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Camino de Santiago a pie entre Astorga y Sarria (8-14 agosto 2026)

8 de agosto Astorga (Alojamiento Albergue Franciscano)
9 de agosto: Astorga – Foncebadón, 25,8 km. (Albergue El Convento de Foncebadón)
10 de agosto: Foncebadón – Ponferrada, 26,8 km. (Albergue San Nicolás de Flüe)
11 de agosto: Ponferrada – Villafranca del Bierzo, 23,2 km. (Alojamiento Albergue de la Piedra)
12 de agosto: Villafranca del Bierzo – O Cebreiro, 27,8 km. (Alojamiento Casa O Cebreiro)
13 de agosto: O Cebreiro – Triacastela, 20,6 km. (Alojamiento Habitaciones a A Casa de Pepe)
14 de agosto: Triacastela – Sarria, 17,8 km por San Xil.

Las seis jornadas que hicimos caminando entre Astorga y Sarria suman 150 kilómetros. En el Camino creo que el tiempo adquiere una densidad especial.

Con el calzado y los calcetines adecuados no hay problemas, pero conviene estar algo en forma, ya que el ir sumando cada día alrededor de 20 kilómetros o más, hace que los gemelos, las rodillas, o las plantas de los pies sufran con toda clase de ampollas. Además, en el caso de dormir en los albergues, lo harás en habitaciones de dos, tres, cuatro, seis o casi cien personas. En este caso la polifonía de ronquidos y toda clase de ruidos es inevitable.

Albergue Foncebadón

A pesar de caminar por el norte, desde la provincia de León y hacia Galicia, estos días de agosto hizo mucho calor, por lo que es muy recomendable madrugar.

El amanecer: un paisaje muy rothkiano.

Al alba, al alba

Nosotros a las 6,30 veíamos cómo comenzaba a clarear. A las 7 ya había amanecido. Ser testigo directo de media docena de amaneceres es otro de los regalos que ofrece el Camino. Pero había quien madrugaba aún más y echaba a andar a las 5. Madrugar tiene su recompensa. Si sales las 6,30 o las 7, aunque camines rápido, no llegarás a tu destino antes de la una, cuando el sol ya calentaba bastante a partir de las 10. Eso suponía caminar casi tres horas a pleno sol. Puedes encontrar alguna sombra balsámica, pero en bastantes tramos de esta parte del Camino, como la llegada a O Cebreiro, a Ponferrada o la etapa hacia Villafranca, donde el Camino va por el arcén de la carretera, y aunque el paisaje con los viñedos sea muy bonito, sombras hay pocas.

Partimos de Astorga. No vimos Castrillo de los Polvazares, y no nos arrepentimos porque luego nos contó nuestro amigo José Carlos que le salieron unos mastines al paso que le asustaron bastante. La parada para almorzar la hicimos en El Ganso, donde cogimos fuerzas para la constante ascensión hasta Foncebadón.

Foncebadón

Otros peregrinos que conocimos en la ruta nos hablaron de cuando en Foncebadón no había nada.
Si alguien quería dormir, podía hacerlo en la iglesia, convertida más un refugio de montaña que un albergue. Hoy Foncebadón ofrece muchos servicios, en un calle con media docena de albergues, a ambos lado de la misma. La pizzería italiana, «L’isola che non c’è» estaba cerrada ese día.

Foncebadón

No obstante, en esa jornada de descanso sonaba L’avvelenata de Guccini, tatareada por los jóvenes propietarios del local. Tomamos una cerveza extremeña: Cerex, en un albergue con terraza y preciosas vistas a la montaña. Fue un rato de solaz extraordinario.

El segundo día caminamos hacia Ponferrada y la etapa se hizo más dura. Llegamos a la Cruz de Ferro en el momento en el que amanecía. Tiramos nuestra piedra al montón de piedras.

Cruz de Ferro

El cartel del Puerto de Foncebadón indicaba los 1504 metros de altitud. Poco después se veía en la distancia Ponferrada. Pasamos por Manjarín, un pueblo fantasma y abandonado. Sí nos pareció ver una caravana donde vendían algo para comer y beber.

Ponferrada en lontananza

Tardamos casi cuatro horas en llegar a Ponferrada. Pusimos a prueba nuestras rodillas. Resumiendo: un calvario (aunque esto lo constaté el día siguiente). Atravesamos pueblos muy bonitos como el Acebo de San Miguel (el primer pueblo del Bierzo) o Riego de Ambrós.

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Antes de llegar a Ponferrada pasamos por Camponaraya. Vimos la escultura dedicada a la medallista olímpica Lydia Valentín.

Lydia Valentín

Paramos en Molinaseca, en la plaza del Rollo. Antes vimos una zona de baño en el río.

Piscina fluvial Molinaseca

Luego, ya casi en Ponferrada, en lugar de tirar a derecho, seguimos el camino, que hace la envolvente y que te endiña tres kilómetros más. Habíamos zapateado ese día y logramos plaza en el Albergue de San Nicolás de Flüe, en un habitación con 4 camas dispuestas en literas. Llegamos machacados por el calor, exhaustos.

San Nicolás de Flue

Compramos alimentos y bebida en un supermercado próximo. Luego siesta y reflexión. Cuando cayó un poco la tarde, visitamos la ciudad. El castillo templario lo vimos por fuera.

Castillo de Ponferrada

La dos iglesias, por dentro. Una, la Basílica de Nuestra Señora de la Encina. La otra, la Iglesia de San Andrés.

Al día siguiente, la salida de Ponferrada fue casi tan pesarosa como lo fue la llegada. Nos liamos y nos fuimos por el Camino de invierno. Es otro camino que parte de Ponferrada hacia Santiago de Compostela y que evita el paso del Cebreiro. Regresamos al castillo cruzamos el puente y nos perdimos otra vez. Finalmente, una hora después, dejamos atrás Ponferrada.

El sol calentaba bastante a partir de las 10,30 y una parte la hicimos por el arcén. A nuestro alrededor muchos viñedos y escasas sombras. Retomamos el camino por una pista y paramos bajo la sombra de unos árboles. Allí nos encontramos a Mariano, de Granada, que iba solo. Juntos llegamos a Villafranca del Bierzo, donde vimos la Puerta del Perdón. Después de la comida y la siesta pudimos paliar los calores con un baño en la piscina fluvial de Villafranca del Bierzo.

Piscina fluvial Villafranca del Bierzo

Nos acompañó José Carlos, con el que compartimos habitación en el albergue. El agua del río estaba estupenda y el lugar a reventar de gente.

El cuarto día nos encaminamos hacia O Cebreiro, en la etapa más dura del camino, junto con la etapa que atraviesa los Pirineos, viniendo de Francia.

A nuestra alrededor había muchos italianos. La mayoría eran jóvenes, como Francesco de Módena, Andrea de Ragusa, Giulio de Roma y otro chico que no recuerdo el nombre, que era de Lecco. En inglés y en italiano quisimos saber qué les traía por estas latitudes. Algo tenía que ver una película que triunfó en Italia: “Buen camino”. Pero más allá del film, muchos venían al Camino porque querían conocer España, hacer amigos, vivir una aventura o despejar la mente de pensamientos negativos.

Unos viajaban en grupos numerosos, o en grupos más pequeños, otros en parejas, alguna con sus suegros, y también quien caminaba en solitario. Una soledad que enseguida dejaba de serlo, a poco que uno quisiera pegar la hebra con otros peregrinos. También vimos a algunos ciclistas, como un padre y un hijo que iban con dos bicis eléctricas, a la altura de O Cebreiro.

Nos hizo ilusión entrar en Galicia.

Francisco y Pedro

En O Cebreiro hicimos bien en reservar con antelación una habitación, porque ese día hubo tantos peregrinos que muchos se quedaron sin plaza en el albergue municipal, y tuvieron que dormir en los pasillos del albergue, en el suelo.

O Cebreiro

Comimos el menú del día en Casa O Cebreiro. Comida rica, abundante y barata. Muy rico el caldo gallego, el churrasco y el queso fresco de la D.O.P Cebreiro con miel.

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A las siete hubo misa. Un cura dio la homilía en media docena de lenguas. Al final, todos los peregrinos nos situamos detrás y a los lados del altar, para leer unas oraciones. Al despedirnos nos hizo entrega de una piedra con la flecha amarilla pintada.

Sigue la flecha

Después, en lo alto de una loma vimos el eclipse. Fue una fiesta. Una niña pasó a nuestro lado gritando “Ha sido el mejor día de mi vida”. Un momento inolvidable.

Eclipse

Llamó mi atención la cantidad de pañuelos de papel desechables que hay tirados por el Camino. La gente tiene la costumbre de hacer pis, limpiarse y dejar tirado el papel. Así en muchos tramos había un montón de estos papeles, que como nadie limpia, no dejan de crecer. Una muestra de incivismo que no entiendo. También he leído que son biodegradables. En todo caso, su presencia emponzoña el paisaje.

A la mañana siguiente, al partir de O Cebreiro, no había casi nadie en las calles. Pudimos disfrutar de la belleza de las casas y el suelo de piedra.

O Cebreiro

La salida de nuestra quinta jornada fue potente. Atravesamos el Hospital de la Condesa y en algún momento tuvimos duda sobre qué camino tomar.

Indicaciones

Antes estaba el Alto de San Roque, y la escultura dedicada al peregrino. Nos echó la foto Santiago, de Valencia. Era saludado por todos los peregrinos. Santiago se había convertido en una institución en el Camino, pues había salido hacía tres semanas desde Saint-Jean-Pied-de-Port.

José Carlos, Francisco y Pedro

José Carlos, Francisco y Pedro

Unos ocho kilómetros después de comenzar la ruta llegamos al Alto del Poio. Hicimos una parada. Pedimos un pincho de tortilla hecha con 24 huevos. Hay pruebas gráficas.

Alto del Poio

En Viduedo paramos a tomar una cerveza. Vimos pasar la vida. Las vacas también.

Viduedo

Antes de entrar en Triacastela llamó mi atención un árbol gigantesco. Un castaño de 800 años y 8,5 metros de perímetro.

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Triacastela

En Triacastela también hay piscina fluvial, pero apenas cubría por las rodillas. Después de la siesta fuimos a dar una vuelta por el pueblo.

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Cenamos como los guiris, a las siete. Y nos juntamos con Carlos de Ponferrada, Alberto, de Barakaldo y José Carlos de Madrid, con quienes habíamos hecho noche en Villafranca. Ahí estuvimos de palique, animados y entregados a la conversación. A nuestra derecha estaba el grupo de catalanes, veraneantes en Estollo (La Rioja), a quienes habíamos conocido nuestra primera noche en Foncebadón, y con quienes fuimos coincidiendo los días posteriores.

La última etapa, la sexta, entre Triacastela y Sarria se me hizo dura al comienzo. Fuimos por la variante corta, por San Xil. La variante más larga iba por el Monasterio de Samos. Aún no había amanecido y sudé mares mientras ascendía durante casi un hora por entre los árboles. El sol se resistía a salir y la humedad era evidente.

Nublado

Luego vino alguna bajada pronunciada y las rodillas me obligaron a ir a paso de costalero. Después continuó el descenso, con menor desnivel. Pasadas las 10.30 entrábamos en Sarria. Compramos una empanada de pulpo, unos canutillos y dos choripanes e hicimos tiempo trasegando una birra. Más tarde cogimos un autobús que nos llevó a Lugo. Un par de horas después cogimos otro autobús hacia Astorga.

Estación de autobuses de Lugo

Allí habíamos dejado el coche aparcado la noche de nuestra llegada. Regresamos a Logroño.

Como recuerdo de los pueblos por los que vamos pasando siempre queda la credencial.

credencial