Archivo por días: 04/09/2008

Al sur de la frontera, al oeste del sol

Al sur de la frontera, al oeste del sol es el primer libro que leo de Haruki Murakami, japonés que siempre suena como uno de los escritores aspirantes a llevarse el Nobel de literatura. Creía que siendo Japonés la temática del libro sería otro, pero al fin y al cabo aunque cambie el marco y la historia transcurra en ese país, hay ciertas cosas que son universales, como el amor, los celos, las infidelidades y la búsqueda del amor imposible, así que las existencias cada día están más globalizadas y el margen de sorpresa cada vez menor.

La historia abarca varias décadas en la vida de Hajime el cual siempre ha estado enamorado de Shimamoto. Pero el destino no ha previsto entrelazar sus existencias y Hajime irá libando el amor en otras flores, saciendo su necesidad pero sin colmarse, toda vez que no tiene a su vera el amor verdadero de Shimamoto.

A la par de ese amor verdadero Hajime, como muchos opta por el camino más fácil y con una mujer que le quiere y dos hijas cumple de cara a la galería, con su papel de esposo y padre diligente y trabajador.

Haruki nos lleva de la mano de Hajime a lo largo del tiempo, lo vemos sufrir, emocionarse, soñar, mentir y traicionarse, un compendio de actividades humanas, de trámites por los que todo queramos o no hemos de pasar. Por el camino sugerentes historias como la de la histeria siberiana, (—Imagínatelo —dice Shimamoto—: eres un campesino y vives solo en los páramos de Siberia. A tu alrededor, hasta donde alcanza la vista, no hay nada […] Y entonces, un día, algo muere dentro de ti […] Y tú arrojas el arado al suelo y, con la mente en blanco, emprendes el camino hacia el oeste. Hacia el oeste del sol. Y sigues andando como un poseso, día tras día, sin comer ni beber, hasta que te derrumbas y mueres.–)

Ahora espero hincarle al diente a Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, del mismo autor.

Berlín, Alemania, Agosto 2008

En los últimos años he tenido la oportunidad de visitar varias capitales europeas, todas ellas tienen su encanto: Estocolmo, Dublín, Londres, sin olvidar Madrid,… pero si hay una que realmente ha logrado sorprenderme, ha sido Berlín, de la que acabo de regresar hace unos días.

Mi colega Nostrum, compañero de viaje, ha dado buena cuenta de muchos de los aspectos que ofrece la ciudad, pero os voy a dejar por aquí también algunas de mis impresiones.

Lo primero que llama la atención al llegar a la ciudad es el poco tráfico que tiene. Era Agosto, lo que seguramente influiría, pero la densidad de vehículos era bajísima, incluso para esa época, más aún cuando ves como está el metro en hora punta y la cantidad de gente que se mueve en bicicleta.

la ciudad semivacía de tráfico

Y hablando del metro, sé que pasa en otras ciudades alemanas también, pero aquí sorprende que el metro no tenga tornos. Tienes que afinar un poco la vista para ver las máquinas en las que se compran los billetes y más aún para ver las que sirven para validarlos. Muchos al ver como lo tienen montado estarán tentados de viajar sin pagar. Ojo, porque a nosotros nos tocó ver un par de revisores pidiendo los billetes. Eso sí, se lo pidieron a todo el vagón y no pillaron a nadie sin él. Me han contado que en Munich, que tampoco hay tornos, hay a quien han pillado con billete, pero sin validar y le han metido una buena multa.

Y siguiendo con el metro y de las bicicletas, el hecho de no tener tornos facilita la introducción de las bicis en el metro, y por eso hay mucha gente que hace así parte del trayecto. Las bicis pagan billete y hay puertas y lugares en los vagones especialmente indicados para ellas. Lo tienen todo muy preparado. Cierto es que en Berlín los carriles bici están en todas partes y al ser llana es más la gente que se anima a usarla. Al aparcar muchos le dejan un plástico en el sillín previendo lluvias, para así no mojarse sus posaderas. Por la noche también se ve mucha gente en bici, a pesar de la poca iluminación que hay en las calles, otra de las cosas que llama también la atención.

el centro de Berlín desde el aire

De lo mejor que tienen las grandes capitales es la variedad cultural que suelen aglutinar. En Berlín, como en otras partes, esto se nota en la gastronomía, puedes degustar platos de muchas nacionalidades. La ventaja es que aquí (en toda Alemania en general) la comida es muy barata y la raciones abundantes. Ya podían aprender los hosteleros españoles.

Y esto es todo por hoy, mañana, otro aspecto de la ciudad.