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La presa (Kenzaburō Ōe)

Parafraseando a Serrat, en el pueblo japonés en el cual transcurre la historia, cantaríamos aquello de: Por sus callejas de polvo y piedra, por no pasar, ni pasó la guerra

Pero esto no es cierto. Durante la Segunda Guerra Mundial, un avión americano caerá a las afueras del pueblo, perdido en un valle, lejos de la Ciudad. Hay un superviviente, un soldado negro. Que sea negro es relevante, dado que para los lugareños, el color de su piel, sus dientes blancos, su figura colosal, su olor, su miembro descomunal, es todo un cúmulo de novedades, que se irán desgranando toda vez que se convierte en prisionero y en objeto de estudio al mismo tiempo.

Al soldado lo encierran en una casa, lo atan con una cadena para que no se escape, lo tratan como a un animal doméstico más (es su presa), que les crea muy pocos problemas, ovillado éste en su soledad y desamparo, abismado en sus pensamientos. En la casa viven dos hermanos con su padre, y lo que sucede lo vemos a través de los ojos de uno de ellos.

El asombro ante lo desconocido da poco después paso a la familiaridad, de tal manera que mientras las autoridades no digan qué hacer con el prisionero éste lleva una vida normal, siendo uno más del poblado, con las limitaciones implícitas en el hecho de que entre el prisionero y sus captores no medie palabra y todo se interprete a la luz de las expresiones faciales y de la disposición del prisionero: un manitas capaz de arreglar cosas, lo que beneficia su situación.

Para el niño, la novedad llegada del cielo lo sume en una felicidad y una alegría que lo anega, lo exalta, y lo lleva tan alto, que luego el crismazo es descomunal. Aquello sólo puede acabar de una manera. Todos lo saben, pero nadie quiere que suceda. Entonces lo irremediable acaece, el niño pierde su inocencia (y algo más), su candidez, su alegría y deja atrás su niñez, para pasar a tomar un buen plato de cocido de la vida adulta, aderezado a base de violencia, muerte, dolor y desamparo.

El Premio Nobel de Literatura Kenzaburō Ōe (Ose, 1935), precisa -en esta novela escrita en 1957, con 22 años- de algo menos de cien páginas para narrar con maestría la transformación que convierte al niño en hombre, la infancia en un recuerdo amable, la guerra, en el aire insalubre a respirar.