Archivo de la categoría: 2019

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El último barco (Domingo Villar)

188, 448, 703… ante esta progresión la siguiente novela de Domingo Villar, que de tratarse de una precuela bien podría titularse El penúltimo barco, se podría ir perfectamente hasta las mil páginas.

En la novela de Domingo Villar, de quien hace 8 años leí la que por entonces era su última novela (la segunda que había escrito, titulada La playa de los ahogados (que ha dado lugar una ruta literaria por Vigo y alrededores); la primera fue Ojos de agua), me siento como el burro que va sin aliento detrás de la zanahoria, siguiendo los pasos de Leo Caldas y Estévez (con muy poca entidad en la novela) por Vigo y alrededores, en Tirán (Moaña) a la búsqueda de Mónica, una mujer desaparecida -hija de un célebre cirujano en activo- al poco de clarear la novela. Van apareciendo pistas en el hogar de la desaparecida, surgiendo personajes, casi todos ellos posibles sospechosos en la desaparicion de Mónica: un ceramista, un luthier, un alumno, un joven que viste de naranja, un pescador…, abundan los diálogos que demuestran el buen oído de Villar, hay momentos curiosos como los que ofrecen el mendicante latinista o el hacedor de instrumentos antiguos, pero camino de la página trescientas tengo la poderosa sensación de que con este trantrán podría seguir mil páginas más o toda una vida, como aquel va va sentado, amodorrado en un vagón mirando a través del ventanal demorándose en la contemplación del paisaje, fundiéndose o absorbido por el mismo.

Una sensación que me acompaña hasta la página quinientas, pues Domingo parece empeñado en demostrarse a sí mismo que sabe narrar, si bien lo leído me resulta romo, plano, a ratos simplón, obsesivo (al final uno lee Elvira y solo ve hoyuelos, lee Camilo y lo ve: adelante y atrás…) y en muchas ocasiones reiterativo como cuando Leo cuenta a la jueza cosas que el lector ya sabe, y que se ve obligado a leer de nuevo, o las continuas digresiones -que parecen ser la marca de agua, o estilo de Domingo-, como los momentos familiares padre hijo que resultaran todo lo entrañables que queramos pero que clavan una punzón, con peligro de muerte, en el corazón del interés de la novela, interés que se avivará en las últimas doscientas páginas, en las que Domingo se ciñe a la investigación, donde todo se precipita, aunque tenga la sensación, que prontamente deviene certeza, de que toda la resolución del caso -a pesar de que Domingo haya estado diez años dándole vueltas a la novela- va muy cogidita con pinzas, sin que pase a abundar en detalles, a fin de no reventarle la sorpresa al que se meta entre pecho y espalda las setecientas páginas de la novela -y no convertirme de paso en El Destripador– a la que le hubiera venido de maravilla una buena poda, a fin de resultar mucho más vigorosa e intensa.

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Cecil Taylor (César Aira)

Comentaba César Aira en una entrevista que él escribía todos los días, entre media hora y una hora al día, actividad a la que no pensaba renunciar ya que formaba parte del gusto de la vida. Como lector uno encuentra que leer forma parte también del gusto de mi vida. Y así reincido con Aira. Cecil Taylor (publicada en 2011) es una de las diez novelas (esta es muy breve: 17 páginas) comprendidas en el libro publicado recientemente con el original título de Diez novelas de César Aira.

Cecil Taylor es pianista, pero la biografía que compone Aira poco tiene que ver con El perseguidor de Cortázar. Aira va más a la anécdota, a lo que sucede antes del éxito, al encadenar trabajos precarios y mal pagados, a tocar sin que nadie le preste atención a Cecil, porque él no es un pianista general, es un pianista particular, como la humanidad tendrá la ocasión de comprobar y alabar.

la carrera del músico innovador era difícil porque a diferencia del músico convencional que solo tenía que llegar al público, debía crearlo, crear su propio público inexistente hasta entonces, como quien toma una célula roja de sangre y la modela con amor y paciencia hasta que queda bien redonda, después hacer lo mismo con otra y la pega a la primera, y sigue así hasta que ha hecho un corazón, y después los demás órganos y los huesos y los músculos y la piel y el pelo, dejando para lo último el delicado túnel de la oreja, con sus yunques y martillitos….

En cierta manera quizás lo que Aira ha hecho durante todas estas décadas de escritura con su particular forma de escribir haya sido crear su propio público.

Leyendo a Aira tengo la sensación de que escribe muy en serio, aunque se le pueda tomar a broma, o no lo suficientemente en serio, aunque como en Cecil, no creo que haya ninguna utilidad para Aira en discutir su literatura con nadie. Basta con dejarse impregnar por ella para sentirla.

El texto contiene una reflexión interesante acerca del éxito:

Ahí estaba el error: en el paso del fracaso al triunfo, como si fueran el punto A y el punto B, unidos por una línea. En realidad el fracaso es infinito, porque es infinitamente divisible, cosa que no no sucede con el éxito.

También decía Aira en esa entrevista que no encontraba entre los escritores jóvenes nadie que escribiera como él. Después de haber leído Fiesta en la madriguera de Juan Pablo villalobos, no sé si éste no puede ser a la larga, quien además de prologar aquí estas novelas airanas, prolongue también el espíritu literario del mismo.

Diez novelas de César Aira | Diario de la hepatitis #10, La pastilla de hormona #8

César Aira en Devaneos:
Los fantasmas
El mago
Prins
Varamo
Diario de la hepatitis
Un episodio en la vida del pintor viajero
La pastilla de hormona

Eduardo Berti
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Faster (Eduardo Berti)

He leído Faster de Eduardo Berti (Buenos Aires, 1964) de un envión, sin entrar en boxes, a la carrera, aunque no fuera esta mi intención, porque la lectura así me lo reclamaba. He leído Faster con fruición, con entrega, con pasión, la melancolía va a cuenta del lector, al leer y contrastar mi experiencia (a pesar de ser una década más joven) con la de Berti, focalizada en los años finales de la niñez y comienzo de la adolescencia, en los postreros años setenta, en Argentina; años de la edad de piedra, como los define el hijo adolescente de Berti, aquellos años cuyos pilares y muros de nuestro mundo eran los casetes, el sonido inestable y rugoso de esa aguja arañando la piel del vinilo, los comic, las novelas de Verne, las canciones de los Beatles, los Stones. Lo que Berti comenta de las canciones de George Harrison y el poderío vigorizante de la música me lleva a lo que escribía Bouillier, en Tres circunvoluciones alrededor de un sol cada vez más negro, sobre Zappa. Aquel mundo previo a la adultez que otros autores han recogido en otras novelas, pienso en Los príncipes valientes de Andújar, en La primera aventura de Gavilanes, Días del desván de Luis Mateo Díez, Escarcha de Ernesto Pérez Zuñiga, en Ordesa de Vilas, La lección de anatomía de Marta Sanz, etc. Años donde la amistad lo es todo, aquella amistad que siempre se pretende desde la mocedad, objeto de zozobras y desvelos como le transmite a Berti su hijo, amistad que como el amor siempre enriquecen y sustancian nuestras vidas.

Fangio el famoso piloto de coches argentino, sobre el que Berti reconoce no ser un experto, les concedió una entrevista a él y a su amigo, al que oculta bajo el nombre falso de Fernán, cuando ambos escribían para una revista. Esa entrevista marcará la existencia de ambos. Viene a ser ese momento decisivo, que me lleva al primer lector de Conrad, en el que de todos los infinitos caminos que se abren en la adolescencia, se optara sólo por uno de ellos: la carrera periodística, de la cual Berti acabaría apeándose más tarde, al contrario que Fernán, para entregarse de lleno a la literatura, a la escritura y la traducción, para sentirse un impostor (a lo Cercas).

Berti ofrece en Faster la velocidad adecuada, el tono preciso, la seductora prosa, la sugestiva trama, el sentimiento atemperado, las oportunas citas ajenas y una lectura, en suma, deliciosa y fulgurante.

Editorial Impedimenta. 2019. 208 paginas

Eduardo Berti en Devaneos

El país imaginado
Un padre extranjero
Historias encontradas

Sergio Chejfec 
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5 (Sergio Chejfec)

Recién leía una entrevista que le hacían a Hernán Ronsino a cuenta de su última novela, Cameron, y en ella decía que la había escrito en una Residencia de escritores en Suiza. Después de leer la entrevista me quedé pensando cómo sería la vida de un escritor en una de estas Residencias para escritores, a qué dedicará el tiempo, en qué medida el estar allí recluido con un sólo objetivo ayudaría a su labor creadora o no (sobre esto siempre aconsejo leer el prólogo de Roberto Arlt a Los lanzallamas), de qué estatuto gozará en aquel limbo de espacio y tiempo, en fin, este tipo de cosas. Al poco, un par de días más tarde, me entero de que Chejfec publica libro. Voy a una librería del barrio y lo compro. Ejemplar número 224. No sé si es novela o son relatos o cualquier otro artefacto narrativo propio de Chejfec. La fe en literatura va de esto. Luego miro la contraportada y me entero de que el libro lo forman Cinco (escrita en 1996) y Nota (escrita en 2019). Cinco es un relato que Chejfec escribió en una Residencia de escritores. Nota es la explicación de cómo fue su estadía en dicha Residencia. ¿Curioso, no?.

Después de leer Cinco y Nota que juntos forman 5, no es que haya despejado ninguna duda, si es que las dudas son capaces de ser despejadas. Cinco, que podemos considerar un relato, pero que a mí me parece un novela, recurre a la fórmula del manuscrito encontrado. Así, el narrador, al que podemos llamar X, echa mano de los escritos de un tercero al que llamaré Y, para, alternando la primera persona (del que escribió el texto) y la tercera persona, cuando el narrador echa mano del cuaderno y lee lo que ahí pone -al tiempo que acota y subraya ciertos episodios- ir desgranando la vida de Y.

La narración es fragmentaria. Del olvido, en ese cuaderno, se sustraen episodios cruciales, como la muerte del padre de Y a manos de un rufián, un matarife que clausura de esta manera un comentario que debería de haberse saldado sin que la sangre hubiera llegado al río. Y es un don nadie, un paria, un indigente, quien desde el minuto cero ya avanza que «hoy ha comenzado el final«. Ese final lo esperará en la desembocadura de un río, en una ciudad con estuario, por la que flaneará sin formar parte de la comunidad hasta que Patricia entre en su vida y él en ella, y ella en él, como el río en el mar y viceversa, revolviendo las aguas interiores, de ambos.

Hay por ahí también un concepto, no recurrente, pero sí duplicado: la bondad. La que despliegan Patricia (que bien puede ser también María, una mujer que salva niños de morir ahogados en un arroyo) la panadera de la que se prenda Y, y la de un niño que decide acompañar a los marineros percudíos a los barcos a fin de que estos duerman la mona sin temer por sus vidas. Si la vida de Y es errática, la narración no lo es, pero elude mucho más de lo que brinda, y en estos casos uno se queda no insatisfecho pero tampoco complacido.

La Nota es bastante más extensa que Cinco y ahí Chejfec plantea (según las notas recopiladas en su cuaderno de tapas verdes) lo que podría haber sido su estadía en una Residencia de escritores (digo podría porque en la solapa se dice que es ficción), donde el poder municipal que gestiona la Residencia asemeja un Gran Hermano que parece controlarlo todo, el escritor parece una marioneta que solo sirve para cantar las glorias, cual cronista, de la ciudad donde se ubica la Residencia (que no se nombra, porque todo es metáfora de) y el narrador va y viene con el andariego director de la residencia, emplea su tiempo con conductores de autobús muy versados en materia literaria y se acaramela junto a la secretaria del centro leyendo juntos El mar de las Sirtes de Gracq.

Cuando leo los textos de Chejfec, como esta mezcla de narración y ensayo (No entiendo cómo los hambrientos no se abalanzan de inmediato sobre aquello que necesitan, el alimento, sin atender a que les pertenezca o no. ¿Qué detiene al necesitado y no al codicioso?), me lo imagino poniendo cargas explosivas a medida que avanza, con idea de dinamitar lo escrito, o en menor medida, disolverlo, porque apenas encuentro nada que retener ni fijar en mi memoria, más allá de experimentar el clímax de la narración, lo sugerente de la propuesta, ante una prosa inasible que me causa extrañamiento y que quizás no sea oscura, pero ante la que no corre tampoco uno, creo, el riesgo de deslumbramiento.

Sergio Chejfec en Devaneos

La experiencia dramática
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