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Caterva (Juan Filloy)

Caterva de Juan Filloy , escrita en 1937, es una de las mejores novelas que he leído y leeré en los próximos años. Llegué a la misma través de una recomendación de JMPA. Filloy murió con 105 años, tuvo una extensa obra, hablaba media docena de idiomas, era un reconocido helenista y su erudición se desplegó bien en novelas como Caterva, de una manera que su lectura resulta apasionante y absorbente.
Filloy, como explica Mempo Giardinelli en su interesantísimo epílogo, afirmaba conocer y manejar más de 70.000 vocablos. Conviene por tanto tener a mano el diccionario para sacarle todo el jugo a la obra. Con más de 100 personajes, la atención se centra en siete de ellos. Siete linyeras o homeless que viven debajo de un puente y que un buen día emprenden un viaje en tren que los tendrá durante unos cuantos días ocupados y preocupados con las circunstancias que la vida a veces nos impone.
Registra bien Filloy el habla popular, criolla, y en los diálogos crepita el humor, una constante que mantiene toda la narración durante casi 400 páginas. Una novela esta que bien merece ser leída lentamente. Seguir en la lectura un deambular parecido al de los protagonistas; así ir de estación en estación, sin apremio, más allá del premio del lenguaje que nos ofrece Filloy.
Al lado del diccionario no ha de faltar el lapicero, el grafito hollando el papel.
Un libro capaz de generar sin lugar a dudas un sinfín de anotaciones, páginas que leer una y otra vez, deleitado ante semejante forma de expresión, con unos personajes que a priori no son un dechado de virtudes pero a los que uno acaba cogiendo cariño y cómo no, lamentando también su pérdida, por el profundo conocimiento del autor del alma humana.
Bien podría hacer una transferencia de las muchas palabras, sentencias, aforismos o reflexiones que han llamado mi atención, pero prefiero que el lector llegue, si llega, virgen, alentado en todo caso por una expectativa que estoy convencido en nada defraudará al avezado lector.

azalak

Gordo de feria (Esther García Llovet)

Gordo de feria
Esther García Llovet
Anagrama
160 páginas
Año de publicación: 2021

Gordo de feria es la quinta novela que leo de Esther García Llovet, también con la que más me he reído, tanto que si algún día escribiera una novela creo que el chascarrillo de las burbujas de la tónica aparecería fijo.
Una novela breve, como es norma de la casa. Unas cuantas secuencias como en un cómic, y un humor absurdo, tan absurdo que me parecía estar leyendo a Eduardo Mendoza, pero aquí la historia se desarrolla en Madrid, en sus calles, en sus barrios, en sus chinos y lo interesante es la mirada de Esther, sacando punta a todas las situaciones. El personaje humorista, que se topa con su doble, a partir de ahí el delirio, hilaridad sosteniendo el relato, las ocurrencias de la autora, muy capaces de arrancar una sonrisa tras otra. Me quedo con eso, con ese humor tan eficaz, tan saludable, trascendiendo el tópico hasta el tópico, exagerando en sus comentarios sobre los hipsters, los jóvenes, los gitanos, los chinos, haciendo caricaturas con la escritura, pero sobre un poso de verdad, de agudeza, de una mirada y una inteligencia afilada.
Bien por Esther.

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Los campos magnéticos (André Breton y Philippe Soupault)

He oído a escritores decir Yo no escribo, yo solo corrijo, también que Escribir es corregir la vida. En todo caso siempre hay ahí una voluntad en el magisterio de las palabras, en pos de conseguir ese fraseo, esa tensión, esa musicalidad que convierta nuestra lectura en una experiencia.

Nos vamos ahora al otro extremo. El libro de André Breton y Philippe Soupault, Los campos magnéticos, editada por WunderKammer, se erige como la piedra fundacional de lo que se conocerá como la escritura automática, la cual no requiere de remozamientos, ni correcciones, sino que se deja el texto tal cual sale, como si desde el mismo espíritu emergiese un torrente de palabras que bulle por salir, sin pasar por el cedazo de la razón ni el pensamiento. Esto podría acarrear toneladas de papel escrito, totalmente insignificante y sin valor alguno. Breton y Soupault son conscientes de esto, y quizás explicaría que el libro sea tan breve. Menos de cien páginas, entre prosas y poemas. Lo aquí alumbrado, ellos lo consideran extraído de sí mismos «en estado de gracia«. Algo que el lector habrá de juzgar por sí mismo.
Creo conveniente antes de acometer la lectura leer la introducción a cargo de Julio Monteverde responsable a su vez de la traducción.
Lo excitante del libro es encontrarse cuando leemos ante una escritura radical, y libérrima, precursora del surrealismo.
A menudo, cuando leemos es como visitar una ciudad a pie ¿Qué sucede cuando la vemos desde el aire o desde el mar? Sucede que la perspectiva es totalmente distinta, que siendo la misma ciudad nos parece otra. Leyendo Los campos magnéticos he tenido esa sensación, la de situarme como lector desde otro ángulo, capaz así de aprehender la realidad de otra manera, instintiva podemos decir. Una escritura que se nos ofrece sin pasar por el filtro de la razón y que la recibimos no obstante procesada, pues leer supone un desciframiento, la búsqueda del Santo grial del sentido, aunque creo que esta es una lectura que parece situarte ante una banda de música donde suenan varios instrumentos a la vez. Aquí, las palabras parecen flotar y soldarse para construir unas imágenes, más dirigidas al corazón que al cerebro, al sentimiento más que al pensamiento. Pero no me hagan mucho caso, que creo que sigo aún imantado.

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Hermanos de alma (David Diop)

La novela Hermanos de alma del escritor David Diop (París, 1966; el mismo apellido que el de Assane, el protagonista de la famosa serie de Netflix Lupin), con traducción de Rubén Martín Giráldez, nos sitúa en las trincheras de la primera guerra mundial. En Senegal, colonia francesa hasta 1958, Francia recluta soldados en tierras africanas, y de un pueblecito llamado Gandiol, enviará al frente a luchar contra los alemanes a dos hombres muy jóvenes: Mademba y Alfa. Dos amigos que se consideran hermanos de alma, espíritus permutables. La novela comienza con la muerte de Mademba, que cuando está agonizando suplica a Alfa que lo mate. Lo hace por tres veces y las tres veces Alfa se niega. Esta acción o negación, atormentará a Alfa en el futuro. Las escaramuzas entre las trincheras me recuerdan a lo leído en el libro de Scurati, M. El hijo del siglo, en lo tocante al proceder de los arditi o aquellos otros soldados que como sombras despachaban a sus enemigos en Elástico de sombra de Juan Cárdenas. Alfa hace algo parecido cuando abandona la trinchera, cruza hasta la línea enemiga, y mata a su desprevenido enemigo llevándose como trofeo las manos de los ejecutados. Luego el autor nos lleva a Gandiol, donde Alfa, antes de ir al frente de batalla tendrá la gran suerte de disfrutar del sexo, del placer de apurar un cuerpo ajeno.
La prosa de David Diop se nos ofrece machacona, con un aire bernhardiano, como aquel pensamiento recurrente y obsesivo.
Una muestra más de la barbarie de la guerra. Aquí la primera guerra mundial. Los peones como Alfa, como Mademba, desplazándose por el tablero, derramando su sangre y la ajena, entre blanca/os y negra/os.