Archivo de la categoría: literatura japonesa

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La mujer de la arena (Kôbô Abe)

Lasciate ogni esperanza, voi ch´entrate”

En esta portentosa novela de Kôbô Abe (1924-1993), publicada en 1962 (llevada al cine en 1964) bajo el título en japonés de (Suna no onna, con traducción de Kazuya Sakai), el autor reflexiona sobre la condición humana, sobre la tensión que existe entre la necesidad de volar, de llevar una vida nómada, sin ataduras, ni compromisos, y el deseo de tener compañía, de solazarse en el amparo y protección que brinda el hogar, el alivio de la soledad en la compañía ajena, el apaciguamiento que depara el día a día rutinario y clónico.

Un profesor de escuela, de vocación entomóloga, abandona su hogar sin avisar, se entrega a la aventura y acaba en un poblado donde sin saberlo, en la entrada al mismo bien pudiera existir un cártel que recogiera las palabras de Dante que principian este escrito.

No existía. Existía. Ya no existo. ¿Ha importado?. Esta inscripción que aparecía en un epitafio y que recogía Adolfo en Fantasmas del escritor, creo que se ajusta a la perfección a lo que Abe quiere transmitirnos en esta ficción. Para ello recurre precisamente a la figura de un entomólogo, el cual a medida que estudia cuantos insectos tiene a tiro se ve a sí mismo como otro insecto más. Si cogemos algo de perspectiva, desde el aire, vemos que los humanos somos poco más que hormigas, las ciudades hormigueros, embebidos en un continuo ir y venir, acarreando bienes, sumidos en un consumo que nos consume y concluyendo nuestra especie de la misma manera que el resto.

A fin de no destripar la historia, pues su gran aliciente es llegar a la misma virgen, apuntar que de alguna manera esta novela me ha recordado a otra novela que leí con sumo gusto, El niño que robó el caballo de Atila, pues ambas plasman muy bien la zozobra y angustia del encierro en un agujero. Es palmario también el toque Kafkiano de la historia, que me recuerda a su vez a otra novela estupenda, Paradoja del interventor, donde al igual que sucede aquí, de un día para otro, la vida de un hombre cambia radicalmente, abundando luego en lo absurdo de las situaciones, y en la insignificancia de sus actos y por ende, de su existencia.

Otro de los pilares de esta atemporal novela es el deseo sexual, que aviva, reverdece y aquí incluso envilece a quien lo satisface. La novela presenta una cara sensual y voluptuosa, donde la piel ajena y querida vemos que achica el universo y las grandes expectativas del hombre, hasta concretarlo en un punto mínimo que deviene suficiente, cuando el espíritu de transformación muda en otro más llevadero, el de la adaptación.

Recuerdo otra novela que leí y disfruté hace tiempo, cuyo protagonista era también un entomólogo: Alimento para moscas de Jon Obeso.

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La presa (Kenzaburō Ōe)

Parafraseando a Serrat, en el pueblo japonés en el cual transcurre la historia, cantaríamos aquello de: Por sus callejas de polvo y piedra, por no pasar, ni pasó la guerra

Pero esto no es cierto. Durante la Segunda Guerra Mundial, un avión americano caerá a las afueras del pueblo, perdido en un valle, lejos de la Ciudad. Hay un superviviente, un soldado negro. Que sea negro es relevante, dado que para los lugareños, el color de su piel, sus dientes blancos, su figura colosal, su olor, su miembro descomunal, es todo un cúmulo de novedades, que se irán desgranando toda vez que se convierte en prisionero y en objeto de estudio al mismo tiempo.

Al soldado lo encierran en una casa, lo atan con una cadena para que no se escape, lo tratan como a un animal doméstico más (es su presa), que les crea muy pocos problemas, ovillado éste en su soledad y desamparo, abismado en sus pensamientos. En la casa viven dos hermanos con su padre, y lo que sucede lo vemos a través de los ojos de uno de ellos.

El asombro ante lo desconocido da poco después paso a la familiaridad, de tal manera que mientras las autoridades no digan qué hacer con el prisionero éste lleva una vida normal, siendo uno más del poblado, con las limitaciones implícitas en el hecho de que entre el prisionero y sus captores no medie palabra y todo se interprete a la luz de las expresiones faciales y de la disposición del prisionero: un manitas capaz de arreglar cosas, lo que beneficia su situación.

Para el niño, la novedad llegada del cielo lo sume en una felicidad y una alegría que lo anega, lo exalta, y lo lleva tan alto, que luego el crismazo es descomunal. Aquello sólo puede acabar de una manera. Todos lo saben, pero nadie quiere que suceda. Entonces lo irremediable acaece, el niño pierde su inocencia (y algo más), su candidez, su alegría y deja atrás su niñez, para pasar a tomar un buen plato de cocido de la vida adulta, aderezado a base de violencia, muerte, dolor y desamparo.

El Premio Nobel de Literatura Kenzaburō Ōe (Ose, 1935), precisa -en esta novela escrita en 1957, con 22 años- de algo menos de cien páginas para narrar con maestría la transformación que convierte al niño en hombre, la infancia en un recuerdo amable, la guerra, en el aire insalubre a respirar.

De qué hablo cuando hablo de correr

De qué hablo cuando hablo de correr (Haruki Murakami 2007)

Haruki Murakami
Editorial Tusquets
2007
230 páginas

No sé lo que es correr una maratón o una ultramaratón, pero leer a Murakami es insufrible, costoso, y desalentador. Todo junto y a la vez. Si a este hombre le dan el Nobel dejaré de leer (durante 24 horas o más, según cómo me lo tome).

Si todo el libro es infumable, el epílogo no tiene desperdicio. Murakami dice haber leído y repasado una y otra vez estos textos, y tras 10 años finalmente se los pudo dar a su editora para que los publicase y hacer caja. Si Murakami tuviera dos dedos de frente, o algo de moral, hubiera cogido estos textos y los hubiera tirado a la papelera, o hubiera hecho un delete en toda regla o los hubiera colgado a modo de comentario bajo seudónimo en algún blog de algún maratoniano.

El titulo lo toma prestado del de Carver. Sí, ese del amor. Y luego durante 220 páginas logra aburrir y exasperar al desprevenido lector, contándole batallitas sobre eso de correr, sobre cómo se le cargan las pantorrillas y se le resienten las rodillas cuando corre, sobre como se le empañan las gafas con vaselina cuando nada en mar abierto y lo aburrido que es dar pedales y perlitas así, en las que Murakami lo va dando todo.

Leyendo su libro muchas ganas de correr/nadar/pedalear no me entran y de seguir leyéndolo todavía menos.

Murakami despacha estos textos sobre los maratones, ultramaratones y triatlones que va realizando, casi a vuelapluma con una prosa zafia, plana, desastrada, que parece ser el estilo de Murakami, o quizá no y sólo usa esta forma de escribir tan trivial, torticera y banal cuando acomete un ensayo, porque sí, amigos de la blogosfera, !esto (no lo parece pero) es un ensayo!. No me pregunten sobre qué, porque Murakami ya adelanta que él no es alguien a quien le vayan las profundidades, así que sus textos son superficiales, ligeros, fungibles y totalmente prescindibles.

Lo único de todo el libro que voy a tener en cuenta es la sugerencia de leer El gran Gatsby. Más que nada porque lo tengo en la estantería hace un tiempo tentándome y creo que voy a sucumbir finalmente a su lectura.

Una extraña historia al este del río (Nagai Kafu)

Una extraña historia al este del ríoTraemos a este rincón literario un par de novelitas japonesas de la colección Maestros de la Literatura Japonesa que edita la editorial Satori, especializada en divulgar la cultura Nipona. A pesar del título de la novela, el libro lo componen Durante las lluvias y Una extraña historia al este del río, la cual a pesar de ser la mitad, en extensión, que la anterior, da título a este libro escrito por Nagai Kafu (1879-1959).

Es recomendable leer el extenso prólogo de Carlos Rubio para situar la historia y conocer mejor al autor. Kafu conocía de primera mano los ambientes que describe en su novelas: los lupanares, el barrio del vicio, las mujeres de la noche; geishas y camareras. Toda su vida las pasó por esos andurriales, de ahí que no sea nada extraño que estas dos historias tengan por protagonistas a mujeres de la noche, camareras o geishas, y ellos, sean los clientes que las frecuentan. Kafu amante de la cultura occidental, prendado de la literatura francesa, comentaba que París y Tokio tenían algo que las hermanaba: las mujeres de la noche. No cabe duda que la prostitución goza de buena salud en cualquier parte del globo y allá donde haya hombres habrá prostitutas.

Durante las lluvias nos cuenta la historia de Kimie, una camarera, que disfruta con el sexo (analizado bajo esa mentalidad muy masculina que dice que si una mujer goza del sexo es que por que tiene mucho vicio en el cuerpo), y que desde su minoría de edad ya frecuentaba la piel ajena, especializándose cada alborada que pasa en el arte de seducir, en hacer más suculento su cuerpo, su voluptuosidad a los ojos de los clientes masculinos que la desean y pretenden. La historia tiene un elemento de suspense en tanto que Kimie sufre como su vida se ve algo alterada por un par de acciones ajenas que le darán qué pensar. La historia quedará abierta, porque Kafu en estas dos historias, presenta sólo un intervalo en las vidas de estos personajes, a quienes acompaña durante unos días o semanas en sus vidas y luego aparta la linterna, la luz, en su caso como escritor, su pluma y les deja vivir sus vidas y a nosotros lectores no deja, huérfanos de su desarrollo y final. Sigue leyendo

El cielo es azul, la tierra blanca

El cielo es azul, la tierra blanca (Hiromi Kawakami, 2009)

Hiromi Kawakmi
Editorial Acantilado
211 páginas
2009

Poco más de doscientas páginas, donde bellamente se plasma la aventura amorosa, que nace y muere entre Tsukiko, una mujer de casi cuarenta años (de lo que me entero al reeler la segunda página del libro, pues leyéndolo se me antoja más bien como una veinteañera) y su viejo profesor de Japonés en el instituto, Harutsuna Matsumoto, a quien se refiere como “El Maestro“.

Aquello que nace como algo casual, en la barra de una taberna regentada por Satoru, junto a la estación, donde ambos comparten los mismos gustos culinarios, con el roce y el paso del tiempo acaba como una historia de amor clásica, donde lo que menos importa es la diferencia de edad. No hay entre ellos nada extraordinario, les basta con estar juntos, hacer alguna escapada, escalar un monte, viajar en tren, escribir juntos un haiku, encadenar citas, momentos y recuerdos para el futuro y por qué no, darse un revolcón para disfrutar algo de esta vida antes de morir.

He leído el libro durante un largo intervalo de tiempo, pese a lo cual la intensidad de lo leído no se ha visto menoscabada. Síntoma de la fortaleza de este precioso y delicado libro.

El libro se adaptó al cine.