El bolígrafo de gel verde (Eloy Moreno 2011)

Eloy Moreno El Bolígrafo de Gel verde Al protagonista del libro le clavaba yo dos bolígrafos de gel verde, uno en cada ojo, para que supiera de verdad lo que es el DOLOR, con mayúsculas.

En serio. No usaría un bolígrafo de gel verde, sino un cutter bien afilado, para no fallar. Ahora sí. Primero, felicitar al joven Eloy Moreno, el cual a base de dar la brasa, mover su libro por toda España y gracias a un país entregado a su obra, finalmente Espasa le publicó un libro y así sus padres pueden ahora presumir de tener un hijo escritor. Cierto. Decía Olmos, otro escritor, que su una novela es buena, al final alguien acaba publicándotela. No me parece este el caso, pero yo a Olmos no le llevo la contraria porque le tengo en un pedestal y se gana la vida escribiendo y yo no.

Respecto al libro, que es lo que nos ocupa, no me ha gustado nada, si bien en su página web haya recibido elogios de un público entregado que ha hecho el libro suyo. En términos económicos, lo que se conoce como coste de oportunidad, aplicado a la lectura, supondría que uno debería ocupar nuestro precioso tiempo leyendo libros claves, decisivos, fundamentales, transgresores, transformadores, etc, en lugar de perderlo con libros que en cada dos palabras te cascan tres tópicos.

El autor de esta novela, nos cuenta la vida de un joven que ve como su vida se le escapa entre las manos, directo al sumidero. Su relación con su pareja naufraga. A su hijo le dedica menos tiempo que el que precisa para encontrar aparcamiento. Pasa toda la vida metido en la oficina y en el hogar solo le espera la Guerra Fría con su mujer (una pareja que está buenísima porque va al gimnasio y tiene unos senos turgentes, unas nalgas duras. Nada ver con la barriga del protagonista), una guerra, que acabará en breve, con un armisticio que liberará a ambas partes de ese contrato que los iba a unir parasiempre (lo decía el gran Bunbury en uno de sus temazos -no existe el parasiempre. Para siempre me parece mucho tiempo-).

El protagonista trabaja un montón, se pasa la vida trabajando (o en la oficina tocándose los huevos, que en España viene a ser parejo), pero tiene ánimo de dejarse la piel, tratando de adivinar quién le ha robado un boli de gel verde. Además al protagonista, la ciudad, el ruido, las largas distancias le vencen y comprueba que su vida es una mierda.
Luego como cada página es un tópico y Eloy va camino de convertirse en algo parecido a un Coelho, vendrá la esperada catársis, ese renacer, en el que mudar de piel y volver a vivir de nuevo. No, no va a hacer el Camino de Santiago, tranquilos.

Si uno tiene que cambiar de aires y quiere medirse a sí mismo, ¿qué hace?.

1. Corre un maratón o una media si es un flojo.
2. Subir una montaña de 2.700 metros o más, pisar la cumbre, tocar las nubes, vacilar al sol, y sentirte el rey del mundo, el puto amo, el dueño de su vida y, ojete, de su FUTURO.

La opción primera ya se la había apropiado Murakami (en su libro de ¿Por qué diantres me hablan cuando me corro?, La soledad del masturbador mediofondista, o algo así), así que Eloy optó por la segunda y el protagonista tiene que dejar la “ciudad“, para disfrutar en la montaña, del silencio, de la soledad, del aire puro, de los cielos azules, de los lubricanes embriagadores, de alboradas que cortan la respiración (pero no minoran el dolor. Esto ya es una licencia mía), el contacto humano, y demás topicazos que a uno a esas alturas del libro le estaban ya dando sarpullido (aunque quizá fuera el té de roca que me estaba tomando).

Pero no basta ya con todos estos tópicos, que son la sustancia de la que nunca debe hacerse una novela que aspire a algo, sino que Eloy se viene arriba, agarra su boli y entonces ya, sin ninguna desmesura, nos monta en una montaña rusa donde el protagonista, no solo está solo, desgarrado, sovacado, erosionado, sino que lo peor es que siente DOLOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOORRRRR.

Sí, un montón de dolor, toneladas de dolor. En cada página, el autor nos hace saber que el autor sufre y siente dolor, una y y otra vez, hasta que a uno le acaban doliendo las púpilas ante tantas toneladas de sentimentalismo barato, ante ese dolor garrafonero, ante esas amistades que surgen de la nada en pocos minutos, ante despedidas claves, ante momentos que perdurarán para siempre en la memoria del protagonista, pero que a uno le cargan el tarro de tal manera, que solo quiere llegar a la página 314 para dejar de sufrir, leyendo.

Podría no obstante dejarme llevar añadirme al coro de palmeros y aplaudir este libro, decir que se lee bien rápido, sin esfuerzo, pero decir eso y nada es lo mismo, una metáfora de la nada más absoluta. Además un piropo, una lisonja es el camino más fácil de destruir a una persona, a un escritor todavía más. No les voy a pedir que lo lean (Dios me libre). Son mayorcitos y harán con su dinero y su tiempo lo que les venga en gana.

Me podría decir alguien, por favor, de los fan de Eloy ¿cuántas veces aparece la palabra “dolor” en el libro?. Es curiosidad.

Por último. ¿Son necesarias 314 páginas para contar una historia que se puede resumir en mucho menos de la mitad?. Acabo de leer, Hablar solos, y ahí uno entiende en que consiste la concisión, la palabra justa, el término medido, etc. Un escritor debe escribir y corregir, corregir mucho.

Un pensamiento en “El bolígrafo de gel verde (Eloy Moreno 2011)

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