Archivo por meses: julio 2018

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Huracán en Jamaica (Richard Hughes)

Qué gran singladura nos brinda Richard Hughes (1900-1976), qué gran sensación la de no hacer pie, la de ir a la deriva, flotando en el océano sin rumbo fijo, lejos de las líneas comerciales, en un horizonte sin límites donde están condenados a convivir durante una buena temporada unos piratas y unos niños, para quienes el barco se convertirá en el mejor de los parques de atracciones imaginables.

Si hablamos de novelas náuticas deviene inevitable no pensar en las de Melville o Conrad, y lo meritorio de ésta de Hughes es que marca su propio rumbo y la suya no se parece a ninguna de las escritas por los anteriores.

Bueno es un libro cuando nos sorprende a cada rato, trufado de golpes de efecto y de afecto, creando un limbo espacio temporal donde los niños se desarrollan de otra manera, donde su crecimiento no viene ceñido por las normas de conducta habituales, donde lejos de ejercer de padres, los marineros, bastante tienen con que los infantes no cometan alguna travesura que los haga volar por la borda.

No abreva Hughes en los lugares comunes de la épica náutica, sino que más bien supone una muy plausible inmersión en la mente humana, en este caso en la de unos niños que crecen y al tomar conciencia de sí mismos, comienzan a verse y a ver el mundo de otra manera y hacerse preguntas sin respuesta, pues sus compañeros de viaje, ofrecen el mismo consuelo que esa lámina fija que se despliega cada día ante sus ojos.

El tema de la novela como comenta Azúa en este artículo pasa por ver cómo unos niños raptados por criminales asumen la maldad sin perder la inocencia.

Si la literatura de vuelo gallináceo es insufrible, aquí Hughes con su prosa halconera vuela muy alto, tal que a pesar de su corta extensión, 265 páginas, la lectura requiere calma, no tanto porque sea difícil o árida, sino porque es de esas novelas en las que vale la pena demorarse, recrearse en lo leído, abrazarse a esas cargas de profundidad que barrenan la moral, con las que Hughes construye este artefacto narrativo.

Si quieren un buen libro para estas vacaciones, lean a Hughes. Les llevará muy lejos, hasta el centro de la noche más oscura y más allá.

Hughes la publicó en 1929, con tan solo 29 años.

Alba editorial. Colección Alba minus. 2017. 265 páginas. Traducción de Amado Diéguez

Lecturas periféricas | República luminosa

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De senectute politica. Carta sin respuesta a Cicerón (Pedro Olalla)

Nos hemos vuelto pobres. Hemos ido perdiendo uno tras otro pedazos de la herencia de la humanidad; a menudo hemos tenido que empeñarlos a cambio de la calderilla de lo ‘actual’ por la centésima parte de su valor. Nos espera a la puerta la crisis económica, y tras ella una sombra, la próxima guerra.

Walter Benjamin (Experiencia y pobreza)

Nos lleva una vida morirnos. Antes y ahora. Aunque algún día nuestros descendientes quizás contemplen la muerte de la muerte, esto es, la inmortalidad, la cual, desde mi sexto climaterio, no se la deseo a nadie. El autor del ensayo, Pedro Olalla, e incluso héroes como Aquiles son de la misma opinión. En este texto, una carta sin respuesta a Marco Tulio Cicerón, que deviene en monólogo, Pedro Olalla (Oviedo 1966), helenista, confronta lo que recogían los textos de Cicerón, la Grecia de antes con la de ahora. No solo Grecia, sino también en España.

Olalla pone el acento en la vejez, en la senectud, reflexionando acerca de qué podemos esperar de la misma. Nos habló Séneca en sobre la brevedad de la vida, de aprovechar cada día, este presente continuo, de no ir sumando días sin más, porque entonces vivir muchos años no nos valdría de nada. En el mejor de los casos la madurez debería ir acompañada de un suma de experiencias vitales que nos conducirían hacia la virtud, hacia ese crecer haciéndome mejor con el que Olalla cierra su libro. Creo que podemos pensar en llegar a la madurez como la confluencia de dos caminos que convergen, a saber, lo epicúreo y lo estoico. Las ganas de aprovechar cada día más intensamente sin descuidar nuestro itinerario y crecimiento interior, alcanzando una vida bella, que sería alcanzar la virtud, lo ejemplar.

El texto comienza hablando de los valores de la vejez, sustrayéndola a lo utilitario, a lo económico, a lo que sucede cuando uno se jubila y al dejar de trabajar es arrumbado, dejado al margen, apartado, como una rémora humana. Sobre esto de la utilidad de lo inutil vale la pena leer a Ordine.

Dos temas pone sobre la mesa Olalla. Uno es recuperar y dotar de contenido el concepto de la democracia como el poder del pueblo, reforzar el sentido de la comunidad (aquí me viene en mientes lo que nos contaba Javier Gomá con su Teoría de los estadios que todo ser humano debe experimentar de la forma secuencial. Un estadio estético-subjetivo, donde nos creemos divinidades, únicos, irrepetibles, donde prima la subjetividad y donde en definitiva sólo miramos por nosotros mismos sin ir más allá de nuestro ombligo y luego el estadio ético-objetivo, donde levantamos la vista y nos enamoramos, nos comprometemos, nos especializamos en el amor, fundando un hogar y en el trabajo, mediante la especialización laboral, con la división del trabajo. Ese paso, ese fundirnos en la masa, nos individualiza, y nos aliena, nos obliga a desprendernos de nuestro yo en pos de un colectivismo social, donde pasamos de ser universos individuales, a partes insignificantes de un todo) lo cual cada vez es más complicado cuando surgen organismos internacionales como la Unión Europea, el BCE, etc, a los que nuestros países ceden parten de nuestra soberanía, siendo estos organismos quienes toman las decisiones, de tal manera que los esta(fa)dos parecen ser poco más que marionetas en manos de los poderosos, países en donde la voluntad popular brilla por su ausencia y mecanismos como por ejemplo los referéndum son rara vez empleados. Organismos internacionales que emboscan a los países miembros en un escenario dialéctico donde solo se habla de deuda, recortes, crecimiento.

El otro tema que preocupa a Olalla es la desigualdad cada vez mayor, y toda vez que la riqueza mundial va cada día al alza, Olalla apela a una renta básica a la que tendrían acceso todas las personas, de tal manera, que así se repartiría mejor la riqueza y las personas sin el yugo de un trabajo a menudo esclavizante e insatisfactorio, dedicarían su tiempo disponible a su crecimiento interior, que espoleado por su sentimiento de solidaridad les llevaría a dedicar su tiempo a acciones no regidas por términos monetarios, que redundarían en una sociedad mejor. Respecto a la renta mínima Olalla dice que hay estudios económicos que la avalan y que es perfectamente posible. En las notas no hace mención a qué estudios se refiere.

Hay hoy miles de personas que entregan su tiempo voluntariamente sin un retorno económico, como sucede con el voluntariado que en España practican tres millones de personas mayores de catorce años. Es un dato sobre el que reflexionar, porque si el texto de Olalla parece derrotista, la sociedad, más allá de las decisiones que adopten los políticos, se organiza, y el que quiere dedicar su tiempo a los demás, encuentra múltiples opciones para hacerlo.

Como apunta Olalla, ¿qué sería de muchas familias sin el apoyo de los mayores, de esos abuelos que cuidan de su nietos, de esas experiencias, vivencias y recuerdos que les transmiten en los ratos que pasan juntos?. Olalla quiere dar a los mayores la importancia y el valor que estos tienen (o deberían de tener), porque es cierto, y creo que todos conocemos unos cuantos casos, que cuando se nos muere alguien próximo y mayor, tenemos la sensación física no solo del vacío que nos deja su ausencia, sino que esa muerte es algo parecido a la extinción de todo un mundo que se apaga ante nuestros ojos inermes.

Comienzo esta reseña con la cita de Walter Benjamin porque la pregunta que habría que hacerse es, si una vida toma sentido como la capitalización de todas las experiencias vividas, si esas experiencias como dice Benjamín cada vez son más pobres, en qué se convierte nuestra vejez, esto agravado por el principal problema que sufre el ser humano, a saber, el tedio enunciado por Badaulaire.

¿Qué pensaría Cicerón de celebraciones como la del Día de de los abuelos?.

Acantilado. 2018. 95 páginas

9788439720317

El señor Valéry (Gonçalo M. Tavares)

Creo que los libros de Tavares para ser disfrutados precisan de la ingenuidad del lector. Una ingenuidad que implica volver al origen, despojarse de lo aprendido, de aquello que nos contamina, y mirarlo todo con otros ojos, los del comienzo. De esta manera quizás esta novela de Tavares, El señor Valéry (que viene a ser un 10% de El barrio), ilustrados con los pensamientos de Valéry (algunos de los cuales me recuerdan los que aparecían en Los detectives salvajes de Bolaño), no nos resulte una simpleza, una tomadura de pelo. Sus planteamientos son similares a los que he encontrado cuando he releído su Enciclopedia. Tavares invita a ver las cosas de otra manera, desde otra perspectiva, y lo hace sin grandes alardes, en el caso de Valéry recurriendo a la lógica, al humor absurdo, a la paradoja, como la que se explicita en el último relato, con ese triángulo que quisiera ser un cuadrado, constatando que la única forma de alcanzarlo es añadiendo a su triángulo otro triángulo, no un cuadrado, es decir, se llega a ser otro (aquello que queremos ser) siendo uno mismo con mayor intensidad o por duplicado.

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Cadavedo, Cudillero…

En Cudillero constato que aunque llueva copiosamente los turistas llegamos en procesión y tomamos la localidad, en la que leo en las noticias de un periódico local que una madre se queja de que sus hijos no tienen dónde jugar en la localidad. La ciudad parece solo fachada, como una máscara, erigida sobre la montaña. Cuestas no faltan y el esfuerzo por llegar a los miradores se ve recompensado con unas vistas espectaculares.
Cudillero
Cudillero

Cudillero visto desde el cielo
Cudillero a vista de pájaro

Próximo a Cudillero está Cadavedo, donde es inevitable no ir hasta la ermita y fotografiar el horreo con mar de fondo. Las playas son salvajes, no hay problema para poner la sombrilla ni para aparcar, propiciado por unas temperaturas que invitan más a tomarse un caldo que un baño.
Playa de Cadavedo
Playa de Cadavedo