Archivo de la categoría: KRK Ediciones

La entrada por la estación

La entrada por la estación (Miguel Rodríguez Muñoz)

De la misma manera que Perec hacía memoria de una manera muy breve en Me acuerdo, Miguel Rodríguez Muñoz (Mieres, 1946) hace lo propio, de una manera mucho más dilatada y extensa en La entrada por la estación (KRK Ediciones).
Miguel hace memoria para poner por escrito sus recuerdos y los de otros muchos, en los años comprendidos en su infancia, pubertad y adolescencia, hasta los dieciséis años, aproximadamente. Recuerdos que acaban a comienzos de los años sesenta del pasado siglo. Miguel aborda cuestiones familiares, filiales, así como su educación sentimental, la naturaleza de las relaciones con el otro sexo, el peso de la religión católica, la influencia del Régimen franquista, la manera en la que las minas, las fábricas, los ríos negros, conforman el paisaje y cincelan al paisanaje.
La mirada que ofrece Miguel es neutra, como si aquel que narrara los hechos mantuviera aquel espíritu cristalino e inocente, pero dispusiera de la capacidad narrativa suficiente como para poder articular aquel pensamiento.
Son más de 400 páginas que no se ven empañadas por la melancolía y que merced al buen pulso narrativo de Miguel ofrecen un texto bien sazonado de anécdotas, recuerdos e historias, que permitirán al lector aproximarse y entender mejor aquella España de los años 50 en un pueblo minero, asturiano como Mieres, durante la dictadura, donde los niños, apoyados sobre las barandillas y balaustres metálicos, pintados de gris, veíamos el incesante vagar del río -un río del que eran tributarios todos los ríos-, escuchábamos el sonido orquestal de sus aguas y notábamos sobre el rostro el frescor de la brisa, y en la fugacidad de ese momento nos sentíamos felices.

Fue una fresca noche de junio

Fue una fresca mañana de junio (T. S. Norio)

La necesidad de huir es para muchos casi una necesidad. Pienso en la novela de Landero Absolución, donde su personaje, un tal Lino, ponía pies en polvorosa y se abrazaba a lo venidero sin resistencia. O Paradoja del interventor de Gonzalo Hidalgo Bayal, donde un hombre perdía un tren y ganaba una vida. O yéndonos a los clásicos, ahí están las andanzas de Don Quijote, en su afán por deshacer entuertos o enderezar agravios. En la novela de T. S. Norio, Fue una fresca mañana de junio (editada por KRK), un veterinario prejubilado que atiende al nombre de Bautista Maese Álvarez decide coger su bicicleta, una tienda de campaña, un infiernillo, algunos víveres, el saco de dormir, una navaja suiza e irse a hacer mundo. La contraportada del libro habla de “viaje iniciático”. Maese deja Asturias y su periplo lo conducirá durante unas cuantas semanas por Logroño, Soria, Valencia, Carboneras y un sinfín de lugares más por la geografía nacional.

Maese que ha ido probando un poco de todo durante todos estos años parece que ha sido el Tao, definitivamente, lo que más mella ha hecho en él y esta filosofía de vida se convertirá en el hilo conductor y columna vertebral de esta disparatada, combativa y divertidísima novela.

El lector advertirá en seguida que se sucederán ininterrumpidamente las aventuras de Maese, que su verborrea inteligente no puede pasar desapercibida en un mundo plagado de cámaras donde todo puede ser viralizado. Norio juega con el Sostiene Pereira de Tabucchi y así Maese, definido a sí mismo como Mehías, enseguida tiene una importante proyección virtual bajo el hashtag #sostienemehías, y allí por donde pasa habrá alguien grabando sus palabras y acciones.

Estas situaciones dan pie para una sátira a la modernidad bien afilada, donde se van tocando entre bromas y veras temas dramáticos, ya sean las huelgas mineras, los desahucios o la muerte en el mar de quienes lo surcan en pateras. Mehías, como Forrest Gump, es el perejil de todas las salsas. El ingrediente estrella que hace que las viandas (aquí el texto) tengan sabor. Se convierte Mehías por obra de Norio en todo un personaje, entrañable y humano, demasiado humano, un profeta con espíritu de mártir, un Zaratrusta que ama al ser humano por encima de todo; una forma, la suya, de pasar de la teoría a la práctica, a las bravas.

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Toda persona. Una defensa de la sanidad pública (Sergio Calleja Puerta)

Sergio Calleja Puerta apela en este breve ensayo a la solidaridad, la justicia social y los derechos humanos. Trabaja en la sanidad pública y sabe de lo que habla. Sabe qué vale la pena mantener y qué hay que defender.

Por eso el primer capítulo se titula El espíritu del 45. Aquel espíritu que se manifestó al acabar la segunda guerra mundial, en el Reino Unido. Los británicos decidieron que si habían conseguido doblegar a los nazis, deberían intentar derrotar también a la pobreza, al desempleo, a la ignorancia y a la enfermedad en su país. Y eso pasaba por crear un Sistema Nacional de Salud.

Y todo esto tiene que mucho que ver con la conquista de los derechos, a la que cierta oligarquía financiera se opone. Para ello Calleja recurre a las palabras de Enrique del Teso.

El derecho a la educación pública evita la manipulación de las clases populares. Los derechos no existen sin el servicio público que los garantiza. Para allá esa falta recursos había impuestos y eso va en contra de la tendencia de la acumulación del capital en manos de la oligarquía. Los derechos son un espacio de lucro perdido. Por eso el trabajo constante para su acabado servicios públicos.

En España, por culpa de la dictadura franquista, tardamos unas cuantas décadas mas en poder tener una sanidad pública. La cual hoy quieren muchos privatizar, bajo el argumento o mantra de que lo privado siempre es más eficaz y eficiente que lo público.

El autor advierte de los cuatro riegos principales que entraña la colaboración público privada, a saber: en la mayoría de los casos es el método más caro de financiación. Conlleva más riesgos por la parte pública. La colaboración público privada suelen adolecer de falta de transparencia de escrutinio, y en algunos casos pueden resultar en abusos contra los derechos humanos, sociales, ambientales y de género.

Lo que es evidente es que hay ciertos espacios que el mercado no cubre (dado que este solo atiende a los dictados del rendimiento, la eficacia, la eficiencia, la rentabilidad etc) y esos servicios, o la garantía de ciertos derechos, solo pueden ser prestados por el Estado. Y a veces incluso el Estado falla. Lo vemos en la Cañada Real, o lo sucedido en El Ejido, cuando fue noticia, en el 2000, por unos asentimientos chabolistas y otras viviendas que les iban a reemplazar y que nunca se hicieron.

Esos derechos que antes fueron privilegios pueden volver a serlo. Lleva razón Sergio.

En nuestros días el Estado, tomado el asalto por el pensamiento neoliberal, no reconoce en la práctica los derechos asociados al estatus de ciudadanía, pues contempla la ciudadanía desde una doble condición: como un «recurso humano», al servicio de la economía y, en el reverso, como una «carga social».

Las palabras de Gramsci, de 1917, con las que concluye el libro no pueden ser más acertadas.

Lo que sucede, no sucede tanto porque algunos quieren que suceda como porque la masa de hom-bres abdica de su voluntad, deja hacer, deja amarrar los nudos que luego sólo la espada podrá cortar, deja promulgar las leyes que luego sólo la revuelta podrá derogar, deja que asciendan al poder hombres que luego sólo un motín podrá derrocar. La fatalidad que parece dominar la historia no es otra cosa que la apariencia ilusoria de esta indiferencia, de este absentismo. Algunos maniobran, otros trafican material-mente con los sacrificios de muchos, otros todavía desangran al prójimo; pero pocos, en realidad, son los que actúan, los que luchan.

Sergio Calleja Puerta
Toda persona. Una defensa de la sanidad pública
KRK Ediciones
2025
106 paginas