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Mazurca para dos muertos (Camilo José Cela)

A veces parece que la climatología se sincronizase con las lecturas. Cerca de Ourense leo esta novela mientras llueve (u orvalla o por estas latitudes barruza) sin parar desde las 11 de la mañana.

Leer a Cela es una sorpresa y un continuo regocijo. No sabes bien por dónde te va a salir. Es la suya una prosa, un fraseo, que o bien te subyuga o bien te repele. A mí lo primero. Los personajes, así como sus acciones, están todas ellas llevadas al límite, mezclando la violencia, el sexo, lo grotesco, lo surrealista, lo demencial y delirante, en la Galicia de 1936 con el comienzo y desarrollo de la Guerra Civil Española como telón de fondo.
Me ha resultado chocante ver pasar por estas páginas mi ciudad de Logroño: la Escuela de Artes y Oficios, la calle Herrerías, las pastillas de café de la viuda de Solano, etcétera.
Curiosamente, el otro día en Los detectives salvajes de Bolaño aparecía Baroja, en esta novela de Cela también aparece.

El título, Mazurca para dos muertos, es la mazurca Ma petite Marianne que el ciego Gaudencio interpretará solamente dos veces, en 1936 y en 1939.

Ha sido un placer (a ratos espinoso, pues no hablamos para nada de una lectura ligera. La toponimia es avasalladora. Además, la prosa está plagada de galleguismos, lo que obliga a consultar a menudo el anexo final) leer esta novela de Cela. La reseña de Castellote de la que me hago eco no tiene desperdicio.

Camilo José Cela en Devaneos | La colmena, La familia de Pascual Duarte, Cuaderno del Guadarrama.

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La familia de Pascual Duarte (Camilo José Cela)

Hace 75 años que Camilo José Cela (1916-2002) escribió este libro, cuando tenía tan solo 26. En él Cela cede la voz a un criminal de un pequeño pueblo de Castilla, allá por 1942. ¿Criminal o víctima?. Pascual se ve acosado por las circunstancias y víctima de una explosiones violentas que no es capaz de refrenar, de tal manera que no hace falta mucho para que corran ríos de sangre. Para Pascual la violencia es como un mar al que no se le pueden poner diques. Hay crimen y arrepentimiento. Un arrepentimiento que siempre llega tarde y que plasma en esta suerte de memorias. Inscrita en el género tremendista esta novela de Cela no me deja indiferente y horada, porque creo que nos permite a nosotros como lectores ir más allá del estereotipo del criminal, y ver qué se esconde detrás del mismo, cuáles son sus raíces, siempre pisando un suelo sanguinolento, cuya avidez de sangre obra en Pascual de abono y de fertilizante.

En lo que queda de año tengo muy claro que seguiré abundando en la obra de Cela, Umbral y Delibes.

Camilo José Cela

La colmena (Camilo José Cela)

El otro día cuando leí El anarquista que se llamaba como yo, de Pablo Martín Sánchez, comentaba que había en la novela muchos personajes, demasiados a mi entender, pues de algunos de ellos simplemente llegábamos a conocer sus nombres.

En La colmena, según nos refiere su autor, Camilo José Cela (1916-2002) -en la nota a la primera edición- encontramos nada menos que 160 personajes, !en 282 páginas! y todos tienen su sustancia. De ahí que el título, La colmena, sea oportuno, pues desde una vista aérea, podemos ver Madrid, y el barrio donde transcurren sus vidas, como quien ve una colmena, donde los humanos son abejas.

La novela discurre en 1942, después de la Guerra Civil Española, y bajo la dictadura de Franco. Las noticias que llegan desde fuera de nuestras fronteras son que la Segunda Guerra Mundial sigue su curso, y que los alemanes tienen las de perder. En aquel entonces Hitler era alguien tan relevante -o así se le veía- como el Papa.

Se pregunta Cela si esta novela es realista, idealista, costumbrista, o naturalista. Lo que resulta evidente es que su lectura permite conocer mejor la España de la posguerra, donde los españoles, más que estar preocupados por el acceso a una vivienda como sucede hoy, estaban deseosos de llenar el estómago, de meterse un buen trozo de carne y proteínas para el cuerpo, pues muchos de ellos vagaban sin oficio ni beneficio, y con más hambre que el gato de la Julia, por esas calles de Dios, de figón en figón, haciendo tiempo o matándolo sin más quehacer que estar de brazos cruzados, esperando la ocasión de ocuparse en algún empleo mal pagado, o en el peor de los casos morar en el catre de un inmueble, en un subsuelo mal ventilado y falto de luz, aquejados de alguna enfermedad; la tisis o la tuberculosis, por ejemplo.

Se habla mucho de la decencia, de la compostura, de guardar las formas; una hipocresía muy patente que rige las acciones de cada uno de ellos, a pesar de lo cual, la naturaleza humana, siempre indómita, busca sus placeres carnales, y no faltan las infidelidades, o la prostitución, cuando entregar el cuerpo a un extraño supone mejorar su situación, al menos temporalmente, y la novela en estos derroteros resulta muy valiente, lo que le supuso a Cela tener que lidiar con la censura, pues aparecen en las páginas, lesbianas, maricas, masturbadores, onanistas, adúlteros y adúlteras…

No falta también algún apunte social esbozado por boca de algún personaje reclamando este un mundo más justo, menos desigual; no ya el advenimiento del comunismo, sino limar las diferencias, tal que como le sucede a este idealista, se hace de cruces al ver como en un cagadero de gente rica, los adornos del mismo, le permitirían a él y otros de su condición comer durante meses. Queda muy bien reflejado el papel que esta sociedad conservadora y retrógrada concedía a la mujer, ya fuera en el rol de hija o de esposa, en cuyo último caso estaban condenadas a procrear hijos que no se podían contar con los dedos de una mano, y a veces, ni con las de las dos y ocupar su tiempo frente a una máquina de coser en la que dejar la vista y las manos; y en todo caso siempre sometidas a la voluntad de los hombres, ya fueran padres, hermanos o esposos, de tal manera que si tenían suerte y les caía la breva de un buen hombre en matrimonio eran afortunadas, pero si les tocaba un calavera que las maltrataba no quedaba otra que soportar al esposo, y arrostrar su destino con resignación cristiana.

La prosa de Cela registra las voces de la calle, tal que la lectura es como ver un documental, pues el narrador, no se entrega a arrebatos líricos y se dedica fielmente a poner negro sobre blanco las voces de la gente del barrio, lo que estas dicen en los bares, en las tiendas, en las alcobas; registrando con tino el habla popular, más o menos llana según quien sea el personaje, muy bien matizado en cada caso, merced a unos diálogos precisos, bien engrasados, que confieren a la narración un dinamismo a ratos vertiginoso, y que si empleásemos términos fílmicos diríamos que el montaje es brillante.

Una novela muy recomendable. Sí, hay que leer más a Camilo José Cela, quien recibió el Premio Nobel de Literatura en 1989.