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La edad experimental (Erri De Luca & Inès de la Fressange)

Erri De Luca compara sus años de vida con los de un caballo. El hombre vive la vida de tres caballos y él va por la tercera. Ahora avanza al paso. Según Erri esta edad que vive ahora es una edad experimental, pues tiene la extraña sensación de que nadie ha sido viejo antes que él, dado que la vejez de quienes le han precedido no le sirve de modelo ni le prepara para nada, porque para el cuerpo de cada uno, cuando sucede, es la primera vez. Esto es interesante, porque bajo el paraguas de la tercera edad hay personas con intereses, necesidades, y biografías muy diversas, que responden de distinta manera ante el paso del tiempo. Ya sea dedicando su tiempo al voluntariado, al cuidado de los nietos, a la práctica deportiva, a viajar, al cuidado de los familiares. Erri piensa que brindar su tiempo y experiencia de forma gratuita infunde un significado más profundo al tiempo que le resta.

Aunque Erri tiene vicios adquiridos de sus años laborales, como madrugar, sigue experimentando en esta edad suya. Piensa que cada vejez es distinta y no reductible a un canon. Para sorpresa de muchos, según él, la vejez va cuesta arriba, no cuesta bajo y esconde vastedades desconocidas. El objetivo no es la longevidad.

A Erri le interesa más el proceso, movido por la curiosidad; la misma que le lleva a escribir (la escritura equivale a Erri a estar acampado) para conocerse y reconocerse. En libros como Imposible Erri ya había dado cuenta de su pasión por las montañas. Ahora sigue yendo el monte y la actividad física es el motor que lo mueve. Llegar cansado a la cama es la condición necesaria para un sueño satisfactorio.

Por otra parte, el inconformismo consustancial a Erri, quizás tenga que ver también con esa calificación de experimental que Erri da a su actual edad.

A los textos de Erri se añaden fotografías y otros textos de Inès de la Fressange, que no me parece que sumen nada al conjunto, dado que no hay apenas contraste, ni mordacidad en ellos. Los considero un añadido superfluo.

Ahora quiero ver el documental del mismo título dirigido por Erri.

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Los umbrales (Liliana Muñoz)

Simultaneaba la lectura de Los umbrales con La edad experimental de Erri De Luca. Sobre la mesa, en ambos casos, la vejez. En el caso de Erri la suya propia. En Los umbrales de Liliana Muñoz, la vejez es de la su tía abuela Yoli. A pesar de su corta extensión la novela explora una cantidad de temas que nos conciernen a todos. Yoli supera los noventa años y es ahora cuando Liliana comienza a ver el avance de la enfermedad, el devenir en el cuerpo ajeno y tan querido, la memoria intermitente. Liliana, frente a una muerte que puede llegar más pronto que tarde, se faja en un texto que resulta entrañable y conmovedor.

No solo escribe Liliana sobre su relación con su tía abuela, sino también la que mantuvo con su abuela, su madre, padre o hermano. La familia es aquí una comunidad donde cada cual aporta sus dosis de cuidados, pero claramente desbalanceado. El texto se vuelve autobiográfico cuando Liliana comenta algo que me suena conocido: que su vida la ha articulado siempre en torno a la lectura. Que todo lo que no sea leer, supone una interrupción. Ahí entra el trabajo, la familia, los amigos: TODO.

Liliana da cuenta de sus múltiples viajes y mudanzas. Su salida de casa con 18 años de Mérida (en Yucatán), sus continuos retornos a casa, la manera de solucionar los problemas en la distancia, o la manera de compatibilizar la familia y sus amigos. Volver a casa es volver a la familia, al abrazo, al contacto con el cuerpo y la voz tan querida.

El libro mantiene un humor sostenido y el texto resulta alegre, luminoso, y sobre todo vivaz, a pesar de que la enfermedad y la decrepitud están aquí presentes, pero no como sería esperable, sino como un canto a la vida, a un pasado capitalizado y atravesado por la memoria familiar.

Y esas lecturas de la que nos habla Liliana, tienen que aflorar inevitablemente, por eso, en algunos capítulos las reflexiones se cierran recurriendo a esos párrafos que Liliana ha leído y subrayado en otros libros, y que necesita para explicarse lo que siente y piensa. Es otro homenaje más a la literatura y la lectura, que le son consustanciales.

Los umbrales es un texto que he leído con un nudo en la garganta y los ojos vidriosos, donde la naturaleza humana se ve muy bien reflejada y donde toda la emoción se va acumulando en el cielo del estómago, esperando que una buena chaparrada me permita sacarla al exterior, hacia el mapa del rostro.

Los umbrales
Liliana Muñoz
Editorial Tránsito
2026
176 páginas

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El paisaje es un grito (Eduardo Ruiz Sosa)

Si todo fluye y cambia, como nos dijo Heráclito, quien se va volverá siendo otro a un lugar que tampoco será el mismo. Pensemos entonces el espacio como algo lábil, permeables o correosas las fronteras. Vemos una comunidad móvil, despareja y fecunda, que me recuerda a la de Sirat. En el coche van cuatro personas, una de ellas ha muerto: el Genízaro. ¿Pero cuando podemos hablar de muerte? Más allá de lo físico, el Genízaro persiste en las palabras de los otros, en sus recuerdos. Baldor —que viene del Otro lado, de la parte gringa—, Lombardo y la Caticha quieren llevarlo a su lugar de nacimiento: El Presidio.

¿Cómo encontrarlo? Porque el espacio es aquí un eco esquizo. Menudean las ciudades con el mismo nombre, así París. Y el lector flipará al no saber si está en Europa (cuando lea Belfast o Praga), o en el norte de México o extraviado en una pesadilla terrorífica, por real. Sumemos más extrañeza: al llegar a Providence, el Genízaro, el muerto, pasa a ser divisa universal, metáfora de lo extinto que nadie quiere que desaparezca, el muerto a adoptar, aquel a quien llorar.

Y los otros tres siguen su camino, y el hilo es cable con múltiples hilos: acomodemos el cerebro para los saltos temporales. Porque el Genízaro tuvo padres: Eloísa y Ezequiel, y ahí aparecen las minas: empleo, también destrucción del paisaje. Y cada cual busca su espacio, como Lombardo en Quincy. Pienso en el juego del “Tú la llevas”, porque parece que la memoria propia también puede ser transmitida. Si somos el tiempo que nos queda, ya muertos, somos las palabras que los demás guardan de nosotros, los restos de la memoria en la piel ajena; así la Caticha, la Onza y el Perdomo. El hilo sigue despeluchándose en palabras y recuerdos; en las manos la aguja y el hilo de la memoria, siempre tan frágil, ante el empeño humano de hacer sólido el viento.

La novela es un continuo acarreo. Por eso la Caticha subraya párrafos, apresa las palabras y las atesora. ¿En qué medida esa apropiación afecta a su naturaleza y a su identidad?

Las mutaciones en la novela tienen mucho que ver con lo disperso y lo fragmentario; la migración es movimiento y retorno. Por medio, el destierro y el desarraigo. Un volver ¿adónde?

Mat Xante funda 23 ciudades con el mismo nombre: París con la idea de dispersar y destruir la historia del París original. Ya no hay un centro porque la realidad deviene fractal. El desasosiego, el desconcierto de los personajes, se adhieren también al lector y se convierten en tos nerviosa.

Y la sintaxis también muda: las palabras no siguen la puntuación debida, y el lector debe establecer sus propias pausas, cuando las palabras se desangran en los márgenes o mueren a mitad de la línea y pasan al Otro Lado.

Leer es aquí un terreno inestable; un libro del desasosiego en el que me costó tanto entrar que luego —como los pulpos del Elías entre los arbustos— no encontré la manera de salir. Y sigo ahora como la Caticha, puliendo la punta del lápiz en la hoja, hollando las frases de Eduardo, apurando el néctar de la efímera inmortalidad que concede la buena literatura.

El paisaje es un grito
Eduardo Ruiz Sosa
Candaya
2026
398 páginas

Eduardo Ruiz Sosa en Devaneos (Primera silva de sombra, Cuántos de los tuyos han muerto, Anatomía de la memoria, El libro de nuestras ausencias)