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Hamnet (Maggie O’Farrell)

Pocas cosas son capaces de conmovernos tanto como la muerte de un hijo. La novela de Maggie O’Farrell (con traducción de Concha Cardeñoso) es, en gran medida, el relato de un duelo. La manera en la que una madre, Agnes, afronta la muerte de su retoño: el pequeño Hamnet. El padre de la criatura es Shakespeare (pero aunque se llamase John Done, el resultado sería casi el mismo, a no ser por su final, en la que realidad y ficción se (con)funden). Figura que resulta velada, alejada. Nacen sus hijos, y él para sentirse vivo ha de poner tierra por medio. Los hijos, las tareas domésticas, la cercanía de sus padres son un pozo negro en el que se ve sumido y del que necesita salir para así poder respirar y darse a su pasión: la escritura.

La crianza de los tres hijos corre a cargo de su mujer. La novela comienza con la convalecencia de su hija Judith. Parece que va a morir. Su hermano mellizo Hamnet, haría cualquier cosa por salvar su vida y entregar la suya a cambio. Literal. La narración hace confluir la historia presente, la enfermedad de Judith (la peste como contexto) con el momento en el que Agnes conoció al preceptor de latín y de aquellos polvos estos lodos.

La narración es ágil, telegráfica. Las frases son cortas (¿saben de esa sensación en la que vas quitando frases, una tras otra, y aquello “resiste” igual?). El lenguaje resulta eficaz (si la pretensión de la autora fue la de dejar el rostro del lector como una parabrisas, sin dar abasto ante un brutal aguacero). El tema elegido es uno de esos que conciernen a todo pichigato. Nada es más desgarrador que ver morir a un hijo, asistir a su final, velarlo y luego amortajarlo, para ver como desaparece entre terrones de tierra. Y luego la ausencia, el dolor, el duelo…

Si, todo esto es emocionalmente dramático, desolador, desgarrador (sumemos todos los epítetos que queramos), pero la novela, en términos literarios (más allá de la capacidad que tiene la literatura para crear personajes de ficción más reales que los propios), me ha dejado tan frío como si mi naturaleza hubiera devenido permafrost.

Lo que arraiga en el hueso

Lo que arraiga en el hueso (Robertson Davies)

Lo que arraiga en el hueso es la segunda parte de La trilogía de Cornish. Si en la primera parte, Ángeles rebeldes, Francis era el mecenas que moría y desempeñaba un papel secundario, prácticamente inexistente, aquí es el protagonista absoluto. La novela es una biografía, la que el padre Darcourt(al que conocimos en la primera entrega) se propone escribir, -aunque los narradores sean un par de daimones– una novela de formación, donde los lectores seguiremos los pasos de Francis desde su más tierna (de tierna tiene poco) infancia, abandonado en el terreno filial a su suerte, sustraído por ende a la férula tanto paterna como materna, arropado por personas que lo quieren y enseñan como Zadok (que tiene un punto muy Dickensiano), forjando éste su personalidad como aprendiz (un aprendizaje que actúa como una formación vital e ineludible para llegar a ser algo) y pintor en ciernes y luego consumado, aunque no reconocido, desplegando sus dotes en una funeraria con cadáveres como modelos, para más tarde aprender la gramática del dinero, que le permitirá gestionar con éxito la fortuna familiar, así como una herencia inopinada que recibirá en sus últimos años. Robertson, fiel a su estilo, logra interesarnos con su prosa vivaz, opulenta e ingeniosa, desde la primera hasta la última de sus casi quinientas páginas, gracias al humor (que aquí asoma menos que en la primera parte), la intriga, los devaneos amorosos infructuosos (su relación con Ismay y la de ésta con Charlie, deslocalizada a tierras hispanas, podría haber tenido más desarrollo) y potenciales de Francis, las referencias a Shakespeare a las citas y poemas de Ben Johnson, de Browning, sus andanzas como espía (de telón de fondo la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial, los trenes camino de los campos de concentración), los pormenores de las falsificaciones (en la novela se hace pasar un cuadro reciente por uno antiguo y se intenta también adjudicar un cuadro a Hubertus Van Eyck a sabiendas de que no es suyo. Esto me trae en mente una conversación que mantuve recientemente con un seguidor acérrimo de Bolaño, que ponía en tela de juicio que todas esas novelas que van surgiendo después de su muerte fuesen suyas, sino obra de alguien muy capaz de replicar a la perfección el estilo del chileno) o restauraciones y las jugosas reflexiones sobre el mundo del arte, concretándolas en la pintura y poniendo en tela de juicio cómo la masa se deja de seducir por lo exitoso, por lo actual (aunque Francis se quede anclado en los prerrafaelistas y no aprecie el arte moderno), por aquello de lo que hay que estar enterado, sin entrar a valorar la calidad intrínseca del producto, como le hará ver epistolarmente Picasso a Papini.

El pueblo ya no busca ni consuelo ni exaltación en las artes. Y los refinados, los ricos, los ociosos, los destiladores de quintaesencias, buscan lo nuevo, lo extraordinario, lo original, lo extravagante, lo escandaloso.

Deseoso ahora de acabar la trilogía que culminaré leyendo La lira de Orfeo, pero antes me pondré con Iris Murdoch.

Libros del Asteroide, 2008, 490 páginas, traducción de Concha Cardeñoso.

www.devaneos.com

Ángeles rebeldes (Robertson Davies)

Rabelais, Paracelso, luthiers, manuscritos perdidos, académicos eruditos, gitanos, magia, encantamientos, rollos profesor-alumno, sumo intelectual, alquimia, asesinato, suicidio, mentalidad salvaje, fósil cultural, bromas, adivinanzas, chanzas, deyección como acto creativo, escatología, diálogos crepitantes, humor, ironía, novela impublicable, herencia, millonario, amor, amistad, ángeles rebeldes, casamiento… Con estos elementos y otros muchos más, el coloso canadiense Robertson Davies (1913-1995) aplicando todo su ingenio, su humor y su erudición, alumbra una novela que toca muchos palos, que me ha parecido deslumbrante y fascinante (algo o mucho tiene que ver con esto, la gran traducción de Concha Cardeñoso) y que me ha deparado varios orgasmos mentales, salvo su final, que no lo acabo de ver y ante el que me muestro escéptico. Dijo en su día Nuria Barrios, refiriéndose a Robertson, Háganse un regalo: no demoren el placer de leerle. Yo lo había demorado más de la cuenta y ahora apagaré mi sed de Davies yendo en busca del tiempo perdido, a golpe de trilogía. De momento, prosiguiendo con ésta de Cornish y guardando para el recuerdo personajes memorables como Darcourt, Parlabane y Theotoki.
Libros del Asteroide. 353 páginas. 2008. Traducción de Concha Cardeñoso.