Archivo del Autor: Francisco H. González

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Viejas historias de Castilla la Vieja (Miguel Delibes)

Hay autores a los que me gusta volver una y otra vez. Este es el caso de Miguel Delibes. Este fin de semana en una casa rural equipada con una pequeña librería me topé con este libro. Viejas historias de Castilla la Vieja de Miguel Delibes, escritas a finales de la década de los sesenta del pasado siglo están ambientadas en pequeños pueblos castellanos a principios del siglo XX.

Pueblos de labriegos, ganaderos, cazadores, mujeres de su casa, curas, jóvenes que dejaban el pueblo y se trasladaban a estudiar a la ciudad, como la historia del narrador que principia y clausura el libro, quien regresa tras 48 años de ausencia, y constata que el paisaje y paisanaje se mantienen clonados, siendo todos los hijos de muy parecido aspecto al de sus progenitores y manteniendo todos ellos el mismo nombre que sus padres. Los pueblos se preservan de esta guisa ajenos a los cantos de sirena de la modernidad, afianzados en la tradición, los lazos de la comunidad, las exigentes tareas agrícolas, al amparo de la religión y las supersticiones, la dureza del clima seco y frío, un horizonte plano en el que la vista se enajena, en pueblos donde cada cosa en la que la mirada apacenta recibe su nombre.

Leer a Delibes y tener que manejar un diccionario es todo uno, así, azuela, esparavel, trisagio, matacán, argayas, alcaravanes, huebra, tollo, escriña…

Las breves historias se cierran con una novela corta que viene a ser un diálogo que el propio autor mantiene con un avezado cazador; conversación en la que tratan de poner negro sobre blanco por qué les gusta tanto cazar a ambos. Entienden cazar perdices como un duelo, un desafío, una batalla justa, en la que tanto el cazador como la perdiz dan lo mejor de sí. Se lamentan ambos de cómo el control cinegético a través de los cotos de caza, las licencias, aquellos que van a cazar para pasar el rato o para fardar, etcétera, han echado a perder el espíritu de la caza, la libertad que experimentaba el hombre libre ejercitándose en la montaña, cobrándose sus presas silvestes, fuera del coto (dónde todo tiene dueño) con esfuerzo e inteligencia.

Me queda Delibes por leer para rato, espero.

Miguel Delibes en Devaneos | Señora de rojo sobre fondo gris, Los santos inocentes , El disputado voto del señor Cayo, Mi vida al aire libre.

978849483894

El mundo ciego (Ángel Loureiro)

En El mundo ciego, primera novela de Ángel Loureiro publicada por Pálido Fuego, tenemos a dos mujeres, Alicia y Marta que tras romper con sus respectivas parejas masculinas -Alicia despachando a su novio, harta de verlo holgazanear a su vera y Marta tras ser abandonada por su maridito, que la deja por otra más joven-, deciden tirarse al monte juntas, dejar Madrid, encontrar el aliento de la naturaleza y al tiempo que hollan el camino, recorrer también las trochas del pasado, para que Alicia refiera su pasado de adicción a las drogas, el abandono por parte de su madre y Marta hable de su padre que está perdiendo la cabeza en una residencia, los tiras y aflojas con sus hermanas y demás cuestiones de índole familiar.

El caso es que las dos juntas ese fin de semana poniendo tierra de por medio, en la naturaleza, entre León y Asturias, reviven, se sienten otras, se pierden encontrando lo que buscan sin saberlo, el amor, sí majos, el amor, de una hacia la otra. Aquí la escapada es también una scopata. Loureiro refiere esta exaltación amorosa, el torrente pasional, de manera epidérmica, burda y rápida, sin dar chance al lector para la aclimatación. En los diálogos se instilan reflexiones filosóficas, religiosas, escatológicas… ya saben, lo normal cuando uno está en el monte con la lengua fuera sin resuello y el corazón centrifuga al galope y a un tris de que te dé un pampurrio, al abrigo y amamantamiento de las ubres de la Vía Láctea.

Marta quería escribir y de hecho traducía pero ahora que se ha liberado de su marido, exenta de esa carga que la impedía ser ella, la caminata le permite ahora formular mentalmente aquello que luego plasmará sobre el papel, lo mismo que hace Loureiro en su puesta de largo -y corto alcance- en el género novelístico con esta anodina pieza.

Pálido Fuego. 2019. 214 páginas