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Cada día es del ladrón (Teju Cole)

La última novela publicada de Teju Cole (Kalamazoo, Michigan, 1975), autor del que había leído sin demasiado entusiasmo Ciudad abierta, Cada día es del ladrón, (escrita antes que Ciudad abierta y publicada gracias a la repercusión que tuvo ésta), me recuerda a Asco: Thomas Bernhard en San Salvador. Teju vive en Estados Unidos y regresa a su país natal, a Nigeria y sus reflexiones nos permiten hacernos una idea sobre el paisaje y el paisanaje de la ciudad de Lagos (la ciudad más grande de Nigeria). No es el de Teju un regreso bañado en melancolía, más bien teñido de amargura, pues aquello que ve, casi en su totalidad le desagrada (Bernhard diría que es repulsivo, abyecto, vil….), en especial esa corrupción rampante que afecta a los funcionarios, a la policía, a los comercios. Todas las actividades diarias de los ciudadanos se ven sometidas a mordidas, a pagos que hay que realizar ya sea para que la policía no te detenga, para poder sacar cosas del país en el aeropuerto, en las gasolineras para llenar el depósito, a las bandas callejeras para no ser herido o ultimado.

Teju ve la desidia de sus ciudadanos explicitada en el personal de un museo o de una tienda de cedés que dormitan en su puesto de trabajo. Charla con antiguos amigos, como un médico que le cuenta que gana unos 700 dólares mensuales, una miseria de sueldo. Los que se llevan la pasta son los que trabajan en la banca y en el petróleo. Los médicos y los maestros cobran sueldos míseros. Toda una señal de los nuevos tiempos, ya que con el despegue del país, proliferan los proyectos faraónicos, los multimillonarios derrochones, al tiempo que se acrecientan aún más las desigualdades.

Teju recurre a sus familiares. A su padre no, porque éste murió con 16 años, a su madre tampoco, porque al morir su padre se fue a los Estados Unidos a estudiar una carrera y rompió los lazos con ella. Sus familiares le refieren anécdotas graciosas unas, trágicas otras, con la violencia siempre ahí, latente o patente. Una violencia que Teju, que se declara pacifista sentirá como una voz que no puede acallar cuando se las vean con una panda callejera que quiere robarles mientras hacen una mudanza.

El narrador fantasea con volver a Nigeria, pero es esta una idea fugaz, sin raíces, porque habría que preguntarse qué entendemos por “mi país” cuando solo quedan del mismo unos pocos recuerdos que el presente va arrinconando, cada vez más mortecinos, cuando en su país se ve fuera de lugar, cuando en sus deambuleos por las calles (más dédalo que laberinto), constata que salvo algún rayo de esperanza, como alguna tienda de libros y discos bien surtida, o alguna escuela de música (privada) apenas hay nada que lo afinque al terreno.

Ese sentimiento de distanciamiento, de desnortamiento, de un pasado que ya no es tal, recorre y alimenta toda la narración, con un estilo el de Cole, que no busca alarde alguno, ninguna frase rimbombante, sólo una mirada, la suya la de un testimonio franco y valiente al criticar aquello que ve y no le gusta, a riesgo de ser considerado (como todos aquellos que osan abundar en los detalles y apartarse de la idea central) un antipatriota.

Acantilado. 2016. 144 páginas. Traducción de Marcelo Cohen.

Biografía del silencio

Biografía del silencio (Pablo d’Ors)

Es curioso que este libro de d´Ors sea su libro más vendido y seguramente el más conocido.
Dice mucho de cual es el interés del lector.

La autoayuda vende cada vez más. En algunas librerías se dedica más espacio a la espiritualidad que a la filosofía, más espacio a Bucay que a Descartes.

Este libro de d´Ors es un testimonio sobre su experiencia sobre la meditación. Para él esta tarea le ha sido provechosa, le ha dado fruto, lo ha hecho más abierto a los demás, menos censurador. No sé si este libro dejará algún poso en el lector no convencido.

Lo que dice el autor no es nuevo. Lo he leído con otros ropajes en textos de Séneca y de otros filósofos y humanistas. Todo se reduce a aprovechar el instante, el momento, vivir tu vida, no la de los demás, no perder el tiempo y las fuerzas con cosas que no lo valen y tener una filosofía de vida que nos permita, no ver la desgracia como una oportunidad como sugiere Pablo, pero sí al menos no con una actitud no catastrófica, con la experiencia que nos dan los años y que nos permite entender que salvo la muerte nada es irremediable.

Cuando Pablo habla de que hace falta muy poco para ser feliz, que con una casita donde poder leer, estar rodeado de amigos, un perro fiel… ya es suficiente, olvida que sólo se puede olvidar del dinero aquel que tiene el suficiente como para no tener que pensar en él. Así, con este aspecto, que no es baladí, cubierto, es decir con el dinero suficiente para tener pagada la casa, el gas, el teléfono y una renta a final de mes, es a partir de ahí, creo, cuando uno puede decidir aburrirse o no, vivir la vida más intensamente o no, decidir acumular experiencias o no, viajar o no, bajarse al bar de la esquina a echarse la partida de mus o bien dedicar su tiempo a meditar.

Por lo demás lo que defiende Pablo ya lo llevó a la práctica el protagonista de su novela Las andanzas del impresor Zollinger, un fulano al que no había adversidad que lo socavara, pues para él, como para los personajes de Robert Walser, la vida puede ser maravillosa.

Dice Pablo que la lectura es un vicio, que hay que leer menos y vivir más. Acierta. Le haré caso. No pienso leer nada hasta esta noche.

Os podéis ir ya todos a… meditar.

Los ingrávidos (Valeria Luiselli)

No hay que sorprenderse, por lo tanto, si la imaginación en nuestras escuelas, es tratada todavía como pariente pobre, con ventaja total a favor de la atención y de la memoria; si escuchar pacientemente y recordar escrupulosamente constituyen aún las características del alumno modelo, que es en definitiva más cómodo y manejable. (Gianni Rodari: Gramática de la fantasía)

En las escuelas y en las familias, podemos añadir, leyendo esto de Luiselli.

Los ingrávidos (Valeria Luiselli)