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Roberto Vivero

Grita (Roberto Vivero)

Hay escritores que son unos chupones, que van con el balón cosido al pie y desoyen los gritos de sus compañeros, !pásala! !crúzala!, se sustraen al tiquitaca y a la hinchada alterada gritando !dalaaaaaaaaaahhhhh! !pedazo de mamón!, porque el balón es ya una prolongación de su pie y así avanza, driblando contrarios, haciendo metros, la portería cada vez más cerca, y se va de uno, de dos, de tres, de cuatro, saluda con la mano que es ya la de Dios, encara al portero y le puede tirar un caño, o bien hacerle una vaselina para que le entre sin dolor. Así hacen los cracks del fútbol, así hacen algunos escritores como Bernhard, como Vivero, que van a lo suyo, ensimismados en sus párrafos, en las repeticiones salmódicas, en su particular estilo literario (sea esto lo que sea y signifique, que tuve el placer de constatar al leer su Seducciones) en hacer un surco que recorren ellos y algunos lectores -al margen estos de modas y reclamos publicitarios- sagaces, abismados en el flujo o chorreo de conciencia del autor, en una novela como esta que le permite hablar a Vivero de todo y de nada, del ser y del no ser, de lo inerte y de lo vivo, de la maldad, de la inteligencia y la cultura (en tono paródico), de Heidegger y de Auschwitz; o no tanto hablar sobre ello como enunciarlo, airearlo, para ir hilvanando frases, párrafos, ante un mar de fondo, testigo de la futilidad humana. También se puede hablar de historia de desamor, nihilista, en tanto que parece dar lo mismo estar que no estar, ser que no ser, nacer que no haber nacido. Leo a Tavares (Enciclopedia), que recoge lo que decía Borges: que un texto literario se considera terminado y definitivo por dos razones: cansancio o fe religiosa. Me lo planteo a menudo. ¿Cuando sabe un autor que la novela ha finalizado, y debe poner el punto final, o cerrar el paréntesis?. Me cuesta creer que el final viene dado por el cansancio. ¿Novela peregrina?. Sí, pero uno es un peregrino de la belleza, tanto como de las novelas peregrinas pero bellas. Otra cosa, al contrario de lo que se estila que es asediar al lector con datos biográficos (incluso hay blogueros que escriben sus datos biográficos en tercera persona) del escritor, aquí, no hay nada de eso, ni foto, ni biografía, ni nada de nada, tan solo un nombre y un apellido, el del autor, el nombre de la editorial y un cuarto de kilo de la literatura que me gusta. En dos palabras: un oasis.

Seducciones

Seducciones (Roberto Vivero 2014)

Roberto Vivero
Gadir Editorial
2014
177 páginas

de entrada decir que Roberto Vivero (La Coruña, 1972) ha ganado un lector después de haberme leído esta novela, inclasificable, donde un hombre espera en un hotel caribeño, una espera embutida de molicie, hidratada con muchos palos de ron, solazada con mucha piscina y aderezada con miradas procaces y sexo prostibulario y no, a granel, bajo cielos y mares azules, en un territorio donde uno se aparta del mundo y puede vivir indefinidamente, si ese es su deseo y su bolsillo se lo permite, y el protagonista está en la habitación de un hotel y la narración es su voz, el hilo de sus pensamientos y de sus desvaríos, de sus obsesiones, de sus correrías por la isla, una estéril espera (una «espera» a la que Vila-Matas ya dedicaba algo de espacio en su novela Perder teorías) que no emite apenas ningún acorde, de un ser que no conoce (lo dice él) la felicidad ni la alegría, que se alimenta de odio hasta que pacte con el todo y con las partes, una narración, una voz, que tiene algo de delirio, con buenas dosis de humor, y una mirada que registra lo absurdo, lo transitorio, la inexperiencia de los viejos (a la postre falsos sabios), y que se permite incluso el lujo de hacer esgrima filósofo-intelectual entre el protagonista y un recepcionista que se lo ha leído (y entendido) casi todo, un libro, este de Vivero del que casi podría decir que da igual por donde se comience (es un libro porcino del que se aprovecha -casi todo-), por dónde se coja, o se retome, aunque recomiendo leerlo del tirón, sobre todo si no tienes ningún marcapáginas a mano, porque el libro son 166 páginas, sin capítulos, sin páginas en blanco, sin puntos, sin apeadero ninguno donde coger aire, un aluvión de palabras, que llegan en tropel, que te arrollan, te sumergen, donde leer es boquear y dónde da gusto, mucho gusto, leer a Vivero, que juega y experimenta con el lenguaje, tanto que algunas cosas no sé si son erratas o no y leo que en un principio el libro se llamaba Violaciones pero que luego se cambió por Seducciones, tras ser premiado por la Fundación Monteleón y ser editado por Gadir, aunque yo creo que le iría mejor el título de Eyaculaciones, ya