corta un pelo y con la moral se forra los jirones de la entrepierna del pantalón, sin pararle mientes a nada.

No sé si Limónov es un personaje o no, pero después de leer su nutricia y refrescante autobiografía me acojo a la incerteza que tan bien cantó mi homónimo, ya saben: Io tutto, io niente, io stronzo e io ubriacone/ Io poeta, io buffone, io anarchico, io fascista/ Io ricco, io senza soldi, io radicale/ Io diverso ed io uguale, negro, ebreo, comunista/ Io frocio […], Io falso, io vero, io genio, io cretino/ Io solo qui alle quattro del mattino/ L’angoscia e un po’ di vino, voglia di bestemmiare/

Fulgencio Pimentel. 2019. Traducción y notas de Alfonso Martínez Galilea y Tania Mikhelson. 354 páginas.

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Leyden Ltd. (Luis Sagasti)

Leyden Ltd. es un artefacto narrativo de Luis Sagasti subyugante. Un proyecto narrativo inusual, consistente en hacer literatura desde los márgenes, o en este caso, desde los pies de página, para contarnos, con pequeños fragmentos indirectos, a través de esas notas a pie de página convertidas en el cuerpo del mensaje, la historia de Leyden Ltd, una sociedad secreta, oculta, a lo Pynchon, a lo Salinger, que paradójicamente cobrará relieve merced a su ocultación, a su afán de no querer dejar rastro. Entre las notas hay muchas referencias musicales, a los Beatles, a la histeria en sus conciertos, a ver al grupo siempre corriendo y así retratado, o a su disolución en Disneylandia el 29 de diciembre de 1974; a los grupos británicos que destrozaban los hoteles más allá de su territorio, el cual dentro, mantenían impoluto. El festival de Woodstock, una semana después de los crímenes de la familia Manson.
Referencias a la guerra del Vietnam, a los traumas de las guerras, al reguero incesante de suicidios entre los soldados. Para mantener un estado de alerta y disminuir la ansiedad, desde 1966 hasta 1969, las Fuerzas Armadas estadounidenses consumieron en Vietnam 225 millones de tabletas de estimulantes, en mayor medida Dexedrina.
La prostitución de alto nivel del creador de Playboy. El arte moderno ofrece también anécdotas curiosas, como una obra de arte que consiste en poner una bolsa de plástico sobre una mesa y va el personal de la limpieza del museo y la tira la basura. Notas que nos informan que el escándalo hoy en el arte moderno no viene tanto por el contenido de las obras, sino por su valor de mercado. Ser dueño de una obra de arte es tener la potestad de decidir quién puede contemplarla y quién no. Apuntes de corte naturalista. Que no haya ningún puente sobre el Amazonas, que la Gran muralla China no atraviese el curso de ningún río, que existan islas flotantes (la Isla de Basura o la Isla Plástico) hechas de basura. Referencias a Disneyland, un mundo aparte o a Fordlandia, flor (casi) de un día. El rumor, no desementido, de la pertenencia de Julian Assange a Leyden Ltd. Referencias filmicas: es el discernimiento lo que nos derrota. Soliloquio del coronel Kurtz en Apocalipsis Now. Y otras muchas notas de todo tipo. En Liechtenstein hay más empresas radicadas que habitantes. En 1854 el empresario circense P.T Barnum organiza el primer concurso de belleza femenina. Una protesta popular lo obligó a cancelarlo. La sumisión total puede ser una forma de libertad. Todos los ciudadanos del Vaticano nacieron en el extranjero. El único nacimiento registrado en el Vaticano es el de un gato que perteneció al papá León XII en 1825.
Referencias pictóricas: y oí que un grito interminable atravesaba la naturaleza. Eduard Munch. Recién en 1844 aparece la lluvia en una pintura occidental.
El texto incorpora algunos cuadros, en reducido tamaño y en blanco y negro, quedando así muy desvirtuados.
Notas sobre las redes sociales: para una mayor comprensión: Facebook es la continuación del Reader’s Digest por otros medios.
El ánimo modernista invocado parece obligado a concitar una imagen de Google Street. Aquí la de la Casa Blanca, que arroja un trozo de césped y la sombra de un árbol. El fulano que creó Leyden Ltd fue un tal Paul Wilkes de quien se filtran entre las notas jirones de sus diarios: si tan solo pudiera pensar en ella, sería completamente feliz. Pero no pienso en ella, sino en mí con ella. De nuevo yo, como un estorbo contra mi propia felicidad. Diario, octubre de 1997.

Todo este cúmulo de notas, al margen del texto principal, del libro que las genera y se nos hurta, dan lugar a un texto nuevo, proteico, de lectura muy sugerente, al abordar un sinfín de temas, algunos con la extensión de un aforismo. Hay aquí la necesidad de ejecutar una lectura muy activa, convertida en un gozoso e inteligente pasatiempo, en la que cada nota es un hilo del que tirar. Como en ese texto en el que se tachan ciertas palabras y son precisamente aquellas obliteraciones las que el lector busca con ahínco, saber qué ocultan, algo parecido sucede con las notas al pie de una novela tan real (proyectada sobre la mente del lector) como inexistente.

Eterna Cadencia. 2019. 112 páginas

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La mirada hostil (Eduardo Iriarte)

La mirada hostil, última novela de Eduardo Iriarte, aborda la pérdida de los seres queridos, la enfermedad que borra la memoria de un anciano, la ira ciega y homicida que aflora sin poder ser domeñada en un animal herido con el viso de un cuarentón, la impotencia de querer y no poder ser madre por parte de una joven bibliotecaria y los cantos de sirena del suicidio que la tientan. El pasado y el presente son una cruz lancinante para todos ellos, de la cual es muy difícil desprenderse.

Iriarte se sustrae a la toponimia descriptiva y así cuando un anciano, Alberto, rememore su pasado, hablará del pueblo, la capital de provincias, la ciudad. Su pérdida de memoria pugna por evocar a su mujer desaparecida, Marina, aquejada de demencia, la cual salió de su domicilio para no volver. En Alberto se cifra la soledad, la pautada monotonía de los días clónicos, trazados al carboncillo, y su afán pasa por dejar sus bienes materiales cuando muera, a alguien a quien ese maná monetario le mejore la vida.

En la narración, las existencias de Alberto, Esther y David se entrecruzan con fatales y “benéficas” consecuencias. Esther, frustrada por no poder ser madre, se venga a su manera con los informes de lectura que ofrece a una editorial, y pasa por el barro el manuscrito de un escritor al que conoce y al que ve acarrear siempre sus libretas de aquí para allá. El tercero en discordia es David, que sufre por las noches los empellones y arremetidas de su mujer. Luego sabremos a qué atiende ese propinador furor cardenalicio conyugal, mientras a su manera él desahoga su pesar y su penar en ensoñaciones y luego ejecuciones homicidas, sin encontrar nada ya que le devuelva la alegría drenada antaño por el hueco de un ascensor.

Iriarte pone su atención en un barrio urbano, en un racimo de calles en el que de esas tres mil personas que allá moran –quizás como metáfora de la rampante incomunicación que aboca más al voyeurismo y al espionaje en la red que a la charla física y franca- solo unas pocas irán en su trato más allá del saludo, y por efecto de la ficción, como las cuentas de un rosario manoseadas por infaustas falanges, Alberto, Esther y David se van a ver embrollados de una manera que se me antoja tan forzada y rocambolesca como de escaso fuste.

Me sorprende que el autor emplee algunas expresiones de forma tan reiterativa, y me refiero a “A ciencia cierta”, o “De un tiempo (o unos días) a esta parte”, o que cuando Alberto evoque a su mujer, aparezca en el texto, si no me equivoco, tres veces aquello de “Sus ojos del color de los ríos en otoño”. En una novela de esta extensión (250 páginas), cada palabra ha de valer su peso en oro y estas reiteraciones me provocan cierto hastío y cansancio.

A veces uno busca describir la realidad y acaba en la irrealidad más absoluta.

Sapere Aude. 258 páginas. 2019