Archivo de la categoría: 2019

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La subasta. Casi una novela (Rafael Borràs)

Rafael Borràs (1935), El Napoleón de la edición española en palabras de Rafael Conte, en La subasta, casi una novela, editada por Almuzara, nos traslada, en seis capítulos, de lunes a sábado a la Feria del Libro de Frankfurt de 1982. La comidilla allí será la posible subasta de las memorias apócrifas del Difunto Insigne.

La narración despliega un tono jocoso, humoroso, que hace la lectura muy gozosa, embebido un servidor en los dimes y diretes, chascarrillos y demás ecos de una sociedad preterida, metida la cabeza en los sumideros y mentideros del mundillo editorial que Borràs conoce tan a fondo, ya sea hablándonos, por boca del profesor Elbo o del editor de Ridruejo, sobre la pantomima, muy rentable, de los premios literarios o acerca de la tensión entre la búsqueda de la calidad y la rentabilidad al poner un título en el mercado, con la pugna entre los editores y los directores comerciales cuando no son la misma persona. Fabricantes de libros y muy pocos editores de verdad en Frankfurt, hoy, dice el narrador. ¿Un hoy que no acaba de pasar?. Un oficio de caballeros, el de la edición, cuyo axioma no parece ya sostenerse, parece deducirse en este mundo subastado que cotiza a la baja.

Por las páginas circulan más o menos prestos, personajes como Camilo José Cela, Juan Benet, Manuel Vázquez Montalbán, Paco Umbral, Blanca Andreu, Pere Gimferrer, Pilar Rahola, Jordi Pujol, Hugh Tomas, Caballero Bonald, Alfonso Guerra, Santiago Carrillo, etc… Como los protagonistas de El ministerio del tiempo la voz narradora se permite también el ir y venir entre los siglos XX y XXI, desde los comienzos de los ochenta, y la inminente victoria electoral de PSOE hasta el tiempo presente, en donde, por ejemplo leemos que: los herederos del Difunto Insigne, que persistirán como una pesadilla inacabable, fomentarán de manera suicida el auge del independentismo.

Lo que más me ha interesado son las reflexiones de Borràs sobre la literatura. La literatura que es un intento de explicación y un intento de comunicación. Cómo a veces las novelas dejan documentos históricos imprescriptibles. La colmena de Camilo José Cela se define como un documento inestimable para entender el clima de Madrid de los primeros años 40, o las novelas de Miguel delibes, que nos permiten entender la vida en las zonas rurales de Castilla mucho mejor que bastantes sesudos estudios sobre el tema, se nos dice. Dionisio Ridruejo, decía que El arte termina donde empieza la propaganda y Borràs ahonda en el concepto de compromiso político y los distintos puntos de vista en la escritura sobre unos mismos hechos. Escritores como Ignacio Agustí y Xavier Benguerel son abordados por Borràs en términos parecidos a como se hiciera en este artículo, donde se habla a su vez de qué podemos entender por novela. Se habla también de los hispanistas e historiadores británicos que tantas páginas y tanto y tan bien han iluminado con su concienzudo y prolijo trabajo las vidas de figuras como Lorca o Franco o momentos claves de nuestra historia como La Guerra Civil Española, pienso en Hugh Tomas. Por otra parte, escribir es un trabajo como cualquier otro no, merece una condecoración, afirmación que tratará de bajar de las nubes a más de un endiosado.

Entendida la novela como testimonio, como documento histórico, de gran interés me resultan las páginas dedicadas a la Transición, aquel difícil engarce de la Monarquía (de la que Borràs es una voz muy cualificada) en el juego democrático mediante una monarquía parlamentaria, sin consulta ciudadana y hasta hoy perpetuada; la figura de José Antonio Primo de Rivera, la legalización del partido comunista, los mil motes de los que fue acreedor Adolfo Suárez, las puyas verbales de Alfonso Guerra (su tú a tú con Santiago Carrillo con la literatura como fondo es tronchante), o todo es aluvión de memorias que verían la luz tras la muerte del Dictador y otro buen número de anécdotas que forman parte de nuestro ineluctable pasado.

La subasta, casi un novela uno lamenta que no sea mucho más extensa, pues a pesar de su aparente ligero porte es contundente, sustanciosa y cundida en buena parte de sus casi 300 páginas.

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Marcianos. La crónica real que habla sobre el primer viaje a Marte y los seres que allí habitan (Sergio Algora & Óscar Sanmartín Vargas).

Marcianos es una marcianada deliciosa pergeñada a cuatro manos; las de Sergio Algora (1969-2008) a los textos y las de Óscar Sanmartín Vargas (Zaragoza, 1972) a las ilustraciones, editada por la zaragozana Pregunta Ediciones.

Los primeros 10 textos se publicaron en 2010 en la revista cultural Ciclo.
La actual edición recoge 23 textos y 25 ilustraciones (la primera ilustración corresponde al largometraje no realizado «El Planeta Hermético”) de tonos ocres y sepias característicos de Óscar con figuras sin cabeza, pero con piernas y tornco, que remiten a un cuerpo humano trunco, que fue el responsable –entre su vasta producción artística- de las estupendas portadas de Tropo hasta su quiebra.

Oscar Sanmartín Vargas

Sergio Algora que algunos recordarán como cantante del grupo El Niño Gusano o Muy Poca Gente, escribió también poesía, recopilada en la editorial Chaman Editores, bajo el título de Celebrad los días, y textos como el presente que demuestran tanto su capacidad inventiva como su prosa sugestiva. Los textos aquí presentes los hermanaría con ese libro fascinante que es Historia verdadera de Luciano de Samósata, en el que Luciano nos llevaba literalmente a la luna ocurriendo allá toda serie de peripecias al tiempo que nos presentaba a personajes de lo más peculiar. Algo parecido ocurre en Marcianos. Algora y Sanmartín nos llevan hasta Marte para darnos cuenta del primer viaje hasta allá realizado. Como la prosa es alucinada y lisérgica las ilustraciones le van como anillo al dedo, a los breves textos que no pasan cada uno de ellos una página y van en sólo párrafo y cuyo encabezado ya nos pone en situación pues los marcianos de marras llevan nombres como estos: El marciano novela exquisita, El marciano Dios cojuelo, El marciano chinita tú, El marciano finalmente fértil, El marciano olor a norte, El marciano ganancia de pescadores.

EL MARCIANO DOS AVEMARÍAS ha dejado de creer en algo. No nos quiere decir en qué. Pero está claro por su aspecto que esa creencia le consumía. Marchó de su pueblo muy joven para practicar con otros como él la fe. En qué, no estaba permitido decirlo. Ahora ha vuelto al pueblo donde ya nadie le reconoce y se puede ver todas las noches al marciano Dos Avemarías enterrando sus viejos ideales en la última palabra que quiso decir y que su fe tuvo, durante todos estos años, silenciada.

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El lugar de la espera (Sònia Hernández)

El lugar de la espera es la tercera novela que leo de Sònia Hernández, tras Los Pissimboni y El hombre que se creía Vicente Rojo y la que más me ha gustado con diferencia.

Le encuentro a la novela unas hechuras muy Vilamatianas, y digo novela cuando perfectamente podemos hablar de ensayo, pues la novela aquí es tentativa prueba acercamiento. Y digo Vilamatiana porque el corifeo de voces que forman el nosotros que narra, aunque luego cada historia se desgrane en la segunda persona, juega con las cartas marcadas del fracaso, la desesperanza, la desubicación, la invisibilidad, la imposibilidad creadora, el desnortamiento, la derrota, la desaparición, etcétera, motivos beckettianos, que alimentaron novelas como Aires de Dylan, El viaje vertical o los jugosos ensayos compilados en Impón tu suerte. Aquí, el leitmotiv es la búsqueda del (sin)sentido a cuanto les pasa, pesa, circunda, agrava y acorrala, sin que les valgan las religiones, las fórmulas matemáticas, la fe y la ciencia en vía muerta.

Si ahora los miedos son a las manadas, las agresiones sexuales, las violaciones, al acoso escolar, a la falta de privacidad (que paradójicamente cedemos sin apenas pensarlo a toda clase de aplicaciones para móviles), al terrorismo indiscriminado, al calentamiento global, a la pérdida de libertades, al excedente de la mano de obra sustituido por las máquinas, etcétera, antes los miedos de los aquí presentes, nacidos cuando el dictador estaba ya en franco declive, sino ya ultimado, eran otros: el miedo al SIDA, a caer en las drogas, a ser arrollado al cruzar las vías de los trenes anejos a sus viviendas…

Pensemos en un cuño en una mano, el sello lleva grabado la palabra “Generación”. El caso es que cuando se lleva a cabo la impresión aquello resulta ser una calcamonía, porque no hay una generación ni una seña de identidad ni un objeto que explique una infancia ni una voz que sea la de todos, porque cada voz individual aquí es un murmullo, un quejido, un lamento, un ruido de fondo indefinido, que dista mucho de ser algo armónico, más bien algo que chirría, desafinante, un zumbido, un malestar general ante una sociedad y un sistema capitalista, que nos hemos dado entre todos, que sienten que les ha dado la espalda, que los ha invisibilizado y ninguneado, que los ha reducido a ser meros consumidores, usuarios desesperanzados, aunque ellos aspiran y una y otra vez a alzar la voz, llegar a expresarse, a través del teatro, la interpretación, la escritura, las performances -lo artístico en todas sus manifestaciones; desfilan artistas como Marina Abramović, Gabriel Orozco, Adrianna Wallis, Martín Vitaliti, Oriol Vilanova…- el anhelo de remover conciencias, algo que les permita coger confianza en sí mismos, ganarse otra oportunidad, tal que el futuro, esos dos años de espera a los que se alude como un mantra, no sean un erial.

Sònia Hernández plausiblemente hace narrativa la zozobra, la inseguridad, lo precario, la imposibilidad y su urdimbre, aquilatando página a página un discurso evanescente, vaporoso que como en el ciclo del agua se evaporase para volver a caer de nuevo a nosotros. Una y otra vez.

La existencia como la adición de (la) espera y (el) desespero.

Acantilado. 2019. 176 páginas