Archivo de la etiqueta: Lumen

IMG_20180414_175923

Adiós a los padres (Peter Weiss)

Él pegándome, yo gimiendo, permanecíamos horriblemente abrazados. Gritaba pidiendo perdón y él gritaba palabras incoherentes y no sabía por qué me pegaba, y yo tampoco sabía por qué me pegaba, era un acto ritual, realizado bajo la presión de fuerza superiores , desconocidas. Sin aliento, cubierto de sudor, mi padre estaba allí sentado después de agotar sus fuerzas, y había que consolarlo y cuidarlo, había realizado su culpa, ahora venía el perdón, la enfermiza paz familiar, también la madre acudía corriendo, y yacíamos como una sola masa entrelazados, llorando con alivio“.

Este párrafo permite hacernos una idea aproximada de cómo fue la relación que Peter Weiss (1916-1982), autor de esta novela autobiográfica publicada en España en 1968, mantuvo con sus padres.

No hay reconocimiento (aunque a toro pasado Peter Weiss sí que es capaz de apreciar el esfuerzo por parte de sus padres en mantener y afianzar un “hogar” allá donde se encontraran) y desgarro ante la pérdida de los padres como en Ordesa, ni crítica feroz hacia la figura paterna como en Saturno o Carta al padre, aquí se cuece algo más complejo. Una pequeña muerte supone abandonar el hogar familiar, la otra, es la muerte física de sus progenitores, que en el caso de Weiss suceden casi de forma simultánea.

La narración arranca con la muerte de sus padres y sin ninguna concesión hacia lo melodramático, con un tono muy directo, sintético y seco Weiss nos irá conduciendo a través de sus recuerdos de la infancia y adolescencia: sus primeros pinitos artísticos como pintor, arte que le sirve como tabla de salvación y de evasión, el ambiente opresivo familiar y escolar en el que se desenvuelve, la relación con sus hermanastros, su relación incestuosa con una de sus hermanastras, la situación forzada y hostil con su padre (que siempre sería un extraño), la muerte de una de sus hermanastras, los ataques epilépticos de su madre, sus continuos cambios de residencia, propiciados por la actividad laboral paterna, que les llevarán a vivir a otros países, Inglaterra, Checoslovaquia, un exilio que dice Weiss no haberle enseñado nada, porque para él el exilio solo fue la confirmación de un desarraigo, el que había experimentado desde su primera infancia, ya que nunca había poseído una tierra natal. Ajeno se ve también Weiss a la situación prebélica que vivía Europa a mediados de los años 30, agravada por su condición de judío.

Se da la paradoja de que Weiss deja el nido familiar, que viene a ser una cárcel, para luego cuando tiene ocasión de vivir por su cuenta durante un año en Praga, amorrarse a la soledad, ir camino de la autodestrucción, donde el deseo tampoco acudirá en su auxilio, sino más bien, todo lo contrario. Su paso por la fábrica (como el hijo del director) tampoco le proporcionará ninguna satisfacción, testigo de ese cúmulo de vidas alienadas aburridas tristes monótonas clonicas baldías.

Peter Weiss siente la imperiosa necesidad de vivir, de aprender a vivir, de vivir su vida y esto pasa (desgraciadamente) por alejarse de sus padres, por decirles adiós.

Este libro se encuentra descatalogado y ha sido recuperado por Alpha Decay, con nueva traducción de Juan de Sola, pero la que he leído es la edición de Lumen con traducción de Mireia Bofill. Aquí se pueden ver ambas traducciones en sus tres primeras páginas. Las fotos corresponden a la traducción de Mireia para Lumen.

Adiós a los padres
Adiós a los padres

A menudo he tratado de lidiar con la figura de mi madre y con la figura de mi padre, debatiéndome entre la revuelta y la sumisión. Nunca he logrado captar ni interpretar la esencia de estas dos personas capitales en mi vida. Cuando murieron, casi simultáneamente, me di cuenta de hasta qué punto nos habíamos distanciado. La tristeza que me invadió no era por ellos, a los que apenas conocía, era la tristeza por todas las ocasiones perdidas que habían envuelto mi infancia y mi juventud en un vacío absoluto. Era la tristeza por la certidumbre del fracaso total de un intento de fundar una vida en común, intento en el que los miembros de una misma familia se habían mantenido unidos y aguantado varias décadas. Era la tristeza por el reconocimiento tardío, lo que nos reunió a los hermanos alrededor de la tumba y luego volvió a dispersarnos una vez más, cada cual encerrado en su propia existencia. Después de la muerte de mi madre, mi padre, cuya vida había transcurrido por entero bajo el signo del trabajo, trató de dar la impresión de un nuevo comienzo. Se marchó de viaje a Bélgica para, decía él, entablar allí relaciones comerciales, pero en el fondo se fue a morir como un animal herido en su guarida. Se marchó con la salud mermada, a duras penas se movía con la ayuda de dos bastones. Cuando, después de que me notificaran su muerte en Gante, hube aterrizado en el aeropuerto de Bruselas, reviví de cabo a rabo, con el corazón en un puño, el largo trecho que mi padre, con sus piernas debilitadas por la estasis, se había visto obligado a recorrer, escaleras arriba, escaleras abajo, por todos los pasillos y vestíbulos. Era a principios de marzo, un cielo sereno, una luz nítida, un viento frío sobre Gante. Recorrí la calle siguiendo las vías del tren, en dirección al hospital en cuya capilla habían instalado el velatorio. En los raíles, detrás de los árboles deshojados y acabados de podar, maniobraban los trenes de mercancías. Los vagones rodaban y chirriaban en lo alto del terraplén cuando me encontré delante de la capilla, que parecía un garaje. Una monja me abrió las puertas. En el interior, junto a un ataúd cubierto de flores y coronas, yacía mi padre, colocado sobre una armazón recubierta de paños, vestido con el traje negro que se le había quedado grande, con calcetines negros, las manos juntas sobre el pecho y, en el hueco del brazo, la foto enmarcada de mi madre. El rostro, enjuto de carnes, parecía relajado. El pelo fino, apenas cano, le caía formando un leve rizo sobre la frente, sus rasgos traslucían un no sé qué de orgullo, de atrevimiento, que nunca antes había visto en él. Tenía las manos impolutas, con las conchas regulares de las uñas de las manos, de un brillo azulado. Acaricié la piel fría, amarillenta y tersa de la mano mientras, unos pasos detrás de mí, la monja esperaba bajo el sol. Me acordé de mi padre tal y como lo había visto por última vez, debajo de una manta, tumbado en el sofá del salón, después del entierro de mi madre, el rostro gris y borroso, desdibujado por el llanto, su boca balbuciendo entre susurros el nombre de la difunta. Yo estaba helado, notaba el viento frío, oía los silbidos y los golpes de vapor que llegaban de las vías, y delante de mí tenía una vida que había concluido para siempre, ese enorme derroche de energías que se fundían en la nada, delante de mí tenía el cuerpo sin vida de un hombre en el extranjero, ya inalcanzable, en un cobertizo al lado de las vías del tren, y en la vida de ese hombre había habido despachos y fábricas, un montón de viajes y de habitaciones de hotel, en la vida de ese hombre había habido siempre grandes apartamentos, grandes casas, con muchas habitaciones atestadas de muebles, en la vida de ese hombre siempre estuvo la mujer que lo esperaba en el hogar común, y también estuvieron los niños, en la vida de ese hombre, los niños a los que evitaba siempre y con los que nunca supo hablar, aunque puede que, cuando estaba lejos de casa, fuera capaz de sentir ternura…

Esta autobiografía continúa con Punto de fuga, publicada en 1970.

El pie de la letra

El pie de la letra (Jaime Gil de Biedma)

Las 667 páginas de El pie de la letra, que comprenden el conjunto de ensayos completos de Jaime Gil de Biedma (1929-1900), me han resultado por encima de cualquier otra consideración un poderoso homenaje a la literatura, a aquellos escritores que la hacen posible y que son objeto de admiración y veneración por parte de Jaime, pues lo que aquí se evidencia es que nada nace Ex nihilo y que en el caso de Jaime hay unos autores predilectos, como Jorge Guillén, cuyo magisterio será la piedra sobre la que Jaime construirá su obra poética, pues la lectura deviene un ejercicio de apropiación, de leer aquello que le servirá a su objetivo poético. Hacia otros escritores como Pedro Salinas Jaime manifiesta una devoción tanto literaria como humana, pues experimenta hacia él un vivo afecto y siente el deseo de entrar en su intimidad o de Ferrater afirma que es el lector más inteligente que haya conocido en su vida. Con otros como Luis Cernuda al cual también reivindica no llegó a conocerlo en persona y fue la suya una relación epistolar entre 1959 y 1963. Jaime manifiesta a su vez su agradecimiento hacia Alberto Jiménez Fraud siempre generoso, siempre hospitalario en todas las visitas que Jaime le hizo en Wellington Place.

En la semblanza de Jaime Gil de Biedma que aparece en el Examen de ingenios de Bonald éste se refiere a Biedma -quien fue su amigo- como una persona inteligente y sensible, algo que podemos validar leyendo estos ensayos publicados en Lumen, anotados y prologados estupendamente (no he detectado una sola errata y las notas aclarativas son muy valiosas) por Andreu Jaume, nos permiten conocer de primera mano el buen hacer crítico de Biedma. Basta leer el estudio pormenorizado que hace del Cántico de Guillén, para comprobarlo. Vale mucho hacer la prueba y leer primero el Cántico y releerlo después de haber leído el ensayo de Biedma y comprobar cómo leemos ahora bajo otra luz, con un sentir más afilado y una mirada enriquecida. Como afirmaba Auden en El arte de leer, no se reconoce casi nunca la tarea de los estudiosos, aquellos que con su empeño y esfuerzo logran sacar del olvido aquellas obras y aquellos escritores y darles la importancia de los que son acreedores. Así, Biedma reivindica por ejemplo a Pedro Luis Ugalde a Juan Gil-Albert, o incluso en otro orden de cosas defiende que el catalán ofrece un medio mucho más idóneo que el castellano para la traducción de poesía inglesa. Y lo ilustra en el ensayo dedicado a los Cuatro cuartetos de T. S. Eliot.

Hay un sinfín de cosas que aparecen en el texto que me han gustado y quiero compartir con vosotros, en el caso de que haya alguien ahí afuera escuchando.

La crítica literaria no es sino una variedad del arte de escribir y el efecto estético es tan principal en ella como en cualquier otro género de literatura.

El acto de la lectura es también un acto creador.

La actividad poética es una actividad formal, pero nunca es pura y simple voluntad de forma.
La poesía no aspira a otra cosa que a lograr la unificación de la sensibilidad.

Hacer buenos poemas no es fácil, pero algunos lo consiguen; hacerlos y no engañarse con ellos, ni engañar al lector, sólo lo consiguen poquísimos.

Sus poemas empiezan a ser buenos cuando logran formalizar, evaporar la realidad contingente de la experiencia común que intentaban expresar, es decir: cuando empiezan a dejar de ser lo que pretendían.

El buen lector es, por definición, parte interesada: leemos porque nos importa lo que leemos, porque oscuramente pensamos utilizar nuestra lectura para mejor hacernos cargo de lo que nos ocurre.

He aquí un problema que casi todo artista debe plantearse apenas rebasada la primera madurez: la necesidad, y la dificultad, de ir más allá del propio estilo, cuyas inevitables limitaciones empieza a tocar.

La censura, al impedir la clara expresión escrita de las ideas, acaba por herir de muerte la clara formulación mental de las mismas.

En el recuerdo de aquellas lecturas de La pagoda de cristal creo que se fundan sobre todo tres sólidas convicciones mías. La primera, que para leer bien y para guardar la fe en la literatura no hay, a cualquier edad, nada como tener pocos libros que leer a nuestro alcance. La segunda, que los niños leen exactamente para lo mismo que las personas mayores: para intentar comprender la vida, imaginándola, y para consolarse de ella. La tercera, que para leer Moby Dick, el Quijote o cualquier otro gran libro que los mayores a veces imponían a los niños, en ediciones más o menos expurgadas, tenemos por delante toda la existencia, mientras que para leer apasionadamente La pagoda de cristal, Los tigres de Mompracem o El coyote, o cualquier otra historia de aventuras que los niños leen ahora, solo disponemos de poquísimos años. Quien los desperdicie, se habrá privado de la única profunda aventura de lector que a esa edad puede tener, y que sólo puede tener a esa edad; su experiencia literaria y su experiencia de la vida quedarán para siempre incompletas.

El mito es también, y sobre todo, una tentativa de comprensión de la vida y una consolación de ella.

Para que resulte fecundo, el clasicismo en nuestra época ha de contentarse con ser una aspiración, y no una escuela.

La literatura es una especie de formulación de la vida, no sólo del literato que escribe, sino toda persona que vive en función de la verbalización de todas sus experiencias. (Carlos Barral)

El tomar lo que en un poema se dice como una proposición genérica, válida en cualquier situación, es típica de los españoles, porque los españoles son gente del Antiguo Régimen, gente que realmente no ha vivido una revolución romántica, gente arcaica; somos gente tridantina, y todo lo tomamos como si lo dijese el padre Vitoria.

El mundo ficcional de Chéjov es de una humanidad literaria que, por la cordialidad y la complejidad de las emociones con que nos mueve, suscita muchas veces el recuerdo de Cervantes.

Decía T. S. Eliot que un lugar se hace real no describiéndolo, sino porque sucede algo en él.

Lo importante en el hombre es quién va a ser a partir de los cuarenta años. (Juan Gil-Albert)

El héroe propio de la literatura moderna es la persona privada, a diferencia de lo que sucedía en la Antigüedad, en que lo era siempre la persona pública. (W. H. Auden)

Dos fundamentales cualidades que le constituyen en un crítico excelente: buen sentido y formación filosófica. Su pensamiento manifiesta una coherencia interior envidiable. (Gil de Biedma sobre Joan Ferraté)

La poesía me parece una tentativa, entre otras muchas, por hacer nuestra vida un poco más inteligible, un poco más humana.

Hay dos maneras de construir una novela, ir añadiendo todo lo que en ella no sobre o ir quitando todo lo que en ella no sea indispensable.

El escritor -y ésa es su limitación trágica- sólo descubre, sólo conoce la realidad cuando empieza a imaginarla, pero, por otra parte, ese conocimiento de la realidad, ese descubrimiento de la realidad, que sólo se da en el momento de empezar a imaginarla, a fabularla, es absolutamente inútil más allá de los límites de la propia literatura.

Comenta Andreu en el prólogo que Ignacio Echevarría lo puso en la pista de este libro de Jaime Gil de Biedma (parte de los Ensayos ya se habían publicado anteriormente y Echevarría publicó una reseña de la segunda edición en El País). Algo que me permite tener ahora un libro en las manos como el presente (que lo es para el espíritu, en su tercera acepción). Es una evidencia que en nuestro camino lector unas lecturas nos llevan a otras, unos autores a otros, unas corrientes a otras, un siglo a otro, en suma: un deleite a otro, cuando lo leído nos interesa y apasiona, como es el caso y Biedma con estos fascinantes, apasionantes y apasionados ensayos, además de -entre otras muchas cosas- brindarme la oportunidad de leer, y comprender la poesía de otra manera sitúa en mi mente a unos cuantos autores y libros en los que quiero demorarme, reconociendo el magisterio de autores a los que abordar o retomar, a saber: Góngora, Espronceda, Garcilaso, Valéry, Becquer, Coleridge, Wordsworth, Guillén, Aleixandre, Shakespeare, Eliot, Baudelaire, Rimbaud y un muy largo etcétera.

www.devaneos.com

El arte de leer (W. H. Auden)

En uno de mis blogs de referencia, el de Santos Domínguez, en su cabecera figura este pensamiento de W. H. Auden: Reseñar libros malos no es sólo una pérdida de tiempo, sino también un peligro para el carácter. A raíz de esa frase llevaba ya un tiempo queriendo leer a W. H. Auden (1907-1973), no tanto sus poemas, (aunque Auden esté considerado hoy en día uno de los grandes poetas del siglo XX) sino El arte de leer, libro que recoge ensayos muy interesantes sobre la escritura y la lectura, así como su labor como crítico, que tantos elogios le ha granjeado. Parte del libro ya lo publicó anteriormente Península. En 2013 lo reeditó Lumen, ampliándolo, en la antología que lleva a cabo Andreu Jaume, cuyo prólogo es muy interesante. Hablaba el otro día de la posibilidad de que publicara un libro con prólogos, en el que podría estar éste perfectamente.

Algo que me ha gustado y que se hace muy poco, siguiendo la línea que defendía Gual en La luz de los lejanos faros, es poner el nombre del traductor cada vez que aparezca en un texto un párrafo traducido, como hace aquí en cada ocasión Andreu Jaume.
Las palabras de Auden las considero de interés para los escritores, los lectores y aquellos que gusten de criticar, reseñar u opinar.

Ya lo ponía el otro día en el blog pero lo repito. Según Auden, un crítico, si me vale para algo sería para esto:

1) Darme a conocer autores que hasta ese momento ignoraba.
2) Convencerme de que he menospreciado a cierto autor o determinada obra por no haberla leído con suficiente cuidado.
3) Mostrarme relaciones entre obras de distintas épocas y culturas que jamás habría descubierto por mí mismo porque no sé lo suficiente y jamás lo sabré.
4) Ofrecerme una “lectura” de determinada obra que mejore mi comprensión de la misma.
5) Arrojar luz sobre el proceso del “hacer” artístico.
6) Arrojar luz sobre el arte de vivir, sobre la ciencia, la economía, la ética, la religión, etcétera.

Quiero traer aquí unas palabras del sabio George Steiner que aparecen en Lenguaje y silencio: Como nunca antes, el estudiante y la persona interesada por la literatura lee comentarios y críticas de libros más que los propios libros, o antes de esforzarse por formarse un juicio personal. Esto es muy interesante, porque cada vez más se habla de oídas y no de leídas, porque hoy con internet, con tanta información circulando por la blogosfera no es nada difícil copiar y pegar textos, preparar artículos cogiendo de aquí o de allá, o echando mano de párrafos de libros como el de Ordine y sus Clásicos para la vida moderna o de Un verano con Montaigne de Compagnon, en cuyo caso, en vez de dirigirnos a los libros que los autores escribieron, en el mejor de los casos, nos quedamos con el subproducto de la crítica, de la reseña, de la opinión, de esos titulares que muchos manejaran en las conversaciones dándose un barniz de erudición que solo es eso.

Respecto a la frase del comienzo, comparto que atacar libros malos es una pérdida de tiempo, aunque una vez leídos también apetece dar tu parecer, favorable o no, pero de todos modos y sí creemos esto que dice Auden, “Hay libros que son injustamente olvidados; ninguno es injustamente recordado”., dejemos que el paso del tiempo nos haga olvidar aquellos libros que no serán acariciados por los rosados dedos de la Posteridad.

En cuanto a la labor crítica, en este texto lo que más he disfrutado son las palabras dedicadas a Edgar Allan Poe, Valéry (de su generación dice Auden que solo le interesan Valéry Y Cocteau) y D. H Lawrence. Del resto, no conocía a Tennyson, de Shakespeare no he leído sus sonetos y lo que he leído de Cavafis no me ha gustado, así que las conferencias a ellos dedicados me han resultado menos amenas. Sí he leído, no obstante, con mucho interés la manera en la que Auden crítica la poesía pues ofrece rudimentos importantes que considero muy útiles a la hora de enfrentarnos al lenguaje poético y a los poemas, poema que para decirlo con Valéry debe ser una fiesta de la inteligencia, si nos decidimos a hollar estos dominios.

Auden dice ciertas cosas sobre la homosexualidad que han cambiado mucho. “La fidelidad es mucho más importante en las relaciones homosexuales que en las demás. En otras, hay diversas cosas que te unen, mientras que en este caso la fidelidad es el único vínculo”. Viene a decir que como los homosexuales no pueden tener hijos hay entre ellos una mayor dependencia, dado que su amor muere entre ellos dos, mientras que los heterosexuales pueden derivar su cariño hacia los hijos, por ejemplo. Ahora que la ley permite a los homosexuales ser padres, lo que anuncia Auden (hablamos de los años 60 del pasado siglo) es un sinsentido.

El libro se cierra con unos Fragmentos, donde lo que hay no es un análisis profundo, sino lo inmediato del titular y ahí leo cosas como “Creo que Don Quijote es bastante aburrido. Demasiado largo”. Y entonces mi cara adopta rostro de emoticón. Ese en el que a una carita redonda se le salen los ojos de las órbitas, para entendernos. ¿Don Quijote aburrido?. O bien que Los Diarios de Kafka son muy malos. Otros apuntes son interesantes: Los mejores aforistas son: Pascal, Baudelaire, Nietzsche, Blake, Kafka y los que aparecen en los Diarios de Kierkegaard. A su vez, otras cosas, como las referidas a Góngora; Góngora no es sólo sonido. Cuando ese es el caso, una traducción a otra lengua en prosa no tiene sentido, y Góngora es absolutamente extraordinario en lengua inglesa, las aprecio y me animan a leer al poeta más y mejor.

Apunten el nombre de Auden y léanlo. Por menos de diez euros lo encontrarán en bolsillo. No me parece caro, pues hablamos de un libro que ha nacido para ser releído.

Editorial Lumen. 2013. 462 páginas. Traducción de Juan Antonio Montiel. Edición de Andreu Jaume