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Memoria de chica (Annie Ernaux)

Pero para qué escribir sino es para desenterrar cosas, hasta una sola, irreductible a explicaciones de toda suerte, psicológicas, sociológicas, algo que no sea el resultado de una idea preconcebida ni de una demostración, sino del relato, algo que salga de los repliegues escalonados del relato y que pueda ayudar a entender -a soportar- lo que sucede y lo que se hace.

Sí, Annie Ernaux (Normandía, 1940), desentierra cosas, o más bien ejerce de forense, y dispone sobre la mesa de las autopsias a la joven que fue en 1958, cuando contaba 18 años, el año en que en una fiesta, en un campamento de verano donde trabajaba como monitora, un tal H, un par de años mayor que ella, la besó, la llevó a su habitación, la desnudó, y durante toda la noche (ob)tuvieron sexo. Más él que ella.
Una noche que no es un antes y un después, sino un abismo temporal, el que separa a la niña de la mujer y nubla la mente e inflama los sentidos y le aviva una sed de hombre hasta ahora desconocida. Una noche que le deparará consecuencias de todo tipo y será el núcleo de esta biografía, pues tras esa noche su relación con las otras monitoras y con el resto de sus compañeros e incluso consigo mismo cambia, pues el sexo, como la gota de café en la leche, aunque sólo sea una, aniquila lo inmaculado y todo se vuelve entonces viscoso, fangoso, turbio, tormentoso, fosco e hiriente.

Reflexiona Annie a toro pasado sobre esa noche de sexo, y las siguientes, sobre esa sed que quiso apagar en otros cuerpos, cómo a raíz de esa noche, le llueven apelativos de todo tipo, sobre un conducta juzgada como poco decorosa, cómo el grupo agrede y ella, en esa ocasión es la víctima y objeto de escarnio. Añade Annie más elementos a su biografía como la falta de regla que tuvo durante un par de años, la bulimia que padeció o la relación con su amiga R, que acabó malográndose, refiriéndonos su estancia de pocos meses como criadilla en Londres. Hechos que se refieren en la segunda mitad del libro donde la narración un tanto anémica, languidece.

Lo complicado en un libro como el presente es qué hechos del pasado alumbrar y cuales dejar fuera de campo y luego qué enfoque darles, cómo tratar aquellos hechos que se recuerdan -ya sea recurriendo a la memoria, a cartas o fotografías, como hace Annie- y dotarlos de sentido, si es que esto es posible, o si más bien tiene sentido hacerlo, porque nos guste o no, lo que somos es un pasado capitalizado, un sumatorio de yoes sucesivos en el tiempo y no siempre bien avenidos.

Cabaret Voltaire. 2016. 200 páginas. Traducción de Lydia Vázquez Jiménez.

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