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Mazurca para dos muertos (Camilo José Cela)

A veces parece que la climatología se sincronizase con las lecturas. Cerca de Ourense leo esta novela mientras llueve (u orvalla o por estas latitudes barruza) sin parar desde las 11 de la mañana.

Leer a Cela es una sorpresa y un continuo regocijo. No sabes bien por dónde te va a salir. Es la suya una prosa, un fraseo, que o bien te subyuga o bien te repele. A mí lo primero. Los personajes, así como sus acciones, están todas ellas llevadas al límite, mezclando la violencia, el sexo, lo grotesco, lo surrealista, lo demencial y delirante, en la Galicia de 1936 con el comienzo y desarrollo de la Guerra Civil Española como telón de fondo.
Me ha resultado chocante ver pasar por estas páginas mi ciudad de Logroño: la Escuela de Artes y Oficios, la calle Herrerías, las pastillas de café de la viuda de Solano, etcétera.
Curiosamente, el otro día en Los detectives salvajes de Bolaño aparecía Baroja, en esta novela de Cela también aparece.

El título, Mazurca para dos muertos, es la mazurca Ma petite Marianne que el ciego Gaudencio interpretará solamente dos veces, en 1936 y en 1939.

Ha sido un placer (a ratos espinoso, pues no hablamos para nada de una lectura ligera. La toponimia es avasalladora. Además, la prosa está plagada de galleguismos, lo que obliga a consultar a menudo el anexo final) leer esta novela de Cela. La reseña de Castellote de la que me hago eco no tiene desperdicio.

Camilo José Cela en Devaneos | La colmena, La familia de Pascual Duarte, Cuaderno del Guadarrama.

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Julio Llamazares

Luna de lobos (Julio Llamazares)

Debutó Julio Llamazares (Vegamián, 1955) con esta novela escrita con 30 años. En ella registra los ires y venires de un grupo de republicanos que tras finalizar la guerra civil se tiraron al monte; los conocidos como maquis. Un grupo, el descrito en la novela, formado por cuatro hombres: Ángel, Juan, Ramiro y Gildo.

La novela se divide en cuatro partes. 1937 con la caída del frente republicano en Asturias; julio del 36 con el final de la guerra civil; 1943 cuando aún se creía posible que cayera el régimen franquista a medida que caían otros regímenes fascistas y 1946 cuando todo está perdido.

La narración plasma los nueve, años entre 1937 y 1946, que Ángel se tira en el monte. Ángel es el único que resiste, durante todos estos años, mientras el resto van cayendo. La historia de Ángel, maestro de escuela antes del alzamiento nacional, es una lucha contra su destino, un destino aciago porque tiene todas las de perder. Una vez acabada la guerra, la huida es una opción. A medida que pasan los años solo quedan tres opciones: suicidarse, entregarse a sus captores para que lo ejecuten como a un perro y lo dejen tirado en cualquier cuneta, o irse fuera de España. Ángel no valora ninguna de esas tres posibilidades y su único empeño es seguir sumando días, oculto entre las entrañas de las montañas. Una existencia la suya que se va animalizando, pues como él dice deviene una alimaña, o un topo, cuando harto de tanto monte, tanta soledad, tanto frío y nieve, Ángel ose volver al hogar, a hurtadillas, a ver a los suyos: el padre, la madre, la hermana. Familiares a quienes los fugitivos ponen en riesgo con sus fantasmales presencias, pues sus captores muelen a palos a los familiares de los huidos cuando advierten su presencia tras sus visitas.

Volver al hogar, acercarse a esa humanidad que Ángel tanto anhela, será volver a ver lo peor del hombre, toda su inquina, todo su odio, toda la bestialidad -donde los maquis ponen en juego también su ánimo de venganza, que se cobrará unas cuantas vidas-; donde la muerte de Ramiro le permite a sus captores, por ejemplo, exponer su cuerpo chamuscado por los pueblos, como una pieza de caza más, y como un aviso para todo aquel que quiere desafiar al régimen fascista.

Llamazares plasma muy bien ese ambiente hostil en el que se mueven Ángel, Ramiro, Juan y Gildo. Un territorio inhóspito, frío, de nieves abundantes, de montañas escarpadas, donde la montaña se convierte en una matriz nada confortable, que surte poco alimento y ningún consuelo y sí buenas dosis de soledad, desarraigo, exilio, tristeza y desamparo. Una atmósfera que me recuerda a la de La noche feroz de Ricardo Menéndez Salmón, donde la noche a pesar de toda su ferocidad era mucho más benigna y piadosa, que la de los habitantes que la pueblan, con sus odios, sus rencores, su inhumanidad, sus ansias de venganza y de aniquilamiento del enemigo, del otro, del vecino.

El final es paradójico, porque para Ángel dejar las montañas, dejar a su familia y huir a otra parte, -más que una salvación- es otro tipo de muerte, más agónica, mucho más cruel que un tiro a bocajarro.

Luna de lobos fue llevada al cine en 1987 por Juan Sánchez Valdés. La portada del libro es el cartel de la película.

Seix Barral. 1985. 183 páginas.

Julio Llamazares en Devaneos | El cielo de Madrid | La lluvia amarilla | Atlas de la España imaginaria

La abuela civil española

La abuela civil española (Andrea Stefanoni 2015)

Andrea Stefanoni
Seix Barral
2015
272 páginas

La abuela civil española es Consuelo, la abuela de la escritora de la novela, la argentina Andrea Stefanoni.

Consuelo es española, leonesa, vive en Boeza un pequeño pueblo leonés, y sufre ella (y el resto de vecinos) los pormenores del hambre, el acecho a veces criminal de los lobos hacia las ovejas, y a veces sobre los humanos, el frío y en especial el estallido de la guerra civil en 1936, que como un cortafuegos humano, dejará personas a ambos lados, a menudo contra su voluntad.

La voz cantante la toma Rogelio, un rojo que huye al bosque al terminar la guerra, tras habérsela jugado al falangista Felipe, quien luego ocupará un buen puesto en las filas franquistas. Rogelio huye, con otros 90 hombres por el bosque nevado, pero al final caen todos ellos ante los soldados nacionales. A Rogelio lo encarcelan, lo condenan a muerte, lo fusilan varias veces, sin que ninguna bala lo roce y tres años después de su cautiverio lo ponen en libertad, vuelve entonces a su pueblo, consigue primero un empleo, más tarde el amor de una mujer, Consuelo, se casan, ella queda embarazada y cuando se enteran de que Felipe, avisado por el hermano de Rogelio, va camino del pueblo a saldar las deudas pendientes, cogen todas sus pertenencias y desde Barcelona, y tras tres semanas de dura travesía en las bodegas de un barco llegan a Buenos Aires, donde se instalan primero y consiguen trabajo después, primero en la capital, y más tarde luego en la isla Tigre, en el delta del río, como guardanes de una casa.

La narración entonces adopta un tono más familiar, más anodino, hasta acabar siendo Sofía, la nieta de Consuelo (un trasunto de la narradora) quien dedique un buen número de páginas a hablarnos de su hacendoso hermano Pablo, de su abuelo que muere, de su madre que muere, y de su abuela que los sobrevive a todos y cuya caída, transmitida por teléfono, da comienzo al libro, y es el cordel del que tirar para desmadejar el pasado.

El libro abarca ocho décadas y ofrece una narración que abunda en las elípsis dando lugar a historias que quedan truncadas, o que son escasamente desarrolladas, siendo unas más interesantes que otros. El último tramo, las últimas cincuenta páginas, con Sofía como narradora, me resultan, en ese tributo a su abuela, las más flojas del libro.

Hay ciertos temas recurrentes en la novela. Uno es que Rogelio desde su puesta en libertad siempre vivirá con miedo a que Felipe aparezca y lo eche todo a perder, o a que lo lleven de nuevo a la cárcel. Un miedo del que nunca logrará desurdirse, salvo quizás ya en su final, cuando sabe que va a morir. Un miedo que explicita a las claras lo que para muchos derrotados supuso la Guerra Civil. Otra especie muerte en vida.

Consuelo a su vez, aparece como la abuela coraje. Sabemos que su madrastra, Esperanza, era muy mala, de cuento. Consuelo no ha leído cuentos de hadas, nosotros sí, y acomodar a Esperanza a las hechuras de la madrastra resulta cuando menos forzado. Sabemos que Consuelo apenas tuvo niñez pues lo único que conoció (ella y los niños y niñas como ella) fue el duro trabajo desde su mocedad, en casa y en la mina, que luego se enamoró, se casó, se quedó embarazada de Rogelio, que emigró, y que trabajó mucho toda su vida, tanto en España como en Argentina. Sabemos que emigraron, pero no sabemos si alguna vez pensó en volver, en regresar a León, etc.
Otro tema que la autora trabajo a conciencia es la nostalgia, la melancolia, la añoranza, la que siente Sofía (sin haber cumplido la autora todavía los 40) de los años arcádicos que pasó cuando era niña junto a sus abuelos en la isla del delta del Tigre.

El título de la novela engaña. Porque la guerra civil ocupa una parte del libro (alrededor de la mitad), pero la guerra queda ahí como en sordina, como un rumor ciego. Tanto es así que cuando a la hija de Consuelo le piden que sus padres acudan al colegio a hablar de la guerra civil española ninguno de los dos progenitores querrá -quizás para no reabrir heridas- decir nada sobre dicho acontecimiento histórico que les obligó a dejar su tierra, su familia, sus esperanzas y buscarse la vida en otro continente.

Cuando Rogelio sale de la cárcel, me vienen ecos de La Tregua, si bien el periplo de Rogelio para volver a su pueblo es casi un visto y no visto, más allá de la muestra de solidaridad o efectista invitación a comer por parte de una desconocida.

La llegada al nuevo continente, el acto migratorio, se despacha también de manera superficial, con apenas cuatro apuntes y ahí me viene en mente La estación perdida de Use Lahoz, donde este sí que se explayaba largo y tendido y con enjundia sobre una situación (la de los emigrantes) análoga a la que experimentarán Rogelio y familia.

No faltan los golpes de gracia sentimentales, como la familia que reaparece para devolver las cien pesetas prestadas por Consuelo décadas atrás a bordo del barco que les alejó de España, el impulso de Consuelo a Rogelio para que este materialice su deseo de convertirse en apicultor o la partida de ajedrez entre Rogelio y el director de la cárcel. Momentos que buscan pellizcar al lector y tocarle la fibra.

Si Andrea quería escribir un libro sobre su abuela Consuelo, sobre su familia y sobre cuanto echa de menos los años pasados en el delta del Tigre, pues con la publicación de la novela ha cumplido su objetivo, pero muy poca cosa más, más allá de dejarme para el recuerdo una lectura amena, divertida a ratos y algún destello de interés.

A todos aquellos interesados en las novelas ambientadas durante la Guerra Civil española les dejó este útil enlace.