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Amor y vejez (François-René de Chateaubriand)

Acantilado
Traducción de José Ramón Monreal
56 páginas
Postfacio de Marc Fumaroli

Sirva esta breve y poderosa confesión de Chateaubriand (1768-1848) como entrante para el gran festín que será -presumo- leer sus Memorias de ultratumba (2753 páginas, que Acantilado sacó en -beneficio de nuestro- bolsillo por ¡39,95 euros!)

Aquí, el autor ha superado ya los sesenta, allá por 1830, y está enamorado de una joven, un amor que entiende imposible, pues si ella busca su amistad él carcomido por sus deseos, por el anhelo del goce carnal, se consumiría en un deseo insatisfecho y si sucediera lo contrario y se dieran ambos al placer carnal, poco tardaría su amada en tener que arrostrar la carga de un cuerpo decrépito y marchito tal que se vería él entonces en la obligación de arrojarla en unos brazos más jóvenes, en un cuerpo más terso, en otro hombre más apto.

La lucidez se Chateubriand -quien no reniega de la comunidad de los pecadores, de la cual es intérprete- horripila, porque cada palabra, cada párrafo es la deconstrucción de un posible castillo de arena, que a fin de ser honesto consigo mismo, sabedor de su naturaleza, no puede menos que desbaratar.

La confesión, que son 19 páginas, se enriquece con un sucinto ensayo de Marc Fumaroli, buen conocedor de la obra de Chateubriand, que nos permite situar a la obra y a su autor en su época, en beneficio de una mejor comprensión de las palabras volcánicas de ese francés definido como casto y sensual, y cerebral, tan inspirado como voluntarioso; quien salvo la vida sentimental, lo conoció todo en lo que se refiere a las alegrías y a los tormentos de los hombres.

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