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Incertidumbre (Paco Inclán)

El autor, Paco Inclán (Valencia, 1975) ofrece crónicas desde lugares remotos como Islandia, Chiloé, Guínea Ecuatorial o de otros más próximos como Formentera, el Sahara, Braga o Irlanda. Crónicas en las que el autor dejando de lado los datos que podemos encontrar en cualquier guía de viaje o la Wikipedia de turno ofrece su «testimonio» (a no ser que a lo Kapuściński haya ciertas licencias a la ficción en estas crónicas, aunque a fin de cuentas lo que hay que enjuiciar es la creación literaria que Paco erige en esta Incertidumbre y que dicho sea de paso, leyendo estas crónicas, me parece que el término Incertidumbre tiene pegada como título, pero resulta vacío si no se sustancia, cuando además y como dijo José María Pérez Alvárez en su Cabo de Hornos, sin estos imponderables e incertezas la vida sería tan aburrida como una sesión parlamentaria) en su pas(e)o por esos lugares, en donde lo que se nos ofrece, más allá de lo objetivo- y este es el valor y meollo, creo, de un libro de estas características- es lo que se filtra a través de los ojos y alimenta los derroteros mentales del reportero en su aprehensión del paisaje y del paisanaje.

De las crónicas leídas, su visita al norte irlandés le permite a Paco transmitir bastante bien como no hace falta un muro para separar a aquellos que no son bienvenidos en según qué lugares, como Armagh, cuando motivos políticos y religiosos dividen y enfrentan a la población.

Cuando menos pintoresca es también la figura de un español (que jura más que habla) en su día a día con los guineanos, en una comunidad crítica con el régimen de Obiang. Una integración la suya, muy peculiar.

Hay otras narraciones como la del Sahara, que van poco más allá de la anécdota.

En Formentera, Paco, mezcla a Julio Verne, con el cruising, y su posible homosexualidad para dejarlo todo en manos de Foucault, o no.

La historia de Paulino Cubero, tiene mucho potencial, pero desgraciadamente la crítica se queda ahí en la superficie, en el titular.

Lo religioso, al menos como reliquia, también tiene su espacio (que incluye en el mismo a Miguel de Unamuno) cuando Paco se va a Braga buscando el brazo menos conocido, el derecho, de San Vicente Mártir.

Chiloé le sirve a Paco para definir el término munificencia, cuando unos anfitriones lo agasajan con tal exceso de viandas y espiritosos que su estómago se vengará vomitándolo todo y cuyo final parece propio de una película de terror, en la que el protagonista parece no poder escapar de sus captores.

En Islandia, el no leer bien en inglés un verbo le ofrecerá a Paco la oportunidad de jugarse la vida conduciendo por esas carreteras que son como pistas de hielo y vivir momentos hilarantes junto a unos jóvenes frikies que andan viviendo o recreando las historias leídas por el pope de las letras islandesas.

La lectura me ha deparado unas cuantas risotadas, pero poco más, pues lo que Paco ofrece creo que se agota al poco de ser leído, pues apenas hay gravedad en el texto, y me resulta todo tan ligero y evanescente como fungible.

La segunda parte del libro: “Hacia una psicogeografía de lo rural” me ha resultado más interesante. Como se ve, la mejor red social es el cotilleo. La mejor publicidad -en esta sociedad o saciedad del espectáculo- es la televisión o la prensa, que reconvierten al forastero sospechoso en famosete al que arrimarse. Aquí Paco se va a las afueras de Vigo a Valladares y allí morando en un contenedor (proyecto avalado por el Museo Reina Santa Sofía) se dispone a conocer a las gentes del lugar, convertido en esponja, en antena, en folio en blanco, en un sin par escuchante; una apuesta antropológica o artística que se ve mermada a medida que pase a formar parte de la comunidad, y al no haber ya distanciamiento ni perspectiva, nada haya que contar y pasado un trimestre -aunque dejarse llevar suene demasiado bien- toque dejar Vigo y cambiar de aires.

Jekyll & Jill. 2016. 212 páginas.

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