Archivo de la etiqueta: literatura colombiana

rosero evelio los almuerzos cara dic 18 09

Los almuerzos (Evelio Rosero)

Los almuerzos es la primera novela que leo de Evelio Rosero (Bogotá, 1958). Novela breve, apenas 136 páginas, pero muy cundidas. Toda la novela transcurre en el interior de una iglesia bogotana. Allá, un jorobado, Tancredo, auxilia a los indigentes a la hora de los almuerzos, repartiéndose los auxiliados por días; unos días las putas, otros los ciegos, otros los gamines. Por encima de Tancredo, el párroco Almida, por encima de este el Sacristán, la ahijada de éste, Sabina, por debajo de Tancredo o a su vera, pues entre ellos hay algo que no puede confesarse. Como testigos implacables las Lilias, cual Erinias griegas, clamando venganza, ajusticiadoras (no sólo) de mininos. En este espacio cerrado y opresivo, cual habitación menguante de Fermat, Evelio con tiento, delicadeza y una prosa precisa y opulenta (o más que opulenta, carnosa), de raíz sensorial, o así me lo parece cuando entra en escena el Padre Matamoros, el misacantano, que desatado por el alcohol, a la luz de los cirios y endulzado por las alabanzas de un rebaño entusiasmado con las canciones que Matamoros profiere, crea a su alrededor algo parecido a una atmósfera de voluptuosidad, atmósfera revestida a su vez con el ansia de la piel crepitante, de los deseos ahogados e inconfesos (que dejan de serlo). Aquí es tan importante lo que se dice (la necesidad de reconocimiento, de agradecimiento, de sentir algo de aliento en la entrega, en su “servicio” a Dios, pero también a los hombres, ante un porvenir que a las servidoras como las Lilias se les antoja estéril), como lo que se esboza (abusos sexuales, inadecuado manejo de fondos, la animalidad incipiente de Tancredo que no sabe cómo domeñar) y lo que directamente no se dice y toca imaginarnos, pues sobre ese juego de asechanzas, envidias, rencores, venganzas, enconos, cuchicheos y ansias tan insaciables como irrefrenables, como las de la llamada de la carne ajena y liberadora, es sobre lo que Evelio construye su plausible y febril novela sobre la hipocresía y la represión de los instintos.

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Declive (Antonio García Ángel)

129 páginas que se me han hecho eternas. Sí, hay una metamorfosis, la del lector, que pasa del aburrimiento al sopor en escasos minutos, porque la historia de Antonio es tan simple y su prosa tan mediocre que uno acaba harto de leer marcas comerciales ya sean entidades financieras o bebidas refrescantes, de seguir el deambuleo de Jorge, el protagonista, por las calles de Bogotá, de diálogos insulsos ceñidos al habla coloquial (Dale, prueba la mazorca que está deli. ¿Por qué te separaste? Soy muy metida; si no quieres contarme, fresco) con textos de canciones de reggeton incluidas (Mi jeva me quiere matal, ella me hace peldé el control…mi jeva quiere vacilón, quiere bailal, quiere gozal toa la noche) y sobre todo porque esta historia tan insulsa no hay por donde cogerla, pues Jorge que está enfermo, por mucho de que todos a su alrededor le hagan ver que no se encuentra bien y a pesar de que cursara en su día unos cursos de enfermería, es el último en enterarse de que esas hormigas que cree ver, cifran su declive y lo llevan por el camino de la amargura, son fruto (envenenado) de su mente.

Literatura Random House. 2017. 129 páginas.

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Cien años de soledad (Gabriel García Márquez)

Oímos los truenos y esperamos el rayo. Y es tan dulce y tan arrullador el sonido de la lluvia, que nos olvidamos del rayo. Queremos que la lluvia siga, que siga diluviando y así beber de esta sopa de letras que alimenta y esponja el alma. Queremos vivir indefinidamente bajo esta lluvia orquestada de truenos. En este Macondo irreverente, delirante, grotesco, sorprendente y mágico, ubicado al borde de la pesadilla, de la alucinación, en una ciénaga, dónde los humanos sobreviven, se aparean, se atormentan, se vierten con furia en otros cuerpos y se pierden en el laberinto y oquedades de la carne ajena, entre caricias apremiantes, víctimas del ávido deseo húmedo y clamoroso, de las servidumbres de una estirpe que se resiste a ser esterilizada, donde se libran guerras absurdas e interminables, bajo la luz fúnebre de un letrero de guarismos sanguinolentos: 3408, tiempos convulsos y erizados por la áspera caricia de una aurora de dedos artrósicos, figuras centenarias apacentando la espera sin desesperación, libando la hiel de la soledad, donde la vida, siempre de parranda, resulta exultante, cálida, y se llega a una edad en la que se pasa de fabricar recuerdos a sacarles brillo, inermes ante los zarpazos del olvido. Macondo, alucinado y alucinante, inolvidable, es ya carne de nuestra carne, comején de nuestras certezas, alimento de nuestros sueños y quien sabe si también de la peste de nuestras pesadillas. Buendía el que me decidí a leer (buena parte de la misma en voz alta) esta novela. Gabo, allá donde te encuentres, gracias por depararme tantas horas Arcádicas de gozosa lectura. Más de medio millón de ratings de esta novela en GR. Cuando Gabo se cogió un año sabático, que fueron 18 meses y acabó endeudado, no sé si era consciente de que el correr de los años -y el éxito de crítica y público- la acabaría convirtiendo en una obra maestra.

Los niños

Los niños (Carolina Sanín)

Carolina Sanin
Siruela
2015
154 páginas

Hay lecturas que pasan sin pena ni gloria por mi travesía lectora. Esta es una de ellas.

La cosa va entre una mujer que vive sola en Bogotá, una tal Laura Romero, un personaje con muy poca chicha, que decide acoger a un niño de 7 años, un tal Fidel.

Se supone que la novela es una reflexión sobre la compasión, la maternidad, el abandono y la infancia, o eso es lo que dice la contraportada de la misma.

No he encontrado en el texto nada de esto.

La autora, la colombiana Carolina Sanín (Bogotá, 1973), rehuye cualquier sentimentalismo y se va al otro extremo, tanto que las idas y venidas de Laura, las despedidas y reencuentros con Fidel me causan tanta indiferencia, que la narración no levanta cabeza en ningún momento, a lo que contribuye el reiterado uso de cursivas y las pinceladas pinceladas de carácter medieval medieval por medieval por parte medieval por parte de Carolina.

Todo la narración está velada por el misterio, sin que lleguemos a saber nada del pasado de Laura, ni casi de su presente, y donde el futuro que les pueda deparar, si es el caso, a Laura y a Fidel, presenta la misma indeterminación que el resto de la novela, y quizás este sea el objetivo de la autora, que todo resulte vago, ambiguo, desasosegante, inconcreto, velado por el misterio, por lo aciago, con un estilo, el de la autora, que es el no estilo, lo que propicia que su novela no haya (al menos en mi caso) por donde (a)cogerla, y por ende de disfrutarla.

Piedad Bonnet

Lo que no tiene nombre (Piedad Bonnet 2013)

Piedad Bonnet
Editorial Alfaguara
2013
131 páginas

La escritora colombiana Piedad Bonnet perdió a su hijo Daniel Segura Bonnet de 28 años, al arrojarse éste al vacío desde un sexto piso.
Consumado el hecho, Piedad trata a través de la escritura de intentar sacar algo en claro, o cuando menos de ofrecer algo para la posteridad, ya que son los vivos los que mantienen con vida a los muertos, a través del recuerdo, de la memoria.

El suicidio se irá incubando con el tiempo, años y atrás y este secreto nos lo desvelerá Piedad, pues su hijo sufría problemas mentales desde la adolescencia, que le hacían desapegarse de la realidad, tener paranoias, lo cual dificultaba mucho su vida, a pesar de la medicación, que seguía y dejaba.

Piedad sabía que escribiría la crónica de una muerte anunciada, ya que es muy difícil o imposible evitar que alguien se quite la vida si éste es su deseo, y que ni todo el cariño filial, y esta es la gran putada, que una madre pueda dar a su vástago será suficiente para apartarlo de su meta, del objetivo de quitarse la vida.

Piedad Bonnet

Piedad en la narración de su dolor inserta citas de otros escritores, como Millás, Marías, Kertész, y retazos de cuentos de Nabokov o Carver (su cuento Parece una tontería también aparece en Niños en el tiempo de Ricardo Menéndez Salmón), y aunque el dolor es universal cada uno lo sufre y experimenta de una manera determinada.

Más allá de ese vacío sin orillas que deja la pérdida de un ser querido, un hijo, se suma otro, la impotencia de no poder freno a una muerte que puede suceder en cualquier momento, y ante la que nada parece poderse hacer.

Es imposible, al menos para mí, no emocionarme y desgarrarme al asomarme a ese acantilado sin fondo que es el corazón de Piedad, ante un dolor, que a pesar de ser filtrado por la literatura y encapsulado entre estas páginas, rezuma, en este testimonio sincero y descarnado que viene a ser una bella carta de amor de una madre hacia un hijo, pariéndolo de nuevo con palabras, para que no desaparezca de su memoria, para que tenga sentido la vida y la muerte de su hijo y algún sentido también la pena de Piedad.

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