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El pecado (Alberto Gómez Vaquero)

Alberto Gómez Vaquero (Valladolid, 1984) en la subyugante novela El pecado, editada por Carpe Noctem nos sitúa a finales del siglo IV d.C en el norte de Hispania. La historia arranca en los años previos a que la religión católica se considerase la religión oficial del Imperio Romano (en el año 380 d.C.), por obra de Teodosio y acaba rebasado el año 389 d.C.

A un poblado llega un hombre al que denominarán el Doctor (recreación de Prisciliano). Un tipo al que los poderosos consideran muy peligroso, al ser capaz éste de movilizar a mucha gente. No es el suyo un mensaje belicoso, todo lo contrario; su único afán y pretensión en los que canalizará todas sus energías consiste en seguir al pie de la letra lo que dijo Jesús, buscando el perfeccionamiento moral de sus seguidores, no cediendo a las apetencias del cuerpo, dejándose así arrastrar por la gula, las bebidas, el sexo, la codicia: esa infinita sed de querer acumular cada vez más y más bienes materiales. Una actitud, la del Doctor, que la iglesia local con los obispos a la cabeza, tildarán de heterodoxa. A falta de argumentos, recurrirán a las calumnias, a fin de tratar de desbaratar la obra del Doctor, que consiste simplemente en ayudar a los demás y ofrecerles aunque sea unas migajas de esperanza, para que su paso por este valle de lágrimas sea algo más llevadero, pues para estos vivir, consiste únicamente en sobrevivir.

Vemos cómo los poderosos siempre quieren más poder, ya sean Emperadores u Obispos, para lo que el autor recurre a las figuras del emperador Máximo y del obispo Agrestio. Ante nuestros ojos se irán mostrando las distintas luchas intestinas, que quedan para los anales, entre Emperadores y eclesiásticos, con la única idea de ganar estos cada vez más poder, más dominios, sin importarles un bledo los ciudadanos, en aquel entonces, esclavos, colonos o siervos, que bastante tenían con llegar a la alborada siguiente.

En la figura de Antonio, un lugareño, se cifra y cristaliza bien la necesidad de ser libre, de tener una casa, un terreno para el cultivo, algo que poder ofrecer a sus hijos, sustrayéndose al omnipresente y omnívoro poder del terrateniente local Aufidio, cuya hija Anü caerá bajo el influjo del Doctor, atraída ésta por su ascetismo, la potencia del lenguaje y sus palabras y sobre todo por su conducta ejemplar, la de aquel que lo tiene todo no ambicionando nada.

Lo que plantea el autor en esta plausible novela sigue hoy muy vigente. Vemos cómo hoy a la iglesia, a pesar del empeño del Papa Francisco, le sigue costando Dios y ayuda reformarse, admitir sus errores y horrores, como la rampante pedofilia, seguir al pie de la letra la palabra de Jesús, porque siempre es más fácil cebarse y amancebarse que desprenderse de todos sus bienes, posesiones, su poder, en suma y darse y auxiliar al prójimo, pasar de la palabra -volátil-, en el púlpito, al hecho -la palabra en piedra- a la conducta ejemplar, que apuesta por la renuncia y la contención y que siempre será revolucionaria.

Editorial Carpe Noctem. 2019. 335 páginas.

Lecturas periféricas| El evangelista (Adolfo García Ortega)

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